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Blog de Andre Suarez
Relatos que saben a cuentos cuando uno se toma el tiempo de escribirlo... Claro, la vida no deja de ser cuento.

Artículos con la etiqueta anecdota


Como escribí hace un par de post, siempre me identifiqué con la raza negra. Claro que no soy negro de cepa, pero sí tengo raíces que prevalecieron más en mi crianza, como las fiestas familiares y la vida con mis primos. Bueno, resulta curioso que escuche música negra, porque no soy muy criollo, pero algo que sí me encanta son las coplas de Nicomedes de Santa Cruz. Aquí comparto con ustedes algunas de sus coplas que más me gustaron, todo con el fin de promover un arte que se extingue con el tiempo, así como los recuerdos familiares y la nostalgia de una raza destinada a seguir buscando la igualdad.







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Creo que tiempo atrás escribí que ver directamente a los ojos de una mujer es la mejor forma de llamar su atención. Incluso, dije que si se lograba intimidarla, o sea que no pueda responder la mirada, dotaba al hombre de cierto carácter que lo hacía más atractivo. Bueno, debo confesar que sigo haciendo el experimento de ver directamente a los ojos de las féminas. Algunas veces tuve aciertos, así como otros grandes decepciones.

Pero entre todas las chicas que se habrán cruzado en mi camino, hace una semana pasó algo interesante. Claro, esto no significa que necesariamente me habló y tengo su mail, sino una reciprocidad comunicativa a través de los ojos.

Mientras estaba sentado en el micro, en el cruce de las avenidas Pershing y Gregorio Escobedo, pasó ella. Bueno, no puedo decir más ya que no sé siquiera su nombre. Ella, así se llama, por lo menos en el recuerdo de esta anécdota que no guarda más sorpresa que su mirada.

La miré a través de la ventanilla. Ella devolvió la mirada, como si fuera un disparo de regreso. Y cuando hay un contacto visual que dura más de un segundo, quedan dos cosas: o hacer que no viste nada o seguir viendo como si retaras a que ella te deje de mirar. Ninguno de los dos dio un paso atrás, seguíamos mirándonos directamente como quien busca una respuesta detrás del iris inquisidor.

Y como las buenas cosas de la vida, aquellas que son fugaces, porque son tan buenas que parecen no ser extensión de la vida, se fue. Pasó en frente del vehículo donde viajaba y se mezcló entre la gente. Pensé en bajarme del bus para ir por ella, con la idea sublime de que podría tener las mismas preguntas con yo, los mismos ojos que yo tuve para verla sin evadir a la verguenza ajena. Lástima que no lo hice.

Lástima que el bus arrancó conmigo dentro, así como llevo dentro tanto misterio sobre ella, sobre esos ojos negros que no evadieron mi mirada, que parecían dos botoncitos de una muñeca de tela. En fin, pequeños misterios que aún perdurarán hasta que la casualidad los revele, cuando sea un día en algún lugar de la ciudad aparezca ella y me diga "¿Te conozco de algún lugar?". Y yo diga, con más sonrojo que con firmeza, "Claro, en algún post que escribí de ti".
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Entre las muchas cosas tristes de la vida mencionaré dos:
1) Regresar a casa de noche, luego de una larga jornada de trabajo o estudio, y no encontrar ni un rastro de comida para ti.

Eso es sumamente triste. A mí me ha pasado un par de veces y me colma una tristeza, así como dolor al estómago por no tener qué tragar esa noche. Son esos momentos en que uno se pregunta si vale la pena seguir estudiando en la Universidad al saber que no te dejan comida, como para recobrar las fuerzas. O si no que muy bien la ocupación de estudiante se parece a la del prisionero en un campo de concentración alemán.

2)Ir al cine solo.

Personalmente no lo soporto, porque me siento sin amigos, más aún salir del cine con una reflexión cinematográfica muy interesante y no tienes con quién compartirla. Más aún debe ser no tener con quién estar, reir y compartir el rato. O si eres un platudo de los buenos, pues generar una sonrisas capitalista al invitar a la chica una bolsa de canchita o algo por el estilo. Personalmente nunca voy al cine solo. Salvo una vez porque era tarea de la universidad. Estaba al borde del suicidio social.

