Artículos con la etiqueta Lo que nadie se imagina
21/11/10 |
Publicado por: a20063269 | Categoría General
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Guillermo More conduce su Toyota Corolla rojo por la avenida Javier Prado. Su codo en la ventana y la colección de stickers en el parabrisa notaban su experiencia bajo el volante. Él se llamaba el rey de las pistas, como Meteoro pensaba al recordar su infancia y su amor por los autos.
La luz roja lo detiene, prende un cigarro. Suspira, la luz verde otra vez y avanza despacio, confiado en su carroza real. Pero no confió que en todo reino siempre hay un loco de mierda que quiere matar al rey, por lo menos eso no lo supo hasta que un VW Gol, que intentó ganarle a la luz roja, chocó con su nave.
-Viejo concha tu madre, cómo se te ocurre...- gritó un veinteañero, alterado, jalándose el cabello largo por la desesperación.
-¿Pero acaso no ves el semáforo, hippie de mierda? ¿Qué huevonazo te habrá enseñado a manejar?- Preguntó furioso Guille mientras acariciaba suave su auto como si fuera su último hijito con yaya. Mira al responsable y ve en él algo familiar.
-¿Que quién me enseñó? Tú pues viejo loco...
Y mientras el público se acercó para ver el accidente y a la espera de la policía, Guille se dio cuenta que no se sacó el photocheck de la escuela de manejo. Y del Rey sus hijos vastardos al trono.
08/11/10 |
Publicado por: a20063269 | Categoría General
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Julian... el pobre de Julian, quien desde su caseta en la calle Independencia, en San Miguel, miraba enternecido a los niños disfrazados por Halloween. Él los miraba con el deseo de retroceder el tiempo, de ser niño otra vez y acompañarlos en la aventura nocturna. Supo que jamás podrá hacerlo, que mejor sería no hacerlo ya que, desde pequeño, nunca tuvo el dinero suficiente para un disfraz. Esto causaba la burla de sus amigos.
Julian veía a los pequeñines de Batman, de Robin, de Spiderman... todos acompañados de sus padres, de sus hermanos mayores con quienes coreaban el "halloweeen" luego de que el timbre sonara, como si fuese una diana que avisa la bienvenida de los caramelos. Lástima que la ternura no duró para siempre al saber que entre los pequeñitos disfrazados de diablitos hubo uno que sí era diablo de verdad.
-¡Mira mamá, ese señor está disfrazado de guachimán!-dijo una voz aguda, que provino de un grupo de niños.
Julián, el pobre de Julián regresó a su caseta como si fuese un reloj cucú para no volver a salir. Nadie supo más de él luego de ese día. Unos dijeron que regresó a sus tierras por Ayacucho, otros que se suicidó a los días, pero algunos apuntan al mito urbano que cada halloween él aparece en forma de niño pidiendo caramelos...disfrazado de guachimán.
05/12/09 |
Publicado por: a20063269 | Categoría Narrativa
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Tendida sobre la cama, él deja caer su cuerpo encima de ella recordando las travesuras de cama del pasado. Ella se desviste apurada, comienza por la blusa arrancándose los botones para mostrar los senos a su amor. Él la mira con ojos hambrientos de ver la figura desnuda de su mujer luego de varias noches sin poder tocarla. Ellos se acomodan sobre la cama y ella tira la blusa blanca al suelo para entregarle el cuerpo a su amor. Él contempla los senos de su pareja mientras ella cierra los ojos estirándose sobre la cama. Los años de sus cuerpos pasaron sin que eso perturbe los deseos carnales de la pareja. Mientras besa el sendero de los senos de ella, él acaricia uno de los muslos para provocar el gemido de su pareja. Los besos se vuelven más toscos, saben que el tiempo no los espera para hacer el amor con cariños y ternuras. Ella no aguanta. Está acabándose el tiempo.
-¡Ya, hazme tuya, tu mujer!- Gritó ella mezclado con un jadeo constante por su exitación.
-Damelo, dámelo- Dijo él haciendo referencia al sexo de su pareja.
Ella se baja el pantalón y él sabe por instinto qué hacer. Se tapan con la frasada para dar inicio a lo que la imaginación diera rienda. Se exitan juntos, se gritan por más sexo y se muerden la piel con ganas que el goce sexual no se termine...
-¡Ya fue tiempo suficiente, cada uno a su celda!- Grita el carcelero al golpear con su cachiporra las rejas de la celda donde los tórtulos hacían el amor.
