Artículos con la etiqueta Cuento
07/08/11 |
Publicado por: a20063269 | Categoría General
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Había una vez un mendigo, que no era como cualquier otro: en vez de suplicar por una monedita para su alimentación, él la regalaba a otros mendigos de su calle. Pero lo más curioso era que nadie aceptaba sus monedas que tanto daba a colegas pordioseros.
-¡Lárgate, mierda, acaso me crees tan miserable como para recibir limosna de otro mendigo!- solían decir los benefactores de su curiosa causa.
Él nunca tuvo nombre, porque a nadie se le ocurrió preguntar por él. Tampoco tuvo el orgullo suficiente como para reconocer que su estado era peor que el de los demás mendigos. Y tampoco nada, ni el peor de los insultos, pudo detenerlo en este ideal de dar a los mendigos, hambrientos de alma, lo que buscaban. A pesar que él, otro hambriento, regalaba lo que sus colegas necesitaban.
Como dije, casi nadie supo su nombre. Unos lo llamaban "Loco de mierda" o simplemente "Lárgate", porque era lo primero que decían sus compañeros de esquina. Pero para ahorrarnos la dificultad de hablar de un sujeto sin nombre, llamémoslo Lárgate.
Lárgate era un señor no tan viejo, ni tampoco tan joven: era una persona que bordeaba el límite entre la juventud y la adultez, la edad perfecta como para ser inmortal y nunca sufrir el paso del tiempo. Sus cabellos negros casi canosos, su pie ceñida a su osamenta gris, su eterna chompa negra, doce vellos en la quijada y una calvicie que llegaba hasta la nuca -con algunos cuantos cabellos rebeldes a desaparecer-. Lárgate es mendigo precisamente por lo que hace desde que nació: dar monedas a los demás mendigos. Claro, él nació pobre, por lo que el orgullo de los demás colegas pordioseros hacían de él un apestado en ese gremio, entre comillas.
Hoy no se sabe mucho de él, salvo que desapareció de un día para otro. Claro, para algunos esto significa la muerte, pero fue algo que jamás se supo según las diligencias policiales. La última vez que lo vieron fue por cierta plaza, por cierto distrito, por cierto parque, por cierta tienda para mujer, dando cierta moneda a una adinerada. Sí, el último día que lo vieron dejó de dar monedas a mendigos y se aventuró a dar monedas a quien menos lo necesitaba, a quien nunca saboreó la hambruna del alma. Total, si algo no funciona, pues vayamos al otro extremo, ¿no?
-Tenga, esta es... Solo es mi monedita. Tómala- dijo Lárgate.
-No puedo, usted la necesita más que yo. No puedo- dijo la señora.
-Lárgate, mendigo, me malogras el negocio- dijo el dueño de una tienda.
Y haciendo honor a su nombre, se fue sin más que buscar en los ojos de cierta señora un poco de razón. ¿A quién darle esta moneda siendo él un mendigo? Se supo que caminó hacia la neblina y se convirtió en parte de ella. Que caminó hacia la ciudad y se volvió granito, cemento y smog. La leyenda urbana dice que lanzó sus monedas al mar en un cofre... y él con ellas. Otros dicen que la suma asciende a más de 1000 soles en monedas de cincuenta centavos. Incluso, hasta pescadores dicen que han encontrado estas monedas.
Sea como fuese, Lárgate se fue. ¿Y a quién le importa? Me imagino a aquél mendigo que perdió a su hijo por inanición, debido a que nunca aceptó las monedas de Lárgate. O aquél otro mendigo que nunca tuvo la monedita extra que pudo haberle regalado Lárgate para llamar a su hija y preguntar cómo estaba. O ese otro que posiblemente con la monedita de Lárgate pudo haberle comprado un caramelo a su hijo para enseñarle que, en la miseria, se puede ser feliz.
Y a la señora... Eso creo que solo puede responderlo él.
30/11/10 |
Publicado por: a20063269 | Categoría General
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Las cenizas que visto nunca volverá a ser mi cuerpo. El fuego interno, intrépido y travieso, furioso e inocente, acabó con incendeando el baúl que lo protegía de la realidad. Y cenizas es lo que el viento lleva del alma hacia el viento, ceniza derrotada que más nada vale que suciedad.
