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Blog de Andre Suarez
Relatos que saben a cuentos cuando uno se toma el tiempo de escribirlo... Claro, la vida no deja de ser cuento.

Artículos con la etiqueta amistad


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¿Alguna vez han salido con alguien que les exige comprensión por ser amigos? Claro, eso es lo que hace un amigo común y corriente, pero ¿CÓMO DIABLOS SER AMIGO DE ALGUIEN QUE NI SE PREOCUPA EN DEJARSE CONOCER?

Esto seguro que les ha pasado a quienes tienen como amig@ a alguien de quien se enamoraron -y declararon- alguna vez. Obvio, esto suele pasar, porque ¿cómo diferenciar una intención entre una cita de patas y una cita por "algo más", si al fin y al cabo la invitación es la misma? Lo que suele pasar también es que ese amig@ evite salir a solas con esa persona que la invita, por lo que recurre a los amigos para salir en grupo. Claro, la estrategia es "Sí, salimos, PERO TAMBIÉN CON PATATÍN Y PATATÁN, y su prima y su primo".

Cuando esto sucede, cuando esta catástrofe sucede, ¿cómo pretende la amig@ que la persona que se acerca a ella la conozca, si ni si quiera comparten algo de intimidad o de conversación? ¿Cómo alguien puede exigirte una comprensión "por la amistad" si cada vez que deseas acercarte a esa persona, te sale con cualquier cosa para evitar la intimidad o una conversación "a solas"?

Es algo sumamente incomprensible, que solo un buen carajo -y unos tragos de vodka- puede solucionar este paradigma. ¿Qué haces, señores? ¿Apelar al orgullo y emputarse cuando uno se da cuenta que está siendo evitado porque nadie más irá en esa que SUPUESTAMENTE era de dos? ¿O hacerse el cojudo enamorado quien se convence de que si no es hoy es mañana?

La realidad es que el mañana significa una eternidad de lastimosa espera y el emputarse, bueno, digamos que un poco de carácter ante la indiferencia o excusa de lo evidente. ¿El olvido? Creo que sí, ¿no? Pero señores, cuando se trata de estas cosas, ¿qué cosa puede solucionarse sin la santa medicina que es el olvido?
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Una noche de algún día que no me acuerdo conversé con mi amigo y vecino, Ricardo, de todo un poco: mujeres, anécdotas de nuestra infancia compartida, la infidelidad, el sexo e inevitablemente de mujeres otra vez. Mientras buscábamos cómo suicidar de modo más placentero la noche -sea por Youtube o Facebook-, llegamos a conversar sobre nosotros mismos sin querer queriendo.

Él inició su discurso orgulloso sobre su padre -militar hasta los nervios y amante de la disciplina- y yo, bueno, trataba de equiparar el mismo orgullo, con el pleno convencimiento de que nada se puede hacer para cambiar las cosas del pasado. Luego de varios minutos de darle buena cara al pasado, llegamos a una conclusión, que lo que vivimos forjó -cada uno por su parte- nuestro carácter para adaptarse a una realidad adversa; una realidad informal que se realiza al paralelo de la realidad familiar formal. ¿No sé si me dejo entender?

En fin, ¿y cómo llegamos a una misma conclusión si cada uno interpreta la realidad a su manera? Quizás se trate de mera casualidad o que cada uno tiene un poco del otro, pues lo conozco desde que nací, bueno, desde que tengo uso de razón literalmente.

La respuesta está en que cada uno es el complemento de su propia historia, que son demasiado parecidas. La diferencia reside en que él pertenece a la realidad familiar informal que relaté al inicio; y yo, a la realidad familiar formal. Sin embargo, no todo se debe a que pertenecemos a bandos distintos de una misma historia -del adulterio paterno- , sino que cada uno piensa como quisiera que piense su "hermano" en la realidad.

