Skip to main content.
Blog de Andre Suarez
Relatos que saben a cuentos cuando uno se toma el tiempo de escribirlo... Claro, la vida no deja de ser cuento.

Artículos con la etiqueta Xenofobia




La brisa acaricia el pecho de Mario quien estuvo sentado entre las piedras mirando el mar. Unas piedras duras y toscas, algunas filudas, algunas inquietantes y todas muy mojadas. El mar estaba de un tono azul oscuro. Se sentía el frío y la sal no era más que sarro blanco en un peñasco. Las gaviotas volaban hacia el sol y hacían muy bien su ordenamiento en “v”. El cuerpo escuálido de Mario seguía impotente, como una estatua limpia aún al excremento de las aves. El rostro lo tenía fijo. Muy fijo. Acarició con la mirada la arena. Armó un castillo con un gesto y lo derribó con una sonrisa. Se levanta como buscando algo más allá a la mar. Quizá el sueño que perdió esa noche en la calle. Se acordó que era un piara nocturno. Yunie estaba en la casa de los ángeles verdes. Mario temía por lo que hubiese tenido Yunie. Sabe que todo pasará. Después de todo, Mario encontrará un sueño no tan lejos, pero sí algo cercano al devenir. Impredecible, por cierto, pero qué explicación darle a lo que planteo. Total, él mira el mar y punto. ¿Qué se le puede cuestionar?
Me duele la cabeza. Demasiado. Parece resaca. ¿Es que ya no tengo más que hacer? Me acordé que no tenía más que reclamar a mis sueños famélicos, ¿a qué parte fueron a varar? Los busqué debajo de las piedras, detrás del esquinero, en la pupila del ciego, en el dominó. Lo mismo era. Quizá no esté tan lejos como hubiese pensado. Tendría que dejar mi cuerpo. Me pesa la congoja de no tener incertidumbre, ser el único quien nada puede hacer trascender. Seguía sentado y aún no me acuerdo cómo llegué acá. Quisiera no acordarme, quizá sufrí un olvido forzado. Quizá sea capaz de hacerlo, aunque siempre intenté. ¿Ahora qué más puedo hacer? Ya siento que dejo de ser humano. Y yo que me pregunto esto, quizá debo olvidarlo voluntariamente. Quizá deba olvidar lo que significa ser voluntario. Bueno, ¿ahora qué me decía? En fin. Eh, bueno, mis sueños famélicos...
Me encuentro casi bien. Ya desperté del suero. Mis brazos aún no los siento. Mario debe estar en el otro lado del mundo. Exagero, quizá, pero es que ya no sé ni en dónde estoy. Voces, rueditas, pasillos fríos. Hedor se hace muy sintético, muy fabricado. Nadie me coge de la mano. Estoy vestida, siento una ropa de baño. Es mía. Me cubre una toalla. Mi cabeza está sin heridas. ¿Dónde? Dios, acá quizás no estás.
Mario se levanta. Pequeñas piedras se resbalan y Mario decide entrar a la mar. Se hunde con poca esperanza y chapotea como quien no quiere hacerlo. Los ojos comienzan a ponerse rojos. No mira al cielo para trazar fronteras. Disfruta mientras no recuerda. Regresa a la orilla para simular que no pasó nada. El sol dejó de quemar; el alma, también. Mario se dio cuenta que realmente no existe un bloqueador para el corazón.
Decidí levantarme y caminé por el malecón donde pocas personas se acercan a conocerse. Pescadores, niños, juguetes, perros guardianes y señores que lo arreglan todo por poco. Los barbones, los pequeños olvidos, la sal que hace a todos rubios. El sol pone en ellos su belleza, su color. Los marcó para que los reconocieran. Sus cabezas. Son hijos del sol. Caminé con cuidado entre las pequeñas piedras y conchas que marcan un camino hacia algunas cabañas donde uno puede conseguir víveres. Quizá un poco de leña. No caería mal. Solo que el dinero no compra siempre la compañía. Me preguntaba por ella. Lástima que no se me había ocurrido aún preguntarle al mar. Regresé la mirada hacia la mar. Me intimidé. Pensé no preguntarle. Me atreví.
Siento algunas ruedas pasar por el suelo. Los pasadillos se hacen angostos, blancos, verdes. La gente balbuceaba a mi alrededor. Algunos estaban sentados en unas bancas repintadas, barnizadas con la intención de no delatar el desuso. Me metieron en un dormitorio demasiado pequeño. Me pusieron en el pecho un metal frío y redondo. Pidieron que respire. Siempre estuve respirando. No sé lo que me pedían. Me desmayé. Mi mano cayó por el lado derecho de la camilla. No pude tocar el suelo. Pensé irme para no volver jamás.
Mario compró un par de cigarrillos y se acercó a la mar dejando atrás a las pequeñas cabañas. La arena se hacía fría, pero al enterrar los pies se puede sentir aún el calor hecho por el sol. Pocas sombrillas habían en la costa. Mario estaba tranquilo, a pesar que no sepa cómo diablos llegó. Se preguntó por Yunie. ¿Y ella? Qué será. Mario no sentía ansias por saber lo que sucedió. Parecía que la mente la tuviese cubierta por una niebla, por un alivio tácito, incomprensible. Se movía como una máquina. Algunas veces, él se veía como en tercera persona. No reconocía si él actuaba. Se podía ver a sí mismo desde todos los ángulos.
En la orilla, me senté. Con el dedo comencé a hacer surcos en la arena. Algunos profundos, otros menos profundos. Jugaba, modelaba, me entretenía con poco. Mi cuerpo comenzaba a mojarse por el agua y escribí una pregunta en la arena pensando que jamás me contestarían. Escribí “¿Qué pasó con ella?”. Supe que pronto alguna ola pequeña lo borraría. En efecto. Se borró en cuestión de segundos lo que había puesto. Miré a las rocas que estaban a un par de metros. La mar chocaba con fuerza contra las rocas. Estas no cedían. Miré donde estaba la pregunta anterior y encontré: “Está lejos”. Borré con la mano, sin previo asombro, y escribí: “¿Por qué?”. Una ola borró mi mensaje e inmediatamente me respondió: “Porque ahora no puede contestar”. Comencé a borrar inmediatamente lo que escribió la mar. Puse algo nuevo: “¿Y por qué ella no puede?”. Me respondió: “Tú sabrás”. Me levanté enojado. Miré al sol y levanté el dedo medio. Una ola me golpeó desprevenido. Me embarré con la arena. Quise que me tragara.

