Month: diciembre 2009

Familia con dos papás

Publicado el : 29 de noviembre 2009 – 9:31 de la mañana
| Por Robert Chesal

Dos niños han sido adoptados por una pareja homosexual holandesa. Uno de los padres ha escrito un libro, tanto para sus hijos como para el resto del mundo.

Una familia con dos padres es una situación familiar poco habitual en un libro infantil, pero realidad cotidiana para Arwen y Wolf, los hijos adoptivos de una pareja homosexual en Dordrecht, Holanda. Uno de sus padres decidió escribir un libro para niños, tanto para sus hijos como para el resto del mundo, tomando como punto de partida su propia situación familiar. Su autor lo ha descrito como “un libro alegre sobre una familia feliz”.

La pequeña Arwen, de 4 años, dice que papá no es capaz de engarzarle las cuentas de colores en las trenzas. Su padre adoptivo, Jarko de Witte van Leeuwen, lo reconoce riendo, pero agrega que conoce a muchas madres que le dejan esa tarea a un peluquero.

Según ellos mismos, la felicidad familiar es enorme, aunque no todos los días. Una vez que Holanda reconoció el matrimonio homosexual, en el 2001, De Witte van Leeuwen, de 39 años, se casó con su pareja, Jos, y poco después iniciaron el proceso de adopción. En el 2005, recibieron a Arwen, y el año pasado la siguió Wolf. Son dos niños afro-americanos para dos padres blancos.

Explicaciones claras
Mientras le leía un cuento a su hija, a De Witte van Leeuwen se le ocurrió que a sus niños también les gustaría escuchar una historia sobre dos papás, y dado que no la encontró en las librerías, decidió escribirla él mismo. El cuento, sobre niños adoptados en un país lejano por padres del mismo sexo, ilustrado con dibujos de vivos colores, ya está a disposición de los interesados. “Lo escribí para mi hija, para explicarle con claridad cómo nos convertimos en una familia,” dice De Witte van Leeuwen, “pues, tarde o temprano, será necesario hablar al respecto”.
Su hija ya sabe que nació en Nueva York y que tiene una madre biológica, pero con la historia se intenta además responder por qué fue cedida en adopción. A este respecto, no se le oculta que se trató de una decisión dolorosa, pero el libro pone el acento en lo positivo: “El mensaje es que ahora estamos juntos, y que su madre tomó una decisión sensata,” puntualiza De Witte van Leeuwen.

Auto edición
El padre-autor cree que su libro, titulado ‘Arwen en haar pappa’s’ (Arwen y sus dos papás), despertará interés fuera de Holanda, por lo que escribió también una versión en inglés. Además, dado el silencio de las editoriales, sacó una primera edición por su cuenta. De Witte van Leeuwen tiene confianza en que el libro tendrá muchos lectores porque no está destinado, en ningún caso, sólo a parejas homosexuales. “Creo que los padres que educan a sus hijos de manera consciente y quieren prepararlos para la diversidad cultural, se van a interesar también en esta historia”.

Parejas adoptivas del mismo sexo son cada vez más comunes, pero no dejan de causar polémica, incluso en Holanda. Además, en los países donde nacen los niños que se dan en adopción, mucha gente rechaza a la pareja homosexual como el modelo familiar para el buen desarrollo de un niño.

De Witte van Leeuwen opina que la práctica muestra que estos temores son infundados. “Se ha investigado hasta el cansancio sobre lo que es bueno para un niño,” comenta, “y el resultado es siempre el mismo: el niño necesita una familia que lo proteja y le brinde amor, y eso lo puede ofrecer tanto una pareja de un hombre y una mujer como una de dos hombres o de dos mujeres, punto”.

Fuente: Radio Nederland Leer más

Entrevista a la Consejera Regional de Lima Provincias Marianela Junco Barrera

La violencia contra la mujer, se puede evitar

¿Cómo cree Ud. que podríamos salir del circulo de la violencia?

En primer lugar cuando todas las autoridades de todos los niveles, llámese a nivel nacional, regional, local. Entendiendo esto hacia los contextos provinciales y distritales, que no solamente sea un enunciado a través de una ley, sino que realmente las mismas las hagamos materializadas a través de políticas que se puedan llevar y efectivizar tanto a los niveles de gobiernos regionales, como también a los niveles de gobiernos locales. Y sobretodo que exista mucho compromiso social, mucha sensibilidad social, porque el problema de la violencia familiar, no solamente lo vamos a solucionar con una ley, sino que inclusive de ir en el marco de un cambio de cultura fundamentalmente.

Viendo desde el punto de vista legal: ¿Es fácil que una mujer que sufre de maltrato por parte de su cónyuge se deje apoyar legalmente?

Generalmente en este escenario de la violencia, quien lleva la peor parte no solamente física sino también legal e inclusive de apoyo tutelar que en este caso debe recibir, digamos a donde muchas veces recurren, que vienen a ser las “comisarias de mujeres”, porque cuando muchas veces van, no las encuentran, y encuentran más bien a otros varones que están atendiendo y que lamentablemente en ese contexto son policías que de repente no reúnen el perfil, justamente para atender a una persona que ha sido violentada, sino que muy por el contrario, en lugar de encontrar la tranquilidad, el apoyo, el sosiego de que existe una institución tutelar que las va a proteger, al contrario salen doblemente maltratadas desde un punto de vista psicológico.

A su opinión personal: ¿Ud. cree que se pueden recomponer estas parejas?

Considero que cuando ya la violencia se ha dado ya no hay marcha atrás, a mí me parece muy acertado lo que está trabajando el congreso de la república en esta comisión multisectorial, donde está derogando prácticamente, está planteando un proyecto de ley, para derogar el tema de que la violencia no debe ser materia conciliable y también retirar que la violencia todavía tiene que ser reiterada es decir: yo te golpeo a ti ahora, pero tú eres mi pareja, pero eso no significa que hoy seamos violentos, sino mientras yo no te dé hasta 5 golpes, recién tu vas a decir, ah… recién tengo violencia. Y entonces en ese contexto me parece que el retiro de la frase que debe ser reiterada la agresión, me parece que va a ser un avance bastante significativo.

