02/05/13 |
Publicado por: elescano.r | Categoría CUENTO
- Añadir comentario | Link permanente | Visto: 35 veces |

Pedro almorzaba en un mercado de San Luis, disfrutaba sonriente su menú. De baja estatura, escaso cabello negro canoso le caía por la frente, llevaba puesto un gorro con visera para el sol de color azul apagado, recién lavado; una camisa a cuadros rojos, grande para él; un chaleco tejido posiblemente por su esposa o su hija; pantalón marrón un tanto arrugado, largos y amontonado en la parte inferior; Zapatos negro, muy ajado pero con buen lustre. Mestizo de piel oscura, mirada vivaz, siempre esboza una sonrisa de contento. Bromeaba con la señora del quiosco que expende menú anunciada en una pizarra desvencijada color verde oscuro donde se ofrece distintos platos, letras escritas con tiza y trazo infantil festivo.
Juan ha llegado cansado hasta el quiosco de en frente, ha pedido su menú, escucha música por el auricular de su USB, esta distraído con la música. Algunos obreros de construcción almuerzan entre bromas; otros, de una empresa que hace servicios (tercerizados) a Sadapal (Empresa de Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Lima) reponen tuberías en zanjas hechas en la vereda, resguardada por mallas anaranjadas.
Más allá, en la esquina, un quiosco de periódicos, vetusto y anodino, exhibía titulares de los periódicos de Lima:
Los anti mineros no quieren el progreso del Perú
Alan exige honradez en remodelación de Colegios Emblemáticos
Bancos privados demandan al estado socializar sus deudas
Descuartizador es liberado por falta de pruebas
Fujimori exige fortalecer la democracia
Grupo Colina indignados por malos tratos en cárcel
La lucha anticorrupción se corrompe
Senderistas y mafiosos forman el partido político “Restauración Nacional”
La ex del Toyo se casa con su suegro.
Juan divisó casualmente a Pedro y se quedó mirándolo con la boca a medio abrir; había pasado más de 20 años desde la última vez que, en la Plaza Manco Capac habían charlado largo y animado: de la política peruana, de la chamba, del colegio y los patas, de aquellos años fabulosos. Estaba viejo, no tanto; sí, era él, aquel que siempre estaba sonriente en los momentos más duros, parecía ser la encarnación de aquello de: a mal tiempo buena cara.
Pedro, un Iqueño curtido por el sol, el tiempo y las adversidades. De hablar atropellado, parecía un facineroso; despreocupado y desafiante, parecía decir:
pero era un hombre un tanto ingenuo que creía en su trabajo y en la bondad de la gente. No cuñao, los periodistas no inventan titulares en los diarios, el Perú es así.
Juan observaba a Pedro, seguía escuchando música de su USB, terminando el almuerzo se reencontrarían. Vio un triciclo de heladero, debe ser de Pedro, pensó. Pedro debía tener ahora unos 60 años, conservaba esa sonrisa bonachona y una confianza de que los malos tiempos son sólo pasajeros. Había sobrevivido al gobierno de García y al de Fujimori.
Pedro terminó su almuerzo, bebía un vaso de refresco tranquilamente, Juan se acercó por detrás y le dio una palmada en el hombro. Por unos instantes se miraron como desconocidos, Juan sonreía, Pedro arrugó la frente, sorprendido, lo reconoció, esbozó una gran sonrisa. Se dieron la mano efusivamente, Juan se sentó a su lado y empezaron una conversación que prometía.
- En las elecciones del 2006 voté por Alan. Cuñao –dijo Pedro
- ¿volviste a votar por ese candidato que siendo presidente casi nos mata de hambre?
- No compadre, la inflación fue internacional, afectó a medio mundo. El otro candidato, Humala, un comunista que iba hacer del Perú otra Venezuela, es militar como Chávez, no ves que nadie quiere invertir en Venezuela, esa es una dictadura donde no hay libertad de prensa, al que no está de acuerdo lo encarcelan y si Humala llegara al poder, desaparecería la propiedad privada, te quitarían tu casa, no trabajarías para ti sino para el estado, hasta la música que escuchas tiene que ser aprobado por el estado.
- Mira, esta prensa confunde y manipula. Los gobernantes en el Perú desde hace mucho tiempo, sigue un plan diseñado por el Banco Mundial que quiere salvaguardar el desarrollo capitalista mundial, al Perú le han designado ser el proveedor de materia prima y mano de obra barata. ¿Cómo China está en camino de ser la primera potencia económica mundial?, ya no es comunista, ahora tiene un estado que promueve la competencia. Pero en China las leyes se cumplen desde siempre, en el Perú hay un dicho: Hecha la ley, hecha la trampa; es el ABC de nuestros políticos.
Juan era contador, trabajaba en el Ministerio de Agricultura; casado, sus dos hijos estaban en Argentina, allí tenían un restaurante de comida en un “barrio peruano” entre comerciantes ambulantes y obreros de construcción.
Entonces Pedro le refirió un retazo de su vida que a nadie le contó.
Pedro había conocido a Julia trabajando en el mercado de Surquillo. Cuando hubo el paquetazo de Alan, ya las cosas iban mal, pero se podía subsistir haciendo esfuerzo y absteniéndose de gastos. Eran jóvenes aún, se enamoraron y se hicieron novios, tenían esperanzas de salir adelante y que la situación mejoraría. No fue así, la subida excesiva de los precios de los alimentos, que los políticos bautizaron como paquetazo, los descapitalizó. Los mercados de abastos se cerraron por los saqueos. Repentinamente el mercado de Surquillo cerró, muchos puestos no volvieron a abrir sino bastante después, los más vulnerables habían sucumbido, entre ellos Pedro y Julia.
Pedro no volvió a saber de Julia sino 5 años después, cuando él trabajaba de jardinero en la municipalidad de San Isidro.
Iba al San José de la Parada agobiado por el trabajo. Diariamente regaba los parques, cortaba el césped y arbustos, pero no perdía la esperanza de comenzar de nuevo con cualquier negocio, depender de él, ser libre. Cabeza gacha, recorría los pasadizos y galerías del San José, estaba por esos lares, quizás la quinta vez, pero a Pedro le parecía que andaba por esas galerías desde siempre. Cuando era escolar conoció el San José desde fuera, fue a comprar libros usados en decrépitas librerías que había por allí, las tías trabajan allí le dijeron y desde entonces le pareció un lugar proscrito. El suelo de esas galerías se movía y lo mareaba, y su vida se hundía en la mugre de las paredes y los pisos. Él iba al San José arrastrado por la tristeza, andaba buscando una salida por esas galerías del San José, pero se hundía en la desesperación.
Cierta noche al llegar a su cuarto, creyó ver el rostro de Julia en la nebulosa pared, se quedó pensativo, se acordó de Julia, su novia a quien no volvió a ver desde el paquetazo, ¿qué será de ella?
Julia también había perdió su capital, había vuelto a su tierra, a Andahuaylas
Cada semana, separaba una parte de su magro salario, para ir a Andahuaylas a buscar a Julia. Pero ¿por qué tenía la sensación de haberla visto hace poco? Ese día, al pasar por una galería del San José, había sido visto por Julia. Ella estaba echada en un camastro leyendo un periódico cualquiera, al levantar la vista, vio a Pedro, por un instante su mente se puso en blanco, se alegró, pero al ver las paredes celeste sucio, la bombilla de luz envuelto en plástico rojo, sintió angustia y vergüenza, ¿cómo su vida había resbalado hasta esos cuartuchos?, había llorado noches enteras, se había refugiado en el licor para salir del hoyo de la desesperación y el desamparo, y estaba allí, con la esperanza de hacer capital y comenzar de nuevo. Nadie se enterará, se decía. Pedro pasó delante de ella, mirándole la cara, serio, ido, rencoroso, ruin, (la despreciaba). Lo vio en otro mundo, en aquel mundo de luz, de ilusión, de certidumbre. No era Pedro, era otro que se le parecía, no me ha reconocido menos mal; me ha reconocido y, por caballero se hizo el distraído para no avergonzarme; sabe que trabajo aquí, ha venido a comprobarlo para olvidarse de mí. A la semana siguiente, Pedro volvió a separar de su salario para el viaje a Andahuaylas, se fue al San José, llevado por algo diferente ahora, no sabía qué, pero no era como en otros días. Julia, haciendo memoria concluyó que fue el sábado cuando lo vio. Claro, los sábados viene, el viernes le pagan, debe estar trabajando en algún restaurante, de mozo, o ayudante de construcción, pero ya no está en el mercado de Surquillo, él también perdió su capital, estoy segura de eso.
Pedro ingresó al San José, subió las innumerables gradas, siempre lavadas pero inexplicablemente sucias, escabrosas y deslucidas. El chino que atendía en la caja, parecía un enano gigantesco, con cuello de toro y brazos de orangután que llegaban hasta el suelo, estaba esa mañana más suspicaz, caviloso, y con agilidad correteaba dando gritos, con su mirar que no miraba a nadie y a todos.
Las chicas llegaban, frescas, sonrientes. Convencidas que la vida era alegre y sin problemas, de la puta madre; llegaban recién bañaditas, un bocadito para el galán más exigente, todas eran bonitas, jóvenes, con algún atractivo irresistible, pantalones ajustados, zapatillas gimnásticas, casaquitas atléticas bien coquetas, maquilladas con un poco de malicia, con algo de exageración, pues allí está el detalle que, un poco, las delata al hombre mundano. Julia había llegado con el talante de todas, pero desentonada, no podía ocultar el pesar, ella estaba allí sólo por algún tiempo, tenía otros planes, que esto lo hacía porque no había otra, su caminar era cansino, su sonrisa sardónica, quería llorar con todo el cuerpo, estaba arrepentida; hasta juntar el capital, comprarse un quiosco y vender, fruta, comida, verduras, lo que sea.
