Cuando inicié el tema de mi tesis, recuerdo que lo primero que tuve en mi cabeza es tener ubicado todos los libros que me iban a servir para la elaboración de la misma.

Recuerdo que la biblioteca de Registros me iba a dar más de una sorpresa. Era practicante del Tribunal, y a la hora de almuerzo, engullía -si es que tuviera que elegir un término- mis alimentos en no más de 5 minutos, y el resto del tiempo me iba a la biblioteca a leer.

Entre los libros que me facilitaba la Sra. Lucy, encontré una especie de historia en verso en una revista de mitad del siglo pasado que me llamó la atención, y me hizo recordar que las leyes -a diferencia de lo que piensan otros- es limitada para atrapar las conductas de los humanos, y siempre, podrá encontrarse un resquicio para vulnerarla.

Dicho texto es de autoría de Ramón de Campoamor, y es de amena lectura, se los recomiendo:

Tuvo un reino una vez tantos beodos
que se puede decir que lo eran todos,
en el cual por ley justa se previno
-“Ninguno cate el vino”-
Con júbilo el más loco
aplaudióse la ley, por costar poco:
acatarla después es otro paso;
pero en fin, es el caso
que le dieron un sesgo muy distinto,
creyendo que se vedaba sólo el tinto
y del modo más franco
se achisparon después de vino blanco.
Extrañando que el pueblo no la entienda,
el Senado a la ley puso una enmienda,
y a aquéllos de: “ninguno cate el vino”
añadió, “Blanco” al parecer con tino.

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