3) Ver a una niñ@ jugando con un juguete roto

Además de pena, me da rabia al saber que aquella niñ@ no tuvo las mismas oportunidades que yo, que no pudo por lo menos tener a quien hacerle caprichos para comprar el juguetito que sea.
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Me di cuenta que de mi madre aprendí mi curiosa forma de narrar. Solo bastó una tarde saberlo cuando mi madre contaba la historia de la Cenicienta a mi sobrina. Yo escuchaba desde la puerta.

-Sí, Nicole, la Cenicienta vivió feliz con su príncipe azul. Juntos alquilaron un departamento, porque ahora está caro comprar casa. Y eran felices, tenían de todo: galletas Chavo, jugaban a la doctora y veían hasta tarde Lazy Town.

Y así mi madre mezclaba la realidad con la ficción, con tal de que mi sobrina concibiera los cuentos como una extensión de la realidad. Me sorprendió mucho cómo mi madre lo narraba en broma, con suma facilidad.

Me alejé del cuarto y de a pocos me entró un poco de nostalgia: qué tal si mi madre quiso ser escritora como yo. No lo sabré, pero de ella heredé su elocuencia para mezclar ficción y la realidad. Creo que es un modo de vida, porque así puedes creer en muchas promesas, como la fidelidad, el matrimonio y la prueba del amor.
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Conversando con una amiga, me pregunté por qué los cruces con semáforos hay un policía de tránsito. Mi amiga me dijo que es una gran tontería, porque la mayoría de estos policías se guían del semáforo para dar pase a los vehículos. O sea, ¡los semáforos limeños cuentan con un representante!

Pensé en el problema y me di cuenta que quizás los conductores peruanos somos doblemente imprudentes. Esto porque para respetar el semáforo debe haber un policía que nos explique dos veces el dictamen de las tres luces de colores.

Creo que Lima es el país del Nunca Jamás, porque Nunca Jamás veremos cosas de este estilo en el resto del mundo.
Dentro de un año acabaré la carrera universitaria. Suena tan raro, pues aún me siento como el niño de inicial que se pregunta cuándo llegará a ser tan altote como los de secundaria: es como un lapso de tiempo que parece infinito, cuando en realidad está a la vuelta de la esquina. Algo así me siento hoy, algo así estoy ahora.

Me pregunto de qué acabaré, pues digamos que no hay siempre buenos augurios para los periodistas profesionales, aunque decir profesional parezca hipócrita para una carrera que nace de la calle. Como la prostitución.

En fin, el tema no es ese. El tema es que acabaré la carrera y Dios sepa cuando, y también por dónde, comenzaré a atar cabos sueltos de la vida para forjar un destino. Aún no me imagino con quién... nunca me lo imaginé, pienso, porque hasta estos momentos pienso más en mi carrera que en los placeres estetas de la vida, aunque sean tan deliciosos.

Bueno, ¿qué hacer? Una vez le dije a mi hermana que cuando termine la carrera me iré de la casa, para vivir en mi cuevita de la Costa Verde y tirar piedras por las noches a las prostitutas de la avenida Arequipa. Sería divertido, pienso, porque en esta vida profesional algo bueno aprendí: que hay que estar lo suficientemente loco para ser feliz sin competir con los demás para "comprar" la felicidad.
Hace unos días, mi sobrina se ganó una bicicleta mediante un sorteo en el Coney Park de San Miguel. ¿Y qué tiene que ver Dios con esto? Pues sucede que la bici de mi sobrina fue tema de la mesa durante casi un mes, pues no había dinero para comprarle una. Más aún una de Barbie que tanto le encanta. Así fue como mi hermano, el padre de mi sobrina, cruzó los dedos de las manos y de los pies para ganar el dichoso, pero simple, premio.

Él me confesó que se lo pidió hasta a mi abuelita que falleció hace 10 años, también dijo que gritó como loco por la sorpresa, porque casi nunca gana algo en concursos como estos. Toda mi familia se enteró del premio, hasta incluso hicimos un brindis con un buen vino para celebrar la buena dicha... aunque mi madre afirma que siempre fue Dios, que es una señal y que patatin y patatan. Yo dije que solo fue suerte, pero ver la sonrisa inocente de mi sobrina, jugando con un regalo tan simple, pero obsequiado tan deliberadamente por el azar hace que contemple pequeñas cositas de la vida diaria, que al darles un sentido, en este caso la felicidad de mi sobrina, veo aquella divinidad que no logro explicarme... Divinidad que me contagia la sonrisa.

Al ver sonreír a mi sobrina, veo en ella lo que la gente llama Dios...