¿Qué es lo que está haciendo su organización en estos momentos con respecto al maltrato a la mujer?

Particularmente la Mesa Nacional de Consejeras Regionales del Perú, es una gran red a nivel nacional, tenemos agrupadas a las 62 consejeras regionales de todos los consejos regionales a nivel del Perú, la misma que permite tener un trabajo de articulación en lo que significa de poder hacer las propuestas normativas a nivel de lo que emite en este caso las leyes, contextualizándonos a los gobiernos regionales como he podido expresar el día de hoy, si bien es cierto es un logro conseguir que se apruebe una ordenanza, que se apruebe un acuerdo de consejo regional pero que al mismo tiempo ese es el papel normativo pero en ese caso tiene que ser derivado al ejecutivo en este caso de los gobiernos regionales para que los mismos puedan aplicarlas a través de las acciones directas y concretas en beneficio de estos sectores vulnerables pero lamentablemente es allí donde encontramos el gran escollo y prácticamente se va generando toda una brecha, por eso nosotros desde los consejos regionales y como consejeras regionales estamos muy decididas a hacerle prácticamente todo un trabajo de sensibilización, motivación a los consejeros, y que también desde los consejos regionales que son los órganos normativos y que hoy de acuerdo a la modificación de la ley orgánica de los gobiernos regionales que justamente separa estos dos poderes, por denominar así, el ejecutivo y el normativo a nivel de gobiernos regionales permita que estos mismos se conviertan en fiscalizadores, y que el ejecutivo de los gobiernos regionales puedan cumplir estas grandes políticas regionales no solamente en un enunciado , en un acuerdo, en una ordenanza sino específicamente en lo que significa las materias propias de aplicación.

Por: Gumer Carazas

Fuente: http://www.rompe-tu-silencio.blogspot.com/ Leer más

Más del 40% de los peruanos con VIH tiene entre 15 y 29 años

Sociedad
| Mar. 01 DIC ’09

Según cifras del Ministerio de Salud, Lima presenta el mayor número de casos con 314 contagios, seguido de Loreto con 139 y el Callao con 69.
El 42.4% de los peruanos diagnosticados este año con VIH/Sida tiene entre 15 y 29 años de edad, informó hoy el Secretario Nacional de la Juventud (Senaju), Álvaro Quispe Pérez, al citar cifras de la Dirección General de Epidemiología del Ministerio de Salud.

“La realidad del VIH/SIDA en el Perú es que afecta directamente al grupo de edad de jóvenes, porque es la población con actividad sexual importante y porque la información preventiva y la atención en salud que reciben aún es insuficiente”, indicó.

Añadió que por ello la preocupación del Senaju está focalizada en que el sistema de salud garantice servicios especializados, tempranos, con énfasis en la función preventiva y que permita el acceso rápido a los métodos de protección de los jóvenes peruanos que tengan vida sexual activa.

Explicó que el grupo de edad juvenil ha sido identificado como un objetivo de las políticas preventivas en materia de Sida y VIH, pero que esta atención debe ser reforzada para evitar que siga la creciente expansión de esta enfermedad que amenaza a los jóvenes.

DATO

* El mayor número de casos de jóvenes infectados está en Lima (314), seguido por Loreto (139), Callao (69), San Martín (57) y La Libertad (54).

Fuente: Perú21 Leer más

Sexo, género y masculinidad

Se hace necesario definir sexo y género porque frecuentemente estos conceptos son considerados sinónimos. Sin embargo, se trata de categorías diferentes porque las características anatómicas determinan el sexo al cual pertenece el individuo, mientras que género es una construcción social que define lo que significa ser de un sexo o del otro en la sociedad (Careaga, 1996).
El diccionario define “sexo” como la conformación particular que distingue el macho de la hembra, en los animales y en los vegetales, atribuyéndoles un papel determinado en la procreación y otorgándoles ciertas características distintivas. El sexo es definido por las características biológicas de hombres y mujeres, tanto aquellas específicas de la anatomía y funcionamiento del aparato reproductivo femenino y masculino, como los caracteres sexuales secundarios determinados por la acción hormonal específica de cada sexo. Las personas nacen con un sexo biológico y este acaba determinando la forma como serán tratadas socialmente por los padres, la familia y por la comunidad a la que pertenecen, para llegar a ser hombres y mujeres con atributos aceptados socialmente. Este proceso varía de una sociedad a otra y también de acuerdo con el tiempo histórico en que estas personas están insertas.
Si por un lado, la biología determina las características funcionales de la reproducción de un macho y de una hembra, por otro, el ambiente y el contexto
social determinan las expresiones de los comportamientos asociados a lo que se acostumbra llamar de masculinidad y de feminidad (Careaga, 1996).
Género puede ser definido como una categoría dinámica, construida socialmente, que tiene como base las diferencias sexuales biológicas. A partir de estas diferencias se determinan los papeles sociales de hombres y mujeres. El género es construido en un cuerpo que tiene un sexo definido y al que se le atribuyen características psicológicas, sociales y económicas, lo que resulta en acciones y comportamientos específicos, que casi siempre se traducen en relaciones de poder unilaterales: dominación masculina vs.sumisión femenina (Figueroa & Liendro, 1995; Scott, 1996; Szasz, 1999).
Si reconocemos que las características de género de hombres y mujeres son una construcción social y no diferencias “naturales” legitimizadas por la biología, podemos entender que género es una categoría dinámica que puede ser modificada. Esta noción de género permite colocar en jaque el discurso que afirma que las mujeres nacen con cualidades “femeninas” que determinan que tengan que desempeñar tareas domésticas y cuidar de los hijos, y que los hombres nacen con cualidades “masculinas” que presuponen habilidades para ejercer el poder en el ámbito público y doméstico.
Masculinidad, según el diccionario, es la cualidad de masculino, que incluye la virilidad y el ser varonil, enérgico, fuerte y macho. Se observa que la masculinidad se basa en valores físicos que posteriormente se transforman en valores morales.
Además, la masculinidad se ha sexualizado y es tratada como sinónimo de virilidad (Barbosa, 1998). La sexualización de la palabra masculinidad y sus representaciones simbólicas están asociadas al falo y a los comportamientos resultantes del hecho de poseerlo y de dar pruebas de su funcionamiento (Parker, 1991). Para muchos hombres, la masculinidad está relacionada con la geometría del órgano sexual masculino. Este se usa como instrumento para medir la virilidad y representa la masculinidad (Barbosa, 1998).

