¿Son caprichosos? Creo que por herencia lo soy, porque cuando mi hermana me cuenta sus problemas, me recuerda a mí mismo. No, no es que sienta como mujer, sino que compartimos algo en común, que parece trascender la casualidad para ingresar al campo de lo hereditario.
Hay personas quienes tienen todo, pero a la vez piensan que tiene nada, porque no tienen lo que quieren. Me explico, personas que tienen lo que tanto quieren, pero no miran más allá de sus narices y solo se fijan en lo que no tienen para llenar el vacío que los consume en la envidia, los celos, la tristeza y, finalmente, la depresión. ¿Qué hacer?, así es mi hermana y, por defecto, también yo.
¿Tiene justificación ser caprichosos? Bueno, digamos que es la prima hermana de la lucha por obtener lo que se quiere, lo que se fija como meta, pero también madrastra de la obstinación y asesino de la comprensión. ¿Pero qué hacer? Como diría la canción Cuando comenzamos a nacer, de Sui Generis, así soy yo y es mi vida -y la vida de mi hermana-.
¿Pero en qué parte de la moraleja está "el que la sigue la consigue"? O, mejor dicho, ¿en qué parte está el final feliz? Creo que hasta para responderme eso apelo al capricho que es saber qué diablos está pasando, qué diablos hice mal, qué diablos se debe cambiar... Finalmente, ¿en qué parte en dejar de ser caprichoso está la de un perdedor y triste resignado de la vida? Ahora que lo pienso, si Romeo se mató por Julieta -y esa es la historia romántica por excelencia- es porque fue un caprichoso de tres carajos.
¿Entonces vale la pena? Creo que será la encrucijada que en unos 20 años más tendré que responderme... o sacrificar para entenderme mejor.
Creo que esta canción la escuché cuando tenía 14 años, pero sí puedo afirmar que fueron hace muchos años. ¿Cómo llegué a esta bella melodía? Un día me dio la curiosidad de saber qué diablos escuchaba mi papá, porque siempre lo veía molesto. Bueno, además porque tengo siempre la costumbre de la relatividad; es decir, si a mi papá le gustó en su tiempo, ¿por qué no puede gustarme también? O sea, no por ser joven me hace inmune a ciertos gustos.
En fin, el caso fue que me gustó en demasía, así como a la chica que por ese entonces también me gustaba. Traté de que mis compañeros de la escuela escuchen la canción, pero nadie me prestó atención, porque ellos preferían el perreo, la salsa y esas cosas nuevas que jamás le vi el chiste. Canté esta canción, la disfruté, hasta debo confesar que lloré con esta canción cuando esa misma chica que me gustaba en demasía se fue.
La letra, escuchen la letra, allí resguarda una lección que aprendí desde esa edad hasta ahora, que mis 21 años no significan necesariamente menos ingenuo a la vida. Ella partió hacia el país del norte, dejando una estela de recuerdos que colmaron esta canción. No sé si todo comenzó a ir mal en nuestra relación desde que me mandé, o desde que no me di cuenta que yo nunca le gusté. Claro, and then i go and spoil it all by saying something stupid like "I love you".
¿Alguna vez pasaron por la desazón de lo que es sincerarse para ser condenados al engaño? Bueno, no lo digo con ánimos suicidas, sino en el sentido que decir "i love you" sí puede ser algo estúpido. Pero lo que no sabe Sinatra es que no hay mayor felicidad que ser lo suficientemente estúpido para comprender que somos felices.
¿Qué es la felicidad? Como diria Forrest Gump, ser estúpido es quien hace estupideces, como el amor, como la felicidad.
Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay quienes luchan toda una vida,
esos son los imprescindibles.
-Bertolt Brecht-
Si por algo desplegué mis alas, fueron para cruzar el camino que me distancia de ti. Si por algo vencí mis miedos a volar, pues fue para luego caer en picada sobre tus brazos tendidos, heridos por las desavenencias del destino. Y si me preguntas por qué lucho, te diré que para ser diferente, ajeno a aquella realidad que carcomió su sinceridad hacia terceros, que venció tus ojos ilusos que contemplaban el horizonte con la promesa de que sea infinito.
Y ahora... el ahora que vuelo seguro, confiado de lo que jamás podré explicarte, porque el querer no se explica con palabras, te digo que a nada más temo que el miedo mismo. ¿Que si conozco el miedo por arriesgar instantes de mi vida por una promesa de felicidad? Solo sé que no hay más vida del ahora, cuando pido verte a los ojos para que extirpes a través de mi pupila una fibra de corazón. Sé que no hay más oportunidades para equivocarse que el momento cuando pensamos que todo anda bien. Sé que no hay mejores momentos para ser feliz que el momento cuando pensamos que todo anda muy mal.
Sé que soy mortal, sé que no soy eterno como para realizar las promesas trilladas que la emoción propone, pero eterno seré cuando la comprensión domine el lenguaje de mi silencio, cuando preguntas por mi razón. Y si por algo lucha la temeridad de mis sentimientos es por la promesa de eternidad en un mundo huérfano de cariño, un mundo que es hijastro de la verdad, pero hijo de la necesidad por ser cada día mejores.
Ya guardé mis alas sobre tus manos, guarecí mi verdad sobre tus labios sedientos por un beso sincero y cobijé esta energía de ser distinto en tu historia, en tus nervios que algún día te poseerán, que algún día se convertirán en las cosquillas que motiven tu sonrisa, en el hombro que escuchará cuando grites en silencio... Aquella energía se convertirá en latido del corazón que volvió a ser corazón.
