⇒ Publicado en Julio 2007

Por Elsa Lever M.
Periodista con Maestría en Comunicación por la FCPyS de la UNAM, diplomada en Género por el PUEG de la UNAM, y en Feminismo por el CEIICH de la UNAM.

¿Qué sucedió en tu familia cuando supieron que tu hermano era gay?
Mi tío, el único hermano de mi padre, era borracho, parrandero, mujeriego y jugador. Todo un “Juan Charaasqueado”. No podía tener hijos y el primogénito de la familia fue mi hermano. Mi tío lo llevaba al estadio Azteca a ver los partidos de futbol y a jugar, era fanático A mi hermano sólo le interesaba jugar con muñecas. Mi tío lo rechazaba mucho, lo insultaba y a mis padres también porque no hacían nada para “componerlo”. Al principio pensaba que mi tío tenía razón, pero fue por un tiempo muy breve, en lo que crecí y me di cuenta de que estaba equivocado. No me costó trabajo aceptarlo, ni a mi madre, ni a mi hermana. A mi padre sí le costó mucho, incluso lo corrió de la casa. Yo ayudaba a mi hermano con dinero o cosas que me pedía.

¿No te cuestionaste tu propia identidad?
No, jamás.

¿Cómo te sientes como padre? ¿Consideras que la paternidad te da más valor como varón?
Para nada. La paternidad te hace ser más responsable de ti mismo y de otra persona. Tú como mujer puedes ser padre y madre al mismo tiempo o viceversa.

¿Crees que el modelo de papá actual es diferente ya, por ejemplo, al que era tu padre?
Sí, mucho. Recuerdo que él era muy estricto. Yo soy muy flexible con mi hija, trato de entenderla como adolescente.

¿A qué crees que se deba este cambio de modelo de padre?
Pues creo que existe democracia familiar, antes no. Antes lo que decía el padre se hacía. Además, y lo más importante, es que hay acercamiento entre padre e hijos más grande e importante que antes. Te ayuda en prevenir los problemas sociales, como drogas y alcohol. Entre más confianza, más comunicación, y la confianza se gana con el respeto hacia los gustos de los hijos.

¿Una anécdota que te gustaría contar?
Aunque estoy divorciado, paso mucho tiempo con mi hija… Y fui parte de su primera menstruación. Fui a la farmacia a comprarle toallas y le preparé té y di medicamento para sus cólicos. Fue una experiencia muy especial.
Entrevista a Luis H., 32 años de edad

Quizá un caso no diga mucho. Quizá también sólo sean respuestas que se dicen porque suenan “bien” o “bonito”. Lo cierto es que quienes hemos sido generación “sandwich” nos hemos podido dar cuenta de un cierto cambio en los modelos de paternidad, y por ende, estar frente a una reinterpretación de la masculinidad.

Esa forma de “ser hombre”, como el mendionado “Juan Charrasqueado”, está quedando como rezago de tiempos ya superados, y se ha adjudicado al movimiento feminista y a los estudios de género y de masculinidad. Porque el cambio del “ser femenino” no podía sino ir de la mano con un cambio en el “ser masculino”.

No estamos ya totalmente ante el hombre que necesitaba regar su semen en cuanta vagina encontrara para demostrar con cada hijo cuán hombre era; que requería de gritar, humillar y golpear para imponer su autoridad; que no se permitía llorar ni acariciar a los hijos; que se sentía desvalorizado primero y encolerizado después cuando su anhelado primer hijo resultaba hija; que celar, beber y pelear eran sus formas de socializar; que consideraba que ser hombre era sostener a la familia; que pensaba que quien debía trabajar era él para que la mujer estuviera en casa con los hijos.

Y esto ha sido tan evidente, que Drucilla Cornel habla en su libro En el corazón de la libertad (Edit. Cátedra, Madrid 1998), de un movimiento de hombres en Estados Unidos que propugna una vuelta a sus responsabilidades paternas. La gravedad del asunto radica en las “estrategias” que plantean para ello.

Este movimiento define a los hombres como naturalmente “irresponsables” y “polígamos”, que busca “reclutar” hombres para la paternidad y la monogamia:

“Tan obscenos seres, si se les deja a sí mismos abandonarán a sus familias, cediendo inevitablemente a su sexualidad licenciosa y a sus impulsos socialmente perturbadores. Por supuesto es preciso, pues, solucionar la falta de padres y todos los demás males sociales consecuencia de esta perniciosa realidad; es preciso tomar duras medidas directas e indirectas para refrenar los impulsos que los hombres no pueden conytrolar por sí mismos”.

Como causas de que las cosas hayan cambiado, este movimiento argumenta que se requiere de prohibir legalmente el divorcio y de que las mujeres vuelvan también al hogar, enlas condiciones que por siglos se ha buscado superar:

“Para lograr mantener realmente a los hombres en su sitio una vez reclutados para la vida familiar, es fundamental el sentimiento de que las mujeres verdaderamente los necesitan como hombres. Las mujeres por desgracia se han acostumbrado a que los hombres estén fuera de la escena y, lo que es más, algunas hasta parecen inclinadas a seguir su vida sin el padre (…) tienen que hacer que los hombres se sientan grandes en su papel (…) el padre con toda la autoridad y el poder que se supone que esa palabra inspira (…) Es necesaria una rígida división de géneros en la familia provocando que el papel del padre sea lo bastante viril y dominante como para que los padres quieran desempeñarlo”.

¿No es escalofriante imaginar el triunfo de un movimiento así? Cuando ya estamos ante hombres y padres que -algunos lo han conseguido en mayor medida que otros- ya no buscan estar a la altura de la figura paterna idealizada, pues ya poseen visiones alternativas de masculinidad; cuando ya no son tan susceptibles de engaño como para creer que necesitan aunque sea “una ilusión de poder sobre las mujeres y los niños”.

Sí, claro que aún falta mucho. Pero platicar con Luis H., quien físicamente es todo un macho, que creció con la influencia de figuras masculinas estereotipadas, que defendió ante esas figuras a un hermano gay, y que ahora es un padre que se autodefine como “flexible”, es gratificante y por sobre todo, esperanzador.

“Cuando las mujeres se alzan contra la ley o la cultura patriarcales están, desde luego, de parte de los hombres (…) Si la paternidad no tuviera que cargar con todo el peso del significado patriarcal podría ser asumida con mucha alegría. El movimiento de los padres ni siquiera considera la posibilidad de que estén haciendo la paternidad terriblemente pavorosa al insistir en que los padres sean Padres con P mayúscula”.

Este artículo fue originalmente publicado en la revista Fem, número 247, octubre 2003.

Fuente: mujeresinfo.net

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