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Blog de Andre Suarez
Relatos que saben a cuentos cuando uno se toma el tiempo de escribirlo... Claro, la vida no deja de ser cuento.

Artículos con la etiqueta Dia de la madre




Mi mejor amiga es una mujer

Mi amor platónico fue una mujer.

Mi mejor ex enamorada también lo fue.

Nací del vientre de mi madre, de una mujer.

Rosa de Lima, ni decir, una gran mujer.

Mi insomnio fue causado por una mujer.

Lloré una vez por el amor de una mujer.

Sonreí muchas veces más por una mujer.

Ayer me dio la hora una mujer.

La nostalgia tenía que ser femenina, es mujer.

Poesía fue parida por el desamor de una mujer.

Hice el amor con una mujer.

Esperé sin sentido por horas en una cita por una mujer.

Dormí abranzando la almohada pensado abrazar a una mujer.

Besé al viento pensando en los labios de una mujer.

Cedí una vez el asiento a una mujer.

Juana de Arco fue toda una mujer.

Mi abuela me engreía con chocolates, y es una mujer.

Rosas rojas, analogía directa de una hermosa mujer.

La vida es femenina, es una mujer.

Aprendí a bailar por el interés a una mujer.

La ñoñería es una consecuecia de la mujer.

Sentir la cama un desierto es culpa de una mujer.

Tartamudeo al hablarte, porque eres una mujer.

No hay hombres grandes sin una gran mujer.

La guerra de Troya fue causado por una mujer.

Sufro de esquizofrenia por una mujer.

No habrían celos si no fuera por una mujer.

Que aburrida sería la pintura sin una mujer.

Un mal necesario es una mujer.


Que interesante es ahora nuestros días
al despertar y al lado respirar las exhalaciones
de una mujer...

Creo que todos los días son de la mujer, porque quién no pasa un día pensando tener a alguna de ellas al lado para matar las tardes, sin cometer delito al subordinarte a la soledad.

Botero, Madre e Hijo

-Lilianito!!!!
Así me decian mis tías, de parte de mi madre, cuando no se acordaban de mi nombre y resolvían las dudas llamándome como el masculino del nombre de mi madre, Liliana.
Lilianito esto y Lilianito aquello. Cada reunion familiar siempre hubo dos o tres tios que me dijeran "Carajo, igualito a su madre. Dos gotas de agua". Y es cierto, yo y mi madre tenemos el mismo rostro, casi. Identicos en muchas cosas, excepto que tengo caracteres de mi padre y el vil encanto de salir siempre de noche sin regresar. "Ay, en eso si te pareces a tu padre", me decia luego de meterme una borrachera con los amigos.
En fin, lo malo de parecerme a mi madre es que, cuando hay peleas en la familia y mi madre decide irse por unos dias, yo pago los platos rotos. Mi padre me reclama y discute como si que conmigo fuera el problema de su matrimonio. Y algunas veces deduzco que lo hace, porque me parezco tanto a mi madre que ve en mi una forma indirecta de decir las cosas que siente y exige.
Más allá de quién tenga qué la culpa, cada tarde siento suplantar a mi madre mientras mi padre me habla con fervor de lo que sucede como si quisiera convencerme a mí. O sea, convencer a esa imagen que yo represento, porque soy vivo retrato de mi madre. Los ojos, las pestañas y la curiosa manera de no reirme.
Aún mi madre no vuelve a la casa y mi padre ya quiere enseñarme a cocinar, lavar y tender camas. Tanto me parezco a mi madre que mi padre me exige lo que él quiere exigirle a ella.


Y no me refiero al "No" que nos privan de diversiones juveniles. Sino a aquellos cuando nuestras madres dejan de comer algo para compartirlo con sus hijos. Sea comida, un sandwich, un helado... algo que se comparte...

Cuando dejan lo que tienen por compartirlo con sus hijos, siento que se autoimponen el "ya me llené" para que no se haga más problema. Es un sacrificio, supongo. Qué hacer... el amor de una madre es incondicional, incluso a las necesidades metabolicas de nuestro organismo, cuando tenemos hambre.


Cuando desperte, Memito y Andrea fueron corriendo a mi cama buscándote entre las sábanas para dejarte el beso, el abrazo y su manualidad de colegio inicial. Si supieras, Amor, cómo competían cual era más bonito. La casa termino hecha una mezcla de goma con palos de chupete y arcilla y lentejuelas. Que todo esta tan hermoso como la mañana que venían a mí con unas sonrisas que son tuyas, porque tienes tantas formas de sonreir. Pero te buscaron y no te encontraron y no supe qué decir. Me lo dejaron en la mesa de noche para que te los de cuando regreses. Les di un beso en su frente a cada uno y les dije que se alistaran para irnos donde los abuelos. Estaban tristes, porque extrañan tocar y poner sus oidos en tu vientre y escuchar las pataditas de nuestra Ander Fernanda quien está en proceso. Que tiene su primer mesecito y ya quiere conocer a sus hermanos. Y es que volver ahora que es de noche a esta cama sin tender y ver el laberinto de curvas, de figuras de bultos que es mi cama... me siento como Memito cuando subio en la mañana para darte tu regalo y no encontro nada. Y cuando sacudí las sabanas deshaciendo los pliegues que parecían un cuerpo hechado, tuve esperanza de encontrarte mientras las sábanas se estiraban con una brisa que me quema los recuerdos y me hacen inventar excusas cuando le digo a Andrea que me agarro tanto los ojos porque tengo polvo, pero es por otra cosa...