Tomado de: Ellen Hardy y Ana Luisa Jiménez. Masculinidad y Género. pág. 78 Leer más

Casados con el trabajo

Varones, relaciones de pareja ý desempeño laboral
Irene Meler1

Resumen

Se exponen los hallazgos de un estudio sobre Género, Trabajo y Familia, referidos a las relaciones conyugales, tal como son experimentadas y referidas por los varones entrevistados. Mientras que las mujeres dan prioridad a las relaciones afectivas, los hombres priorizan los logros laborales, ya que constituyen el fundamento de su identidad masculina y de su propia estima.
El vínculo conyugal aporta de modo positivo a la identidad masculina; un aspecto al que los varones son muy sensibles. En ocasiones favorece el establecimiento de una posición de dominio, que es sostenida por ambos miembros de la pareja.
Es frecuente encontrar huellas de situaciones edípicas no elaboradas, en las elecciones de pareja; en muchos casos toman por objeto a mujeres no permitidas. Esto se explica por la mayor importancia de la situación edípica en el psiquismo masculino, en comparación con las mujeres. Otro factor deriva de las profundas transformaciones culturales, que favorecen la actuación de situaciones que antes hubieran permanecido en el plano de las fantasías.
Los varones estudiados asignaron gran importancia a la sexualidad conyugal, siempre escasa e insatisfactoria en relación con sus expectativas. Los hijos funcionan como terceros en discordia en este aspecto, que también se ve interferido por las dificultades económicas y laborales de los hombres, lo que los deprimen y les restan atractivo ante sus compañeras.
Palabras clave: Masculinidades, trabajo, relaciones de género, vínculo conyugal.

Introducción
Los conceptos que expondré en este artículo se sustentan sobre algunos hallazgos que surgen de las entrevistas realizadas a veinte varones que participaron en un estudio sobre Género, Trabajo y Familia2, donde se entrevistó de forma individual a ambos integrantes de veinte parejas conyugales. En esta ocasión analizaré cuestiones vinculadas con las actitudes de los varones estudiados respecto de sus relaciones de pareja.
El enfoque con el cual se analizan los casos consiste en una articulación entre el psicoanálisis contemporáneo y los estudios interdisciplinarios de género. Para la comprensión de las tendencias actuales, un estudio realizado desde la perspectiva de la subjetividad resulta necesario, ya que enriquece la perspectiva aportada por los estudios sociales.

Relevancia subjetiva del vínculo conyugal
En términos generales es posible considerar que, aunque la relación amorosa con la pareja conyugal ocupa un lugar de importancia en la subjetividad masculina, la estima de sí de los hombres no depende de forma prioritaria de la satisfacción obtenida en las relaciones afectivas sino que se apoya en los logros laborales. Esta situación difiere de lo que se observa entre las mujeres, para quienes el logro de una pareja estable constituye uno de los ideales organizadores de su proyecto de vida y, por ese motivo, sostienen buena parte de su balance narcisista sobre el hecho de contar con la compañía y con el amor de un hombre. Su estatuto social también depende en gran medida de su elección de pareja y eso es cierto aún en el caso de las mujeres que trabajan y disponen de ingresos propios, debido a circunstancias objetivas tales como la persistencia de la brecha salarial entre los géneros y la segregación horizontal y vertical del mercado de trabajo. Los correlatos subjetivos de este observable se relacionan con la importancia que la mayor parte de las mujeres asigna al cultivo de los vínculos amorosos, asociada con su rol tradicional de cuidado de la familia. Por esos motivos, en los que se articula la necesidad con el deseo, las mujeres de nuestro estudio en ocasiones no discriminan entre las decisiones amorosas o familiares y las opciones laborales. La pareja y la familia son, también, para muchas de ellas, parte de su trabajo.
Para los varones, por el contrario, aún en los casos en que el trabajo no opera al modo de una pareja, tal como lo expresa el dicho de “estar casado con el trabajo”, sus logros o fracasos laborales afectan profundamente su vínculo conyugal. Esto ocurre debido a que las relaciones amorosas se sustentan de algún modo en el amor a sí mismo. Cuando la autoestima masculina se ve erosionada por causa de dificultades laborales, esa situación genera malestar y afecta los vínculos de intimidad. Esto ocurre debido a que, a partir de la Modernidad, el rol social que define la condición masculina es la provisión económica de las necesidades familiares mediante recursos obtenidos a través del trabajo personal. Pese a las actuales transformaciones del mercado laboral y de las relaciones familiares, ser un buen trabajador es aún, para muchos varones postmodernos, un sinónimo de haber alcanzado el estatuto social propio de un hombre adulto. Por lo tanto, los varones masculinizados en un sentido convencional, dan prioridad al logro por sobre los afectos. El amor es considerado como una recompensa por el trabajo realizado, y el fracaso laboral o la desocupación operan como factores que restan atractivo a los hombres y disminuyen su motivación para las relaciones amorosas conyugales.
Estas tendencias se observan en los sujetos que participaron del estudio, aunque en grados diversos y con características variables. Actualmente nos encontramos en un proceso de desgenerización en lo que se refiere a la constitución de los rasgos de carácter y a los ideales propuestos para el Yo, que se relaciona con la semejanza creciente entre las prácticas de vida propias de ambos géneros. Sin embargo, por el momento, la mayor parte de las personas presenta aún estas características diferenciales entre varones y mujeres.