Cuando me enteré que de tres hermanos, pues somos en realidad cuatro, siempre quise conocer a mi hermano "menor-menor" de la realidad familiar informal. Esto porque no tiene la culpa de nada, porque nadie pide nacer y no tiene la culpa de nada, a pesar que fui espectador de primera fila de una mujer herida con un anillo roto de compromiso.

Verdad, llamo a mi hermano menor-menor, porque es menor que yo, que hasta hace tres años pensé que era el menor indiscutible. En fin, dicha actitud que tengo para con mi hermano menor-menor es lo mismo que desea Ricardo de sus hermanos, pertenecientes a la realidad formal familiar. ¿Vieron la correspondencia de nuestras historias, a pesar de ser familias distintas?

Tanto él como yo pues somos el hermano que siempre quisimos, en una historia que deseamos no se diferencie por realidades formales e informales, sino de una gran familia de hermandad, de hijos que prometen ser diferentes a las circunstancias que lo educaron y que se reconozcan como tal, como hermanos, no como bastardos... Como hermanos que no solo tenemos un linaje compartido por el ADN, sino porque convivimos con el mismo discurso cuando nos pregunten "¿Cómo es tu familia?"

Y debe ser por eso que Ricardo es más que mi amigo, pues es mi como hermano. Aún más cuando cruzamos nuestras historias y notamos en cada uno lo que desea de un "hermano formal", dependiendo del bando desde donde cuentes la historia.
Silva el viento con pequeñas tonadas de tu risa, que encanta su aire, su frío, su ternura. No puedo verte ya que cerré los ojos asustado al camino que tanto gustas: el de la suerte. Y la brisa sigue silvando tu risa, que llegan a mis oidos como dulce melodía que encandila las pasiones. Linda, tu cabello hace de girones al viento mientras respiro el aire que exhalas con los sustos de un corto viaje motivado por el recuerdo agonizante de una infancia que nos abandona. Y reímos de todo, como dos niños que habitan en un pasado que no vivimos, pero que hubiésemos querido vivir.

Mis ojos se abren de poquitos, temiendo un mal giro de la suerte mientras sigues sonriéndole al devenir. Y yo te miro con ganas de besarte y no besarte, te miro encantado sin admitirlo, te escucho pequeñita y sensible entre mis brazos. Te escucho y quizás tú también me escuches. El camino se acorta y el viento dejó de atropellar tu cabello que se enreda con el mío. Enhebramos el tiempo, la sonrisa desinteresada que nos hace tanta falta como la travesura que hicimos... al tentar al camino largo para mí, mi memoria y tú.

El viaje culmina mientras otro empieza: el regreso a la realidad para tratarnos como dos extraños. Te oí, dirá la conciencia, mientras tu silencio ahora prima en nuestras tertulias, cuando recuerde los cuchicheos que tu risa provocaban en mí. La brisa, el viento, tú a la proa de mi barquito que aún habita en mi memoria, mientras que tú... tú eres aún víctima de la imaginación de este loco que inventa historias de la nada. Como esta, por ejemplo, que duró solo dos minutos en la vida real, aunque la memoria sea exacta en valorar tu recuerdo.

Dos minutos parecen resumir la eternidad cuando se trata de recordarte.
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¿Se han rendido algunas veces a las enseñanzas mañosas del resto? En otras palabras, ¿se han convencido de que la pendejada es el lado correcto de la vida? Y peor aún, ¿que la pendejada sea alabada por el resto de personas?

Lo que yo dije pueda que sea consecuencia de una baja autoestima como para enfrentar al mundo, pero a la vez soy sincero conmigo mismo que a nadie nos pide cuentas sobre nuestras acciones... Salvo los evangelistas que se abstienen a tantas libertades por el castigo divino: es decir, más cojudeces.

Pero bueno... hablemos de la pendejada, que la considero como una acción dirigida al beneficio propio a costa de lo que piense el resto: es un acto desinteresado, de libre albedrío caracterizado por estar encima del resto. No hay pendejo sin pendejada, quien es el autor intelectual. Y no hay pendejada sin un cojudo a quien hacércela.