-¿Qué hago acá?- Pregunto Yunie a la luz penetrante de una lámpara que le daba directamente a los ojos.
-No es tu culpa. Solo espera un rato- contestaron. Yunie no supo de dónde. Se volvió a recostar y no preguntó a dónde la llevarían. Quizá todo sea un mal sueño. Pero si no es su culpa, quizá de su subconsciente. Quizá de alguien más.

Le picaban los ojos a Mario. Él continuaba con la espalda sobre la arena. Se aferró. Enterró sus brazos en la arena y comenzaron a brotar algunas ramas, algunas enredaderas. Comenzó a elevarse algunas plantas de la arena. Se formaron lagunas desde las lágrimas de Mario. Palmeras, cascadas, pastizales. Comenzaba todo a ser verde, puro. El cuerpo de Mario comenzó a hundirse. La mar se retiró hacía el horizonte y las hidras, las mariposas, los árboles comenzaron a erigirse desde la arena. Un paso evolutivo sin contar con el tiempo real. El cuerpo de Mario comenzaba a descomponerse. Se podría mientras de él brotaba la naturaleza de la playa. Comenzó a secarse, cerró los ojos. El cuerpo de Mario comenzó a experimentar calor. Se hacía cada vez más fuerte. Parecía ir hacia el centro de la tierra. Comenzaba a sudar, a transpirar y sus músculos comenzaron a hacerse ceniza. Su cuerpo caía y caía. Cada vez más hondo. De su cuerpo dejó de brotar más flores, más maravilla. El desierto comenzó a ser menos desierto. La mar parecía ya casi haber desaparecido.
Estoy suspendido en un instante del tiempo. La gravedad comienza a hacer de mi cuerpo cualquier tipo de masa, cualquier tipo de peso y caía. Ya dejé de sentir calor. Y es que no me recibió un vació como bienvenida al suelo, sino un flácido colchón de una camilla. Me cogieron de las manos y de los pies. Mi cuerpo aún seguía con la ropa de baño y comenzaron a llevarme por pasillos, por escaleras y ascensores. Vi el marco de una puerta barnizada y es que trataban de ocultar el desuso...
Sentí pasos y se acercó alguien a mi lado. Estaba desesperada. Tanto que no me di cuenta que en ese entonces estaba viendo. Y es que me sorprende haber estado viendo y nunca darme cuenta. No lo comenté, sino solo para mis adentros. No sentía felicidad, pues para qué tenerla si realmente hay nada que valga la pena ver. Miré hacia mi derecha y había otra camilla idéntica a la mía. Un brazo se suspendía y es que era un hombre que se mordía mucho las uñas y nunca pensé que sería Mario hasta el momento en que jalé la mano y su cuerpo dio con el suelo. Se golpeó muy fuerte y decidí dejarme caer de la camilla para socorrerlo. Le di vuelta, porque había caído de espalda, y comencé a agitarlo y movía su cabeza para que despierte. Un ángel verde se acerca con pocas ganas de ayudarme, es más, me vio con cara de lástima, y me separó de Mario.
-Regresa a tu camilla, por favor. No hagas más problemas con los pacientes.
-Pero... si él es mi... ¿Qué?
-Mujeres...
-¿Qué tienes, ah?
-Es que pelearon.
-¿Cómo?
-Tú y él han peleado. Cada uno se dijo la vida al otro.
-¿Pero cómo es que no me acuerdo?
-Es que ahora te quedaste dormida llorando en tu almohada.
-¿Y él?
-Él se quedó dormido en un bar y ahora está de regreso a su casa. Su hermano se preocupó por él y fue a buscarlo.
-Entonces, todo esto es un sueño.
-Casi. Sucede que ahora Mario está agonizando. Su cuerpo comenzó a sembrar raíces sobre un desierto. Era un sueño, pero no es así de fácil. Formó un bosque.
-Entonces, ¿yo cómo llegué acá?
-De la misma manera que él. Tú habías sembrado un desierto.
-¡Este hospital! ¿Dónde estoy?
-Ya te daremos de alta. Ya terminamos con tu sueño y respecto a tu enamorado también.
-¡Pero es que él no puede soñar!
-Sí, pues. ¿Pero quién te dijo que él soñaba?
-¡Él estuvo viviendo en mi sueño! Pobre por Dios, ¡Dios!
-Por cierto, mejor contesta.