Efectos del vínculo con padres y hermanos en la relación de pareja
En varios casos he registrado que la existencia de obstáculos para constituir una pareja heterosexual adulta derivaba del apego infantil y del amor edípico no resignado con respecto de los padres. Así como en ocasiones un sujeto apegado en exceso a uno o ambos progenitores demora en casarse o en convivir en pareja, se vio que muchas uniones precoces fueron realizadas en estado de inmadurez, como un intento compulsivo, pero a la vez fallido, de desasirse de los padres. Esta modalidad vincular se observa, especialmente, en las primeras parejas de quienes están, al momento del estudio, en sus segundas nupcias3. Las uniones precoces e impulsivas suelen fracasar y, por lo tanto, con el paso del tiempo se produce una separación o divorcio y un nuevo matrimonio o convivencia.
La dificultad para elegir de modo satisfactorio un objeto de amor exogámico, o sea, en el caso de los hombres de este estudio, unirse a una mujer que no pertenezca a la familia de origen, puede deberse a múltiples factores. Hubo dos casos donde el hijo menor de una familia numerosa había sido objeto de una excesiva solicitud materna y a la vez, de cierto abandono por parte del padre. Esa situación generó un apego excesivo con respecto de la madre y obstaculizó el desprendimiento necesario para crecer.
En otras situaciones, la fijación a la familia de origen se debió, por el contrario, a las carencias experimentadas durante la infancia. Los padres de uno de los entrevistados se separaron por causa de la grave depresión de la madre, quien se mostró incapaz de ejercer su rol. Por ese motivo los hijos fueron criados por los abuelos. Ese hombre eligió como primera pareja a una mujer con una severa patología emocional que sometió al hijo de ambos al abandono y a malos tratos. El fracaso de esta primera unión puede considerarse, entonces, como una repetición de la circunstancia traumática que afectó su infancia. Otro entrevistado se dejó presionar para contraer un matrimonio no deseado, debido a que atravesaba por un período de duelo debido a la muerte sucesiva de ambos padres. El casamiento fue un intento de recuperar a los padres siendo, a su vez, padre, pero la relación no se sostuvo, porque no estaba basada en el deseo adulto sino en el anhelo de reparar carencias infantiles.
La impronta de las primeras relaciones de amor que se desarrollan al interior de la familia de origen adopta formas muy variadas. Las mujeres elegidas como pareja pueden tener alguna característica que las transforma en mujeres no permitidas, o sea, que el carácter lícito de la unión puede ponerse en duda o ser cuestionado. Un entrevistado eligió como compañera a la ex esposa de un amigo de su hermano. Aunque la relación era legalmente posible, causó cierta incomodidad y extrañeza en la familia de origen, acostumbrada a relacionarse con la mujer como integrante de otra pareja. Otro sujeto emparejó con la ex novia de su amigo más cercano. Nuevamente, no encontramos un impedimento legal, pero sí una situación no del todo aceptada, que genera tensiones en el entorno. Otros ejemplos de la misma tendencia se encuentran en la elección, como segunda pareja, de una vecina que a la vez era amiga de la familia que había formado con su primera esposa, y que vivía pared de por medio con ellos. En otro caso se trató de una amiga de la ex novia. También podemos encuadrar dentro de esta categoría a las elecciones de mujeres ajenas a la etnia de origen, sobre todo cuando suceden en familias donde ese tipo de pareja está mal considerado. Mi lectura acerca de esa modalidad de elección vincular consiste en considerar que su carácter potencialmente conflictivo apunta a una preferencia por la trasgresión derivada de una instalación subjetiva incompleta o insuficiente del tabú del incesto.
Hubo casos donde esa particularidad en la elección de objeto de amor se presentó en la generación anterior y los entrevistados se vieron afectados por los efectos de la conducta de sus padres. Por ejemplo, el padre de uno de los varones de nuestro estudio tenía un hermano y ambos se casaron con dos hermanas. Ese tipo de opción, con reminiscencias del matrimonio entre grupos al que se refería el enfoque antropológico evolucionista de Morgan (Engels, 1884), revela que el apego a los consanguíneos no ha sido resignado. En consecuencia, los sujetos buscaron una transacción que permitiera conciliar la prolongación de los estrechos vínculos con la familia de origen con el matrimonio exogámico.
Otro de los entrevistados es hijo de un hombre que estableció tres uniones conyugales y engendró hijos en cada una de ellas. Estos hijos no se conocían debido a que el padre desertaba del hogar anterior al formar uno nuevo. El hijo varón que participó en este estudio, buscó conocer a sus medio hermanas y estuvo a punto de implicarse en una relación amorosa con una de ellas. En ocasiones se busca colmar carencias infantiles relacionadas con la necesidad de apego, y otorgar sentido a los mensajes enigmáticos que provienen de la sexualidad de los progenitores, a través del ejercicio de la sexualidad genital adulta (McDougall, 1998).
Encontré situaciones en que el conflicto relacionado con la exogamia no fue manifestado de forma directa por el entrevistado, sino por alguno de sus parientes. En un caso, la madre presentó una declarada oposición a la concreción del matrimonio de su último hijo varón, al que intentaba retener como compañía para su viudez. En otras entrevistas comprobé que la fijación amorosa no se dirigía hacia la madre sino hacia una hermana. Uno de los participantes del estudio eligió como mujer a una joven cuyo nombre es casi idéntico al de su hermana mayor. El vínculo presenta características similares a esa relación familiar, es decir, que el liderazgo de la pareja tiende a ser femenino. El denominador común de estas situaciones, en apariencia disímiles, es el hecho de que el afecto hacia los familiares consanguíneos obstaculiza la concreción de una relación basada en la afinidad, o sea, una relación exogámica con otra persona adulta permitida.
La teoría psicoanalítica ha aportado, como uno de los pilares de su marco teórico, la existencia de un desarrollo en dos tiempos de la psicosexualidad humana. El apego afectivo que el infante varón desarrolla con respecto a sus padres o cuidadores y, en especial, con respecto a su madre, se transforma alrededor del cuarto año de vida en un amor erotizado que representa un versión infantil de lo que será en la adolescencia el deseo hacia un objeto de amor ajeno a la familia (Freud, 1905). Dado que el tabú del incesto es característico de todas las sociedades humanas conocidas (Lévi Strauss, 1956), a lo que se agrega la imposibilidad de consumar ese amor prematuro por causa de la inmadurez infantil, la sexualidad sufre un proceso de represión o latencia y vuelve a aflorar en la pubertad, esta vez ya dirigida hacia el grupo de pares, o sea, hacia personas permitidas.
Podría pensarse que el hallazgo, en tantos casos, de improntas del amor infantil hacia los padres o los hermanos que obstaculizan la constitución de una pareja adulta, no haría más que confirmar una tendencia o característica universal de nuestra especie. Sin embargo, considero adecuado destacar dos cuestiones. Por un lado, se encuentra entre los varones un mayor número de situaciones edípicas, lo que confirma que la importancia de las pretensiones de amor exclusivo dirigidas hacia la madre o las hermanas y la rivalidad con respecto al padre, alcanza entre los varones una intensidad mayor que lo observable en las mujeres. Por otro lado, las manifestaciones registradas en el estudio dan cuenta del hecho de que estamos atravesando por una profunda transformación del orden social y cultural, de la cual el cambio en los roles de género forma parte integrante, y que afecta las formas convalidadas de emparejamiento y familiarización.
De otro modo replicaríamos de modo acrítico la tendencia freudiana consistente en crear “un modelo único de familia única” (Jean Bollack, La Naissance d’Œdipe, citado por Roudinesco, 2003). Parece más productivo atender a las transformaciones históricas de los modos de familiarización y parentesco, tratando de captar la forma en que buscan dar cuenta de la satisfacción de las necesidades sociales y, al mismo tiempo, de los requerimientos subjetivos indispensables para la humanización de los niños. El hecho de que las regulaciones que rigieron a las generaciones anteriores se han relajado y surgen nuevas alternativas para una existencia socialmente aceptable, favorece la aparición de conductas que en otros tiempos hubieran quedado confinadas al territorio de la fantasía, dando lugar a la formación de síntomas. En la actualidad, en lugar del sufrimiento sintomático, muchos sujetos se embarcan en actuaciones ego sintónicas, que producen cierta conmoción en su entorno cercano.
Elizabeth Roudinesco considera que la familia contemporánea está aparentemente en desorden, pero no se suma a la visión apocalíptica que otros autores sostienen respecto de esta tendencia. En concordancia con su postura, es posible dudar acerca de la pertinencia de utilizar un criterio psicopatológico que diferencie a quienes han establecido con claridad el tabú del incesto de quienes experimentaron dificultades para aceptarlo. Más vale considerar la reiteración de estas observaciones como expresión de un aspecto estructural aunque no invariante. También, al mismo tiempo, conviene tenerlas en cuenta en calidad de indicadores de una profunda transformación de las reglas de parentesco, que se insinúa de modo aún caótico. Este proceso no transcurrirá sin provocar sufrimientos, pero tiende a construir un ordenamiento alternativo, que resulte más adecuado para la modernidad tardía (Butler, 2001).
El cuestionamiento de lo que fue denominado por Roudinesco el “logos separador”, derivado de los modelos familiares con jefatura masculina y de la consiguiente construcción de discursos que daban racionalidad al dominio masculino y a la autoridad paterna, no tiene que conducir forzosamente al caos y a la pérdida de todo principio regulador de la convivencia social. Este supuesto es profundamente misógino, ya que atribuye esta tendencia antisocial a la hegemonía familiar de las mujeres. En las familias contemporáneas la jefatura femenina es un fenómeno en ascenso, y esto ocurre muchas veces a pesar de las mismas mujeres. Si bien el estudio de las familias con jefatura femenina no es el objeto de la investigación cuyos hallazgos expongo, forma parte del contexto en el cual se desarrolla la existencia de las parejas conyugales entrevistadas. Más aún, es posible que algunas de estas uniones se disuelvan por distintos motivos, dando lugar a hogares dirigidos por las mujeres.
La patologización a priori de las formas alternativas o innovadoras de pareja y de familia no resulta útil para comprender las tendencias incipientes que asoman en el panorama postmoderno. Tampoco es recomendable ignorar los conflictos y las patologías, en ocasiones severas, que acompañan a los procesos de cambio. Ni el conservadurismo ni el optimismo progresista acrítico son buenos compañeros de investigación.