-Sí, sí, espere- dijo él y se puso los pantalones lo más rápido posible. Ella se tapaba con la sábana para mostrar los senos a los tres guardias que estaban en la puerta de la reja.
-Anda, mi amor. Espero que esto se repita- dijo ella tocando la espalda de su pareja, que se sentó al borde de la cama.
-¿Cuánto te debo por el viagra?- preguntó él al guardia. Él se ríe y mira sus demás colegas para burlarse de él. Le dijo que cinco soles, porque es dificil hacerlas pasar dentro de la prisión.
-Está bien- repuso él, que se colocaba los lentes gruesos de marcos anchos.
-Vamos a tu celda, Cachetoncito- dijo el guardia recordando el monstruo que fue durante los ochentas, pero que ahora no daña a ni una mosca.
Días después el alcaide de la prisión supo de lo acontecido: se despidieron a los tres guardias que colaboraron con el encuentro amoroso del prisionero 07365293 y la prisionera 34718374, Abimael Guzman y Helena Iparraguirre.
11/11/09 |
Publicado por: a20063269 | Categoría Narrativa
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-Pajaro de mierda...
El señor Benitez presiona el freno a fondo de su auto, acciona el limpia parabrisas, su esposa grita hasta irritar al esposo logrando que él haga un silencio luego de insultar al pajaro que se estampó en su parabrisa en plena Costa Verde. Un pedazo del pico del ave se incrustó en el parabrisa clavandola sin la posibilidad de retirarla y su cuerpo se balancea. Un giro brusco, el cuerpo del ave se mueve, se parte el pico, solo la cabeza del ave sigue incrustada... la señora se desmaya, los frenos fallaron en la bajada del Estadio Miraflores.
El auto cae y nadie puede auxiliarlo. Todos andan ocupados con el mismo problema que llevó a la muerte al señor Benitez: librarse del pajaro de mierda. En la Costa Verde los autos frenan al unísono y los gritos comienzan a escucharse en coro. Los que salieron a correr al borde de la pista fueron los más afectados: los pajaros picoteaban sus brazos que trataban de cubrirse el rostro. Atacaban a los ojos, al cuello y otros volaban alto para tomar velocidad en su caída suicida a la cabeza de los hombres, un trayecto suicida del animal.
-Cierra la ventana, Luis...
Ordena Mercedes Lizarraga a su esposo que están echados en el suelo de su departamento ubicado en la avenida Larco. Luis se apresura y cierra la ventana. Logra ver el panorama: los pájaron se estrellan contra los vidrios de los edificios, los vidrios caen en forma de esquirlas sobre los peatones que miran al cielo. Los cuerpos destrozados de los pajaros comienzan a caer desde un onceavo o décimo piso de las avenidas principales de Miraflores. Los niños, que paseaban antes del pandemonium, vomitan al ver los cuerpos triturados de las aves. Ellas sin cabeza, otras hundidas hasta el pecho por su impacto frontal y algunas disparan sus tripas como granadas al caer al suelo a la velocidad de su caída.
Mercedes llora abrazando a su hijo de doce años que aún no entiende qué sucede. La policia continúa sin entender la causa del desastre. Desesperados desenfundan sus armas y disparan al aire para atinar a una de las "hijas de puta, come plomo, mierda", dijo el oficial Sanchez antes de ser atacado por una cuadrilla de pajaros. Su cadaver sin ojos en la morgue sería reconocido por su esposa a la semana siguiente.
La plaza central de Lima estaba cubierta por una sombra eterna hecha por los pajaros en su vuelo. Las personas temen, se cierran las tiendas, la gente que queda afuera grita desesperada al desconocimiento de lo que sucederá con ellos...
El presidente mira el cielo desde su ventana en el palacio presidencial. Mira sin temer, prende un cigarro... su silencio combina con sus ojos abiertos sin sorpresa alguna. Suena el teléfono estoicamente sin que el presidente le preste atención. Mira el reloj, las seis y cuarto de la tarde. Se sienta en su escritorio para revisar unos folios encargados para él, a su nombre.
Sin leer si quiera el título, levanta su pluma con una semisonrisa que oculta, en su otra mitad, el siniestro encanto del poder fecundado en la muerte.
El asistente presidencial, Jose Luizar, lo observa. Se seca el sudor con un pañuelo blanco que se va enegreciendo mientras rosa su piel. Él aún no comprende lo que pasa, aunque se llenó de mentiras la boca para la prensa diaria.
El presidente se acerca y le da el folio. El asistente mira el folio. Comenzó al ataque de las pajaros kamikase.
