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Retrato de un país en crisis*

Phil Bennett*

ENTREVISTA DIGITAL (17-06-2010)
Periodista y ex director adjunto de ‘The Washington Post’.

En: Diario Español “El País”

Tras recorrer España en las últimas semanas, el periodista estadounidense Phil Bennett ofrece su retrato de la crisis. El relato incluye entrevistas a Salgado, Rajoy y Rato, pero también a empresarios, trabajadores y parados. Esta es la visión de España del ex director adjunto del ‘The Washington Post’

La crisis económica de España no tiene una zona cero. El visitante tiene la impresión de que todos en el país parecen narrar una parte distinta de un drama nacional, una poderosa mezcla de dificultades y obsesiones universales. Pero si hubiera que empezar la historia en un lugar en el que los orígenes y las consecuencias del desastre estén más claros, una buena opción es el pueblo de Villacañas.

Pregunté a Salgado sobre obstáculos al crecimiento. Empezó a hablar del desconocimiento internacional.

Rajoy apartó su cigarro y me explicó su plan económico. En el fondo, consiste en apartar a Zapatero del poder.

En 2007, la firma Visel tenía 830 empleados en Villacañas. Hoy cuenta con 320 y funciona cuatro días por semana.

Rato: “No sólo hay falta de confianza en España, sino en el sistema del euro y en su capacidad de resolver sus problemas”

Hay obsesión por restaurar la confianza de los extranjeros. Pero la falta de confianza de los españoles impresiona más.

En España no existe un Arizona. No hay indignación nacional sobre los extranjeros con derecho a estar
Los jóvenes pertenecen a una generación perdida o a una generación estrella: preparados y abiertos al mundo.

Hasta hace unos años, el rasgo más característico de Villacañas eran sus silos. Generaciones de agricultores pobres vivían en unos búnkeres subterráneos, en muchos casos excavados con herramientas de mano en el suelo calcáreo de La Mancha. Los silos eran baratos y ofrecían calor en invierno y fresco en verano. En los años cincuenta del siglo pasado seguía habiendo centenares en uso, pero hoy existen pocos visibles. El motivo es que, de la noche a la mañana, Villacañas se enriqueció de manera asombrosa. La gente se compró pisos en Madrid, casas en la playa, y construyó nuevas viviendas sobre las cuevas de sus antepasados.

La opulencia llegó a través de una industria cuya audacia y simplicidad estaba a la altura de los silos: Villacañas fabrica puertas. No unas cuantas, sino 11 millones de puertas en 2006, más del 60% del mercado nacional en pleno apogeo de la construcción. Las ventas aportaban a este pueblo de 10.000 habitantes ingresos de más de 600 millones de euros al año. El sector proporcionaba 5.000 puestos de trabajo bien remunerados, daba empleo a familias enteras en turnos que cubrían los siete días de la semana e hizo que chicos de 16 años abandonaran el colegio, deseosos de poder comprarse un Audi nuevo para cruzar a toda velocidad el primer y único semáforo de Villacañas.

Como es natural, la crisis amenaza con dejar todo esto en chatarra. En una mañana reciente de domingo, Raimundo García caminaba por la nave silenciosa de la fábrica de Puertas Visel, de la que es director general. Hijo de un carnicero local, estudió Económicas en la Universidad de Chicago y luego regresó para convertir Visel en una empresa de enormes beneficios. En 2007, la empresa fabricó casi un millón de puertas y tenía 830 empleados. Hoy, la fábrica cuenta con 320 trabajadores y sólo funciona cuatro días a la semana. Como casi la mitad de las 10 empresas de puertas que sobreviven en la región, está en suspensión de pagos y corre peligro de desaparecer. “Mi gran pena es que no nos reorganizáramos antes de la crisis”, dice García. “Ahora podríamos tirar todo esto a la basura”.

Villacañas quizá tenga que soportar ya siempre la etiqueta de Ícaro -voló demasiado alto, sus alas se fundieron y cayó-, si no fuera porque lo que sucede aquí hoy parece tan significativo como su edad de oro. Como en otros lugares de España, los habitantes de Villacañas se hacen preguntas fundamentales sobre su comunidad y su país, a menudo con angustia, ira y frustración: ¿qué nos ha pasado?, ¿quién tiene la culpa?, ¿qué va a ocurrir ahora?, ¿cómo va a ser nuestro futuro y cuánto podemos controlar?

Llegué a España a finales de mayo, procedente de Estados Unidos, con preguntas similares. En Estados Unidos, la crisis económica ha suscitado un debate sobre el papel del Estado, sobre la justicia y la responsabilidad, sobre los valores sociales y la identidad. ¿En qué está cambiando España por culpa de la crisis económica más compleja desde su transición a la democracia? ¿Por qué un 20% de desempleo no ha desencadenado un conflicto social? ¿Cómo están preparando los líderes del país la salida?

Sea justo o no, los mercados mundiales y los medios de comunicación tienden a dividir el mundo en dos categorías: los países que tienen problemas y los que son problemas. Y hoy consideran que España es un problema.

Una consecuencia de ello es que los titulares nacionales desatan temblores por todo el sistema, como ocurre casi a diario desde principios de mayo. Otra, quizá más útil, es que empuja a ver cada parte concreta de la crisis como un elemento relacionado con los demás.

