Nos hicimos un té

y nos hicimos extraños

No (me) entendí cuál era la necesidad de tenerte dando vueltas siempre casi casi a punto de caer, en mi cabeza, en mis manos (WIN!), mis pechos, el ombligo y hasta los pies (estos fetiches, carajo).

Pero ahí estabas, tan cómodo picoteando, esperando que se me rompa la piel, rasgar los ligamentos subcutáneos con una expresión que cualquiera interpretaría como un “en verdad no quiere hacerlo”, terminar con mi vida cortando alguna arteria principal (yo no sé si una se muere por eso), pero qué bien que lo vas a disfrutar, magullar mi grasa corporal que te va a tomar como el 40% del tiempo total, dejar los músculos para después, porque te puede entrar la indigestión. Reposar 20 minutos, dormir un poco y dejarme con ganas de seguir siendo la presa. Regresar el siguiente fin de semana y terminar. Conmigo. Y sin mí.

Yo solo quería un poco de agua.

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