Pedro había comprado cigarrillos y se disponía a fumar uno, pidió cerillas al vendedor, un flaco dicharachero, cojo y de mirada oblicua, con una facha de empleado público avieso, Vio acercarse a Julia, sonriente, como aquella vez que se conocieron en el mercado de Surquillo, claro, fue allí. Hola que haces por aquí, le dijo Julia, sonriendo como antes, como siempre, como debe ser, Pedro no desafinó, su sonrisa interminable se acentuó, solo por un instante mínimo, imperceptible, abrió los ojos con signo de sorpresa.
- Pucha oye, yo también estoy juntando, para ir a buscarte a Andahuaylas, yo pensé que estabas por allá.
- Sí, me fui a Andahuaylas; pero no encontré nada.
Sin ellos proponérselo, ya estaban caminando en la calle, por Pisagua, rumbo a la avenida Aviación. La avenida Bolívar, se abría ancho y prometedor, se perdieron entre el bullicio de los autos, las carretillas de comida, los quioscos de periódicos: La interpretación auténtica de la Constitución por Fujimori, El martirologio de los santos aprista.
Pero ese dúo, pareja, yunta: Julia y Pedro; estaban tan alegres y con el alma salida al futuro prometedor en el mercado de Surquillo, que no se hicieron ningún reproche, volverían a trabajar con la alegría incorruptible e invencible, entre frutas, choclos, caseritas y buenos días.
20/04/13 |
Publicado por: elescano.r | Categoría CUENTO
- Añadir comentario | Link permanente | Visto: 41 veces |

Mamá Elvira y tía Ana se ponían delante del televisor que había estado encendido todo el tiempo desde las 10 de la mañana cuando empezaba la novela de tía Ana, ellas, escuchaban los diálogos, miraban las escenas de la novela sólo de soslayo, estaban ocupadas en las interminables tareas de la cocina. Durante el almuerzo el televisor era una ventana indiscreta donde pasaban retazos de vidas de damas y galanes envueltos en romances indefinidos a punto de hacerse trizas. De rato en rato mamá y tía Ana levantaban la vista hacia el televisor para comprobar si era cierto tanta sandez que se escuchaba, o cuando un individuo sexualmente indefinido alardeaba de sus inclinaciones homosexuales, dándoselas de persona sin tabús; con una voz chillona, de modulación inconfundible. La modorra terminaba cuando me levantaba resueltamente a dar a Tomás, el perro, la mitad de mi ración, lo que consideraba normal en una adolescente, apañada por la tía; pero mi mamá, que ya tenía que poner en orden algo, aprovechaba para dar un grito descompuesto recordando que ella nunca se había atrevido con su mamá. Entonces me escudaba con la tía Ana que alegaba que hoy ya corren otros tiempos, que todo cambia, Yo no comprendía a qué se refería la tía Ana con eso de todo cambia, porque entonces ya el mundo estaría por otros rumbos y por lo que sé, todo el mundo, incluido los perros como Tomás, el resto de animales y plantas: nacían, crecían, se reproducían y morían. Esa es la ley natural que me enseñaron en el colegio, eso no cambia, por lo tanto nada puede cambiar, son sólo matices o manifestaciones diferentes de lo mismo. Una cosa es que mamá Elvira no le hacía escenas con la comida a su mamá, pero esa represión -de no protestar cuando la comida se hacía detestable- explotaría en otro contexto, sólo era cuestión de seguir el hilo para encontrar la descarga.
Cuando los tonos de voz bajaban, porque tenía que ser así, aprovechaba la somnolencia de tía Ana y mamá, para irme a la calle con cualquier pretexto, cosa que las mayores entendían muy bien. No había que ser tan rígidas si no se quería fomentar la soltería de la niña. Ya en la calle, caminaba meneando la cabeza, observando la gente pasar, mientras cavilaba.
Por otra parte, mamá ha debido estar bien enamorada de papá Carlos para darse todo ese trabajo de criar a los hijos y todo lo que ello acarrea; las ocupaciones diarias en casa, eso nunca acaba, y al día siguiente lo mismo, lo mismo, lo mismo. Y si mamá no se hubiese enamorado lo suficiente, hubiera sido una solterona, sin hijos, sin nadie a quien amar y la vida sin amor no tiene sentido, una se tiene que sacrificar por alguien, una ha venido al mundo a servir, a amar, a perdonar, a sufrir. No tanto a sufrir, yo diría a hacer algo, y eso no es elegible, algo tienes que hacer, es preferible a no hacer nada, porque entonces se te llena la cabeza de mil proyectos y no sabes cual elegir. Y no es sacrificio. Eso de: estudia para compensar el sacrificio que hacen tus padres, mira cuanto trabajan, mamá se levanta muy temprano a preparar el desayuno para que papá vaya a trabajar; pero entonces qué quieren, ¿descansar todos los días?, no pues, sería aburridísimo, además hay que atender el sostenimiento de la casa y los hijos.
Trabajar, ¡Te alimentarás con el fruto del sudor de tu frente! Parece más una gracia que un precepto; pero la expiación no estaría tanto en el trabajo, sino en convenir que, el trabajo es sacrificio, esfuerzo, sudor.
Que bien te sientes sudando, por ejemplo cuando vas a las clases de Educación Física, jugando contra las adversarias una se divierte, a veces te golpeas, no sientes el dolor sino hasta después de la contienda, y eso no es sacrificio sino entretenimiento.
Allí está Julio. No creo que me case con este, aunque es un buen chico, aún tenemos 14 años, y yo debo casarme entre los 24 a 29 años, está bien a esa edad, da temor llegar a los 30, los 30 años es la edad del punto de quiebre de las mujeres, porque volteando esa edad ya podría decirse que una se ha quedado solterona. Pero eso de unirse a un varón, compartir todo con él, por amor, ¿será cierto?, ¿el amor une cuerpo y alma? Dicen.
- Hola Julio, ¿me has esperado bastante?
- No, no tanto, y, qué tal
- Allí todo bien, oye, ¿hiciste la tarea de matemática para el lunes?
- Todavía, el domingo lo hago, mañana estudio, y sí no puedo resolverlos le diré a mi primo que ya está en la universidad, en la Villareal, para que me ayude, si quieres te lo paso el domingo en la tarde, supongo que para esa hora ya los tendré listo.
- Ya pues, yo también estudiaré mañana, ¿estudiamos juntos?, nos vamos a la biblioteca del colegio, los sábados abren en las mañanas, allí se puede estudiar, lo prefiero a estar en mi casa, sola, rompiéndome la cabeza; te consultaría lo que no entiendo y tú también, nos apoyamos. ¿Qué te parece?
- Bestial. Ya no hablemos de estudio que de eso ya estoy cansado con mi papá: ¡estudia! ¡estudia!. Todos los días igual, no hay un solo día que no me lo recuerda. Mamá es más tolerable, no me está obligando, ella, agarra mis libros y juntos estudiamos, ella es divertida, no da sermones. Mi papá tampoco, pero me para aguijoneando y luego se va a su trabajo.
- A bueno, a mí la que me obliga es mi mamá, y mi tía Ana. Mi papá, en eso, me tiene casi olvidada; me compra todo lo que necesito, con solo pedirle, me da el dinero, y no me pregunta cuanta costó, ni me pide el vuelto. Estudia hijita, estudia, tienes que ser una gran profesional y ganar mucho dinero, para que me atiendas cuando yo esté viejito, me dice.
- Pucha, cómo será eso de ser viejito. Mi abuelo siempre está disgustado, se divertía conmigo hasta que crecí, y ahora ya no puede acompañarme. Y cuando se reúne con sus hijos, que son como cinco, se sientan todos alrededor de una gran mesa, a comer, supuestamente para que el abuelo se ponga contento. Su optimismo dura muy poco, permanece callado, como diciéndose ¿Qué hago aquí? Sus hijos, yernos y nueras se divierten a grandes voces, carcajadas, el abuelo los observa como si no comprendiese el idioma. Permanece callado; solo; viejo.
- Mi mamá pese a ser mucho menor que tía Ana, parece más vieja, siempre avinagrada, el colmo de perfecta, a todo le encuentra error, diciendo cómo debemos hacer. Oye, y tú a qué edad te vas a casar.
- No sé, no lo he pensado, supongo que antes de los 30, mucho antes, cuando termine de estudiar y trabaje, tú sabes.
- Si pues, nosotras también tenemos que ser profesionales, para ayudar, y, si se puede, tener una empleada para la casa.
- OK, Nos vemos mañana en la biblioteca, para estudiar
- Ya, nos vemos.
Ese Julio es inteligente, me gusta por eso; es rápido, sale airoso de cualquier aprieto, y luego, se pone serio. Y piensa como yo. Si nos casamos, siempre estaremos de acuerdo, no como en esas novelas que paran discutiendo, con farsas, que horrible, y fingen amar; yo no. Amo a Julio, y lo amo de verdad. Sé que él también a mí, Ada sabe, a ella se lo dijo y ya pronto me lo dirá, recién son dos meses que nos conocemos. Qué bueno que nos haya tocado estudiar en la misma aula, lo conozco desde hace un año, es vecino de Ada, lo conocí cuando iba a la casa de ella, siempre jugando con sus amigos en aquella cancha de cemento, y corría, sudaba, gritaba, y a ratos, se quedaba mirándome, y seguía corriendo, gritando, sudando, y gritaba los goles. Gooool, gooool, gooool, y su sonrisa grande y buena, y sus ojos ardían de alegría. Goooool.
Al día siguiente.
- Hola Julio, ¡qué puntual!; mentira; me hice tarde por mamá, se puso a llorar no sé de qué, tía Ana la abrazaba, y cuando quise averiguar de qué se trataba, me dijo .
- Qué raro, venirse a recordar de tu Primera Comunión. ¿Y a los siete años eras tan bonita como ahora?, te debiste parecer a una novia. Claro, eso es, se imaginó que ya habías crecido bastante como para, vestida de blanco, ya te ibas de casa con tu novio. Y dime ¿eras tan bonita como hoy?
- Mmmmm, Más bonita, ¿verdad soy bonita?, mira allá va el profesor de matemática. Debemos ya estudiar y resolver esos ejercicios.
