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Blog de Andre Suarez
Relatos que saben a cuentos cuando uno se toma el tiempo de escribirlo... Claro, la vida no deja de ser cuento.

Artículos con la etiqueta Enamorado


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¿Se ha preguntado dónde se perdió las mariposas en el estomago a lo lardo de su vida? Sí, aquella sensación que nos hacía Superman cuando éramos niños y ahora, que el tiempo nos envejecido, no somos más que el personaje secundario de nuestras historias de amor. ¿Se acuerdan aquel "sin razón" que motivaba nuestros cariños, acciones y demás cosas? ¿Dónde se fue?

Creo que se fue con la última decepción amorosa a la que sobrevivimos. Sí, porque cada vez que eso pasa, fallece un poco de nuestra ingenuidad en el querer y es cuando dudamos más... O sea, cuando desconfiamos más del resto para pensar en nosotros mismos. ¿Si está bien? Creo que no, porque no hay nada más puro que un querer ingenuo sabiendo que la pareja siente lo mismo. Claro, la reciprocidad, pero como el mundo no es perfecto, digamos que es un ideal.

¿Se acuerdan cuando eran niños y les gustaba una chiquilla de inicial? ¿Como qué la querían? ¿Acaso eso no fue de verdad, ya que cuando creces ese sentimiento se confunde hasta con el placer sexual? Bueno, es lo que pienso. Más aún, cuando me siento niño es cuando sé que me gusta alguien más allá de las nimiedades. Querer ser como los niños es como quien excava sin miedo en el pasado para sembrar una semilla de confianza, que se secó en la maleza del desamor. Pero repito, como el mundo no es perfecto, digamos que lo que siento es un ideal.
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El doctor lo miró con asombro, preocupado, como si viera en el paciente un próximo cadáver a ser enterrado. Sí, ese era yo, sentado al borde de la camilla mirando sin mayor reacción al susto del doctor. "André -me dijo- te vas a morir". Lo que no supo el doctor en aquel momento era que mi corazón no estaba donde lo tienen los normales: mi corazón está al lado derecho. Sí, se equivocó, así como los otros siete doctores que visité.

Sabía bien que no iba a morir, pero ir asustando a los doctores en cada chekeo médico era una diversión: ver sus caras de incertidumbre, aflojando el rostro para decirme en veinte palabras un "te morirás". En fín, no me moriré hoy ni mañana, tampoco creo que pasado mañana, pero tener el corazón al lado derecho es como morir en vida. Es decir, es como decir que morí desde ayer.

"¡Puta, eres un insensible de mierda!", me dijo aquella mujer que me abandonó por serle infiel con una mujer llamada Rutina Laboral. Otra vez me reí en el velorio de un tío, que conocí hace muchos años. Su hija, mi prima Katty, me vio. Y entre los quejidos de los familiares mezclados con algo de moco se escuchó el rotundo "¡Eres una mierda! ¡Respeta a mi papá!". Nunca más volví a su casa.

Y así pasó a ser mi vida, insensiblemente bella para quienes adoran la pragmática, pero infinitamente sufrible para quienes comparten la vida con humanos, quienes muchas veces me hablan de algo... de algo que ustedes llaman... cómo se llama esa huevada... Ah, sí, amor.

Tanto el psicólogo, como el amigo de la cuadra y el curita del vecindario me hablaron de eso, desde muy pequeñito, pero nunca entendí. Una vez le dije a una puta para hacer el amor, desde entonces pensé que el amor se trataba de un contrato económico. ¡Y para qué se lo pregunté a mi padre! Bien cierto es que él no era economista, pero descubrí sus dotes en el box al contárselo.

Tuvieron que pasar dos años de psicoterapias para por fin comprender esto de tener el corazón al lado derecho, donde nadie parece encontrarlo, porque viven en un mundo donde creen que todos son iguales a ellos. La respuesta era simple. como casi todas las cosas de esta vida, tanto para quien tiene un corazón a la izquierda o la derecha. ¿La del amor? Pues no lo sé bien, pero me imagino que es esta incertidumbre de "no saber" lo que me motiva escribir esto para aquella mujer que quien lo lea me ame alguna vez.

