El doctor lo miró con asombro, preocupado, como si viera en el paciente un próximo cadáver a ser enterrado. Sí, ese era yo, sentado al borde de la camilla mirando sin mayor reacción al susto del doctor. "André -me dijo- te vas a morir". Lo que no supo el doctor en aquel momento era que mi corazón no estaba donde lo tienen los normales: mi corazón está al lado derecho. Sí, se equivocó, así como los otros siete doctores que visité.
Sabía bien que no iba a morir, pero ir asustando a los doctores en cada chekeo médico era una diversión: ver sus caras de incertidumbre, aflojando el rostro para decirme en veinte palabras un "te morirás". En fín, no me moriré hoy ni mañana, tampoco creo que pasado mañana, pero tener el corazón al lado derecho es como morir en vida. Es decir, es como decir que morí desde ayer.
"¡Puta, eres un insensible de mierda!", me dijo aquella mujer que me abandonó por serle infiel con una mujer llamada Rutina Laboral. Otra vez me reí en el velorio de un tío, que conocí hace muchos años. Su hija, mi prima Katty, me vio. Y entre los quejidos de los familiares mezclados con algo de moco se escuchó el rotundo "¡Eres una mierda! ¡Respeta a mi papá!". Nunca más volví a su casa.
Y así pasó a ser mi vida, insensiblemente bella para quienes adoran la pragmática, pero infinitamente sufrible para quienes comparten la vida con humanos, quienes muchas veces me hablan de algo... de algo que ustedes llaman... cómo se llama esa huevada... Ah, sí, amor.
Tanto el psicólogo, como el amigo de la cuadra y el curita del vecindario me hablaron de eso, desde muy pequeñito, pero nunca entendí. Una vez le dije a una puta para hacer el amor, desde entonces pensé que el amor se trataba de un contrato económico. ¡Y para qué se lo pregunté a mi padre! Bien cierto es que él no era economista, pero descubrí sus dotes en el box al contárselo.
Tuvieron que pasar dos años de psicoterapias para por fin comprender esto de tener el corazón al lado derecho, donde nadie parece encontrarlo, porque viven en un mundo donde creen que todos son iguales a ellos. La respuesta era simple. como casi todas las cosas de esta vida, tanto para quien tiene un corazón a la izquierda o la derecha. ¿La del amor? Pues no lo sé bien, pero me imagino que es esta incertidumbre de "no saber" lo que me motiva escribir esto para aquella mujer que quien lo lea me ame alguna vez.
Resulta que siempre tuve corazón, pero lo malo de tenerlo a la derecha es que nadie parece escucharlo, porque todos escuchan donde piensan que debería estar.
Como escribí hace un par de post, siempre me identifiqué con la raza negra. Claro que no soy negro de cepa, pero sí tengo raíces que prevalecieron más en mi crianza, como las fiestas familiares y la vida con mis primos. Bueno, resulta curioso que escuche música negra, porque no soy muy criollo, pero algo que sí me encanta son las coplas de Nicomedes de Santa Cruz. Aquí comparto con ustedes algunas de sus coplas que más me gustaron, todo con el fin de promover un arte que se extingue con el tiempo, así como los recuerdos familiares y la nostalgia de una raza destinada a seguir buscando la igualdad.
Ahora que recuerdo haberte olvidado
regresas como quien pide que regreses,
como quien no pide que no vuelvas
o como quien da por sentado la soledad.
Ahora que recuerdo haberte olvidado
siento que no debo sentir lo que ahora pasa,
siento que pasa aquello que traté de olvidarlo...
siento que olvidé de qué se trataba olvidar.
Ahora que recuerdo haberte olvidado
reaparece aquella estela de nostalgia
que deja el pasado en los recuerdos,
como telarañas que carcomen el tiempo.
Ahora que recuerdo haberte olvidado
siento la misma rabia por la que decidí olvidarte,
siento que olvido el temor de seguir recordándote,
siento que te recuerdo por solo olvidarte.
Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay quienes luchan toda una vida,
esos son los imprescindibles.
-Bertolt Brecht-
Si por algo desplegué mis alas, fueron para cruzar el camino que me distancia de ti. Si por algo vencí mis miedos a volar, pues fue para luego caer en picada sobre tus brazos tendidos, heridos por las desavenencias del destino. Y si me preguntas por qué lucho, te diré que para ser diferente, ajeno a aquella realidad que carcomió su sinceridad hacia terceros, que venció tus ojos ilusos que contemplaban el horizonte con la promesa de que sea infinito.
Y ahora... el ahora que vuelo seguro, confiado de lo que jamás podré explicarte, porque el querer no se explica con palabras, te digo que a nada más temo que el miedo mismo. ¿Que si conozco el miedo por arriesgar instantes de mi vida por una promesa de felicidad? Solo sé que no hay más vida del ahora, cuando pido verte a los ojos para que extirpes a través de mi pupila una fibra de corazón. Sé que no hay más oportunidades para equivocarse que el momento cuando pensamos que todo anda bien. Sé que no hay mejores momentos para ser feliz que el momento cuando pensamos que todo anda muy mal.
