Day: septiembre 3, 2010

Crecer a golpes

Ángeles Lucas
BBC Mundo

Padres que no conciben educar a sus hijos sin castigos físicos son un problema global que se extiende por generaciones y culturas, como descubrió BBC Mundo a partir de una visita a una escuela de la selva amazónica de Perú.
“Muchas gracias por hablar con nuestros padres, el mío tenía preparada una correa anchísima para pegarme, pero gracias a tu charla, ésta vez no lo hizo”, dice aliviada Susana (nombre ficticio), de 11 años, mientras abraza a la psicóloga de su colegio.
Las compañeras de clase la apoyan: “¡Eso, eso. A mí tampoco me pegaron ayer!”, exclama otra. No van mal en sus estudios, pero una nota más baja o desobedecer una orden puede enfurecer a su padre o su madre, que entienden la paliza como una medida correctiva.

Susana, muy puntual y aseada, va cada día al Centro Educativo Virgen de Guadalupe, en Tarapoto, la selva norte del Perú. Ahí les enseñan el respeto a las personas y el medio ambiente, la empatía y la responsabilidad.
Pero al volver con su familia a su casa, fabricada con calamina, ladrillos y plásticos, no encuentra los mismos valores. “Mis padres me palean si me porto mal. Pero yo los entiendo, porque no siempre soy buena”, reconoce mirando al suelo.
Al centro acceden con prioridad los que tienen menos recursos económicos. Aproximadamente el 30% son indígenas y entre ellos no se acostumbra tanto castigar físicamente a los hijos.
“Los nativos son personas que por lo general viven tranquilos, adaptados a lo que la naturaleza les da. Por el contrario, los no nativos son personas más voraces si de surgir se trata”, detalla la psicóloga Evelynn Vargas.
Hechos universales

Erradicar la violencia es la tarea más difícil para la escuela.
“La violencia aquí está totalmente normalizada. Erradicarla en los hogares es la tarea más difícil con la que nos enfrentamos desde la escuela. El último caso es una madre que intentó quemar la cara de su hija de cinco años”, afirma la psicóloga del centro. “Ahora estamos haciendo averiguaciones”, le dice Vargas a BBC Mundo.
En este colegio, promovido por la asociación peruano-española Videsol, las reglas sólo sirven para medir centímetros, pero no en todos los centros es igual.
Mayda Ramos, adjunta para los derechos de los niños y la adolescencia de la Defensoría del Pueblo de Perú, asegura que el castigo físico a los menores no sólo se da en el ámbito familiar, sino también en la escuela.
El último caso es una madre que intentó quemar la cara de su hija de cinco años
Evelynn Vargas, psicóloga del colegio Virgen de Guadalupe en Tarapoto, Perú
“Es muy famosa la frase de la letra con sangre entra, y los padres autorizan a los profesores para que los castiguen, sobre todo con bofetadas, jalones de pelo o golpes con punteros y reglas”, declara.
Un informe de 2009 del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), basado en encuestas realizadas en 16 países de América Latina, muestra que hasta el 80% de los adultos considera natural recurrir al maltrato infantil, en el que se incluyen las agresiones físicas y psicológicas, la violación y el abuso sexual, para imponer disciplina.
Y según el Estudio del Secretario General de Naciones Unidas sobre la violencia contra los niños, los castigos físicos a los menores ocurren en todos los países y afectan a todos los grupos sociales del mundo.
Impunidad

DATOS DE LATINOAMÉRICA
• América Latina y el Caribe, con una población de más de 190 millones de niños, posee los mayores índices de violencia, que afectan sobre todo a mujeres, niños y niñas.
• La Convención sobre los Derechos del Niño (Naciones Unidas, 1989) exige a los Estados adoptar “todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas para proteger al niño contra toda forma de perjuicio o abuso físico o mental”.
• El 28% (12.592 casos) de la atención realizada por los Centros Emergencia Mujer del Perú corresponde a menores de 18 años. El 69,6% sufre violencia física y psicológica.
• En Bolivia, según datos de las defensorías de la Niñez de La Paz, El Alto y Cochabamba, menos del 1% de los casos denunciados a la fiscalía son sancionados por la justicia.
• En Uruguay, el gobierno asistió -de mayo de 2007 a diciembre de 2008- a 359 niños víctimas de violencia. El 85% de los agresores eran familiares.
Fuente: Unicef

“Yo no me veo capaz de educar a mis hijos si no es pegándoles. Además, un niño nunca se va a atrever a denunciarnos, no sabe ni cómo hacerlo. Y si la policía nos dice algo, lo intentamos solucionar entre nosotros y ya está”, dice el padre de un alumno.
La encargada de defender los derechos de los menores en Perú destaca que ningún caso llega al Poder Judicial y que el Estado no ofrece muchos espacios donde recurrir.
“La denuncia es un proceso lento y normalmente la víctima carece de abogado, porque el gobierno casi nunca facilita uno de oficio y ellos no tienen recursos para pagarlo”.
“No obstante, sería caótico criminalizarlo porque no podemos meter a todos los padres en la cárcel. Hacemos una política de prevención. El Ministerio de la Mujer tiene programas diseñados, pero apenas hay recursos”, explica Ramos.
El informe realizado por Unicef añade: “En muchos lugares del mundo no hay sistemas de registro confiables de las denuncias existentes. A pesar de lo cual, se estima que todos los años 275 millones de niños y niñas en el mundo son víctimas de violencia dentro de sus hogares, espacio que debiera ser de protección, de afecto y de resguardo de sus derechos”.
“Diversas encuestas nacionales indican que el maltrato infantil es un fenómeno en ascenso rara vez denunciado”, añade.