Esto bajo la lucha interminable del mañana, bajo un ideal llamado felicidad.
Cuando no venían las transnacionales, pues creo que el mundo era más feliz; por lo menos así lo recuerdo en mi infancia. Recuerdo, por ejemplo, las noches en que me iba con mi padre y mi hermano a un Plaza San Miguel totalmente azul, con pequeñas luces de neón morado y jugaba al slam con mi padre. Incluso, seguíamos jugando a pesar que el aire de la mesa se haya acabado.
También recuerdo que comía Pizza Raúl con la familia, que no tenía nada que envidiar a Pizza Hut, pues la diferencia plus ultra era que la pasaba en familia. Sin embargo, como todo tiene su final, el cabalgar de los transnacionales cambiaron de horizonte mis pequeños recuerdos familiares.
Mi padre, complejizado por el cambio económico, pues dejó de llevarme a Pizza Raúl para ir a Domino´s o KFC. Recuerdo que le pregunté por qué no vamos otra vez a Pizza Raúl, como quien revive aquella austeridad que caracteriza mis recuerdos más sensibles de mi vida familiar. La respuesta de mi padre fue contundente: "Pues allí comen los pobres".
Y así fue como se fue marchitando la esperanza de volver a la Pizzería Raúl, pues mi padre, con sus ideas de grandeza, como todo padre en realidad, quiso orientar mis expectativas en el mundo. Lástima que nunca le di la razón en eso. Sin embargo, mi hermano sí se la dio, pues comenzó a discriminar las tazas viejitas de mi alacena.
"Esa taza no uses, porque esa es de la empleada", dijo mi hermano a su pareja que cogió una taza al azar para servirse el café. Pasa hasta en las mejores familias, pienso.
Pero como de alguien tuve que sacar esta loca forma de pensar las cosas, con un poco de nostalgia para revivir el pasado, pues mi madre piensa igual que yo, pues no piensa tanto en la imagen de las cosas y de los lugares si se trata de pasarla bien. Así fue como muchas veces fui al Play Land Park, a pesar que mi padre no le pareció muy "de altura".
Incluso, recuerdo que una vez me fui a un quinceañero por la Avenida Perú y me padre me sentenció con una frase que jamás olvidare: "En vez de subir, pues bajas". Recuerdo que por ese entonces no me fastidio su comentario, pero como siempre dicen de los chicos, pues somos como unas grabadoras.
Eso somos, desde pequeñitos, unas grabadoras que algunas veces buscan ser manipuladas, pensando que es tan facil regresar la cinta para poner REC sobre los recuerdos que se escuchan como bulla en una cinta que no deja de rodar.
Quisiera interpretar el silencio que ahora cobija tu recuerdo, traducir el impulso eléctrico de tus nervios mientras atabas el anhelo a mis manos, sostenerte por un brazo y quitarte el aliento con un beso desesperado. Y sucede que ahora, que hoy me pregunto por ti estando en la inopia, parece que te espero, pero no te espero... parece que me escuchas, pero no te escucho... parece que te olvido, pero no te olvido.
Parece. Ahora es cuando las apariencias son el soporte de un recuerdo condenado al olvido, destinado a ser una tabula rasa donde bosquejaré tu sonrisa, como la pienso ahora, como siempre la fue. Te dibujaré sin cambiarte, aunque tus razón evite este compromiso condenado al fracaso. Te dibujaré con los dedos, contorneando el borde de tus labios y besándolos, tragando el polvo, el carboncillo y la desesperanza.
Y te dibujaré como si fueras la extensión de las líneas de mis manos, sin la necesidad de corregir mis borrones... sin la necesidad de hacerte perfecta, porque lo eres ante tanta imperfección de este mundo que gira contigo y yo me detengo para verte a ti. Se gastarán mis dedos ante el esfuerzo infinito de volverte a ver, aunque seas fotocopia de un recuerdo aborrecido por la razón que tanto luces, y que tanto me gusta a la vez.
¿Y yo? Pues yo soy la extensión de mis inventos, de mis querer que te inventan para parecerse más a la realidad. Y será a través de tus de ojos de carboncillo, en que por fin te podré responder acerca de mí, otro dibujo imperfecto con buenas intenciones...
Y será por fin a través de tus ojos por donde pueda decirte mi sentir.
Dentro de un año acabaré la carrera universitaria. Suena tan raro, pues aún me siento como el niño de inicial que se pregunta cuándo llegará a ser tan altote como los de secundaria: es como un lapso de tiempo que parece infinito, cuando en realidad está a la vuelta de la esquina. Algo así me siento hoy, algo así estoy ahora.
Me pregunto de qué acabaré, pues digamos que no hay siempre buenos augurios para los periodistas profesionales, aunque decir profesional parezca hipócrita para una carrera que nace de la calle. Como la prostitución.
En fin, el tema no es ese. El tema es que acabaré la carrera y Dios sepa cuando, y también por dónde, comenzaré a atar cabos sueltos de la vida para forjar un destino. Aún no me imagino con quién... nunca me lo imaginé, pienso, porque hasta estos momentos pienso más en mi carrera que en los placeres estetas de la vida, aunque sean tan deliciosos.
Bueno, ¿qué hacer? Una vez le dije a mi hermana que cuando termine la carrera me iré de la casa, para vivir en mi cuevita de la Costa Verde y tirar piedras por las noches a las prostitutas de la avenida Arequipa. Sería divertido, pienso, porque en esta vida profesional algo bueno aprendí: que hay que estar lo suficientemente loco para ser feliz sin competir con los demás para "comprar" la felicidad.