30/04/08 | Publicado por: a20063269 | Categoría Narrativa
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La brisa acaricia el pecho de Mario quien estuvo sentado entre las piedras mirando el mar. Unas piedras duras y toscas, algunas filudas, algunas inquietantes y todas muy mojadas. El mar estaba de un tono azul oscuro. Se sentía el frío y la sal no era más que sarro blanco en un peñasco. Las gaviotas volaban hacia el sol y hacían muy bien su ordenamiento en “v”. El cuerpo escuálido de Mario seguía impotente, como una estatua limpia aún al excremento de las aves. El rostro lo tenía fijo. Muy fijo. Acarició con la mirada la arena. Armó un castillo con un gesto y lo derribó con una sonrisa. Se levanta como buscando algo más allá a la mar. Quizá el sueño que perdió esa noche en la calle. Se acordó que era un piara nocturno. Yunie estaba en la casa de los ángeles verdes. Mario temía por lo que hubiese tenido Yunie. Sabe que todo pasará. Después de todo, Mario encontrará un sueño no tan lejos, pero sí algo cercano al devenir. Impredecible, por cierto, pero qué explicación darle a lo que planteo. Total, él mira el mar y punto. ¿Qué se le puede cuestionar?
Me duele la cabeza. Demasiado. Parece resaca. ¿Es que ya no tengo más que hacer? Me acordé que no tenía más que reclamar a mis sueños famélicos, ¿a qué parte fueron a varar? Los busqué debajo de las piedras, detrás del esquinero, en la pupila del ciego, en el dominó. Lo mismo era. Quizá no esté tan lejos como hubiese pensado. Tendría que dejar mi cuerpo. Me pesa la congoja de no tener incertidumbre, ser el único quien nada puede hacer trascender. Seguía sentado y aún no me acuerdo cómo llegué acá. Quisiera no acordarme, quizá sufrí un olvido forzado. Quizá sea capaz de hacerlo, aunque siempre intenté. ¿Ahora qué más puedo hacer? Ya siento que dejo de ser humano. Y yo que me pregunto esto, quizá debo olvidarlo voluntariamente. Quizá deba olvidar lo que significa ser voluntario. Bueno, ¿ahora qué me decía? En fin. Eh, bueno, mis sueños famélicos...
Me encuentro casi bien. Ya desperté del suero. Mis brazos aún no los siento. Mario debe estar en el otro lado del mundo. Exagero, quizá, pero es que ya no sé ni en dónde estoy. Voces, rueditas, pasillos fríos. Hedor se hace muy sintético, muy fabricado. Nadie me coge de la mano. Estoy vestida, siento una ropa de baño. Es mía. Me cubre una toalla. Mi cabeza está sin heridas. ¿Dónde? Dios, acá quizás no estás.
Mario se levanta. Pequeñas piedras se resbalan y Mario decide entrar a la mar. Se hunde con poca esperanza y chapotea como quien no quiere hacerlo. Los ojos comienzan a ponerse rojos. No mira al cielo para trazar fronteras. Disfruta mientras no recuerda. Regresa a la orilla para simular que no pasó nada. El sol dejó de quemar; el alma, también. Mario se dio cuenta que realmente no existe un bloqueador para el corazón.
Decidí levantarme y caminé por el malecón donde pocas personas se acercan a conocerse. Pescadores, niños, juguetes, perros guardianes y señores que lo arreglan todo por poco. Los barbones, los pequeños olvidos, la sal que hace a todos rubios. El sol pone en ellos su belleza, su color. Los marcó para que los reconocieran. Sus cabezas. Son hijos del sol. Caminé con cuidado entre las pequeñas piedras y conchas que marcan un camino hacia algunas cabañas donde uno puede conseguir víveres. Quizá un poco de leña. No caería mal. Solo que el dinero no compra siempre la compañía. Me preguntaba por ella. Lástima que no se me había ocurrido aún preguntarle al mar. Regresé la mirada hacia la mar. Me intimidé. Pensé no preguntarle. Me atreví.
Siento algunas ruedas pasar por el suelo. Los pasadillos se hacen angostos, blancos, verdes. La gente balbuceaba a mi alrededor. Algunos estaban sentados en unas bancas repintadas, barnizadas con la intención de no delatar el desuso. Me metieron en un dormitorio demasiado pequeño. Me pusieron en el pecho un metal frío y redondo. Pidieron que respire. Siempre estuve respirando. No sé lo que me pedían. Me desmayé. Mi mano cayó por el lado derecho de la camilla. No pude tocar el suelo. Pensé irme para no volver jamás.
Mario compró un par de cigarrillos y se acercó a la mar dejando atrás a las pequeñas cabañas. La arena se hacía fría, pero al enterrar los pies se puede sentir aún el calor hecho por el sol. Pocas sombrillas habían en la costa. Mario estaba tranquilo, a pesar que no sepa cómo diablos llegó. Se preguntó por Yunie. ¿Y ella? Qué será. Mario no sentía ansias por saber lo que sucedió. Parecía que la mente la tuviese cubierta por una niebla, por un alivio tácito, incomprensible. Se movía como una máquina. Algunas veces, él se veía como en tercera persona. No reconocía si él actuaba. Se podía ver a sí mismo desde todos los ángulos.