- No. No quiero ir a estudiar, quiero estar aquí, contigo, oye, tú me gustas, quiero que seas mi enamorada. Aceptame, aceptame por unos días, por un mes, vemos que pasa, si funciona, porque yo te amo, te amo desde cuando ibas a la casa de Ada, y te parabas en su puerta, con tu falda a cuadritos, tus zapatos blancos, tu falda que volaba al viento igual que tus cabellos, y sonreías de una manera que nunca vi; tu boca y tus ojos.
- Sí te acepto, y yo, yo…, tú también me gustas, me gustas desde esas veces, cuando corrías tras la pelota, con todos esos otros chicos, y sudabas, y gritabas, y me mirabas a ratos, con tu pelo desordenado, y gritabas Gooooool, gooooooooool, levantando las manos, como queriendo alcanzar el cielo.
Julio se acercó y me tomó de las manos, yo saltaba. En uno de esos saltos Julio me tomó con sus dos brazos de la cintura, me tuvo suspendida, yo, sorprendida grité en silencio: gooooooooooool, gooooooool, gooooooooooool, con los brazos en alto, nos miramos a los ojos, yo le abracé y le besé en la boca. Fue un beso impulsivo que no quería tener fin. Mi cabello largo, sedoso y juvenil, cubría la cara de Julio que me alzaba entre sus brazos y yo latía, tibia, ingrávida flotaba con alas, con faldas a cuadros, con ese perfume de niña agigantada, hembra, Eva. Lo amo, lo amo, lo amo, es mio, es mío, es mío. El ímpetu fue cediendo, rosé el suelo con los pies, pisé suelo, abrí los ojos, estábamos en el colegio, dentro, donde habitualmente caminamos a diario. Ya no soy Susana la niña, la tonta, la boba que soñaba con Julio, ahora él es mío, es mío, es míoooo, y es fuerte, alegre, triunfador, un barco en el cual navegar, libre, libre, libre. Separamos nuestros labios, seguíamos abrazados con fuerza, incliné mi cabeza al pecho de Julio. Soy tuya, soy tuya, soy tuuuyaaaaaaa, ere caliente, eres fuerte, me harás feliz. Permanecimos así por varios minutos, si hablar, ligeramente agitados; Julio con los ojos abiertos, alertos; yo cerraba los ojos y los abría para luego cerrarlos como no queriendo abrirlos, quería permanecer así, por el resto del día, de la semana, del tiempo. Que Ada me vea así, que todas mis amigas me vean, ya no soy una niña sino una señorita con novio.
Nos soltamos, dimos unos pasos, había silencio, los pasos de alguien repicaba cerca, se alejaba. Julio nuevamente me abrazó, yo cedí, buscamos nuestros labios, para sentirnos nuevamente unidos, juntos, para siempre. Caminamos más de prisa, buscamos algo, queríamos estar solos, solos, más unidos. Vimos un aula, no había nadie, como empujados por una fuerza invisible, cerramos la puerta, la aseguramos, y con fuerza, con desesperación, con furia, fundimos nuestras almas, nos estrujamos, nos buscamos palmo a palmo por el desierto de nuestros cuerpos fogoso, inexpertos. Explotamos, llorando, riendo, respirando, jadeando. Vimos a la virgen, al demonio, al cielo, nos sentamos en una pradera inmensa, verde, verde, con flores, con ciervos pacíficos, un bosque sin lobos, sin hachas, sin cazadores, con árboles añejos y sabios. Nos miramos a sus ojos y pensé que eso era el amor, estar juntos, unidos, viendo y sintiendo.
No me casé con Julio. Nos hicimos novios, nuestro noviazgo duró diez años, siempre aplazábamos la boda. Ningún encuentro superó a aquella del aula, sospecho que fue por eso que siempre vivimos hurgando el pasado.
Julio se casó finalmente con Ada, mi amiga, y no la odio ni la envidio, es mi única amiga de siempre. Por mi parte, también me casé, tengo 45 años. Estoy en la clínica esperando mi quinto bebé, será un parto difícil y tal vez muera, por eso recordé a Julio, tal vez como nunca, porque aun en aquel momento, estaba inmensamente sola, como ahora, frente a la muerte.
03/04/13 |
Publicado por: elescano.r | Categoría CUENTO
- Añadir comentario | Link permanente | Visto: 70 veces |

Juan murió un 15 de agosto del 2010, tenía 25 años de edad, murió en el auge de la juventud, cuando todo es proyecto. Murió de manera gansa; caminaba un domingo por la avenida Abancay, era las 2 de la tarde, iba a la Biblioteca Nacional a un curso de teatro para aficionados, sus lecciones eran los domingos, lecciones intensivas de 3 a 9 pm.; la tarde era fría, opaca. Él escuchó que lo llamaban, volteó para ver, se golpeó la cabeza contra un poste, cayó violentamente contra el pavimento, golpeándose la cabeza por segunda vez, de manera definitiva. Los transeúntes distraídos en sus cavilaciones y angustias, no advirtieron la caída de Juan.
Un peatón lo vio tirado en la pista, creyó que se había desmayado, interrumpió con señas el tráfico alocado de la avenida Abancay. La voz que lo llamó fue la de un chofer de ómnibus que llamaba a otro Juan. Juan volteó la cabeza con violencia y se golpeó en un poste de alumbrado.
Pero no murió.
Juan era un joven solitario; como todo muchacho era inquieto y soñador. Le gustaba la música clásica, la fotografía y leía de novelas de misterio de autores extravagantes. Había devorado con avidez la historia de las religiones monoteístas, politeístas y la mitología nórdica; la adoración al toro extendida en Medio Oriente, India y el mundo antiguo de Europa. Estas lecturas elaboraron en su mente unas teorías insólitas sobre la muerte.
Consideraba que el hombre estaba dotado para descubrir los misterios del ser; pero discrepaba de los métodos científicos positivistas. El poder de la mente y la capacidad del cuerpo humano de enfermarse y curarse eran tópicos misteriosos que le fascinaba. Predicaba la medicina natural y el ocultismo de los curanderos como la mejor fuente de la salud. Viajaba constantemente a la costa norte no para curarse sino para estudiar los métodos de los curanderos, advirtió que la mayoría de curanderos eran embaucadores.
Juan fue descartando a los facinerosos. Hasta que halló a Simón Tupac , un viejo curandero que casi no cobraba por sus servicios ni era muy conocido. Tenía, en su manera de ser, algo que subyugó a Juan desde la primera vez. Todo es posible -decía Tupac- todo depende de la fe.
Juan había investigado con fruición sobre la inmortalidad, estaba dispuesto a someterse a una “cura” para no morir. Simón Tupac le condujo, en una caminata de tres días, a una laguna encantada donde debía mojarse para lograr la inmortalidad, pero de advirtió que quizás ser inmortal es una insensatez, una forma de expiación.
La cábala para lograr la inmortalidad consistía en ingresar a la laguna, completamente desnudo, por cualquier punto y retornar al mismo lugar después de recorrer toda la laguna por la orilla en el sentido de las agujas del reloj, no había una hora indicada para hacerlo, sólo la decisión de ser inmortal.
La tarde del su “fallecimiento” en el accidente de tránsito de la avenida Abancay; vinieron los bomberos, llevaron su cuerpo a la morgue, sus familiares lo sacaron, lo velaron y ya lo iban ha enterrar.
Su enamorada, Ruth, dolida, se quedó sola en el salón del velatorio, todos se habían retirado ya, era las 4 de la madrugada, el invierno neblinoso de Lima había configurado el triste adiós al joven. Una garua persistente caía, la precipitación en forma de vapor volaba y caía apaciguada, como aflicción por el joven fallecido. Ruth no lloraba, estaba serena, pensativa.
Se había prometido no ir al entierro, por no ver lo que consideraba, una actuación y teatro, una montaje para cumplir con el interfecto y mostrar a los concurrentes lo mucho que se le amó, una muestra de dolor y solemnidad necesaria; de lo contrario, sin esas muestras de dolor, no se estaría cumpliendo con el respeto y cariño que se le tuvo, y así, la muerte no tendría ningún significado, y por consiguiente, tampoco la vida. La muerte sólo hay que aceptarlo, decía ella.
Ella quería despedirse de Juan, sin aspavientos, decirle mentalmente: nos vemos.
Juntos leyeron los misterios de las Pirámides, aquellas tumbas de los faraones, colosales, donde el faraón viviría otra vida. Las esfinges, colosales guardianes de las pirámides con cuerpo de león y rostro humano; obra humana que perdurará. Para los egipcios, era importante la vida después de la muerte, la vida que perdurará por siempre. Esta vida es sólo un tránsito a otra, la verdadera. En esta vida sólo tienes que procurarte las provisiones para la próxima, la que no tendrá fin.
Leyeron las costumbres de los antiguos romanos, herederos de los griegos racionalistas. Ellos vivían la vida terrenal como la única. Lo otro, después de la muerte; cruzabas un rio y sólo tenías que conservar la lengua y los ojos, para identificarte y ver tu camino. Los romanos pretendían que en la vida terrenal tenías que lograr todos tus sueños: ser conquistador, obtener la gloría, esclavizar, ser amo.
Por eso se decía: Viva como romano y muera como egipcio. En Egipto, se debía embalsamar al Faraón muerto, en Grecia se quemaba al rey muerto.
Juan y Ruth, tenían conjeturas sobre el sentido de la vida y de la muerte.
Cuando Ruth se aproximó al ataúd de Juan para decirle nos vemos, escuchó ruido, alguien golpeaba desde dentro. Era Juan. Miró ágilmente las inmediaciones del salón, había silencio, corrió por un pasadizo en busca de algo con qué desclavar la cerradura del ataúd, lo encontró, regresó de prisa y, con calma desclavó el ataúd. Juan estaba con un elegante terno; corbata y zapatos nuevo. A Ruth le pareció que a Juan lo habían preparado para su boda, con ella. Vamos, le dijo a Ruth y salieron cerrando la puerta del recinto, la garua había calmado, se vislumbraba el nuevo día ya, caminaron rápido, como si regresaran de una fiesta cualquiera.