Yunie se levanta de la cama y supo que no podía ver más. El celular sonaba y justo se cortó cuando lo tenía en su mano derecha. Su madre se acerca. Le dice que tuvo mensajes de texto en la madrugada y ella tuvo que responderlos. Uno de ellos dice : “¿Qué pasó con ella? (mensaje 1) Gracias por usar nuestro servicio. Centro Médico para el Insomnio y el Desmayo”.
Neblina

XI

Mirar hacia arriba, el cielo blanco y teñido de gris. Una neblina tan espesa hay sobre mi cabeza, sobre mí que me hará ver como un punto en todo el panorama, en todo el mar que me rodea. Mi espalda se entrega completa al agua de mar. La mar que me suspende entre el cielo y la tierra del fondo. Es como encontrarse en una mitad del mundo. Algo neutral. Algo dudoso en encontrarse en el lugar correcto.

Mario cerró los ojos en medio del mar. La idea de ser naufrago no lo atormentaba para nada. Para nada. Para él, no era más que un charco, que una lagunita pequeñita donde solo levantarse bastaría para salirse y dejarse de tonteras. Pero no era así. Una gaviota se posó en su pecho. Las patas del ave comenzaron a herir la piel húmeda de Mario. Unas cuantas gotas cayeron de su torso. Tres gotas rojas de sangre se mezclaron con el agua salada y así, así de fantástico, así de moraleja, las tres gotas se transformaron en tres peces rojos que empujaban el cuerpo de Mario desde los hombros. Mario no abrió los ojos para nada, para no enterarse, para seguir la sublimidad de las sorpresas encantadoras, algo así quizá.

Mis pies, mis rodillas. Los peces se alejaron de mi espalda al recostarme en la orilla de una playa, en las orillas donde será mi vida de extraviado, de encantador, de hombre a la menos uno. Decidí, por fin, abrir los ojos y levantarme de la orilla. Levantarme y mirar los alrededores, todo, completamente todo y a mi mismo, y viceversa. Era una isla grande, larga, hermosa. Hermosos manglares, pantanos, plantas y rosas sin espinas.

