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El tiempo libre: mas que un tiempo, un derecho

agosto 15, 2010

Escrito por Carol Wong Flores.
Coordinadora de la ludoteca Time for kids. Profesora de educación inicial. Fundadora y promotora de los talleres integrados "Urpico, una vida con arte".
urpico@gmail.com

Al escuchar "tiempo libre", siempre se nos vienen las primeras ideas: ¿qué hago ahora con mi tiempo libre?, ¿qué hago para no aburrirme?, ¿cómo lo planifico?, ¿qué actividades escojo, ¿qué hago para que no se me crucen? Y así el tiempo libre se “llenó”.

Como adultos, ello nos pasa mucho y es comprensible, porque todos trabajamos muchas horas al día y el tiempo libre normalmente es nuestras vacaciones. Es por ello que un mes antes o dos estamos buscando varias alternativas: qué hacer, donde viajar, qué lugares por conocer, etc.

Por otro lado, vivimos en un mundo acelerado, una presión en la que estamos envueltos día a día, donde las expectativas cada día son mas exigentes. A su vez, las expectativas que tenemos para nuestros niños son mas altas, lo que nos lleva a pensar que el niño debe estar aprendiendo algo, respondiendo a algo todo el tiempo. Los adultos asumimos la responsabilidad de encontrar la forma de cubrir aquellos “espacios vacíos” que tienen los niños para que aprovechen su tiempo.

Finalmente como padres o maestros, terminamos por organizarles todo el tiempo libre a los niños, de modo que proyectamos sobre ellos la vida acelerada en la que estamos inmersos.

Entonces surgen algunas preguntas:
- ¿Qué significa para nosotros tiempo libre? ¿Caos, desorden, alboroto, bulla?
- El tiempo libre, ¿lo consideramos una pérdida de tiempo?, ¿genera desborde?

Para abordar este tema, es importante pensar a partir de nosotros mismos. Puede ser que al hablar de libertad, relacionemos el caos y el conflicto con la idea de pensar que son niños muy “libres”.

Esto sucede cuando no hay límites. Debemos recordar que los límites son necesarios para que no hayan desbordes. Los límites no son una respuesta de negación a la libertad, los límites parten de esa libertad y el adulto delimita esa libertad. (Callirgos, 2009)

Desde que el niño es bebe, necesita amor y cuidados. Es indispensable la presencia del adulto que le va garantizar supervivencia, bienestar y amor. De esa manera, el bebé se abre al desarrollo, a la maduración; poco a poco empieza a crecer y siente esa afectividad: se construye una relación con el bebé, se va generando el vínculo.

El bebé ya nos empieza a comunicar estados de ánimo: cuando tiene frío, hambre, sueño; cuando ya está cansado y quiere pasar a otra posición o actividad.

Entonces el adulto prevé; le entrega un tiempo de espera entre una actividad y otra: darle la leche, para que juegue con sonajas o le entrega una mantita.

Entonces el adulto planifica, prevé los objetos que va usar (en este caso mantas, biberones, sonajas) y deja al niño jugar sólo, pero siempre, como condición indispensable, sintiéndose acompañado de una Presencia, de un adulto que le brinda esos límites. Esa seguridad necesaria para poder seguir desarrollándose.

Sin embargo, imaginemos por un momento un bebé que no siente hambre, porque antes que sienta hambre ya le dieron de comer, o le entregamos juguetes antes de que él indique cuál es el que desea.

Esto se pone en mayor evidencia, cuando el bebé crece y se hace un niño de 2 ó 3 años y toma ciertas responsabilidades que puede hacer en casa; por ejemplo, poner su ropa sucia en el cesto, poner el individual para comer, dejar su plato en el lavadero. Pero si tiene “la agenda llena”, al volver a su casa tiene que llegar, cambiarse, correr para salir a otro lado.

Por otra parte, el niño se acostumbra a que el adulto empiece a darle indicaciones al niño sobre cómo debe jugar, qué hacer, qué buscar y qué explorar, y esto genera que el niño sea adicto al estímulo del adulto, produciendo la frase “ Estoy aburrido”.

Esta frase, fruto de lo que el adulto planificó hace que el niño no sea un niño de verdad, que no tenga esa libertad de jugar, esa libertad de explorar.

El niño puede jugar siempre dentro de un marco de límites seguros, acordes a su edad y con el acompañamiento de un adulto sea maestra, ludotecaria, o algún familiar. Las condiciones que debe tener todo adulto que acompaña en el juego son una mirada y escucha activa, así como una capacidad de espera donde el niño siempre se sienta acogido.

Recomendaciones:
- El niño debe tener espacios o frecuentar espacios donde se reconozca el derecho de su libertad.
- Visitar lugares donde hayan previsto alguna actividad pero que no sea dirigido todo el tiempo como las ludotecas.
- Tener un espacio de juego en la casa, puede ser pequeño con cajas en desuso, material reciclable, telas, papeles de colores. Es importante que el niño sepa que puede disponer de ese espacio y transformarlo a su manera.
- Revalorizar los juegos clásicos: las escondidas, chapadas, 7 pecados y esa clase de juegos colectivos que generan las habilidades sociales necesarias que son tan importantes para vivir en sociedad.

Basado en Conferencia de Silvia Callirgos. Seminarios del Trener 2009
Basado en experiencias personales

Quiero volver a jugar, sin roche

julio 22, 2010
-El juego es importante.
-Sí, es muy importante… Es básico para los niños - te responden.

No obstante, hacia los 5 años pareciera que pasa por una suerte de “pre”, como si prepararse para entrar al colegio fuese una experiencia trágica. Entonces, hablan del desfase que hay en algunos aspectos entre el nivel inicial y la primaria. Entonces todo se vuelve una negociación de exigencias e intransigencias… ¿y el juego? Se quedó castigado en un rincón. Porque a los 5 años un niño ya está grande y tiene que empezar a enseriarse, ¿verdad? Después de todo, no todo en la vida es juego (¿?).

Pasan los años y ahora somos adultos, para quienes el juego es una cosa negada; porque si uno juega es inmaduro, tonto, aniñado; a menos que el contexto te lo permita. Por ejemplo, una tarde de amigos en casa, todos con un trago en la mano. Entonces, jugar está bien (¿?).

Incluso los juegos sexuales no están “plenamente aprobados” en el mundo adulto. Aunque ahí ya entramos a otros traumas de la psicología colectiva en algunos lugares de nuestra América Latina, donde el demostrar experticia, interés o creatividad sexual puede verse negativamente; ya que uno se convierte en un “recorrido”, “cualquiera”, etc.

¿No es eso bastante raro que el juego sea negado al adulto? Es decir, ¿por qué una experiencia enriquecedora, desestresante se nos ha negado?

Dicha negación al juego en el adulto, ha generado una resistencia a jugar. Recuerdo alguna vez que he tenido que hacer capacitaciones y he desarrollado algún juego en mitad de la capacitación: aparecieron las miradas de reojo, los rostros de resistencia, la incredulidad. Con el rostro siempre positivo y tragando saliva, logré que el juego saliera adelante. Después de los primeros minutos, prácticamente todo el mundo estaba riendo, estaba jugando y, sin pensarlo, estaba aprendiendo.

Qué tal si hoy día reclamamos el juego para nosotros también. No por los beneficios educativos o psicológicos que pueda tener (de lo cual trataré en una pronta ocasión), sino ¡porque sí!

P.D. Quise encontrar una imagen de adultos jugando (no practicando deporte). Irónicamente, no encontré ninguna.