30/08/09 |
Publicado por: a20063269 | Categoría Narrativa
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La noche por Barranco era tan fría que congelaba el pecho, el corazón clausurado por despecho, por el desamor. Los amigos que miran ávidos a las chicas no eran correspondidos: se querian largar del boulevard al no sé donde, pero aseguraban que ese desconocimiento era más divertido que estar parado pasando frío. Ellos buscaban sexo fácil y divertido. "Un poco de letra, cojudo... algo que tu no sabes", me dijo el Pepe Rioba, que consume la última hoja de marihuana para luego pisar el troncho. Lo miro absorto y no supe cómo responderle, ¿le daría la razón? Acaso cómo sabe que aún soy virgen... Lastimosamente, como dice siempre mi padre cuando me ve con los amigos, los chibolos crecen rápido, tan rápido que a los doce años debutan los jóvenes.
Yo tengo 16 y aún nada... piticlean... sanito...
Pepe Rioba agrupa a nuestra gente. Eramos unos cinco malandrines sedientos del encanto por la incertidumbre e hiperactivos por las hormonas revueltas. "Vamos a malograr a este weon", decía Pepe agarrandome por el cuello. Cierto que no fumo mary jean como él, pero algo quería hacer conmigo. "Ahi que llevarlo al troca a este broder, hay que llevarlo al dentista, pe", dijo Pepe mientras guardaba sus cigarros. Todos me miran y accedieron. Me mostraron el dinero para que acepte, que todo iba a ser pagadito. Pues cómo no iba a serlo, si nos reunimos esa noche, porque era mi cumpleaños.
Bajamos del taxi justo al frente del "dentista". Se trata un local medio abandonado, por la Victoria. Mi amigo me cuenta, mientras ingresamos, que el local lo alquila un dentista para que vayan las putas vayan a hacer lo suyo. Ingreso y el olor al típico plastico dental se adentra a mis malos recuerdos con el dentista. Veo a mujeres semidesnudas caminando de un lado al otro. Habían tan solo 3 clientes muy ebrios. Dos de ellos dormían y el otro gozaba del seno de una de las protitutas. "Como lo lame el huevón. Piensa que es el de su niña", djio Pepe mientras me jalaba hacia un extremo del local. Las chicas parecían conocer a Pepe. Sucede que él es del barrio y aquí todos se conocer por sobrevivencia ante la inclemencia delicuencial de las calles de La Victoria.
"Milaidy, ya pues, bailale al piticlean de acá", gritó Pepe mientras me sentaba a la fuerza. Ni apenas caigo, una chica de unos treinta se acerca hacia mí. EN el camino se saca el sostén y acerca sus dos senos al rostro. Ella bailaba frenética, a ritmo del dinero que le dieron mis amigos antes de acercarse a mí. Ella se menea, mis maigos gritan como los nómades, como el instinto de los hombres cuando claman por sexo salvaje. Me miran todos viendo mis movimientos, mi soltura, mi clase de introduccion a la hombría, al decir "cogí la teta de una mujer que me tiré": la titulación de un muchacho joven como yo.
"Agarrale las tetas, cojudo", me recomienda Pepe. Los demás miran ávidos las contorsiones de la chica. Yo, helado, temblaba... incluso, debajo del pantalon.
"Agarraselas, huevón!", gritaron los demás al unísono. "Agarrala cojudo, ya que esperas, mierda", gritaban mientras consumían alcohol en la barra. Trataba de distraer la mirada para no ver ese voluptuoso cuerpo. Ella se acerca, se acercan sus senos y yo en medio, entre dos gigantescas montañas donde al escalarlas con las manos se debaten mi pertenencia al grupo, mi valor como macho cabrío entre la gente, entre mí mismo y mi debut... Ella se acerca´más. Me susurra al oído... "hazlo... vamos... hazlo, papi", dijo suave, cándida... deliciosa.
No le contesté y mis manos suben hacia sus pechos tensos y pesados por la gravedad.
El resto fue el grito sordido del de seguridad, un par de mierdas y carajos que clavaron sobre mí el peso de la verguenza ajena. "Cochino de mierda", me dijeron las señoritas de la noche mientras vomitaba la poca bilis que tenía en el estómago. Las nauseas, mi vómito en el suelo tibio, el olor a cigarro... mi vómito en el suelo otra vez.
En la calle, Pepe sonríe. "Puta que eres salado broder... jajaja, que cague de risa".
Pues claro, cómo no reirse cuando presionas los senos de una mujer y te manchan la cara con pura leche materna. Y yo, que soy intolerante a la lactosa desde que nací.