Juan detalló a Ruth que del accidente en la avenida Abancay, no recuerda más que los dos golpes en la cabeza. Volvió a la conciencia cuando ingresaba a la morgue, escuchaba lo que hablaban en torno de él, pero no podía moverse ni abrir los ojos, ni hablar; fue colocado en una mesa fría, lo cubrieron con un mantel. El cambio de turno de guardia se debía producir ya, él del siguiente turno no llegaba, el guardián que debía ser relevado aseguró a los doctores que se quedaría esperando el relevo.
A los cinco minutos escuchó cerrarse la puerta violentamente; nadie llegó a remplazar al guardián. Quiso recuperar el movimiento de sus brazos y piernas, abrir los ojos, no podía; se quedó como dormido.
No sabe cuanto tiempo pasó hasta que despertó - es un decir - porque no abría los ojos, era un despertar de la conciencia, no podía moverse. Sentía frio, en la calle, pasaban personas de cuando en cuando, muy espaciadamente.
Las primeras personas que llegaron fueron sus hermanos, lloraban, sobre todo la hermana. Juan no podía abrir los ojos, gritaba mentalmente que no estaba muerto, no le brotaba ni una palabra.
Lo llevaron a casa; la congoja fue total, lo vistieron, lo ingresaron al ataúd, lo taparon, aseguraron el ataúd. No podía hacer nada, no sentía hambre ni sed, no sabía si respiraba o no, pero estaba consciente de todo lo que sucedía en su entorno. Durmió por varios lapsos, no podía imaginarse cómo sobreviviría en ese estado después de ser enterrado. ¿Ese estado se iba a prolongar indefinidamente?, era lo más probable.
Después despertó, ahora sí podía abrir los ojos, hablar, mover todo su cuerpo. Golpeó el ataúd varias veces, esperó, sintió que forzaban y felizmente era Ruth.
Juan supuso que nadie le creería lo que le había sucedido y no estaba dispuesto a dar explicaciones de algo que él mismo no comprendía. Lo tomarían de loco. Así que era mejor que lo enterraran, que lo dieran por muerto.
Regresaron, llenaron el ataúd con ropa y otras cosas, lo suficientemente pesadas para dar la apariencia. Cerraron el ataúd, aseguraron, dispusieron, limpiaron y salieron.
Fueron al departamento de Ruth, durmieron hasta las 3 de la tarde, Ruth estaba agotada. Al despertar, proyectaron que hacer. Se tomaron su tiempo y finalmente decidieron marcharse de Lima, ocultarse en algún pueblo de la Amazonía donde nadie les conociera, vivir allí y después de varios años, regresar a Lima o, lo más probable, irse a Europa.
Llevaron adelante su plan. Llegaron a un pueblo apacible de Huánuco, de abundante vegetación, después de pasar peripecias para sobrevivir, se dedicaron a la crianza de toros de lidia.
Tuvieron dos hijos varones y a los diez años cayeron en la cuenta de que Juan se mantenía lozano, como el día en que lo enterraron, mientras que Ruth envejecía normalmente.
Pasaron cinco años más, Juan no experimentaba envejecimiento alguno, Ruth envejecía, sus hijos ya adolescentes eran testigos de este proceso raro. La diferencia de juventud de ambos no era dramática aun.
Con el tiempo esta disparidad se hizo insostenible, debían salir de aquel pueblo antes de que empezaran las conjeturas sobre la extraña juventud perdurable de Juan.
Juan escapó a Europa, escapó para ocultar su raro estado y no debido al desinterés por Ruth y sus hijos, ella estuvo de acuerdo, no había otra salida.
En el pueblo, la desaparición de Juan no fue gran novedad; en una pareja tan dispar en edades, era justificado y comprensible, nada condenable. Los hijos de Juan y Ruth, ya mayores, ayudaron a la madre.
Todo quedo expedito para que Juan comenzara un nuevo ciclo, lejos, sin testigos.
Con una nueva pareja se estableció en Parma, Italia; igualmente, tuvo dos hijos varones, permaneció diez años, crio a sus hijos previniendo que se quedarían con su madre. Después de diez años él seguía en los 25 años, así que escapó, por los mismos motivos de la primera vez.
Con otra pareja contemporánea con él, esta vez se estableció en Zaragoza, España.
El proceso se repitió, siempre tuvo dos hijos varones con cada pareja. Así se estableció sucesivamente en Normandía, Francia; Svealand, Suecia; Kaunas, Lituania; Núremberg, Alemania; Utrecht, Holanda; Amberes, Bélgica; Cardiff, Inglaterra; Bratislava, Eslovaquia; Lublin, Polonia; Esparta, Grecia Skopje, Macedonia; Rostov, Rusia; Rabat, Marruecos; Asuán, Egipto; Asmara, Eritrea; Jerusalén, Israel; Bagdad, Irak.
Hoy 15 de agosto del 2,215, Juan está viviendo en Bagdad, nadie ha sospechado que él es un joven perenne, que vive constantemente en los 25 años de edad, él finge vivir entre los 25 a lo 35 años de edad, siempre tiene dos hijos varones con sus parejas, aprende con facilidad los idiomas pertinentes, en suma, lleva una vida normal dentro de esa anormalidad que sólo él sabe.
La inmortalidad consistía en vagar en círculos, se repiten procesos parecidos, con distintos matices.
Hoy está en Bagdad, cerca de Babilonia o Babel (La Puerta del Cielo), la comunicación con la divinidad. Allí nació Abrahán, con quien empezó múltiples religiones.
Juan quedó atrapado en el tiempo. La vida en círculos que se hace eterna. En círculos, como vagan los planetas, el sol, la luna, las estrellas, las galaxias.
29/03/13 |
Publicado por: elescano.r | Categoría CUENTO
- Añadir comentario | Link permanente | Visto: 166 veces |

Miguel. Un hombre original, extraordinario y estupendo, que pasó por este mundo silenciosamente. Bien parecido, con dinero; lo que más le complacía era disipar su dinero en paseos, solo o con sus enamoradas ocasionales, una por vez, tuvo varias enamoradas, de quienes él se prendaba y sufría bastante cuando terminaba la relación idílica -pero no la amistad- .Lo que Miguel buscaba era casarse, pero no se daba.
Se ha rescatado la relación idílica que sostuvo con Charo y Frida. Con Charo sostuvo una relación continua por 10 años, hasta que finalmente, por esos giros del destino, él fue su padrino cuando Charo se casó con Simón. Frida fue su única novia, con la que, sin embargo, no se casó finalmente.
La historia es así. Para no entrar en detalles nimios, contaremos los pasajes, a nuestro juicio, trascendentes.
A los dos años de ser pareja Miguel resolvió proponerle matrimonio a Charo, ella no se decidía, era bastante menor, dieciséis años de diferencia, pero la verdadera razón, ella se lo ocultaba: era estéril. A los siete años de la relación se lo dijo, Miguel asimiló penosamente el golpe. Se haría tratamientos, ella tenía pánico a las operaciones, la relación paulatinamente se fue atenuando.
Miguel conoció a Frida, veintidós años menor, al lado de Miguel, Frida era una niña, y ella, se engreía y adoptaba poses infantiles, traviesas, insinuantes. De la amistad pasaron a ser amantes, con tanta naturalidad y frenesí a la vez. Miguel vivió esos momentos como un torbellino de pasión.
Corría un año de ser amigos, paseaban y degustaban en posadas campestres. La atracción era voluptuosa, carnal, nada espiritual, pero ellos no eran conscientes de aquello. Cada vez que la ocasión se daba, Miguel le hacía bromas muy atrevidas, - él no era de hacer esas bromas así nomás -, juzgó que con Frida tenía una comunicación perfecta: corporal, de miradas, de gestos.
Aquel día Frida cumplió dieciocho años, Miguel la invitó a un paseo, un lugar turístico, cercano; brindaron con cerveza, charlaron y rieron, Miguel era versátil, se acomodaba rápidamente a la situación de tal manera que no tenía dificultad para charlar y reír con una muchacha muy menor; en verdad, pese a ser un hombre maduro, nunca tomó la vida muy en serio; pero era responsable y metódico.
La galantería deslumbró a Frida, Miguel era todo un caballero atento, no fingía para deslumbrar, sí se esmeraba era porque su invitada era adorable. Nunca olvidaré este día, es la primera vez que brindo por mi cumpleaños, le dijo. Cuando empezó a oscurecer, Miguel fascinado por la juventud de Frida le dijo, un poco en broma y en serio: ¿nos quedamos?, ella le dijo sonriendo: ¡claro!, Frida jugaba a la niña, y a la mujer que asomaba incontenible en ella, estaba encantada por el trato y cortesía que le brindaba Miguel; Terminaron de cenar sólo mirándose, casi sin pronunciar palabra, Frida era consciente a lo que se exponía, Miguel actuaba más por cortesía que por perversidad.
Subieron al hotel, Miguel, pidió dos cuartos individuales; no había, había un enorme cuarto familiar con varias camas, Frida ya era mayor de edad, a partir de ese día, por ese lado no había problemas, además los hoteles eran tolerantes, les interesaba más el peculio que la moral, así que se desentendieron de la cuestión con tal que se pague la tarifa de los cuartos. Frida permanecía serena mientras Miguel deliberaba con la hotelera, escuchaba y se enteró del asunto de los cuartos. Cuando dieron la llave del cuarto a Miguel, la hotelera tomó la delantera para conducirles, Frida y Miguel la seguían imperturbables y formales, Frida sonreía para sí.
Una vez solos, no se inmutaron, él la tomó suavemente, con toda naturalidad por el talle y la besó en el cuello. Se besaron apasionadamente, cayeron al sillón, e hicieron el amor con pasión desenfadada, desbocada; nunca hubo promesas, ni declaraciones de amor, sólo miradas, gestos, y pocas palabras insinuantes.
Mientras tanto en su relación con Charo, el enamoramiento se estaba mutando en amistad, Miguel pensó que mejor era decírselo a Charo; lo de Frida, por honestidad. Y se lo dijo. Charo asimiló, ya andaba de amistades con Simón, un muchacho contemporáneo de ella.