En la orilla, me senté. Con el dedo comencé a hacer surcos en la arena. Algunos profundos, otros menos profundos. Jugaba, modelaba, me entretenía con poco. Mi cuerpo comenzaba a mojarse por el agua y escribí una pregunta en la arena pensando que jamás me contestarían. Escribí “¿Qué pasó con ella?”. Supe que pronto alguna ola pequeña lo borraría. En efecto. Se borró en cuestión de segundos lo que había puesto. Miré a las rocas que estaban a un par de metros. La mar chocaba con fuerza contra las rocas. Estas no cedían. Miré donde estaba la pregunta anterior y encontré: “Está lejos”. Borré con la mano, sin previo asombro, y escribí: “¿Por qué?”. Una ola borró mi mensaje e inmediatamente me respondió: “Porque ahora no puede contestar”. Comencé a borrar inmediatamente lo que escribió la mar. Puse algo nuevo: “¿Y por qué ella no puede?”. Me respondió: “Tú sabrás”. Me levanté enojado. Miré al sol y levanté el dedo medio. Una ola me golpeó desprevenido. Me embarré con la arena. Quise que me tragara.
-¿Qué hago acá?- Pregunto Yunie a la luz penetrante de una lámpara que le daba directamente a los ojos.
-No es tu culpa. Solo espera un rato- contestaron. Yunie no supo de dónde. Se volvió a recostar y no preguntó a dónde la llevarían. Quizá todo sea un mal sueño. Pero si no es su culpa, quizá de su subconsciente. Quizá de alguien más.
Le picaban los ojos a Mario. Él continuaba con la espalda sobre la arena. Se aferró. Enterró sus brazos en la arena y comenzaron a brotar algunas ramas, algunas enredaderas. Comenzó a elevarse algunas plantas de la arena. Se formaron lagunas desde las lágrimas de Mario. Palmeras, cascadas, pastizales. Comenzaba todo a ser verde, puro. El cuerpo de Mario comenzó a hundirse. La mar se retiró hacía el horizonte y las hidras, las mariposas, los árboles comenzaron a erigirse desde la arena. Un paso evolutivo sin contar con el tiempo real. El cuerpo de Mario comenzaba a descomponerse. Se podría mientras de él brotaba la naturaleza de la playa. Comenzó a secarse, cerró los ojos. El cuerpo de Mario comenzó a experimentar calor. Se hacía cada vez más fuerte. Parecía ir hacia el centro de la tierra. Comenzaba a sudar, a transpirar y sus músculos comenzaron a hacerse ceniza. Su cuerpo caía y caía. Cada vez más hondo. De su cuerpo dejó de brotar más flores, más maravilla. El desierto comenzó a ser menos desierto. La mar parecía ya casi haber desaparecido.
Estoy suspendido en un instante del tiempo. La gravedad comienza a hacer de mi cuerpo cualquier tipo de masa, cualquier tipo de peso y caía. Ya dejé de sentir calor. Y es que no me recibió un vació como bienvenida al suelo, sino un flácido colchón de una camilla. Me cogieron de las manos y de los pies. Mi cuerpo aún seguía con la ropa de baño y comenzaron a llevarme por pasillos, por escaleras y ascensores. Vi el marco de una puerta barnizada y es que trataban de ocultar el desuso...
Sentí pasos y se acercó alguien a mi lado. Estaba desesperada. Tanto que no me di cuenta que en ese entonces estaba viendo. Y es que me sorprende haber estado viendo y nunca darme cuenta. No lo comenté, sino solo para mis adentros. No sentía felicidad, pues para qué tenerla si realmente hay nada que valga la pena ver. Miré hacia mi derecha y había otra camilla idéntica a la mía. Un brazo se suspendía y es que era un hombre que se mordía mucho las uñas y nunca pensé que sería Mario hasta el momento en que jalé la mano y su cuerpo dio con el suelo. Se golpeó muy fuerte y decidí dejarme caer de la camilla para socorrerlo. Le di vuelta, porque había caído de espalda, y comencé a agitarlo y movía su cabeza para que despierte. Un ángel verde se acerca con pocas ganas de ayudarme, es más, me vio con cara de lástima, y me separó de Mario.
-Regresa a tu camilla, por favor. No hagas más problemas con los pacientes.
-Pero... si él es mi... ¿Qué?
-Mujeres...
-¿Qué tienes, ah?
-Es que pelearon.
-¿Cómo?
-Tú y él han peleado. Cada uno se dijo la vida al otro.
-¿Pero cómo es que no me acuerdo?
-Es que ahora te quedaste dormida llorando en tu almohada.
-¿Y él?
-Él se quedó dormido en un bar y ahora está de regreso a su casa. Su hermano se preocupó por él y fue a buscarlo.
-Entonces, todo esto es un sueño.
-Casi. Sucede que ahora Mario está agonizando. Su cuerpo comenzó a sembrar raíces sobre un desierto. Era un sueño, pero no es así de fácil. Formó un bosque.
-Entonces, ¿yo cómo llegué acá?
-De la misma manera que él. Tú habías sembrado un desierto.
-¡Este hospital! ¿Dónde estoy?
-Ya te daremos de alta. Ya terminamos con tu sueño y respecto a tu enamorado también.
-¡Pero es que él no puede soñar!
-Sí, pues. ¿Pero quién te dijo que él soñaba?
-¡Él estuvo viviendo en mi sueño! Pobre por Dios, ¡Dios!
-Por cierto, mejor contesta.
Yunie se levanta de la cama y supo que no podía ver más. El celular sonaba y justo se cortó cuando lo tenía en su mano derecha. Su madre se acerca. Le dice que tuvo mensajes de texto en la madrugada y ella tuvo que responderlos. Uno de ellos dice : “¿Qué pasó con ella? (mensaje 1) Gracias por usar nuestro servicio. Centro Médico para el Insomnio y el Desmayo”.