Y parece que el Perú somos un grupo donde todos tratamos de ser pendejos, es nuestro arte. Esta práctica generalizada parece dominar a su vez un criterio para resolver qué tan bueno puede ser una pendejada. Bajarse del micro sin pagar y salirse con la suya es una pendejada genial, pero si alguien alucina ser quien cambie el mundo a paritr de la humildad le dirán: "Anda, ¡no seas pendejo!". Y no es de que sea una contradicción, sino que es un pendejo malo, desviado, algo acojudado.

Bajo este criterio colectivo para definir las cosas... pues algo resulta cierto, que justos pagan por pecadores cuando se actúa con sinceridad, con una ligera cuota de verdad en todo lo amplio del término. Por ejemplo, hay quienes se sinceran con lo que sienten y resultan tildados de arriolas en potencia por personas que no conocen ese sentimiento, sea porque se dejaron llevar por la ola de pendejada, sea porque fueron víctimas al sentir una verdad frente a un hatajo asqueroso y resentido.

He allí mi conclusión, el diagnóstico para quienes aún persisten en sincerarse con lo que piensan y sienten, que evitan aprender las mañas que fueron consecuencias de la decepción. Vuelvo a preguntarme, ¿debe uno rendirse a las enseñanzas mañosas del resto, de la pendejada?

Ser romántico -no me refiero al estúpido imbécil de quien se considera así por escuchar baladas- se trata efectivamente de eso, de enfrentar dicha contradicción... pero a la vez romántico en su máxima potencia parece resultar quien por cojudo no logró lo que quiso y que padeció en el intento, aunque sus acciones sean reconocidas por todos como "románticas y lindas"... Pero eso no quita su sinonimia con el cojudo, ya que los dos no lograron su objetivo.

Entonces se puede decir que tanto el romántico como el cojudo tienen algo en común: el prospecto de futuro perdedor, aunque tenga renombre sus acciones quijotescas, sea para encandilar el amor de una mujer o librar al planeta del hambre.

Luego de todo esto -y de la conclusión para nada optimista- ¿debe uno rendirse a las enseñanzas mañosas del resto, de la pendejada? Creo que sí, lo digo como romántico herido. Sí, compañeros, creo que uno debe rendirse a la pendejada algunas veces, es un mal necesario. Lo admito como humano, como regidor de las sensibilidades etéreas en un universo humano huérfano del sentir una verdad... también lo admito como un cojudo apendejándose para el mañana.

Por lo menos hasta que una dulcinea me haga cambiar de opinión.