Por esos días Simón le había revelado su cariño a Charo, ella le asintió y se lo refirió, igualmente, a Miguel, Miguel sufrió, aun divagaba entre Frida y Charo, se había acostumbrado, lo de Frida recién empezaba.
Charo visitaba a Miguel y viceversa, salían, comían en algún restaurante, como siempre. Mientras paseaban, Miguel la miraba, y pensaba seriamente en reconquistarla, había recuerdos, el amor no muere cuando uno quiere, el rescoldo tarda en disiparse y a veces no termina en extinguirse.
Un día Charo lo llamó al celular, estaba desesperada, habían reñido con Simón, Miguel acudió, la consoló, Charo le habló algo de regresar con él, visitaron a una tía de Charo, Charo lloraba, Miguel comprendió que Charo amaba a Simón, la reanimaba. La había perdido, esta vez para siempre, pero tenía donde refugiarse, para eso estaba Frida, su juventud y su pasión cegaba a Miguel. Miguel aturdido, miraba a Charo.
Un mes después nuevamente llamó Charo, otra riña con Simón, Miguel acudió presto, allí conoció a Simón. Simón amenazaba con marcharse, la verdad es que Charo tenía un carácter difícil, Charo lloraba y le pedía que no se vaya, Miguel la abrazaba tratando de calmarla, Charo le decía, tú me recuerdas a mi padre, tú eres mi padre, Miguel respaldó mentalmente esa opción, después de todo, Charo le enternecía, cuando la miraba llorar, le rompía el corazón.
Miguel intercedió en el pleito, pero no podía evitar favorecer a Charo, entre los dos arrinconaron con argumentos a Simón, este cedió.
Ya en calma, al irse Miguel les iba decir algo, calló, sólo los miró con severidad, quería dar una perorata de recomendación, miró a Charo, vio sus ojos, calló; se fue triste.
Estaba Frida y esa relación iba afianzándose increíblemente. Hubo otras peleas fue un periodo de acomodo en la que Simón y Charo tuvieron que ceder.
Miguel salía con Frida en periodos intermitentes de pasión afiebrada, se congeniaban pese a la diferencia de edad, caminaban haciéndose bromas como dos adolescentes, no les interesaba la mirada de la gente, Miguel era ingenioso para las pullas, Frida se carcajeaba continuamente, fantaseaban.
Frida se sentía cómoda y feliz, amaba a Miguel, lo buscaba, con él siempre estaba alegre. Miguel también la amaba, sentía ganas de hacerla reír, eran una pareja que funcionaba.
Charo y Simón llevaban ya un largo periodo sin peleas, esto llamó la atención de Miguel, decidió ir a visitarlos; los encontró bien, estaban ocupados en negocios, viajaban constantemente, Miguel estaba contento viendo a Charo alegre, sugirió que se casaran. Admitieron encantados y lo eligieron padrino de la boda, Miguel aceptó. Festejaron. Miguel – confundido- entre alegre y triste; alegre por Charo, triste por él.
Se cerraba otro capítulo de su vida, una mujer a quien había amado, con quien no se casó finalmente. Se despidió de ellos, más triste que alegre.
Frida era una lejana esperanza, absurdo para la sociedad, para la mayoría, pero no para él. Si eres feliz con una chica lo natural es casarse con ella se decía. El día que le propuso a Frida casarse con ella, ella aceptó sin rodeos, Miguel le dio el aro de compromiso y fueron los novios más felices, hasta que Frida -ya de 23 años- se lo dijo a una amiga. ¿Ese viejo es tu novio?, cuando tú tengas 30 años él va a tener 52 años, tus hijos van a tener un papá viejo, no va poder educarlos. Cosas así.
Frida no había pensado en eso; no le importaba, ella lo quería y se casaría con Miguel. Después se lo dijo a su mamá. ¿Cómo hija, te has enamorado de ese viejo?, mira hasta yo soy menor que él, se opuso, no pueden ser felices, hay mucha diferencia de edad. Frida no comprendía, ella era feliz con Miguel, eso de la diferencia de edad, ¿qué tenía que ver con la felicidad?
Por hacer que olvide esa relación absurda de su hija, puso en el camino de Frida a un muchacho encantador de 24 años, al principio Frida se aturdió. Reparó estar pretendida de aquel joven, se sintió atraída. Salieron; pero al poco tiempo, vio que este no tenía la imaginación de Miguel, no reía, comparado con Miguel, ese joven atractivo era un vulgar truhan. Extrañaba a Miguel. Miguel también se había alejado de Frida; es cierto, la diferencia de edad es bastante, se decía.
Frida lo buscó una tarde, Miguel deambulaba por las calles, sus miradas se hallaron, corrieron al encuentro, se tomaron la mano y caminaron sin reprocharse. Miguel supo del flirteo de Frida con aquel joven, le pereció que era una cuestión que no valía la pena ni mencionarlo. Esa tarde se amaron con libertad total y planearon fugarse.
Pero
Miguel murió repentinamente atorado con sus alimentos un domingo por la noche cuando cenaba en su cama viendo el noticiero dominical. Frida lo encontró a la mañana siguiente, estaba como dormido, tenía una manzana empuñado en la mano, su gato estaba acurrucado junto a la ventana, Frida creyendo que se había quedado dormido -el televisor estaba encendido- tomó al gato y se lo aventó, jugando, como siempre, la manzana rodó por el suelo, Miguel se inclinó hacia un lado, estaba muerto.
Frida se arrojó sobre él, asumiendo que todo no era más que una broma, de las que Miguel estaba acostumbrado a hacer, le besó en el cuello, como invitándolo a otro juego, Miguel no respondía, estaba rígido, frio. Frida enloqueció.
Enfermó de tristeza.
Al enterarse Charo, se desmayó. Él la había amado como un padre, como un amante, como un amigo, y ella, se sentía su hija, Miguel era para ella como una playa, accesible sólo para ella, donde podía acudir cada vez que quería, para rememorar viejos tiempos y andar de la mano de Miguel…, de su papá, de su amante y charlar, y charlar…
Pasó un mes. Charo y Frida coincidieron en el cementerio; nunca se habían visto. Llegaron simultáneamente al nicho, Charo le dijo desafiante: Qué hace usted aquí, se ha equivocado. La que se ha equivocado es usted, respondió Frida, despreocupada, él es mi novio, dijo, como si Miguel estuviese vivo. Charo se carcajeó. Cómo va ser tu novio, si él es mi papá, dijo tajantemente. Frida quedó confundida, no era posible, Miguel no podía haberle ocultado eso, una hija, y mayor que ella, no pues, Miguel no era de esos que ocultaba cosas así. A ver, le dijo desafiante. Cómo se llamaba tu papá. Miguel, Miguel Castro, dijo con seguridad Charo, desafiante, Frida quedó alelada, Charo calló, miró a Frida, vio su juventud y hermosura, ató cabos, y claro, era perfectamente posible que esta muchacha fue la novia de Miguel, él era así, un ser diferente a los demás.
Se miraron a los ojos, se reconocieron, se abrazaron y lloraron juntas, las dos habían conocido a Miguel, las dos lo habían amado, con diferencia de matices, después Charo aclaró que en realidad no era hija de Miguel, que él era su padrino de bodas.
Pusieron las flores, callaron, se miraban a hurtadillas. Frida no preguntó más, era posible que aquella, hubiera sido enamorada o amante de Miguel, antes que ella. No quiso saber más, terminaron con los arreglos florales en silencio, se sonreían cada vez que sus miradas se encontraban.
Al despedirse en la puerta del camposanto, acordaron regresar juntas el próximo mes con los claveles más esplendidos y perfectos y blancos para Miguel.
14/03/13 |
Publicado por: elescano.r | Categoría CUENTO
- Añadir comentario | Link permanente | Visto: 68 veces |

Ayaviri te veo, tras nubes de tiempo, en el horizonte de mis gozosas penas. En tus atardeceres de sol poniente, eras tan quedo, tan mudo, sólo el ave solitaria y transparente surcaba tus quietos cielos. El bramar del toro irrumpía tu atmosfera caliente y cansada, alegre de todo, alegre como los árboles que se mecen sin preguntarse nada. El campesino no se preguntaba tampoco, hacia donde iba ni de dónde venía; dejaba a un lado lo incomprensible, quizás, para cuando haya tiempo.
Tan pronto como el brazo se cansaba llegaba la noche y el sueño, al día siguiente despertábame el olor del maíz tostado, olor que sabía a paz perenne sin hambre; el rico panqueque que mamá tostaba en el tiesto de barro cocido; ancestral y, ahora, mítico en mi memoria.
En aquella fuente de agua de fuego helado te hallé, con tu mirada interrogante, tu rostro interrogante, toda tú, en cuerpo y alma interrogante; lavando tus secretas y diminutas vergüenzas, que con prisa las metiste al agua helada para no verlos y descubrir tus amaneceres de niña buena. Recuerdo tu cabello largo negro cayendo sobre tus hombros, me mirabas entornando los ojos, tu rostro enigmático y bello, eras una aparición de belleza insuperable, irreal.
Después ocurrió algo extraño, Ayaviri se vio infestada repentinamente de roedores. Los más ancianos no recordaban nada parecido. Se recurrió al conocimiento empírico de los agricultores experimentados para encontrar las causas y luego combatirlas. Surgieron numerosas explicaciones y formas de combatirlas, en todas ellas se gastó considerable dinero que el gobierno local asumió, pero la invasión de roedores no cesó y ya se temía por la sobrevivencia de la comunidad, arruinada la agricultura y la ganadería no había manera de procurar el sustento.