05/06/09 |
Publicado por: a20063269 | Categoría Narrativa
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Sábado 13 de marzo...
10.00 pm
-Grácias por venir a mi fiesta, Laura. Te ves genial con tu disfraz de Gatúbela... O, Hola Guillermo, te ves genial. Sí que eres el Guasón. Y tú que me fregabas con que no vendrías disfrazado. ¿Y Sergio? Oh, allá está. Hola, amix, qué tal. Pucha, tú sí que eres el Zorro. Los bigotes te ayudan. Anda por allá y gracias por venir a mi fiesta. Sí allá, por ahí debe estar la gente de la promo. Ahora voy. Espérenme...
(Suena el timbre)
-Oh... Hola, qué genial tu disfraz... Es parecido al de ... Como se llamaba. ¿Acaso te tratas de parecer al koreano ese que disparó en una unversidad como loco?
-Oh... Bueno, solo trato de disfrazarme de quien trato ser, jajajaja.
-Qué gracioso eres. Anda. Ven pasa.
Domingo 14 de marzo
2.00 am
Informe policial
A la 1.37 am, la vecina Gladys Echeparria, de 39 años, escucha siete disparos dentro de la casa de su vecino de enfrente, donde se celebraba una fiesta de disfraces por motivo de cumpleaños de Angela Alacorta, de 20 años. Los testigos sobrevivientes a la matanza señalaron que los disparons fueron perpetrados por un joven de gorra negra, de rasgos asiáticos y que gritaba "ESTO NO ES UN DISFRAZ!!!!", mientras disparaba a sus rehenes en forma de ejecución. Ángela fue la quinta víctima de un total de 25 cadáveres encontrados en la sala del domicilio. Algunos testigos señalan que el asesino subió al cuarto de Ángela para recostarse y dispararse en el cuello.
24/02/09 |
Publicado por: a20063269 | Categoría Narrativa
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Don Jaime Peirano guardaba su platita en la billetera y otro poco en la media por el temor a un robo impredecible. Había vendido el auto familiar para comprarse un bello Volkswagen en una subasta. "Jaime, acompáñame al sur", su hijo también se llamaba Jaime. Por amor al ego, quizás.
-El carrito que quiero tiene que salirnos menor que seis mil dólares, hijo. Sobrado que lo compro- los Jaime´s estaban en la panamericana sur, frente a la Universidad Ricardo Palma para tomar el bus con destino a la subasta.
Pasaron por Lurin y por buen tramo de los arenales para llegar a un terreno cercado por murallas de ladrillos donde habían bonitos autos a subastar.
Un Audi A5 por allá y uno que otro Toyota del 2000 para arriba. El Volkwagen humilde esperaba su dueño y ese no era otro que Don Jaime Peirano padre. Y de heredero, Jaimito Peirano hijo.
-Vendido al señor Hernandez- decía el subastador. Pasaron las horas. Y el sol inicial de las ocho de la mañana comenzó a enrojecerse y marcaban las dos de la tarde.
-Ahora demos cabida a la subasta del Volkswagen...- Los ojos de Don Jaime se llenaron de sorpresa. Por fin irá a invertir sus seis mil dólares que ganó por la venta del auto familiar. Invertirá el tiempo gastado en su pasaje con su hijo y el susto de ver a todos como posibles rateros, como amenaza al dinero que tenía guardado en la billetera y en la media.- Comenzemos con dos mil quininientos dolares.
Don Jaime tenía las de ganar. Comenzó todo con pie firme y casi todos compraron sus autos respectivos. Este era la mollejita del evento, la ceniza, la pepa del mango chupado por décima vez. ¡Levanta la mano, Don Jaime!
-Tres mil dólares del señor Peirano, ¿quién de más?
Aún tienes tres mil más para la competencia. Ya casi es tuyo, Don Jaime. Mira, ese levanta la mano. Es solo el segundo. Ingenuo. ¿No te ganará, no, Don Jaime?
-Siete mil dólares dice el señor Olcese. ¿Quién de más? ¿Nadie? Vendido por siete mil...
Reconchatumadre- se escuchó por el público. Don Jaime era sacado del local entre brazos. Se recompuso en la carretea luego de quitarse el polvo mordido y preguntarse cómo volver: "¿Quién tiene cambio de 6 mil dólares para un pasaje en micro?", preguntaba Jaimito, de once años, en los kioskos y en las bodegas del kilómetro cuarenta de la Panamericana Sur.