Terceros en discordia
Los terceros son fuente de conflicto en todas las parejas, ya se trate de amantes, de padres o de hijos. Uno de los varones vio dañada su relación conyugal en ocasión de una enfermedad grave que padeció su madre, quien finalmente murió a causa de la misma. La madre requirió cuidados especiales y él se hizo cargo de pasar algunas noches por semana con ella. Seguramente a esto se agregó un estado depresivo que no debe haber podido expresar debido a su carácter hosco y poco comunicativo. Su matrimonio se disolvió por causa de una infidelidad de su primera esposa, cuestión sobre la cual no abundó en detalles, seguramente por que le ocasiona un intenso sufrimiento referido a la autoestima. Es posible conjeturar que la infidelidad de la esposa reflejó de modo especular el abandono que ella experimentó cuando él faltó del hogar por las noches, situación que sólo pudo procesar por medio de una actuación vengativa.
La paternidad puede tener, según el caso, un efecto estimulante o inhibitorio del desarrollo laboral de los varones. En los casos en que se produce una pérdida de empleo o el fracaso de un emprendimiento con ocasión de la llegada de un hijo, es necesario deslindar en qué medida ese evento obedece a factores macroeconómicos, que podemos considerar como ajenos a la subjetividad –aunque produzcan efectos subjetivos–, o a factores psíquicos particulares del sujeto en cuestión. Uno de los entrevistados refiere un suceso de ese tipo, pero lo significa como una injuria padecida sin participación personal en ese desenlace. Cuenta que a los pocos días de nacida su hija, sus compañeros lo dejaron sin empleo. Cabe al menos la duda de si habrá existido una claudicación notoria en su desempeño, ligada al temor ante las nuevas responsabilidades y a los celos ante la llegada de un niño respecto del cual muchos varones se ubican en posición fraterna y por lo tanto experimentan como rival.
Pero, sin duda, el tercero más rechazado (con la obvia excepción de un amante) aparece en las uniones de segundas nupcias, bajo la forma del ex cónyuge de la mujer. También las mujeres del estudio manifestaron celos ante las ex esposas de sus actuales maridos, pero este sentimiento adquiere particular virulencia en el caso de los varones, acostumbrados a considerar a las mujeres que aman como parte de su propiedad. La intromisión se produce por diversas vías. Las referencias al padre, que de modo inevitable realizan los hijos habidos en la unión anterior, son una fuente de conflicto. En muchos casos existen llamados o visitas que intentan influir en la dinámica del nuevo hogar. De hecho, resulta difícil evitar que el padre de los hijos de la actual esposa ejerza alguna clase de influencia en el nuevo hogar, porque es necesario pactar acuerdos entre los distintos actores involucrados en la crianza de los niños. Pero, es fácil que se produzca un deslizamiento, a partir de intervenciones acotadas a la función parental, hacia expresiones de un afecto y posesividad no resignada respecto de la esposa que antes estuvo con un hombre y ahora es compañera de otro. Ciertas intervenciones hostiles tienen también el mismo significado (Berenstein, 1987) y han sido correctamente decodificadas como una expresión de celos y una lucha por la mujer que integró una organización familiar y ahora forma parte de otra.