Sé que soy mortal, sé que no soy eterno como para realizar las promesas trilladas que la emoción propone, pero eterno seré cuando la comprensión domine el lenguaje de mi silencio, cuando preguntas por mi razón. Y si por algo lucha la temeridad de mis sentimientos es por la promesa de eternidad en un mundo huérfano de cariño, un mundo que es hijastro de la verdad, pero hijo de la necesidad por ser cada día mejores.
Ya guardé mis alas sobre tus manos, guarecí mi verdad sobre tus labios sedientos por un beso sincero y cobijé esta energía de ser distinto en tu historia, en tus nervios que algún día te poseerán, que algún día se convertirán en las cosquillas que motiven tu sonrisa, en el hombro que escuchará cuando grites en silencio... Aquella energía se convertirá en latido del corazón que volvió a ser corazón.
Esto bajo la lucha interminable del mañana, bajo un ideal llamado felicidad.
Cuéntame un poquito más sobre qué es lo que haces, cuando nuestros caminos no se cruzan, ni si quiera con nuestras intenciones. Dime si es que tu camino se bifurcó hacia otro sendero, donde no sientas frío, donde la confianza conviva con la verdad. ¿En otro sendero acaso encontraste el amor?
Please tell me more.
Ya en otras copas de árboles pudiste observar el horizonte que buscabas, en otras atalayas te cuidarás de los demás. Será que en otras tierras fecundaste tu cariño herido y huérfano, enterraste aquella semilla en el pecho de otro ser. Y sobre su sombra duermes segura y, acaso, ¿bajo su sombra no habrá posibilidad de dolor?
Please tell me more.
Dime si andas por otros senderos, caminos y tierras que cuidan de tus pasos, porque te perdí de vista desde mis dominios, que prometieron acogerte, aunque no los quieras. Cuéntame si hallaste tu camino, a pesar que en los cielos impere la desquicia del engaño. Tan solo dime si sonríes al otro lado del planeta, que puede ser tan lejos como la distancia entre mis dedos y este papel. Dime si sonríes, con aquel brillo parecido al sol...
Quisiera interpretar el silencio que ahora cobija tu recuerdo, traducir el impulso eléctrico de tus nervios mientras atabas el anhelo a mis manos, sostenerte por un brazo y quitarte el aliento con un beso desesperado. Y sucede que ahora, que hoy me pregunto por ti estando en la inopia, parece que te espero, pero no te espero... parece que me escuchas, pero no te escucho... parece que te olvido, pero no te olvido.
Parece. Ahora es cuando las apariencias son el soporte de un recuerdo condenado al olvido, destinado a ser una tabula rasa donde bosquejaré tu sonrisa, como la pienso ahora, como siempre la fue. Te dibujaré sin cambiarte, aunque tus razón evite este compromiso condenado al fracaso. Te dibujaré con los dedos, contorneando el borde de tus labios y besándolos, tragando el polvo, el carboncillo y la desesperanza.
Y te dibujaré como si fueras la extensión de las líneas de mis manos, sin la necesidad de corregir mis borrones... sin la necesidad de hacerte perfecta, porque lo eres ante tanta imperfección de este mundo que gira contigo y yo me detengo para verte a ti. Se gastarán mis dedos ante el esfuerzo infinito de volverte a ver, aunque seas fotocopia de un recuerdo aborrecido por la razón que tanto luces, y que tanto me gusta a la vez.
¿Y yo? Pues yo soy la extensión de mis inventos, de mis querer que te inventan para parecerse más a la realidad. Y será a través de tus de ojos de carboncillo, en que por fin te podré responder acerca de mí, otro dibujo imperfecto con buenas intenciones...
Y será por fin a través de tus ojos por donde pueda decirte mi sentir.
¿No han deseado desesperadamente que las paredes, puertas, mesas y sillas hablen? Bueno, algo así me siento ahora. Le hablé a todo el objeto inanimado que se me cruzara, menos a los tomacorrientes, porque me pasaron corriente cuando quise darle la mano. Y tampoco a los televisores, porque nunca dejan de hablar.
Sé que no me responderán, aunque siento que a la vez me observan como si quisieran escuchar lo que guardo en mí. Seguro que los aburriré si es que logran oírme, pero por lo menos son buenos amigos porque nunca se quejan de la historia larga y tediosa que vengo a contarles... A pesar de que se trate de alguien que tan solo conocí meses atrás.
-Hola, silla, ¿cómo estas?
-...
-Seguro que bien. Entiendo que mi hermano debe bajar de peso, porque debe molestarte cargarlo siempre.
-...
-Sabes, algo me pasó ayer...
Y así es cómo empieza la terapia a la que me sometí de 10 a 7. Déjame contarte que la silla es más paciente que la mesa; que la lámpara es caprichosa, porque asegura tener siempre la luz de la razón; que la pared es fría de sentimientos; que la aguja es muy aguda en sus criticas; que la moneda de 10 centavos es hipócrita, porque tiene doble cara; y que los cojines son engreidos y dan ganas de golpearlos.
Nadie me dio respuesta alguna, a pesar que la esperé... ¿A la respuesta? No, esperé a ella, que no sé por qué cobró forma de silla, de pared, de mesa, de cojín, de lámpara y de aguja. Claro, menos de tomacorriente.