El pánico se apoderó de los pobladores, los recursos monetarios eran exiguos. La esperanza se cifró en el Ingeniero agrónomo especialista en plagas que el gobierno central envió de emergencia. Tomó muestras de tierra, de cultivos, de cosechas infestadas; vino de la capital con un equipo de colaboradores todos vestidos de blanco, no había duda que ellos solucionarían el problema. Auscultaban con sus raros aparatos, tomaban notas precisas, discutían acaloradamente y hasta bromeaban; se les veía sobrios, dominadores de la situación. Los pobladores nombraron una comisión para atenderlos en todo lo que ellos necesitaran: comida, alojamiento y viajes intempestivos a la ciudad por si algo se requería. No había duda, los adelantos de la ciencia y el equipo idóneo de profesionales, de primera, era garantía del triunfo del hombre; su ciencia y superioridad entre las otras criaturas de Dios era evidente.
Los taitas que habían sugerido ritos ancestrales de Pago a la Tierra, enmudecieron. Imagínense, a fines del siglo XX y creyendo en ocultismos, los taitas ya no tenían el respeto de antes, sus nietos volvían de Lima; abogados, doctores, ingenieros; el orgullo del pueblo. Los taitas quedaron rezagados y hasta avergonzados de sus conocimientos ancestrales. Ellos silenciaron, doblemente abatidos: por la edad y por lo nuevo que venía de un mundo extraño, dominante, superior. La ciencia.
La noche que llegó cajas bien embaladas conteniendo el medicamento para combatir a los roedores, el pueblo terminó en las calles en bulliciosa fiesta; el ingeniero, sus colaboradores y el pueblo entero se estrecharon festejando de antemano el fin del problema y la vuelta a la normalidad, tan desesperadamente anhelada por todos. El ingeniero fue muy festejado y hasta algunos pobladores más entusiastas le auguraron un monumento.
El día de la asepsia se movilizó todo el pueblo, fue un duro trajinar y la jornada ocupó desde la madrugada hasta cuando se prendió el alumbrado público ya ingresando la noche. Caravanas de buses sacó a toda la población hacia la capital por un mes, mientras el tratamiento surtiera efecto. Los preparativos del viaje, el viaje y la llegada a la ciudad, tuvo tono festivo. En la ciudad se montó campamentos portátiles donde los pobladores se cobijaron.
Al mes de éxodo laico, retornaron, igualmente, de manera festiva. Poco a poco, retornaba la normalidad, el gobierno central apoyó con víveres durante un mes hasta que retornó la habitual vida del pueblo. Pero cuando la población empezó nuevamente a provocar residuos de todo tipo producto de la actividad humana, nuevamente aparecieron los roedores; primero se atribuyó a que siempre la humanidad ha convivido con estos ya casi domésticos animalitos, así trataron de despistar sus temores. Sin embargo el número de roedores fue creciendo y también el espanto de la población, llegó el pavor, en menos de una semana abandonaron el pueblo, horrorizados y muy acongojados en medio de rezos y lloros. El gobierno central, a través de los ministerios de salud y agricultura, se vio impotente, abatidos trataron de paliar la adversidad.
En la capital se les asignó un terreno que antes pertenecía a una hacienda algodonera, dentro del perímetro de la ciudad; no todos se establecieron allí. Muchos tomaron otros rumbos, hacia otras ciudades, ayudados por amigos y familiares. La mayoría se estableció en la capital, resignados a integrarse a una forma de vida que no era la suya. Antes de un año, la nostalgia y el cariño al pueblo abandonado surgió entre los más viejos. Creció el deseo de volver hasta que se hizo unánime.
Los de la capital, se organizaron para el retorno, ya no recurrieron a ingenieros, habían fracasado, en reuniones improvisadas, poco a poco surgió una idea.
Recurrir a la ayuda a los conocimientos ancestrales y la ayuda divina.
Organizaron comisiones, se discutió. Se acordó ir todos en peregrinación, se optó no llevar ninguna imagen; no todos eran católicos y esas desavenencias con los que se decían cristianos se pasaron por alto, el tiempo apremiaba para detenerse en esas interminables e inútiles detalles de interpretación bíblica. Un argumento fue contundente: Dios une, no separa.
Se compró cirios y un “Nacimiento”, paulatinamente el entusiasmo fue creciendo, la Familia de Belén los enterneció y en torno a ella se armó un pesebre polícromo y extenso. Todos llevaban regalos al Niño Jesús, por momentos más parecía preparativos para Navidad; la peregrinación a Ayaviri, la infestación de roedores, parecía pasar a segundo plano. Tocados por la fe en El Niño Dios, partieron de Lima.
La llegada a Ayaviri fue jubilosa. Allí estaban esperándolos, dándoles la bienvenida: los cerros, los árboles, los pájaros, el viento. Lloraron y juraron nunca más abandonarlo. Algunos se embriagaron con caña y juraron que nadie ni nada impediría unir sus huesos a esa tierra suya así viniera todas las pestes del mundo, toda la ira de Dios.
Los que se habían afincado en otra ciudades; enterados que los de la capital habían retornado, se ilusionaron de ver nuevamente los atardeceres lindos de Ayaviri, con sol o con lluvia. Fue unánime, en menos de un mes todos estaban nuevamente en sus casas. Promovieron el Pago a la Tierra, el sacrificio de un cordero. La tierra los estaba castigando, no se había respetado el pago a la tierra que antes se hacía, había quedado en desuso, anticuado.
Los roedores aún permanecían, en menos cantidad, quizás por el abandono del pueblo, se les combatió con los medios habituales.
Ya todos habían retornado, se organizó la peregrinación con El Niño Dios, Los que promovieron El Pago a la Tierra propusieron hacer juntos con la peregrinación del Niño Dios, el mismo día, el acuerdo fue inmediato, nadie se opuso, así se haría más contundente el golpe contra el maleficio de los roedores.
Esta vez participó todo el pueblo, nadie permaneció indiferente, era una lucha que movió en cuerpo y espíritu a todos, incluidos los infantes que abrían sus ojos al mundo y los viejos que sólo añoraban sus tiempos mejores.
Un grupo de mujeres, entre viejas y jóvenes, formaron un coro para acompañar la peregrinación con canticos, ellas sabían canticos ancestrales, entonaban canciones capases de emocionar hasta las lágrimas. Para distinguirlas, se les uniformó con faldas y chompas de un mismo color.
Los demás, prepararon entusiasmados sus mejores galas para el día en que el mal sería expulsado del pueblo; creían tanto en El Niño Dios como en El Pago a la Tierra, todo lo hacían con determinación, como algo definitivo, en ningún momento a nadie se le cruzó por la mente la idea del fracaso, la fe era total, sin ningún resquicio de duda.
“Los profesionales”, así los llamaban a los jóvenes que habían estudiado en la capital y allí ejercían alguna profesión; llegaron conmovidos por la situación, se plegaron incondicionalmente; emocionados gastaron sus ahorros en los diversos preparativos. Con ellos llegaron también muchos curiosos y turistas a presenciar la expulsión del mal. Era una fiesta.
El día llegó, los preparativos habían terminado hace dos días, se esperó el domingo. Ese día en Ayaviri, los rayos del sol se hicieron presente desde la madrugada, el ambiente resplandecía. Todo estaba listo para iniciar la peregrinación cuando por una esquina de la plaza apareció La Virgen María, con un corderito entre sus brazos cuya blancura radiante embelesaba a la gente. La plaza estaba llena, nadie, menos los de las comisiones organizadoras recordaban haber programado a la Virgen María, la reacción fue de extrañeza, pero no hicieron ningún comentario, al verla caminar con naturalidad y desenvolvimiento, la aceptaron inmediatamente, atribuyeron a que alguna comisión la habría incluido.
La Virgen María presidió la procesión, nadie se opuso, les pareció normal en peregrinaciones de este tipo. La belleza y sencillez de la Virgen puso la nota de recogimiento y devoción. Las mujeres cantaban tonos dulces y tristes, elevaban sus voces y las dejaban caer cambiando de nota inarmónicamente en ritmos que desvariaban y cuando todo parecía un caos, una voz aguda la rescataba a entonaciones que deleitaba y elevaba el espíritu a parajes de devoción insospechados. La caminata debía ser hasta el cerro, en las afueras del pueblo. El calor forzó hacer tres paradas durante las cuales no se dejó de cantar, la Virgen María, tan joven, caminaba sonriente y, a intervalos, dirigía una mirada maternal a la población.
Llegaron al cerro, la Virgen María, dio media vuelta y con su mano izquierda hizo un gesto que detuvo la procesión, el canto calló, la virgen oró y todos le acompañaron en el rezo.
Después, se hizo el Pago a la Tierra, el sacrificio del cordero que la Virgen llevaba en sus brazos. Al pie del cerro, un grupo de varones y mujeres, tendieron abundante coca sobre manteles blancos; bebieron y soplaron aguardiente, fumaron. La Virgen María llevó al cordero, lo dejó sobre una enorme piedra. El oficiante dijo.
Mama Pacha, te ofrecemos este cordero en pago de los
alimentos que nos das. Cuida de nosotros tus hijos
El coro de mujeres entonó canticos festivos, el cordero fue sacrificado, la danza y el aguardiente dieron nota mágica, ceremonial; la Virgen María danzaba confundida en la muchedumbre, embriagada de misticismo, todos henchidos de ancestral fe andina mezclada de cristianismo.
En los días siguientes, la infestación de roedores disminuyó, al mes habían desaparecido totalmente.
La Virgen María volvió a lavarse los pies en la fuente helada; ahora me sonreía.
02/09/12 |
Publicado por: elescano.r | Categoría CUENTO
- Añadir comentario | Link permanente | Visto: 204 veces |

Conoció a Ramón en un altercado. Finalizaba el año escolar, regresaban de la clase de Educación Física en la cancha de futbol, algunos habían jugado un partido de futbol, otros, corrido en la pista atlética, ejercicios en las barras, salto alto, todos alegres, embromando, estaban alborotados y en ese trance nadie estaba seguro; volaban maletines, zapatillas, medias, Pablo reía celebrando el desorden cuando un maletín golpeó la espalda de Ramón, este por toda reacción pateó el maletín justo cuando Pablo reconoció que el maletín era suyo, se abalanzó contra Ramón, este sintió la arremetida, trastabilló, pero Pablo en su afán de no darle oportunidad, se apresuró y resbaló, Ramón tuvo tiempo para acomodarse y recuperarse, la pelea era pareja, los dos arremetían con el mismo furor, asimilaban los golpes, el auxiliar de aulas ingresó y gritó: qué pasa aquí, algunos que habían rodeado a los contendientes se fueron a sentarse rápidamente, los contendientes, pálidos, con el rostro tenso por el esfuerzo, bajaron los brazos. Eran ellos, los primeros alumnos de la clase en aptitud académica, Al final del año Ramón y Pablo compartieron el primer lugar, Félix, amigo de Pablo, el segundo lugar.