Funciones sociales y subjetivas de la relación de pareja
Pese a los obstáculos que derivan de la existencia de otros lazos de afecto y de la interferencia de terceros, es posible registrar una alta valoración, por parte de los varones, respecto del hecho de tener una compañera y de ser, por lo tanto, parte integrante de una unión conyugal. Esto es cierto aún en aquellos casos en los que el hombre presumía, durante el noviazgo, de una supuesta autonomía emocional con respecto de las mujeres y desplegaba las conocidas defensas machistas, consistentes en menosprecio manifiesto del vínculo, hipersexualidad y promiscuidad. Sin embargo, se da un cambio en un sentido, tal como lo relata un entrevistado el cual, al cabo de un tiempo de relación, no pudo evitar reconocer que había establecido un lazo perdurable de amor, que implicaba una dependencia emocional respecto a su compañera.
La referencia al sentimiento amoroso no puede considerarse, sin embargo, como un dato último, irreducible al análisis, sino que puede ser estudiada determinando qué deseos y necesidades de los varones satisface la formación de una pareja. Una de las funciones psíquicas que cumple la formación de una pareja es la de reforzar la identificación correspondiente al género asignado al sujeto. Quien integra una pareja heterosexual, reafirma de ese modo su masculinidad o su feminidad. Esta reafirmación, siempre importante en la juventud, adquiere un peso especial en el caso de los varones. He descrito en una publicación anterior (Meler, 2000) la forma en que diversos estudios coinciden en afirmar que la masculinidad es una condición subjetiva cuya construcción resulta más ardua y trabajosa de lo que ocurre con la feminidad. Eso se debe a que, al ser la madre quien prodiga los primeros cuidados a los niños, se produce un proceso de identificación fusional entre ambos, del cual el naciente sujeto emerge gradualmente, hasta que adquiere una noción subjetiva de poseer un ser separado, diferenciado del ser materno. La adquisición de la identidad de género se produce a lo largo del desarrollo sobre la base de esa primera discriminación entre el sí mismo y el objeto que asiste al infante en el desamparo inicial (Mahler, 1968; Benjamin, 1997). Fue Stoller (1968) quien planteó la existencia de una identidad nuclear de género que inicialmente sería femenina tanto para las mujeres como para los varones, debido a la identificación primaria del infante con su madre. Los estudios antropológicos confirman que la percepción de muchos pueblos coincide en considerar que es necesario desfeminizar a los varones y proceder a su masculinización deliberada y activa, a través de complejos procesos rituales (Gilmore, 1990; Stoller y Herdt, 1992).
El sistema de géneros vigente, que aún se caracteriza por su polaridad, por el dominio masculino y por la prescripción de la heterosexualidad (Rubin, 1975; Rich, 1983; Butler, 1993), presenta a la vez algunos aspectos estructurantes y otros opresivos. Al tiempo que confiere a los varones una dominancia en función de su sexo, los emplaza para hacer honor a esa posición social de privilegio. Ser todo un hombre o, simplemente, como dijera Kipling, ser un hombre, es aún considerado un honor y un desafío. Como contraparte, el temor a no ser suficientemente masculino aflige en diversa medida a todos los varones.
Aquellos participantes de nuestro estudio que, por diversas razones, encontraron obstáculos en la construcción de una identidad masculina prototípica buscaron, en el hecho de integrar una pareja, una reafirmación de su hombría. Esta reafirmación asumió diferentes modalidades según el caso. Uno de los sujetos entrevistados consolidó su pareja a edad temprana y no conoce, al menos según dijo, otra mujer que la suya, a la que permanece fiel con convicción y sin conflicto aparente. Según manifiesta, su bien más preciado es la familia e incluso relata haber renunciado a una promoción laboral porque implicaba restar tiempo a la convivencia con los hijos. Esta postura es poco usual entre los hombres, que valoran mucho la posibilidad de ubicarse dentro de los estamentos dominantes para el género, aunque sea al precio de soportar y, al mismo tiempo, generar en otros carencias vinculares y afectivas. Una hipótesis que es posible formular es que este sujeto encuentra en la pareja y en la familia un refugio y un aval identificatorio y que prefiere evitar un ejercicio de su masculinidad más acorde con el estereotipo del varón aventurero, audaz y promiscuo.
En otro caso, la unión con su actual mujer significó acceder a un puesto de trabajo a través de ella. A partir de esa situación, este hombre desplegó un estilo de masculinidad basado en la iniciativa y el logro laboral, que resultó diferente y superior a su desempeño anterior, más errático. Ocurrió que, simultáneamente, la mujer prefirió una inserción laboral más acotada y que implicaba soportar menos riesgos y tensiones. Es decir, que podemos considerar que la conformación de esa pareja masculinizó al hombre y feminizó a la mujer, dicho esto en el sentido más convencional de ambos términos. De ese modo la asimetría de poder entre los géneros se confirma y reproduce. Para muchos varones, contar con una esposa implica ubicarse en posición de liderazgo y aunque esta dominancia se reduzca al ámbito de la pareja, la situación potencia su autoestima.
En este proceso de confirmación del género intervienen no solo intercambios emocionales y simbólicos sino que también interviene, y es de interés registrarlo, la forma en que se constituye inicialmente la sociedad conyugal a través de los bienes materiales que aporta cada uno de los cónyuges. En varios casos estudiados el aporte de la vivienda inicial provino de la mujer, ya sea a través de compartir la casa que ella poseía como resultado de su anterior matrimonio o de vender una propiedad de su pertenencia y sobre esa base adquirir otra que se mejoró en conjunto, o de recibir por parte de los padres de la mujer una vivienda. Algunos varones, aunque no todos, intentan desmentir la importancia de ese apoyo, para construir sobre esa base una masculinidad dominante. En su discurso resaltan sus aportes económicos y su trabajo personal, e intentan restar importancia al aporte que provino de la mujer o de su familia. Es necesario agregar que en ocasiones existe un acuerdo inconsciente por parte de ambos integrantes de la pareja para sostener de ese modo la dominación masculina.
En las segundas uniones es frecuente que la condición económica del varón se caracterice por el desclasamiento, ya que perdió su casa al dejarla como hogar de la ex mujer y de los hijos de esa unión. Solo aquellos hombres que se han ubicado en puestos de jerarquía dentro del ámbito del trabajo, evitan este avatar del divorcio. La formación de pareja con otra mujer que posee una vivienda, constituye un aporte significativo para reposicionarse nuevamente en su sector social originario. Vemos aquí cómo las relaciones de género y de clase se relacionan de modo estrecho y cómo el dominio masculino no es solo simbólico o emocional, sino que se asienta en un sustrato material del cual el tipo de trabajo al que acceden y la recepción de bienes por parte de la esposa forman parte integrante.
Es importante destacar esta observación, porque va a contracorriente del sentido común. Efectivamente, aún circulan expresiones tales como “pescar a un buen candidato” o, en inglés, “to make a good catch” que aluden al hecho de que el estatuto social de las mujeres se beneficia mediante la unión conyugal con un “buen proveedor”. Esta situación sin duda existe en algunas de las parejas de este estudio, pero hay muchas otras en las que la dominancia masculina es débil o vacilante o que se ha construido en conjunto más como una ilusión que como una realidad efectiva.
En dos de las uniones, en las que tanto el ingreso como la vivienda derivan del trabajo del varón y la mujer está en situación de absoluta dependencia económica, no habiendo aportado ningún bien a la pareja, nos encontramos con matrimonios de segundas nupcias donde existe una significativa diferencia de edad y las mujeres han dado a luz dos o más criaturas. Es decir, que en esas relaciones ellas aportan un bien intangible que es el tiempo, o sea su juventud, su atractivo erótico y su capacidad reproductiva y a cambio se benefician con un ascenso de estatuto social. El beneficio obtenido por los esposos, además de las gratificaciones emocionales propias de una nueva pareja y de otra familia, es de carácter narcisista, al reafirmar su potencia viril mediante la unión con una mujer más joven, lo que resulta refrendado a través de la paternidad. Lo que importa destacar es que cuando se constituye una pareja se realiza un intercambio que no se limita a sus aspectos emocionales y eróticos, sino que ambos cónyuges esperan encontrar en la unión gratificaciones narcisistas y una vía de promoción social.

