Abro los ojos, estás ahí errante, detrás de la mesita de centro de la sala. Me miras, mueves los brazos al ritmo de la música, los extiendes hacia mí delineando un caminito entre los dos, una invitación.

Me demoro mucho en formular una pregunta. Ya has cambiado de canción. Bailamos despacio, casi sin movernos, mi cuerpo descansa contra el tuyo, y siento la nariz -y las piernas- entumecerse, como si me drogaras de a pocos con el aroma a madera y alcohol que sudas. Tus manos terminan mi espalda y con los dedos vas dibujando un 8 pequeñito una y otra vez, y nadie puede notarlo, y si lo notan será por el ruido de frotar tus dedos contra la tela dura del vestido.

No quiero pensar mil veces las mismas cosas, ni contemplarlas sabiamente.

Es la oportunidad perfecta para clavarte las pupilas, que el reflejo de la luz te destruya la retina y te diga todo lo que quiero hacerte. Me respiras en la cara, mis piernas te cantan con sed de verse bien apoyadas sobre la barra, que me cojas desde atrás y me hagas gritar tu nombre a distintas frecuencias.

En cambio, no. Solo me animo a apoyar la cabeza en tu hombro y juntar mi mejilla a la tuya, conservando apenas la inocencia que crees que tengo. Tiemblo un poco y pienso mil veces en lo que podría hacer-te justo ahora, en el capricho que eres para mí, alimentar mi desesperado deseo de querer. Yo quisiera, de verdad quisiera quererte.

Pienso mil veces más,

¿sabrás que me tienes al límite? ¿que mi cuerpo se estremece en silencio si bailo contigo? como movimientos secos y vacíos, se apagan, se han perdido en tanto olor a alcohol que sale de tu boca, no producen eco y no llevan a ningún lado.

¿Sabrás que he muerto ya por besarte y arrancarte la ropa de una? ¿que quiero que me hagas tuya sobre la sillita alta de la cocina? ¿que te quiero ver de nuevo el lunes y ponerte incómodo?

No. You know nothing, Jon Snow.

Se acaba la canción, se apagan las luces, me voy a la cama.

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