En la clausura del año escolar, felicitaron a Ramón y Pablo y a sus padres. Los padres de Ramón y Pablo iniciaron una agradable conversación, estaban contentos por sus hijos, entre bromas surgió una amistad que prometía. Concluida la clausura, siguieron charlando entretenidos hasta salir a la avenida Méjico, hacía calor, frente al colegio había un bar, se recrearon con cervezas para mitigar el calor, Ramón y Pablo se refrescaron con gaseosa. Olvidada la rencilla, no dijeron una palabra al respeto, conversaron de la música que estaba de moda, de algunos cursos que ese año habían estudiado, de los profesores y del futbol peruano. Sus padres también charlaban animadamente en la mesa contigua, se iniciaba una amistad entre Ramón y Pablo, que prevalecería más allá de la competición.
Al siguiente año los dos coincidieron nuevamente en la misma aula, y así estudiaron juntos hasta culminar la secundaria, pero ese año pasaron al turno de la tarde, era soporífero, había que ir después del almuerzo, somnolientos. 32 salones de segundo año. Comenzaron el año con un discurso interminable del Director, el varano no había terminado, Ramón, Pablo y Félix no asistieron al discurso, se quedaron en la cancha de futbol a matar el tiempo, fue cuando encontraron el gusto en no asistir a las charlas del director o de otro profesor, en la cancha de futbol se estaba fresco, se mojaban la melena y charlaban de cualquier cosa, de bruces en el césped la pasaban bien, mientras los demás terminaban de cantar todos los Himnos posibles hasta desgañitarse. Dormían y escuchaban, con los ojos abiertos – la voz de los oradores llegaba, cansino como la tarde - los extensos discursos, verbalismos entusiastas y vacíos, vibrantes discursos fatuos, halagos a los héroes, promesas de la juventud futuro del Perú, el Perú era grandioso, y tantas fantasías estrafalarias más, en fin. Pablo era el más escéptico, los detestaba, él instaba al grupo para ir a la cancha de futbol y obviar las formalidades aburridas del colegio.
Gobernaba el General Juan Velasco Alvarado, gobierno de tendencia Socialista; La Reforma Agraria era un hueso que no podía digerir la vieja oligarquía; se había expropiado varios medios de comunicación; por ley, los trabajadores participaban de las Utilidades de las Empresas; no debía haber privilegios, la tierra para quien la trabaje. El Plan para impulsar al Perú hacia el desarrollo era integral, se implantó el Uniforme Único Escolar: ningún escolar podía diferenciarse de otro por el uniforme, igualdad, los alumnos de colegios exclusivos de Miraflores y San Isidro vestían el Uniforme Único al igual que aquellos provincianos pobres que vivían en el cerro El Agustino y asistían al Colegio Labarthe. Igualdad y no privilegios era la propuesta política ante la inercia de la política oligarca que pregonaba el liberalismo mal concebido En Estados Unidos el movimiento contracultural de los hippies estaba en su apogeo: paz, música y amor, además de alucinógenos; Janis Joplins, Eric Clapton, The Who, arrebataba a la juventud, esa era música de la puta madre, diría años después Pablo. La moda alcanzó a los colegios; el pantalón gris de boca ancha, a la cadera y ajustadísimos, la camisa blanca ceñida y cuello largo y en punta.
Félix iba contra la contracultura, usaba uniformes normales, a la antigua, los botines con taquitos los veía como una mariconada. Ese año, Ramón que vivía en Apolo, cerca al colegio Labarthe, le pasa la voz a Pablo de una casa en venta, en Apolo, llegan a ser vecinos, la amistad era sólida, el año que empezaba prometía, ese año se unió al grupo Ronie, un muchacho algo mayor que vivía en los edificios de San Luis, de pelo lacio, muy divertido, incondicional del Rock, fue él quien introdujo a Pablo en esa música, Eric Clapton, él Dios de la guitarra, la música suave, acompasada, a veces sutilmente melancólica del Blues los llevaba a parajes insospechados de libertad, de grandeza y espejismos, ese año conocieron a Muñoz, el perdedor del grupo.
Dos décadas después, Ramón, ingeniero electrónico egresado de la Universidad Nacional de Ingeniería, 32 años, casado, dos hijos, miraba acodado desde la ventana de su flamante casa en Higuereta , el coche del que sólo le faltaba diez letras para terminar de pagarlo, se sentía en la cresta de la ola, pero algo le molestaba, un día antes se había tropezado en el jirón de la Unión con su amigo y colega de colegio, un amigo entrañable: Pablo, Pablo no estudiaba ni aún se había casado, pero habían disputado con él los primeros puestos en el colegio, hasta que a Pablo le hastió eso.
La vida de Ramón había sido una cadena de éxitos y felicitaciones; se veía en sus recuerdos: recibiendo diplomas en su escuela allá en Pasco; la secundaria lo hizo aquí en Lima, no hubo diplomas, el ministerio de educación los había sustituido por becas a los mejores alumnos. Primer lugar en su promoción. Para ingresar a la universidad, dio un examen entre estudiantes que ocuparon el primer y segundo lugar en sus respectivos colegios; así logró una vacante en Ingeniería Electrónica en la UNI, eran numerosos los estudiantes que querían seguir esa especialidad de ingeniería. Gracias a su voluntad, y destreza en matemáticas, no tuvo mayores apuros en superar las complicaciones del estudio, los cursos más complejos los superó sin repetirlos, aprobándolos con óptimas calificaciones, era uno de los más sobresalientes. En los últimos ciclos se distendió, asistía continuamente a reuniones sociales con amigos y amigas de la universidad, le tenían aprecio y deferencia por sus logros académicos, estas reuniones terminaban en borracheras y juerga interminables, allí conoció a la que llegaría a ser su esposa: Zoila, también alumna destacada. Eran ya pareja cuando culminaron la universidad y se apoyaron mutuamente para hacer la tesis del título; como eran estudiantes destacados, las puertas de las empresas se abrieron. Se graduaron, él trabaja en la IBM y ella en Química Suiza, llevan siete años de casado, dos niños, el mayor ya va a la escuela.
Su amigo Pablo, limeño de Barrios Altos, era un aguijón en sus aureolas, él había roto ese mundo de lisonjas y adulaciones en el que Ramón se solazaba, lo conoció en la secundaria, se hicieron grandes amigos. Ayer lo vio feliz, pese a que a esas alturas de la vida no tenía esposa y vivía de trabajos eventuales. Había estudiado Mecánica Automotriz en el Instituto Particular La Gamor, y gracias a ello conoció varias ciudades del interior; era inteligente y hábil pero se revelaba ante las normas. Terminó el colegio enamorado de Vilma, una alumna libidinosa del tercer año del colegio Isabel la Católica, esa fue la auténtica razón por la que no se preparó para el examen de admisión a la UNI como habían planificado con Ramón, perdió ese año, y lo peor fue cuando a Vilma su mamá la trasladó a un colegio nacional de Pucallpa-Yarinacocha. Esa relación con Pablo es peligrosísima, los nietos vendrán pero para eso Vilma tiene que estudiar y ser primero una profesional, decía la madre de Vilma. Pablo substrajo dinero a su papá y llegó a Yarinacocha pero ahora Vilma estaba vigilada por cuatro primos, no pudo contra eso, además del calor y la comida selvática.
Volvió a Lima, sus hermanas le presentaron amigas para que olvidara a Vilma, lo que lograron a medias. Dos años cortejó a diferentes muchachas, se enamoró, pero ya no era como con Vilma. Mientras tanto había comenzado sus estudios de Mecánica Automotriz en el Instituto La Gamor, para no perder el tiempo. No se decidía a prepararse en una academia y postular a la UNI, había acompañado varias veces a Pablo a la universidad, sus monstruosas aulas desoladas y sucias de ventanas empolvadas desde siempre, los de estudios generales, sus baños malogrados; no sabía por qué, pero la UNI le parecía una cárcel peruana donde expiaban tranquilamente los delincuentes más inocuos; sus profesores, no parecían tales; los estudiantes se apiñaban y perseguían a algún profesor, que impertérrito y digno y triunfante parecía que buscaba esa situación para mostrar sus superioridad que su apariencia no le daba; sus oficinas de administración era como cualquier oficina de un ministerio público, o lo que es peor, del palacio de justicia, con empleados pedantes dispuestos a la coima por un trámite nimio. Pablo se desalentó, ¿Aquí estudian ingeniería?, es estrambótico el Perú, pensó y sus sueños de ingeniero se diluyeron para siempre. Además, él no se veía, en el futuro, saliendo de una gran empresa, cumpliendo horarios rígidos, trabajando para otros, cumpliendo normas. Usar camisa y corbata. Cuando me case pediré un adelanto de herencia a mi papá y con eso pondré una ferretería, tendré empleados, seré el jefe y decidiré mi horario. Mis ingresos serán mayores que los de Ramón, que sólo será ingeniero y terminará su vida trabajando para otros en una lúgubre oficina, se decía. Su papá tenía una cadena de restaurantes de Pollo a la Brasa. Y, efectivamente, había visto en Pablo un buen prospecto para que le sucediera en sus negocios, era el tercero de sus hijos varones, Pablo no era exigido en el estudio como sí a sus hermanos a quienes quería forjarles una profesión.