El ejercicio de la sexualidad conyugal: la perspectiva masculina
La práctica sexual es un aspecto de la relación conyugal muy valorado por la mayor parte de los entrevistados. Es difícil discriminar en qué medida esa situación revela un intenso deseo erótico y en cuánto es reclamada por motivos de reafirmación de la autoestima y confirmación de la identidad masculina. Sea cual fuere la motivación dominante (Bleichmar, 1997), las demandas eróticas son manifestadas en algunos casos como si fueran la expresión de una necesidad que el sujeto considera que tiene derecho a satisfacer en el vínculo matrimonial. Esta reducción del deseo a la necesidad, puede compararse con una regresión desde el amor hacia el hambre y evidencia la forma en que la situación inicial de desamparo infantil y la dependencia con respecto de la madre colorea la relación genital heterosexual adulta.
Muchos entrevistados expresaron que la frecuencia de las relaciones sexuales era inferior a sus expectativas, y coincidieron en atribuir al nacimiento de los niños un efecto adverso con respecto del erotismo conyugal. Esta situación se explica por la convergencia conflictiva entre cierta preferencia que manifiestan algunas mujeres por los placeres eróticos derivados de la lactancia y, en términos generales, de la relación tierna con los infantes y los celos fraternos, muy frecuentes entre los varones que devienen padres.
El paraíso perdido que muchos hombres evocan retrospectivamente, cuando se refieren a los inicios del vínculo amoroso, es, sin embargo, meramente ilusorio en varias de las parejas estudiadas. Algunas uniones se establecen sin que medie una relación sexual intensa y podríamos aventurar que, en cierto modo, se consolidan merced a que no existe entre los futuros esposos un sentimiento apasionado. La motivación que predomina para consolidar la relación deriva del apego infantil y del deseo de colmar y reparar, a través de la conyugalidad, carencias emocionales experimentadas durante la infancia. La presencia constante y el afecto seguro se prefieren a la pasión. En estos casos el matrimonio es considerado como un refugio y un puerto. Esta situación se observa en muchas de las uniones iniciales entre jóvenes, que acceden a una capacidad emocional más intensa cuando maduran, y logran desplegarla ya sea dentro de la primera pareja o con otras compañeras.
En las segundas uniones se puede observar este estilo vincular caracterizado por la ternura a expensas de la sensualidad en algún caso aislado, donde ambos miembros de la pareja han atravesado por circunstancias traumáticas y buscan, sobre todo, solidaridad y protección recíproca. La tónica general de las segundas nupcias es, sin embargo, comparativamente más erótica, al menos en los comienzos de la relación. Esto se debe a que los segundos matrimonios se producen en momentos de mayor madurez, donde las inhibiciones juveniles se han superado en alguna medida. A esto se agrega que los sujetos que atravesaron por un divorcio padecieron situaciones consideradas como injuriosas para la estima de sí, tales como abandonos o, simplemente, fracasos vinculares. La unión con la nueva pareja tiene, entonces, un espectador imaginario: el o la ex cónyuge que es convocado de forma imaginaria a la escena sexual, para que observe la forma en que su antigua pareja es objeto de deseo y experimenta placer. Uno de los entrevistados, casado con una mujer joven y bonita, expresó esta situación de modo manifiesto.
La maternidad arruina en la mayor parte de los casos el idilio inicial, y las razones que aducen sus mujeres para evitar las relaciones sexuales –tal como fueron relatadas por los hombres– se refieren al cansancio y a la falta de sueño o a secuelas físicas de embarazos y partos. Existe otro motivo que impacta de modo desfavorable en el deseo y el placer sexual. La dominancia masculina determina que el deseo erótico de las mujeres se sustente, en la mayor parte de las relaciones, aunque no en todas, en la admiración, en cierta condición de idealización con respecto del varón, que no es meramente física sino, sobre todo, social. El éxito laboral, intelectual o económico, potencia el atractivo masculino; lamentablemente la situación inversa también se observa: el fracaso genera en las mujeres un sentimiento de decepción. Es, por lo tanto, habitual que los varones desocupados o empobrecidos no encuentren refugio en los brazos de sus mujeres. Ellas no perdonan con facilidad la claudicación masculina y su deseo se esfuma en esas circunstancias.
Cuando el rechazo o la renuencia no provienen de la mujer, el empobrecimiento erótico del vínculo se explica como expresión de estados depresivos no manifiestos, que alguno de los entrevistados experimenta en relación con sus escasos logros laborales y económicos. Así como es frecuente que una mujer que considera dañada su belleza experimente una falta de deseo erótico, ocurre algo semejante cuando un varón se percibe en situación de potencia social disminuida. Al lesionarse la estima de sí, el deseo claudica. La efectividad del macro contexto es evidente en estos casos, porque la crisis económica general ha afectado la sexualidad de muchas parejas que son, por diversas circunstancias, más vulnerables que otras.
Es conocida la tendencia masculina a realizar una doble elección de objeto amoroso, donde la corriente tierna queda disociada de la sensual (Freud, 1910). Los entrevistados no se han referido en general a esas situaciones, que suelen ser clandestinas; sólo uno de los sujetos del estudio relató la existencia de infidelidades mutuas. En otra entrevista, un varón traumatizado por los sucesivos matrimonios de su padre, y deseoso por ese motivo de sostener su primera unión conyugal, describió un expediente curioso, elaborado para conciliar la doble elección de objeto con una estricta fidelidad marital. A causa de su trabajo debe circular por locales de diversión nocturna, donde tiene fácil acceso a mujeres atractivas. Cuando regresa a su casa por la madrugada se siente excitado por los estímulos derivados de esa situación. Habiendo relatado ese sentimiento a su esposa, con quien la relación erótica se encontraba empobrecida, acordaron que ella aceptaría ser despertada para mantener relaciones sexuales por la madrugada. De ese modo la unión, que es monogámica en los hechos, realiza en la fantasía el deseo de una relación triangular, lo que parece potenciar el erotismo de ambos.
Vemos, entonces, que la sexualidad conyugal presenta en los varones de nuestro estudio características relacionadas con la dominancia de género. Este nexo dista de ser lineal y sus modalidades de expresión son muy variadas, ya que van desde el reclamo hipersexual hasta el retraimiento depresivo, pasando por curiosas combinaciones que buscan conciliar los pactos manifiestos con las peculiaridades del deseo.