En un análisis publicado al día siguiente de mi llegada, uno de esos titulares que sacuden el sistema: el Fondo Monetario Internacional lo hacía con este breve párrafo: “La economía de España necesita reformas exhaustivas y de largo alcance. Los retos son graves: un mercado de trabajo disfuncional, el estallido de la burbuja inmobiliaria, un gran déficit fiscal, un sector privado y una deuda externa que pesan mucho, un crecimiento de la productividad anémico, una competitividad débil y un sector bancario con bolsas de debilidad”. El país necesita una “estrategia integral”, decía, y “hay que hacerlo cuanto antes”.

No he hablado con una sola persona, dentro o fuera del Gobierno, que esté fundamentalmente en desacuerdo con este análisis. Es un caso poco frecuente de consenso. En casi todo lo demás, España ofrece la imagen de unos responsables políticos profundamente divididos. Existe la obsesión de restaurar la confianza de los extranjeros en el país. Pero impresiona todavía más la falta de confianza de los propios españoles en sus dirigentes y sus instituciones.

Es lo que sucede en Villacañas. El joven alcalde del pueblo, Santiago García Aranda, me recibió en su despacho, que da a la modesta plaza de España, con ocho sucursales de bancos herencia de la época de apogeo y filas de parados cada mañana ante la oficina de empleo. García Aranda, del PSOE, observa el debate político actual con abierto desprecio.

“La intensidad de la crisis que estamos viviendo no es de hoy. La estamos viviendo de forma brutal desde 2008. Este pueblo habla de la crisis desde 2008. El país, no”, dice. “Todos, incluyendo la prensa, están obsesionados con las elecciones y no con el futuro del país. No es sólo Zapatero quien no está comunicando bien. Las universidades, los medios de comunicación, también nos han fallado”.

Los costes humanos de la crisis ya son graves, dice. Durante el boom, Villacañas tenía una de las mayores tasas de abandono escolar del país. “Hay en Villacañas personas de 40 años que habían trabajado desde los 16”, explica García Aranda. “Y ahora ya no trabajan y carecen por completo de las cualificaciones profesionales y humanas y de los instrumentos de adaptación para salir adelante”.
El alcalde, cuya madre tenía un puesto de periódicos en el pueblo, y que trabajó a tiempo parcial en el sector de las puertas cuando era estudiante, dice que también se daba el fenómeno opuesto: por primera vez, muchos padres de Villacañas habían podido enviar a sus hijos a estudiar, como él, a obtener títulos universitarios. Y me contó esta historia:

“Hace dos semanas tuve a un padre exactamente donde tú estás sentado. Su esposa y él están en paro. Sus dos hijos están estudiando en la universidad: la hija, ciencias veterinarias, y el hijo, aeronáutica. Y el padre tenía que decidir a cuál de sus dos hijos le debe permitir continuar sus estudios. Y se decidió por su hija porque le faltaba solo su último año. Así que sacó a su hijo”. Al alcalde se le empañaban los ojos. “Ojalá pudiera poner a los que toman las decisiones en el pellejo de ese padre”, dijo.

Durante el periodo de prosperidad -parte de una transformación general que el embajador de España en Estados Unidos llamó hace poco “los mejores años de nuestra historia colectiva de los últimos cinco siglos”-, lo extraordinario se convirtió en corriente. Como consecuencia, hoy es normal oír a la gente sorprenderse e indignarse por la crisis económica actual, algo que ha sucedido muchas veces en muchos países, y, en cambio, calificar el asombroso ciclo de cambios anterior como completamente normal.
Economistas de todo el espectro político dicen que los dos periodos están unidos.

La historia se resume así: más de 10 años de préstamos baratos de Europa ayudaron a alimentar un fantástico aumento del gasto y las inversiones. España construyó un ferrocarril y unas carreteras de primera categoría y llevó a cabo proyectos turísticos. Construyó más viviendas nuevas que Alemania, Francia e Italia juntas… y vio cómo se duplicaban los precios de las casas. El gasto de consumo se incrementó dos veces más que la media europea durante esa década, y los salarios subieron un 30%. Cinco millones de inmigrantes nuevos se incorporaron al mercado laboral. En una especie de maquinaria en movimiento perpetuo, se necesitaba a los inmigrantes para que construyeran casas para sí mismos.

“Cuando la economía va bien, España crea más empleo que ningún otro país”, dice Joaquín Arango, director del programa de Migraciones Internacionales y Ciudadanía en el Instituto Universitario Ortega y Gasset. “Cuando la economía va mal, España destruye más empleo que ningún otro”.

A finales de 2009, la deuda exterior total de España era de 1,735 billones de euros, equivalente al 170% del PIB. La banca privada, que evitó los peores excesos de la crisis financiera de 2008, posee en la actualidad aproximadamente la mitad de las viviendas vacías españolas. El Gobierno, mientras tanto, aumentó el gasto público un 7,7% anual a partir de 2005. Esto, unido al descenso de los ingresos, convirtió el superávit presupuestario de 2007 en un déficit del 11%. Más de cuatro millones de trabajadores perdieron su empleo; la tasa de paro española, del 20%, es más del doble de la tasa media en Europa. Las prestaciones de desempleo, las más generosas de Europa, cuestan al Estado otros 32.000 millones de euros al año.

Cuando estalló la crisis crediticia griega en abril, las preocupantes cifras de España se volvieron tan imposibles de ocultar como los bosques petrificados de grúas que vigilan las entradas a tantas ciudades.
Los economistas en España suelen destacar los factores internos para describir la anatomía de la crisis y justificar los cambios estructurales que dicen que son necesarios. “La hora de la verdad llegará cuando nos demos cuenta de que las principales causas de la crisis son internas”, dice César Molinas, director de la consultora Multa Paucis, que ha ocupado varios cargos económicos en el Gobierno español.
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