¿Cómo revivir la esencia de lo que fue si cenizas quedan? ¿Cómo revivir aquel fuego, llamarada de pasiones, que se extinguió al confiarse por su bravura, por su inocencia: por su amor?
Quizás esto traiga consigo una ola de violencia ajena a almas que empatizan con mi alma y erraré en lo que diga mi boca, erraré en lo que diga el corazón. Tendré enemigos por doquier hasta entre los dedos de las manos amigas que se tienden por mi. Y yo las heriré en nombre de una razón forjada por sombras tenues refugiadas en el olvido voluntario.
¿Y quién se lleva las cenizas de un bosque encantado, donde se parieron versos sin necesidad de rimas, ni poesía con canciones? Ese bosque incinerado lo llevo ahora en mis bolsillos para regarlos al viento, a la exhalación de una mujer bienaventurada que rehidratará las cenizas con lágrimas que seguró crearé, al dejar cadáveres en mi camino asesinando ilusiones que jamás conocí, que siempre esperé.
Bueno, pues estas cenizas aún las guardaré, sin orgullo de lo que fue, tampoco con pena de lo que pudo haber sido. Y será de la suerte, de la casualidad y de voluntades humanas para que las cenizas vuelan a la materia, a su razón de ser caprichoso a las deslealtades, al inocente niño que no conoce el llorar.
Y se esparcirá entre las gentes los pequeños rezagos de vida, como los malabares del destino, como las balas perdidas con los nombres que se esculpirán en epitafios. Desaparecerán de mis manos, desaparecerán de mí y me quedaré sin más resguardo que el recuerdo, sin más resguardo que un "tal vez" o un "quizás".
21/11/10 |
Publicado por: a20063269 | Categoría General
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Guillermo More conduce su Toyota Corolla rojo por la avenida Javier Prado. Su codo en la ventana y la colección de stickers en el parabrisa notaban su experiencia bajo el volante. Él se llamaba el rey de las pistas, como Meteoro pensaba al recordar su infancia y su amor por los autos.
La luz roja lo detiene, prende un cigarro. Suspira, la luz verde otra vez y avanza despacio, confiado en su carroza real. Pero no confió que en todo reino siempre hay un loco de mierda que quiere matar al rey, por lo menos eso no lo supo hasta que un VW Gol, que intentó ganarle a la luz roja, chocó con su nave.
-Viejo concha tu madre, cómo se te ocurre...- gritó un veinteañero, alterado, jalándose el cabello largo por la desesperación.
-¿Pero acaso no ves el semáforo, hippie de mierda? ¿Qué huevonazo te habrá enseñado a manejar?- Preguntó furioso Guille mientras acariciaba suave su auto como si fuera su último hijito con yaya. Mira al responsable y ve en él algo familiar.
-¿Que quién me enseñó? Tú pues viejo loco...
Y mientras el público se acercó para ver el accidente y a la espera de la policía, Guille se dio cuenta que no se sacó el photocheck de la escuela de manejo. Y del Rey sus hijos vastardos al trono.
08/11/10 |
Publicado por: a20063269 | Categoría General
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Julian... el pobre de Julian, quien desde su caseta en la calle Independencia, en San Miguel, miraba enternecido a los niños disfrazados por Halloween. Él los miraba con el deseo de retroceder el tiempo, de ser niño otra vez y acompañarlos en la aventura nocturna. Supo que jamás podrá hacerlo, que mejor sería no hacerlo ya que, desde pequeño, nunca tuvo el dinero suficiente para un disfraz. Esto causaba la burla de sus amigos.
Julian veía a los pequeñines de Batman, de Robin, de Spiderman... todos acompañados de sus padres, de sus hermanos mayores con quienes coreaban el "halloweeen" luego de que el timbre sonara, como si fuese una diana que avisa la bienvenida de los caramelos. Lástima que la ternura no duró para siempre al saber que entre los pequeñitos disfrazados de diablitos hubo uno que sí era diablo de verdad.
-¡Mira mamá, ese señor está disfrazado de guachimán!-dijo una voz aguda, que provino de un grupo de niños.
Julián, el pobre de Julián regresó a su caseta como si fuese un reloj cucú para no volver a salir. Nadie supo más de él luego de ese día. Unos dijeron que regresó a sus tierras por Ayacucho, otros que se suicidó a los días, pero algunos apuntan al mito urbano que cada halloween él aparece en forma de niño pidiendo caramelos...disfrazado de guachimán.