Ohh, la verdad, ¿cuántas pendejadas se hicieron en tu nombre?
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Dicen que las personas más dicen de ellas en sus movimientos, que por lo que hablan. Personalmente no sé que decir al respecto. Creo que yo soy esas personas que creen demasiado en lo que es la palabra hablada, así como la escrita, más que en los gestos, detalles y todo aquello que la proxémica apunta a investigar.
No sé leer aquél lenguaje oculto entre cada pestañeo o tics nerviosos que la pierna delata. Pienso que deben ser cualidades que cada persona puede leerlas de modo especial, particular. Hasta hace unos días creo arrepentirme de tener dicha cualidad: saber en qué parte del silencio es donde se tensan los nervios, donde la verdad florece a costa de un hoyuelo en la mejilla o de un beso que no se dio.
Cada persona debe tener un don para las enredadas relaciones humanas. Por mi parte, creo que tengo el don de preguntarme cosas como estas cuando me faltan las ideas y un suspiro carga los dedos, como si fuera un revolver a punto de disparar.
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El cigarrillo parece resumir las relaciones humanas, sus tertulias, sus gestos y uno que otro paradigma. Parece que cada bocanada de humo materializa el aliento, como para observarlo a través del tiempo, como para ver que cada uno puede ser el último. Y el olor entre los dedos de tabaco quemado, el suspiro descontrolado que sincera las palabras, los "tsee" que los labios chasquean como si el alquitran tuviera un sabor deliciosamente nocivo al cuerpo, fumar como si restarle minutos a la vida fuera un éxito a la salud...
Al pasar los ratos, cuando los dedos tiemblan para deshacer los montículos de ceniza absorbidos por la boca, se resume la llama incendiaria en un cuerpo inutil, en una masa ignorante y autómata, sin sabor, estúpida y pisoteada por quien lo domina: el asesino, el mendigo, la prostituta, el adúltero, el egoísta. Así sucede mientras hablas através de los ojos, cuando callas por los oídos y miras por la boca. Te confundes en el solipcismo, en la callejuela mientras la noche embellece un rotro hambriento de sentimientos, que besa un cigarrillo y reclama justicia a nadie sabe quien, a quien quizás no le importa.
Y mientras la llama se acerca a los dedos, cuando el aliento finito de los pulmones deja de tener razón de ser, se queman las ganas de seguir conversando, a pesar que se hable mucho y se diga tan poco. Mientras esa llama se extingue, así como la atención debida a las cosas que no importan porque son importantes, se hace una maroma al tiempo y el tiempo deja de ser ahora. La última ceniza desaparece con el tiempo, en los miles de zapatos que aplastaron su frágil cuerpo, haciendo de esta el polvo que ensucia la ciudad, un polvo que esparce pequeñas miserias humanas al ser testigo de estas...
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¿Nunca les entró las ganas locas de matar? Bueno, algo por el estilo siento, mientras padezco una gripe que me malhumora el día y despierta una sed asesina por las noches, de ultraviolence Alexiana y sus drugos. A pecho frío diré efectivamente que tengo ganas de matar, que lo pienso y repienso las mil y unas formas de cómo extingir un aliento ajeno al mío, cómo torcer un cuello hasta separarle cada vértebra de su columna o revolver un desentornillador en el ojo de un imbecil, mientras chilla de dolor: un sonido que alimenta el ego del asesino que corrobora su dominio sobre los seres más débiles.
Claro que una cosa es pensarlo y otra hacerlo, pero imaginarlo tan bien, con buenos detalles, pareciera que el goze nace en el inconciente, a pesar que no se cuente con un buen numero de tripas en las manos o un charco de sangre y sudor en la camiseta.
Hice una pequeña encuesta en la Universidad, entre los amigos, y sí, por lo menos hay un pequeño grupo que tiene de vez en cuando esas ganas locas de matar... siempre al enemigo, claro está. ¿Pero cuál es la frontera entre el impulso de pensar tanto en un asesinato como sentir el goze inconciente a diferencia de un asesinato real y auténtico?
No lo sabré hasta que un día lo intente... No es nada profético, sino que es verdad, ¿cómo saber algo si no lo haces? Seguro que se trata de un misterio que los hombres cuadriculados a las normas sociales no sentirán en sus vidas. ¿Y sentirlo, entonces, sería un priviligio por quienes pueden actuar encima de la ley? Pienso que sí. Matar es un acto de libertad, claro que en un mundo muy egocéntrico, pero de cierta forma es una libertad, pero que atenta a los derechos de los demás. En conclusión diría que matar es como el pendejito de la vida y la libertad.
Más que matar, pienso, que más las ganas locas que tengo son las de herir, de humillar, de "matar" socialmente, si es que así se puede llamar al deseo de romper una botella de cerveza en la cabeza de un extraño, para luego romperle un par de dientes a punta de patadas y colocar su boca en la acerca para después patearle en la nuca: una onda muy artística de dislocar mandíbulas muy interesante (que por cierto lo vi en una película). Eso siento... eso pienso... Y temo que eso no haré, y temo que por eso no soy totalmente libre... o el pendejito libertario.