En la escuela también intentan educar a los padres.
Y la violencia engendra violencia, como ilustra un ejemplo que impresionó a una empleada de la Defensoría: “Hace unos meses, dos niños de siete años mataron a un compañero de clase. En ese centro hemos encontrado dos látigos. Eran de los profesores”.
“El problema es que los niños utilizan la violencia como una defensa hacia todos los que les rodean y más agresiva ante la provocación de uno de sus padres o de alguien más débil que ellosl”, explica la psicóloga Evelynn Vargas.
Pero esa es sólo una de las secuelas. “Cuando conocen a personas que no les pegan y les demuestran cariño, les crea conflicto. Reaccionan de manera afectuosa y sumisa y los convierte en población de riesgo si se trata de abuso sexual o malintencionado”, completa la experta.
Diferencias entre castigos
SOBRE CASTIGOS
• Nunca se debe pegar a niños menores de 18 meses.
• Dos palmadas suaves (nunca en la cara) es una de las tácticas más efectivas cuando los menores de dos a seis años responden desafiantemente a castigos más leves como estar un tiempo aislado.
• Los padres deben demostrar que todo castigo se realiza por el bien de sus hijos.
• El castigo físico debe ser usado en todo caso como una manera de evitar volver a hacerlo en el futuro.
• Cada niño es diferente, así que no todas las tácticas disciplinarias funcionarán por igual en los menores.
Fuente: Estudio Robert E. Larzelere y Brett R. Khun
“Los abusos no se pueden justificar absolutamente en ningún caso”, le dice a BBC Mundo Robert Larzelere, profesor de la Universidad de Oklahoma y doctor en desarrollo humano y estudios de familia de la Universidad de Pensilvania.

En su informe “Comparando los efectos en los niños entre el castigo físico y otras tácticas alternativas de disciplina: un metanálisis”, dilucida que castigar a los niños no afecta su desarrollo, si se trata de técnicas disciplinarias muy leves, como una palmada suave en la nalga. Todo “depende que de cómo se aplique y para qué se aplique”.
“Otra cuestión es que los padres usen el castigo físico como primera opción para disciplinar a los niños. Eso no es bueno”, advierte.

Muy lejos de Oklahoma, en la Amazonía peruana, entre los mangos de 15 metros a los que se suben los niños para comer algo de fruta, una pequeña de 6 años exclama orgullosa: “A mí nunca me han paleado, ¡y soy buena!”.
En cambio, otro niño baja la mirada y la voz y reconoce; “Conmigo han utilizado escobas o lo primero que agarran”. “Pero espero que después de las charlas no lo hagan más. Mi mamá me ha dicho que no me va a pegar porque la puedo denunciar”, comparte aliviado.
“A mí me entra ira y cólera si los castigo”, asume una joven madre por su lado. “Pero es que no obedecen”.

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Soledad, víctima de trata

Valeria Perasso

Soledad tiene 19 años y una larga historia de violencia sexual. Nació en Santiago del Estero, una provincia del noroeste de Argentina, y fue abusada por su padrastro, quien le contagió sífilis y la dejó embarazada cuando tenía apenas 14.

Apenas dio a luz a una niña, viajó a Buenos Aires para tratarse y para escapar.

Sin casa, empleo ni parientes que le dieran la bienvenida en la ciudad, Soledad cargó a su hija por hogares de menores y centros de asistencia. Hasta que un día vio el aviso en el periódico: una agencia ofrecía empleo temporario de limpieza en sitios como hoteles, hospitales, cines y bingos.

En la entrevista de selección descubrió la verdad: allí funcionaba un prostíbulo. La golpearon y la encerraron, para llevarla unas horas más tarde a un “privado” en pleno centro porteño, donde con otra decena de chicas -paraguayas, dominicanas, bolivianas y argentinas- bajo los efectos de las drogas y el alcohol, recibía un desfile incesante de clientes en jornadas de más de 20 horas.

De un “privado” –como llaman aquí a los prostíbulos- pasó a varios más, todos de los mismos dueños. A Soledad y a sus compañeras las trasladaban para que los clientes no se encariñaran y ellas no pudieran revelarles entre sábanas su peor secreto: que estaban allí secuestradas.

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Huida y temor
Estuvo así casi un año, moviéndose entre cinco prostíbulos de la zona comercial y financiera de la capital argentina.

A su hija la vio recién después de 8 meses: sus captores la habían llevaron a cargo de una niñera, contratada por los mismos proxenetas para cuidar a los menores y para que las madres pudieran trabajar a tiempo completo.

Con afiches como éste de Soledad promocionan a las chicas.
A Soledad la dejaban ir a verla a veces durante las horas del día, siempre acompañada por un custodio de la red para que no pudiera escapar.

El 1 de diciembre de 2009 logró salir, aprovechando que la recepcionista del lugar esteba recién llegada y todavía no entendía bien las reglas del encierro. La convenció de que tenía permiso para ir a ver a su hija, a la que raudamente fue a buscar a casa de la cuidadora y, con ella en brazos, huyó.

Le dieron refugio en un comedor comunitario, mientras esperaba ayuda económica y psicológica de las autoridades argentinas para volver a empezar. Unos días después de la entrevista con BBC Mundo, los responsables del albergue denunciaron que había vuelto a desaparecer.

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