Mario dejó atrás la orilla y comenzó a adentrarse en la isla. Investigó hacia el sur de la isla y encontró una cueva profunda, eterna en su profundidad, oscura. Una cueva que pareciera ser el punto de partida del nacimiento de esta isla. Una cueva donde debió de existir un cordón umbilical, algo así, algo por el estilo, algo donde se nutra la vida tan hermosa del lugar que llegué con tan solo tres gotas de mi sangre. Solo tres gotas. Nada más. ¡Y qué maravillosa es la naturaleza! Todo tan verde, tan virgen, tan virgen, Dios mío. Mario siguió su camino como explorador y sobreviviente de la misma manera. Sigue caminando desnudo por la arena, por los diferentes tipos de suelos en esa amalgama perfecta de belleza y creatividad natural. Fue más arriba, hacia el norte, a la cabeza de la isla. Su desnudez era el camuflaje autóctono, universal de la belleza humana en el desfile de seres vivientes, existentes, por desaparecer, también. Siguió con la vista indomable, sin parpadear, sin dejar que el polvo, la brisa, el viento haga parpadear a sus ojos y así perder milésimas de segundos de encanto. Ambición en la experiencia humana. Hermoso descubrimiento de la belleza en la naturaleza. Siguió hacia norte, hacia donde uno piensa encontrar escaleras eléctricas a un segundo piso, al cielo.
Habrán pasado algunas horas para que Mario encontrase un par de montañas blancas, hermosas, mágicas. Mario se quedó observando aquellas montañas queriendo revelar alguna historia de su creación. Buscó pistas de existencia de vida, pero en tanta maravilla, siempre se encontraba solo, pequeño, inmerso en un mundo verde y bello, increíble, también. Siguió con su paso hacia el norte. Mario quería cruzar entre las dos montañas para conocer más de ella. Eran hermosas, un paisaje, un panorama increíble, una simetría secreta y perfecta entre la fascinación y la poesía. Sus pies descalzos caminaban cada vez más rápidos. Iba imparable, cruzaba la naturaleza sin temor alguno, sin temor a caerse, porque sabría que volvería a levantarse por más que así encuentre la muerte.

Ya estoy cerca de cruzar las dos montañas blancas rodeadas de una naturaleza hipnotizante y bella. No descansaba en ningún lugar para guardar las imágenes en segudos de memoria, de sonrisas bellas, como si fuesen pastillas de aspirina para cuando uno las necesite. Comenzó Mario a guardar todo en su memoria. Cada roca, cada palmera, cada hoja caída que parecía reírse de la felicidad al nutrir la tierra que la seca, que la hace morir de a pocos. Tanto por contar y la vida se hace corta. Pareciera el sueño cual aún no despierto. Así, imagínate, así era.
Casi al terminar mi paso entre las dos montañas, encontré una roca en forma de corazón. Una roca roja y pareciera que late al moverme, al cambiar de perspectiva, en todo parece cambiar. Pareciera que late. ¡Se mueve! ¡Donde has visto rocas en forma de corazón y que encima latan! Dios, como no me das más vida y más vida y más vida. Acerco mi oído al corazón de roca. Siento su calor, su latido suave y cariñoso. Se entibia al poner mis manos cerca de sus venas, de sus pequeñas arterias. Su energía parecía dirigirse a la tierra, al fondo, a las entrañas de la isla hermosa, de la isla donde quiero ser naufrago para nunca más volver a ser encontrado, porque es aquí, en el lugar donde me extravié, donde me encuentro.

-¿Mario, ya no hace tanto calor?
-...
-Me lo imaginaba.

Mario se sentó al lado de la roca en forma de corazón y comenzó a quedarse dormido. Sin embargo, él tenía que continuar. Dio un beso tierno a la roca y se levantó desnudo a seguir su camino hacia el norte. Podía oler un benjuí exquisito, adictivo a su corazón tan humano y mortal. Siguió caminando hacia el norte y parecía que la isla comenzaba a estrecharse. Mario pensó estar llegando al limite norte de la isla, pero se equivocó. Pudo ver bien que el suelo del norte comenzó a estrecharse más y más y más. No fue así. Mario vio un tramo pequeño de tierra que lo conectaba a otra isla más pequeña que la que comenzaba a dejar. Caminó despacio para no perderse ningún segundo de sorpresa. Sus pies parecían nadar en la tierra, porque no los sentía. Siguió caminando y no faltó mucho para encontrar un peñasco que debió escalar, porque no había modo de pasarla por la derecha o por la izquierda. Comenzó a elevarse del suelo, su pecho rozaba cada vez más fuerte la roca del peñasco hasta que llegó a la cima.

Uno, dos.... y .... tres. Por fin. Ya llegué. Todo sigue siendo tan bello y exquisito. Me arde el pecho, pero no de las heridas que me hice, sino de la sorpresa que parece ser un airecito caliente, como mariposas de fuego en el estómago. Bello. No muy lejos puedo ver dos colinas alargadas, carnosas, pareciera. Se juntan en sus extremos y crean un agujero en el medio muy profundo que la luz del sol no parece llegar a su fondo, a su misterio que no me parece maldito, sino bello. Los misterios traerías sorpresas. Carajo, mirar y convencerme a primera vista. Es todo, para mí, tan nuevo y bello y todos los adjetivos que se me suman, que son vitalicios a la naturaleza y al amar.