Resulta que siempre tuve corazón, pero lo malo de tenerlo a la derecha es que nadie parece escucharlo, porque todos escuchan donde piensan que debería estar.
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Creo que tiempo atrás escribí que ver directamente a los ojos de una mujer es la mejor forma de llamar su atención. Incluso, dije que si se lograba intimidarla, o sea que no pueda responder la mirada, dotaba al hombre de cierto carácter que lo hacía más atractivo. Bueno, debo confesar que sigo haciendo el experimento de ver directamente a los ojos de las féminas. Algunas veces tuve aciertos, así como otros grandes decepciones.

Pero entre todas las chicas que se habrán cruzado en mi camino, hace una semana pasó algo interesante. Claro, esto no significa que necesariamente me habló y tengo su mail, sino una reciprocidad comunicativa a través de los ojos.

Mientras estaba sentado en el micro, en el cruce de las avenidas Pershing y Gregorio Escobedo, pasó ella. Bueno, no puedo decir más ya que no sé siquiera su nombre. Ella, así se llama, por lo menos en el recuerdo de esta anécdota que no guarda más sorpresa que su mirada.

La miré a través de la ventanilla. Ella devolvió la mirada, como si fuera un disparo de regreso. Y cuando hay un contacto visual que dura más de un segundo, quedan dos cosas: o hacer que no viste nada o seguir viendo como si retaras a que ella te deje de mirar. Ninguno de los dos dio un paso atrás, seguíamos mirándonos directamente como quien busca una respuesta detrás del iris inquisidor.

Y como las buenas cosas de la vida, aquellas que son fugaces, porque son tan buenas que parecen no ser extensión de la vida, se fue. Pasó en frente del vehículo donde viajaba y se mezcló entre la gente. Pensé en bajarme del bus para ir por ella, con la idea sublime de que podría tener las mismas preguntas con yo, los mismos ojos que yo tuve para verla sin evadir a la verguenza ajena. Lástima que no lo hice.

Lástima que el bus arrancó conmigo dentro, así como llevo dentro tanto misterio sobre ella, sobre esos ojos negros que no evadieron mi mirada, que parecían dos botoncitos de una muñeca de tela. En fin, pequeños misterios que aún perdurarán hasta que la casualidad los revele, cuando sea un día en algún lugar de la ciudad aparezca ella y me diga "¿Te conozco de algún lugar?". Y yo diga, con más sonrojo que con firmeza, "Claro, en algún post que escribí de ti".
Una vez fui un Jedi. Sí, lo fui por un par de meses hasta que mi Padme decidió desaparecer, quizás por mí, quizás por mi entrenamiento Jedi que impide que conozca el amor. En fín, o quizás por esas cosas que hacen que un personaje tan chevere como un Jedi no sea perfecto con una mujer perfecta al lado. Bueno, así era mi Padme antes de irse: perfecta.

Con ella paseé por las calles de esta gran ciudad ubicada en el desierto, de esta Touttine ubicada en Sudamérica. Y con ella caminé por tantos lugares que ahora creo que es mejor olvidarlos, para que no me invada la nostalgia. Incluso, para no decir lo que el maestro supremo Neruda Skywalker nos enseñó desde muy pequeños: "¿Por qué es tan corto el amor y tan largo el olvido?".

Bueno, digamos que no queda más que el recuerdo de aquellas travesías. Yo la quise, ella quizás no me quiso. Eso lastimosamente no lo sabré con certeza, a pesar que todo Jedi pueda leer las mentes. Ella tuvo razón en algo, ¿cómo pude quererla tanto cuando recién la conozco tres episodios atrás? Creo que ni Yoda podría responder eso, ni al derecho ni al revés.

Resulta que de un día para otro mi Padme se fue. No sé a dónde, ni a qué planeta entre las estrellas ahora quizás me recuerde un poco. Y temo pensar que así sea, pues reviviría el remordimiento y la "fuerza" de decir "¿qué tal si ahora sí puede ser?".