Cuando empezó a trabajar como mecánico automotriz; se compraba ropa, le gustaba vestir jean, polo y zapatillas. Trabajaba en un taller grande y bien equipado, en la avenida Atocongo, tenía horario libre, a veces se amanecía reparando motores, sus jefes lo estimaban y respetaban porque era eficiente en su oficio, sólo le exigían el día que debería estar listo las reparaciones. Él podía ingresar al taller en cualquier horario, eso le agradaba, iba con su personalidad, en poco tiempo adquirió fama de buen mecánico. Tenía imaginación para sortear las dificultades específicas a su labor. A los veinticinco años me caso, se decía; iba a todas las invitaciones sociales, buscaba conocer y enamorarse de verdad.
Ayer, cuando Ramón y Pablo se encontraron en el jirón de la Unión, se fueron a tomar una cerveza, como siempre, habían tomado esa costumbre desde sus primeros desencuentros con las chicas, después del colegio. Ramón increpó fuerte a Pablo. Que ya se deje de huevear, que se case, que siente cabeza, que estudie, que aún hay tiempo, que él es muy capaz, quizás más que él (Ramón), y se está echando a perder. Ramón estaba soberbio, en camisa y corbata, todo un triunfador, se había comprado una casa y esto daba para más. Miraba con desprecio a Pablo, como siempre, en jean, polo y zapatillas; pelo crecido, envejecido. Pablo miró a Ramón y le espetó: Tú te crees un triunfador, te crees ingeniero, eso es una farsa, aquí en el Perú no se crea tecnología, no se hace investigación, ustedes sólo interpretan manuales, copian lo que ha quedado obsoleto en Europa o Estados Unidos, o en Japón; aquí nunca hubo un Henri Ford, pionero en fabricar autos en serie, por eso ustedes, ingenieros de pacotilla, no deben usar corbata ni dárselas de mucho, ustedes son sólo técnicos, pero en un país de alucinados como el nuestro, sucede todo esto; nuestra sociedad es una farsa, una mala copia de la sociedad occidental. Se paró y se fue sin despedirse.
Ya afuera, en el jirón de la Unión, vio que Zoila venía por Ramón, fue a su encuentro, disimuló su ofuscación, hola, le dijo, agitó la mano, y se alejó a paso apresurado. Ramón en la puerta del bar, estaba contrariado y no lo podía ocultar. Qué a sucedido, preguntó Zoila. Nada, aseguró Ramón, Cosas del trabajo, estoy cansado y hay un contratiempo que se ha presentado, cosas que siempre suceden. Tomó la mano de Zoila y caminaron en sentido contrario al de Pablo. Es cierto, se decía, mientras caminaban como una feliz pareja joven, moderna y realizada; he sido muy duro con Pablo, pero es cierto que él es muy capaz, tanto o más que yo, y me ha dado en mi hueca vanidad, es cierto que no soy más que un técnico, que con los estudios que tengo, nunca seré capaz, ni siquiera de innovar esta tecnología importada, tengo que salir a completar mis estudios, a reforzar mis conceptos, el enfoque que la UNI a dado a la ingeniería es insuficiente y corta, si pues, nos creemos bacanes en matemáticas, pero eso no es ingeniería propiamente, las matemáticas solo nos ayuda a expresar y representar conceptos y teorías, el campo de la ingeniería es : conceptos y teorías, y a partir de ellas, proponer adecuaciones, adaptaciones tecnológicas a nuestros requerimientos específicos, y después hacer innovaciones, aquí no hay investigación, eso es cotoso y está fuera del alcance de nuestras universidades, las investigaciones que hay, son muy limitadas y aisladas, cuando salimos a Brasil o Argentina, notamos las falencias de nuestra educación y ni hablar de Europa o Japón. Qué amor, es muy complicado la situación en tu trabajo, preguntó Zoila. No, dijo Ramón, haciendo un mohín de desgano y desilusión. Tengo sueño y hay mucha chamba en la empresa, eso es todo. Y a ti cómo te va, le preguntó para no seguir torturándose con sus reflexiones sinceras. Ahí, todo bien felizmente, nos ha llegado un nuevo manual de seguridad, todo en inglés, y la chamba ahora es traducirlo correctamente, tu sabes, eso es delicado y hay que ser minucioso con las equivalencias de las palabras al traducir, y luego, coordinar con todos los departamentos para adecuarlo todo, esto tiene para rato, y el directorio nos está exigiendo tenerlo listo para el próximo mes, que ya no falta más que 20 días, bueno, yo en mi área estoy ya imaginando qué innovaciones debe contener el nuevo manual, estoy revisando bibliografía actual, todo está en inglés, te imaginas, menos mal que mi mamá me exigió estudiar inglés en el Británico, y todo por hacerle competencia a una vecina que se jactaba de lo bien que dominaban el inglés sus hijas, bueno, gracias a ello al menos ahora me defiendo, la traducción tengo que hacerlo a lápiz, y con mi diccionario al lado, e ir concordando las palabras según el contexto, y eso es harta chamba, pero tengo que hacerlo yo misma, se aprende un montón sabes, cosas muy interesantes que en la universidad ni te imaginabas. Y se perdieron por la muchedumbre, el ir y venir inacabable del jirón de la Unión, y se prendió la luz del alumbrado público, y los cambistas aglomerados en la esquina con la Plaza San Martín ofrecían comprar a dos soles los dólares deteriorados, ajados, partidos y hasta, podridos.
div>
02/09/12 |
Publicado por: elescano.r | Categoría CUENTO
- Añadir comentario | Link permanente | Visto: 315 veces |

Su tipo de mujer era: de cuerpo proporcionado, linda, pero sobre todo que tenga gracia, gracia al caminar, al conversar, al bailar, que sea parlanchina y divertida; no la encontraba. En su búsqueda conoció a chicas livianas que después de un meneo en las discotecas o salsodromos, se acostaban con él, eran chicas que apenas conocía, no le satisfacían. Observó que las provincianas andinas eran chicas interesantes, de gracia muy particular: andina, telúrica, exótica, no sabía cómo definirla. Eran diferentes a las limeñas; más reales, las limeñas le parecían salidas de las tiras cómicas o series enlatadas de la televisión; las muchachas andinas estaban dispuestas a llegar rápidamente a una relación formal. Se iba solo a esas fiestas de la Carretera Central, allí encontró un ambiente más cálido, grupos de muchachos y muchachas que asistían infaliblemente; allí, trabó amistad con varios grupos de muchachas; bailaba y cantaba canciones vernáculas hasta el amanecer. Un grupo de chicas lo llevaron, una noche de juerga, a una fiesta chicha donde conoció a Teresa.
Teresa, de estatura media, bello cuerpo, de piel clara. Cuando bailaba, se meneaba haciendo requiebros extraños y sensuales, sonreía y prefería no conversar mientras bailaba; le calculó unos 25 años. Lo que le atrajo a Arturo fue su mirada enigmática, era bromista y locuaz cuando no bailaba, hacía bromas de doble sentido, y sólo sonreía cuando Arturo la galanteaba; se retiraba temprano de las fiestas. Una noche la encontró parada en la pista, cerca a un local de esas fiestas, en la Carretera Central, estaba desesperada porque su amiga con quien iba viajar a Chimbote no aparecía por ningún lado, y ella sola, tenía recelo tomar un taxi, a esa hora de la noche hasta Fiori; él, sin pensarlo más, se ofreció acompañarla. Supo que era casada, que su esposo trabajaba en unas minas de Huaraz, eso desencantó a Pablo, era casada, pero la acompañó hasta Fiori. Sus dos hijos estaban estudiando en Lima y ella ya tenía treinta años, aunque no aparentaba esa edad; estaba toda la semana en Lima, con sus hijos, y los domingos viajaba a Chimbote a atender a su esposo. Arturo conocía Chimbote y esa noche de broma en broma se fue con ella hasta Chimbote. Durante el viaje conversaron animadamente, cada vez que se callaban, Teresa le miraba divertida; se quedaron dormidos, y al despertar Arturo, se sorprendió, Teresa estaba en sus brazos; dormida, era bonita, la tomó por la cintura y la besó en el cuello en un acto irrefrenable, al rato se estaban besando, Arturo le palpaba los senos y ella casi suplicaba. Al amanecer llegaron a Chimbote, tomaron desayuno en unos quioscos, al terminar el desayuno, Teresa sin rodeos le dijo: vamos a mi casa, mi esposo va llegar a la una de la tarde.
Llegaron a la casa, Arturo se sentó en un diván, Teresa encendió el televisor y juntos se quedaron dormidos frente al televisor. Cuando despertó estaba solo, llamó varias veces, nadie contestó, vio una puerta entreabierta, empujo la puerta; en una cama infinita estaba Teresa extendida, prometedora, totalmente desnuda. A Arturo ese día le hicieron el amor con una lentitud enérgica, sumisa; supo de un mundo de deleites, intenso, suave; besos aletargados, la voz de Teresa era susurrante, gatuna; su cuerpo era regocijo, regalo, de satisfacciones impensadas. Al despedirse, ella le besó tiernamente en los labios, nos vemos en Lima cariño, le dijo.
Arturo quedó desconcertado: debe ser una puta profesional o ¿será que su naturaleza es así? Desde entonces vivó obsesionado por Teresa, por la forma de amar de Teresa. Su producción en el trabajo – era obrero textil - mejoró, hacía más rápido sus labores, y con mayor precisión, lo hacía por llegar a las citas con Teresa; que eran como alcanzar el cielo, la felicidad; pero no amaba a Teresa, sentía que su relación con ella era pasional, de locura , de estasis; nunca habían conversado de sus vidas, de sus proyectos; en sus citas, el paseo no culminaba, eran ganados por la pasión; Arturo terminaba agotado; después de eso, las promesas estaban por demás, carecían de significado, eran vanas.
Desde entonces, Arturo vio la vida con otros ojos. Mujeres de este temperamento no son pecadoras, imaginó a Marilyn Monroe (Norma Jeane Mortenson) y a Brigitte Bardot la BB, vienen al mundo a sacudir a los hombres, a decirles que hay múltiples cielos aparte de aquel el de la biblia; el amor y la pasión de parejas - sentimientos entrelazados - nos conducen hacia la posibilidad de otras felicidades, para hacernos más humanos regresándonos a nuestra animalidad, a nuestra