25/09/09: Exótica (de Atom Egoyan)
(Año: 1994)


¿Por qué exótica?. Es quizás la mejor forma de aproximarse a esta película. La descripción simple no basta para entender la naturaleza de la pregunta y lo visible en ella asemeja a la punta de un iceberg.
El juego de la palabra Exótica nos remite inmediatamente a la bailarina vestida de colegiala, a la imagen de Mia Kirshner sobre un escenario reacio, triste y solitario. Exótica es en si la bailarina, pero no únicamente. Exótico es el desarrollo, las mezcla de imagines y acciones, los actores transitando por un mundo contradictorio, la oposición constante de luz y sombra. Una guerra interminable que no se desequilibra nunca. Los bandos se anulan mutuamente. La sensualidad y el ambiente pérfido son la constante en la muestra visual de Egoyan.
Exótica es la sensualidad lograda bajo lo sugerente del baile, entregando las dosis necesarias para mantenerse atento. La relación de los personajes, la canción impropia de club “Exótica”, las presentaciones desfasadas, el visitante eterno de una mujer imitando a una niña, dotándola de lo que la inocencia priva: el deseo instintivo por lo opuesto. Egoyan revela para nosotros los placeres y temores de un mundo que parece construido solo para los personajes de la película que sin problemas transitan por la historia. Egoyan juega con los deseos del espectador, con su base instintiva, con el deseo sexual sobre lo que se mira. Eso provoca que lo visible sea solo punta del iceberg, pues lo monumental de la obra se inadvierte, hasta que ya muy cerca, al final, nos estrellamos con el fondo, con la colosal base de un mundo en contraste.
Prohibido tocar. Existe algo más exótico que la lucha entre el deseo y razón, entre naturaleza y ubicación. Los deseos instintivos son los más visibles. La vida social, la civilizada, se esconde de base. Los personajes se recluyen en un mundo donde todo se ha olvidado, años de instituciones, de programas, de evolución social, y se refugian en un mundo oscuro, marginado, llevado al límite, escondido del prejuicio y las creencias falsas. El ser evolucionado de la luz constante añora el espacio oscuro y triste, asumiendo su sexualidad como aliciente para continuar, sabiendo que en algún momento debe volver al mundo del que huye.
Egoyan construye todo, pero deja una pieza suelta, la misma que invita a mirar la película hasta el final. Tal vez no se note, pero en sí el espectador desea entender siempre la naturaleza de la relación entre el visitante y la bailarina, ya que cada uno tiene una fijación el uno por el otro, que escapaba el simple deseo sexual o a la simple perversión. Hay algo de fondo que no se entiende. Él siempre la visita, pero nunca ha intentado tocarla. Y ella baila solo para él, es decir lo disfruta, siente en ella cierta paz, como quien cumple con una misión, una responsabilidad que hasta el final no se comprende.
El quiebre de esta interacción desatará los hechos y nos mostrara los campos visibles, y estaremos más cerca de describir la naturaleza del iceberg. La vida social civilizada, aquella de la luz constante, es el monstruo y origen del deseo instintivo, simple y llano, sexual y erótico.
Egoyan hace de Exótica un espejo, capaz de reflejarnos como seres humanos, viviendo y refugiándonos en nuestras propias contradicciones.
El juego de la palabra Exótica nos remite inmediatamente a la bailarina vestida de colegiala, a la imagen de Mia Kirshner sobre un escenario reacio, triste y solitario. Exótica es en si la bailarina, pero no únicamente. Exótico es el desarrollo, las mezcla de imagines y acciones, los actores transitando por un mundo contradictorio, la oposición constante de luz y sombra. Una guerra interminable que no se desequilibra nunca. Los bandos se anulan mutuamente. La sensualidad y el ambiente pérfido son la constante en la muestra visual de Egoyan.
Exótica es la sensualidad lograda bajo lo sugerente del baile, entregando las dosis necesarias para mantenerse atento. La relación de los personajes, la canción impropia de club “Exótica”, las presentaciones desfasadas, el visitante eterno de una mujer imitando a una niña, dotándola de lo que la inocencia priva: el deseo instintivo por lo opuesto. Egoyan revela para nosotros los placeres y temores de un mundo que parece construido solo para los personajes de la película que sin problemas transitan por la historia. Egoyan juega con los deseos del espectador, con su base instintiva, con el deseo sexual sobre lo que se mira. Eso provoca que lo visible sea solo punta del iceberg, pues lo monumental de la obra se inadvierte, hasta que ya muy cerca, al final, nos estrellamos con el fondo, con la colosal base de un mundo en contraste.
Prohibido tocar. Existe algo más exótico que la lucha entre el deseo y razón, entre naturaleza y ubicación. Los deseos instintivos son los más visibles. La vida social, la civilizada, se esconde de base. Los personajes se recluyen en un mundo donde todo se ha olvidado, años de instituciones, de programas, de evolución social, y se refugian en un mundo oscuro, marginado, llevado al límite, escondido del prejuicio y las creencias falsas. El ser evolucionado de la luz constante añora el espacio oscuro y triste, asumiendo su sexualidad como aliciente para continuar, sabiendo que en algún momento debe volver al mundo del que huye.
Egoyan construye todo, pero deja una pieza suelta, la misma que invita a mirar la película hasta el final. Tal vez no se note, pero en sí el espectador desea entender siempre la naturaleza de la relación entre el visitante y la bailarina, ya que cada uno tiene una fijación el uno por el otro, que escapaba el simple deseo sexual o a la simple perversión. Hay algo de fondo que no se entiende. Él siempre la visita, pero nunca ha intentado tocarla. Y ella baila solo para él, es decir lo disfruta, siente en ella cierta paz, como quien cumple con una misión, una responsabilidad que hasta el final no se comprende.
El quiebre de esta interacción desatará los hechos y nos mostrara los campos visibles, y estaremos más cerca de describir la naturaleza del iceberg. La vida social civilizada, aquella de la luz constante, es el monstruo y origen del deseo instintivo, simple y llano, sexual y erótico.
Egoyan hace de Exótica un espejo, capaz de reflejarnos como seres humanos, viviendo y refugiándonos en nuestras propias contradicciones.