Ahora ya no soy un Jedi, ya dejé de correr por las calles, de enfrentarme con cualquiera, de temer a nadie. Ahora suelo sentarme en las veredas que quedan cerca de mi cueva, ya no miro más a los ojos y apago el cigarro en la cabeza de tantos R2-D2 que habitan en mi ciudad. De veras, ahora que mi Padme ya no está, son solamente tachos de basura municipal... Regresé a la realidad.

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Un R2-D2
Ya no creo más en lo que pensé que debería,
no creo más en lo que me digo, ni en mí.
Sucede que no creo en las horas del día,
que no creo en tus "no", ni en mis "sí".

Más que dejar, quiero volver a creer;
a creer en los ideales, la temeridad
de quienes viven sin temer.
Vivir como quienes creen en la verdad.

Y verdad es la que dejó de existir,
menos aún infinitas verdades.
Sucede que no creo más en voluntades,
no creo más en la gente, ni en ti.

No creo en qué debo pensar,
no creo ni si quiera qué debe sentir
aquel que pensó creer en amar,
quien sintió estar un poco feliz.
¿Cuántos secretos esconde el antifaz que oculta tu ser?
¿Cómo logro quitarte el velo que hace difuso
la nitidez de tus ojos, que anhelan un mejor día?

Dime qué ahí allí, donde mi sonrisa no afloja
tu corazón sellado por un recuerdo condenado al olvido.
Dime a qué te recuerda la sinceridad.

¿Qué hay donde la pasión se convirtió en ceniza?
¿Qué esconde tu sonrisa fugaz mientras el vacío
es el panorama de quienes recuerdan el dolor?

Si algo temes, no temas a la soledad,
que esta no regresará, que no regresará.
Si temes, teme a quienes no creen en la verdad.

¿Qué temes, pequeña, qué temes?
Que la vida a veces quita, como también a veces da.
Que la vida espera, nos espera, y suele ser celosa.
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Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay quienes luchan toda una vida,
esos son los imprescindibles.
-Bertolt Brecht-






Si por algo desplegué mis alas, fueron para cruzar el camino que me distancia de ti. Si por algo vencí mis miedos a volar, pues fue para luego caer en picada sobre tus brazos tendidos, heridos por las desavenencias del destino. Y si me preguntas por qué lucho, te diré que para ser diferente, ajeno a aquella realidad que carcomió su sinceridad hacia terceros, que venció tus ojos ilusos que contemplaban el horizonte con la promesa de que sea infinito.

Y ahora... el ahora que vuelo seguro, confiado de lo que jamás podré explicarte, porque el querer no se explica con palabras, te digo que a nada más temo que el miedo mismo. ¿Que si conozco el miedo por arriesgar instantes de mi vida por una promesa de felicidad? Solo sé que no hay más vida del ahora, cuando pido verte a los ojos para que extirpes a través de mi pupila una fibra de corazón. Sé que no hay más oportunidades para equivocarse que el momento cuando pensamos que todo anda bien. Sé que no hay mejores momentos para ser feliz que el momento cuando pensamos que todo anda muy mal.

Sé que soy mortal, sé que no soy eterno como para realizar las promesas trilladas que la emoción propone, pero eterno seré cuando la comprensión domine el lenguaje de mi silencio, cuando preguntas por mi razón. Y si por algo lucha la temeridad de mis sentimientos es por la promesa de eternidad en un mundo huérfano de cariño, un mundo que es hijastro de la verdad, pero hijo de la necesidad por ser cada día mejores.

Ya guardé mis alas sobre tus manos, guarecí mi verdad sobre tus labios sedientos por un beso sincero y cobijé esta energía de ser distinto en tu historia, en tus nervios que algún día te poseerán, que algún día se convertirán en las cosquillas que motiven tu sonrisa, en el hombro que escuchará cuando grites en silencio... Aquella energía se convertirá en latido del corazón que volvió a ser corazón.

Esto bajo la lucha interminable del mañana, bajo un ideal llamado felicidad.