07/11/10 |
Publicado por: a20063269 | Categoría Narrativa
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Y lo que viene es la transcripción de un alarido ahogado entre los dedos, que ahora duerme como mal recuerdo en el fondo de la almohada. Lo que viene no espera ser un testimonio, menos una querella a la injusticia, sino un texto sumido en la quietud de los nervios al estudiar el silencio entre la bulla, la sonrisa que sabe a despedida y la despedida que no espera ser la última. Esta transcripción es un alarido, mas no un chantaje a quien culpo mi exabrupto, del desvelo sin motivo aparente... Ella que habita en la frontera de mi sueño y su vigilia.
El alarido...
Mierda... dónde... dónde estás... Se me perdió el sonido de tus suspiros, ya no hace eco en mi cabeza... Dónde está, carajo... El sonido de tus suspiros huye como si expirara con el tiempo... cuando veo que yo también expiro en tu universo hecho de esperanzas... donde yo no habito. Mierda, dónde está el eco... Se fue, carajo, se fue el eco... No hay dónde encontrarlo, más que en la pesadumbre del recuerdo y con ello las sonrisas que condeno de falsas, las caricias que cortaban la piel y hoy dejan heridas: cicatrices del alma que se abren al ser correspondido... Ahora los tiempos son otros, a pesar que hable de dos minutos atrás. La lucidez, lo evidente opacó el eco de tus suspiros con un silencio conciliador entre la verdad y lo que yo quería entender de ella, la verdad... Puta madre, no está... se escucha cada vez más lejos, en forma de susurro, el deseo que nos invandía y la noche que era el velo perfecto de dos asesinos de fantasías... No está... Tú tampoco... El silencio es lo que escucho ahora: un mutis que no se apiada de la inocencia... De eso no tienes culpa, más que yo, un humilde servidor... "servidor", eso resume lo acontecido entre los dos... ¿y que es "lo acontecido"? Es... no sé... ya no sé... también se me olvidó, partió con el eco de tus suspiros...
(intelegible. Terminó la transcripción)
27/09/10 |
Publicado por: a20063269 | Categoría Narrativa
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Dedicado a mi doctora Sharon Rojas
Hola. Sabes algo, hay personas quienes parecen nacer viudos. Y tú, que me conoces tanto, sabes que me refiero a mí mismo, que soy viudo desde que el enfermero golpeó mis nalgas para que me desahueve en esta vida que la llevo sobreviviendo.
Resulta, doctora... Lo sé, no te digo así, porque aún no terminas la Universidad, pero lo eres desde el momento que vomité bilis en tu vereda mientras el mundo que conocía -o creí conocer- se enfrascaba en una botella de licor. Pero te diré doctora, a pesar de que me digas que aún no lo eres.
Resulta que este último mes, doctora, que una cadena de eventos desafortunados colman mi paciencia y no sé...
¿Qué doctora? ¿Si tengo alguna necesidad? Pues sí, no muchas, pero tengo básica y elementalmente una, que ahora me averguenza mencionarla. ¿Que debo decirla? Tú ya lo sabes, aquello que me motiva... ¿Musas? Ellas mismas y las de siempre, doctora.
Hasta hace unos días la poesía fluye por sensaciones forzadas a mi sentir. ¡Se trata de buscarle la quinta pata al gato, doctora! Se está tratando ahora la poesía con cierto cinismo a la amargura, a las desavenencias caprichosas del destino correspondido, para sonreirle a la vida con un verso. Doctora, entiéndame, me están volviendo cojudo... ¿Quién lo hace? El mundo, doctora. El mundo me tiene así. Nadie sabe lo que los demás quieren, a pesar que el derecho categórico de mejoría sentimental sea lo más idóneo. El mundo parece mandar al carajo a Kant, doctora.
¿Que me tranquilice, que ya pasará? Tendrá razón doctora, pero cómo no relacionar esta serie de hechos desafortunados conmigo mismo, cómo no trazar un hilo conductor de cordura a las acciones "cuerdas" de los demás que me involucran o, peor aún, a la verdad antipática que no brinda oportunidades a mi buena voluntad, a la poesía inocente, enamoradiza y niña.