-¿Mario? ¿Mario? Tranquilo, mi amor.
-...
-Tranquilo.

Mario sigue si camino. No encuentra más que belleza, que un pequeño peñasco con dos cuevas y ... y... dos jades verdes enterrados en la tierra, enterrados, enorme, bellos. Bellos. Tan verdes que el sol hace que me enceguece la vista. Verdes que se confunden con la flora, con la clorofila que se moviliza en los surcos de la tierra. Mario se acerca de a pocos con una mano sobre los ojos para no seguir lastimándose. Siente el calor en su espalda, en todo su cuerpo exaltado de alegría. Sonríe como si nunca fuera a acabarse el mundo, como si fuera cada segundo, la posible foto de toda la vida. Se sienta en el medio de los dos jades verdes y brillosos por el sol. Cansado ya de haber llegado al extremo norte de la isla. Se siente completo, sublime, como si fuera parte de la naturaleza con una responsabilidad nata de proteger, de vivir, de que la vida y la muerte es tan solo la cara o cruz de alguna hoja de algún árbol de algún tiempo que no recuerdo. Y todo ello sin tener más miedo que volver a ser el mismo. Cerró sus ojos negros y grandes. Los cerró como si se lo fuera a tragar la tierra y él muy tranquilo por ello. Pues que si me come, me importa un carajo. Ya no hay más que pedir, ya no hay más norte a donde llegar. Ya no hay más por lo que hay que llorar. Y más nada que cerrar los ojos. Cerrarlos no es más ver nada.

-Mario... ahora si...

La niebla se hace más espesa. El sol se encandece más y más. La piel se pone cada vez más roja. No quiero abrir los ojos, ya no quiero más nada. Pero... ¿Qué es lo que sucede ahora? ¿Por qué la tierra comienza a elevarse? ¿Cómo? Pero.... ¡carajo, ahora se está inclinando! No puedo caerme. Si caigo... si me golpeo con el mar. Dios, ¿qué sucede ahora, por la puta madre? Ya se pone más inclinado y comienzo a caerme. Estoy resbalándome y todo donde me cojo me suelta. Me hace caer. Me caigo, caigo. Grito, pero no me escucho. Quiero gritar, pero caigo y el aire del estómago ya lo siento en la cabeza. Caigo y el suelo se inclino totalmente. Pareciera que la isla se levantara y caigo. Y en mi trayecto veo el peñón que escalé, el corazón de roca, las dos montañas, la cueva donde debió nacer la naturaleza de esta isla. ¡Caigo!

-Ya, Mario, ahora si vamos. Ya siento mucho calor- Yunie se levantó de la tina dejando que Mario resbalase de su cuerpo hasta caer en el agua caliente de la tina.
Dos gorriones empacaron sus maletas en un nido de amor. Dos peces lloran en sus peceras pequeñitas con algunas gotas de sal para tener siempre el sabor de la casa, de donde fueron quitados, secuestrados para tan solo vivir en un universo más angosto. Dos perros se huelen, se ladran, se juegan a mordiscones como si fueran los chupetones de dulces enamorados, de seres que marcan propiedades con una huella, con la marca de un diente en la piel de su pareja. Dos gotas de agua cayeron en el mar donde se confunden con las demás, donde uno piensa que dejan de existir, pero no es así y así no será. Dos pequeñas hormigas se intoxicaron en la cocina en plena cena de una primera cita de enamorados. No cayeron al suelo al posarse una sobre otra la cabeza para no ensuciar más la mesa. Dos letras se acompañaran por cien años en un árbol marcados por una navaja. Dos pañuelo duermen en el mismo cajón donde fueron abandonados luego de dejarlos tan limpios de lágrimas y mocos. Dos chapitas de botella descansan debajo de un asiento en un paradero público. Dos arañitas compensan el tiempo de noviazgo contando autos de diversos colores desde un semáforo viejo y sucio. Dos monedas de un centavo sufren de celos al saber dónde se va una para no volver jamás. Dos libros aprovechan en abrazarse simulando estar en su lugar en un librero. Dos lagrimitas se unieron en una mesa jurando amor...

11 de marzo del 2007
Ningún lugar-
Lóbulo occipital