Siendo mañana el día de las madres, quiero denunciar el síndrome de Augusto Ferrando. Un síndrome que siempre ataca a toda familia, para muy mala suerte de las madres. Más usual en los padres, en las cabezas de la familia.
¿Qué es el sindrome Augusto Ferrando?
El afán de que en el día de las madres, nos dé la dicha de regalar a nuestras madres objetos que no se pueden considerar regalos: una plancha, una refrigeradora coldex... lo típico que regalaba Augusto Ferrando en su programa Trampolín a la fama a las señoras necesitadas de un apoyo. Y pues claro, como puedes regalar una cafetera en el día de las madres cuando ese regalo se usa para todos, o quizá una lavadora para que ella nos lave la ropa todo el día, etc. Eso tiene que cambiar algún día. Lo máximo que vi, fue un día de las madres que mi padre le regaló a mi mamá una mesa. ¡UNA MESA! Sin duda le dio el síndrome de Augusto Ferrando a la máxima potencia y mi madre le quería dar una eutanasia para desaparecer esa pandemia.
Ahora que se viene el día de las madres...
Dios nos cuide del síndrome Augusto Ferrando.
Ventana

No es fácil tenerlos siempre conmigo, porque me recuerdan a su madre. Son tan parecidos, pero aquí los tengo y sé que la edad aún no los deja hablar conmigo para preguntarme tantas cosas, como también para comprarles tantas otras. Sé que se quedaran conmigo para el resto de los días. Sabran que no tienen nada de mí, solo el apellido. Que mañana mas tarde jugaremos los tres a la pelota y lastima que no somos cuatro como antes para formar equipos de dos. Ya no se llenara la mesa al jugar ludo los domingos en la sala. Cuando tu madre, Memito y Andrea, se reía de mi o conmigo cuando le prometia sacar un siete en el dado, porque no me gusta perder. Que recuerdo haberlos tenido en la cama mientras ella dormía. Pues me temo que eso ya se acabo. Que si me ven triste, sea porque no me alcanza el dinero pera engreirlos, pero no sientan que por mi culpa se nos fue la mamá. No lloren que me haran llorar, porque en ustedes veria que su madre llora. Ya pronto se firmaran los papeles y tendremos mas espacio libre en la casa. Ya no tendre una cama de dos plazas ni un baño en el cuerto que valía por dos duchas. Que no les hara falta esa mano tibia que los despierte en la mañana, tampoco el desayuno ni la cena. Los ire a recoger siempre diez minutos antes de que salgan. Sé que aún no pueden leer esto, pero cuando aprendan a leer, no digan que su madre se nos fue de asi por asi, aunque yo nunca quise que se nos vaya de la casa, chicos. Que cuando ustedes dormian, ella hacia sus maletas luego de darme un golpe en la cara y como no soy bueno en el amor, me puse a llorar. Que ella los ama, pequeños. Es una gran mujer y mientras sobrevivamos a nuestras tristezas de una casa dividida entre la renta y la nostalgia, siempre tendremos la puerta abierta para cuando ella quiera regresar. Cuando crezcan, Memito y Andrea, sé que me preguntaran del amor. Perdonenme si no soy el ejemplo que esperaban, pero... no.... no sentiran que les falte nada.
¿Quién puedo ser yo para hablarles del amor?
Andreita, tu que eres la mayorcita... di papá...
Para M.M.

(O sea, para
Marilyn Monroe; para Mi Madre)

Decir que Marilyn Monroe no fue Mi Madre
no es lo mismo
que decir que Mi Madre no fue Marilyn Monroe.
Fijo que suena confuso como un sofisma;
pero viendo bien, viéndola bien,
viéndolas,
ambas tienen –aparte del
esqueleto lentísimo y el erizado pellejo celeste–
unos cuantos sueños hechos mierda,
fotografías amarillentas
–cual marchitas magnolias–
olvidadas bajo el colchón o los párpados,
y unas ardientes ganas de ser amadas
mordidas lamidas y apretadas
como maduras chirimoyas o como higos.
Aunque fuera el viento neoyorquino el que
alzó a Marilyn las faldas
y a Mi Madre las ropas oprimiesen
las resecas
brisas del arenal,
ambas han llorado desnudas, al menos una vez,
extraviadas entre ortigas y sedas.
Y si Mi Madre no hubiera
abandonado el cine oscuro donde su juventud aullaba
con la última butaca clavada
en pleno pecho,
tal vez estaría ella ahora escribiendo sus memorias;
y por otro lado -o por el mismo-
se hallaría Marilyn pelando legumbres y patatas
o hirviendo sopa y calcetines
cuando muere la tarde.

Ambas
fueron desgarradamente felices
e infelices también -desgarradoramente-
La única
y pequeña diferencia es que Marilyn reventó
al tomarse cincuenta cápsulas de nembutal
y que Mi Madre
me parió a mí.

Lo cual
verdaderamente es casi lo mismo.

Lizardo Cruzado