¿Qué hechos desafortunado, doctora? Temo no querer decírselos... ¿Que debo? Mantenga el secreto, por favor, doctora.... Lo siento, sé que respeta el derecho profesional que recién está aprendiendo. Sucede doctora que, en resumen de los hechos desafortunados, no puedo escribir más. No puedo, entienda, y no es porque voluntariamente no quiera, sino que más parece una labor masoquista al insinuar relatar bellos pétalos de una rosa, que solo está hecha de espinas. ¿Que me haga explicar, doctora? Le diré, está bien, sucede que ya las musas resultan mediáticas, doctora, se van ni a penas la poesía las describe como aquellas personas que las imagino, y que solo imaginaré, porque lamentablemente parecen ser más hermosas mientras menos las conozca. No tengo aquella musa que...que...
¿Que ya entiende mi necesidad, doctora? Sí, exacto, de ese se trata, que me hace falta aquella musa a quien poder por fin cogerla de la mano, verla mientras duerme observando la televisión, pelliscarle las costillas para forzarle una sonrisa cuando se enoje conmigo, jugar michi cuando estemos aburridos viéndonos la cara, que me convenza inutilmente que soy un buen bailarín y transformarme en pañuelo cuando el hoy parece eterno en su trajín majadero...
De eso se trata doctora... No, qué diga, no se trató de las necesidades metabólicas de todo hombre, ni que lo diga.
¿Me entiende ahora, doctora? Sí, de escribir poesía desde "dentro" de lo que expongo y no de puro observador-imaginario-no-participativo. ¿Y por qué no lo hago, por qué no lo intento? Ay doctora... Esa es una historia más larga, pero se resume en intentos fallidos, de saltos de trampolín a una piscina vacía, de rosas escondidas en las carteras, de entumecer el cuerpo mientras se vomita un verso ausente de felicidad, de escarapelar el cuello cuando el invierno posa sus labios en él haciendo más presente su ausencia...
¿Lo ve doctora? ¡Acaba de suceder otra vez! Volví a escribir aquellos versos plañideros...
¿Tendrá todo solución, doctora? ¿Que ya es tarde? Sí, lo sé doctora, debe descansar... ¿Y mañana podemos hablar? Ya veo, tiene reunión de colegas... ¿Y pasado? ¿Tampoco? Bueno, sí, lo sé, tiene que hacer. ¿Cuándo la veo entonces? ¿Que Ud. me llama? Está bien, mi número es... ¿Ah, ya lo tiene? Bueno... ¡Qué bonito su consultorio, doctora, ese cuadro me recuerda a...! ¿Qué me dice? ¡Qué bonito lapicero, doctora! ¿Quién se lo regaló?
Está bien, no tiene que gritar, doctora. ¿Me llama, no? Espero su llamada. ¿Y tiene mi número? Sí, ya escuché que me dijo que sí, pero queria asegurarme. No tiene porque empujarme, conozco la salida. ¡Qué bonita foto, doctora!, ¿viajó a Cajamarca, no?
¡Yaaaaaaaaa!, ya me voy. Hasta mañana... que descanse. Yo trataré.
05/07/10 |
Publicado por: a20063269 | Categoría Narrativa
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FUENTE DE LA IMAGEN: para saber, estrenos de cine
Son estas horas de la madrugada (3.24 AM.) en que uno se pregunta si ser soltero refiere implícitamente a la soledad. Y no es que lo diga, porque la noche provoque deseos lujuriosos, sino en el sentido sencillo de la realidad. Son momentos como estos, cuando los hombros se me tensan de tanto escribir y el frio hiela mis pies, en que uno tiene las ganas de tomar un cafecito con aquella chica a quien quise por enamorada, pero las cosas no salen como uno las desea.
Y así detallaría -como al mismo tiempo sueño de paso- cómo besaría sus dedos fríos debido a que lavó las tazas donde bebimos café, o como la arropo con una frazada hasta el cuello para que no tenga frío, o las cosquillas que le haría en las costillas mientras trataba de hacerme el serio, o ver la televisión sin verla´y hablando cuelquier cosa de las que no se hablan, como el chiste que nadie se ríe, como sus juegos de medias diferentes cuando el tiempo la apura...
En fin son cosas como estas que pienso ahora tan de madrugada. Son las 3.35 AM, pasaron 11 minutos desde que inicié a escribir esto. Fueron 11 minutos dé evidencia en que ser Soltero es sinónimo directo de Soledad.