Bibliografía
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Berenstein, Isidoro (1987). Familia y enfermedad mental. Buenos Aires: Paidós.
Bleichmar, Hugo (1997). Avances en psicoterapia psicoanalítica. Barcelona: Paidós.
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Freud, Sigmund (1905 [1980]). Obras Completas. Tres ensayos de teoría sexual. Buenos Aires: Amorrortu.
Freud, Sigmund (1910 [1980]). Obras Completas. Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre. Contribuciones a la psicología del amor I. Buenos Aires: Amorrortu.
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Rich, Adrienne (1983). Sobre mentiras, secretos y silencios. Barcelona: Icaria.
Roudinesco, Elizabeth (2003). La familia en desorden. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Rubin, Gayle (1975). “The traffic on women. Notes on the ‘Political Economy’ of sex”. En: Rayna R. Reiter (ed.), Toward an Anthropology of women. Nueva York y Londres: Monthly Review Press.
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Stoller, R. y G. Herdt (1992). “El desarrollo de la masculinidad. Una contribución transcultural”. Rev. Escuela Argentina de Psicoterapia para graduados, Buenos Aires, 18.

1 Coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género y directora del Programa de Actualización en Psicoanálisis y Género (Apba), coordinadora docente del Programa de Estudios de Género y Subjetividad, de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (Uces), iremeler@fibertel.com.ar.
2 Programa de Estudios de Género y Subjetividad de la Uces, Directora: Dra. Mabel Burin; Coordinadora docente: Lic. Irene Meler.
3 Los hallazgos referidos a quienes forman parte de familias ensambladas integrarán la tesis de doctorado de Irene Meler, doctoranda del Doctorado en Psicología de la Uces, cuyo tema de estudio son las relaciones de género en familias ensambladas.

Fuente: http://www.estudiosmasculinidades.buap.mx/num7/casados.html Leer más

Vm=max(H): UNA ECUACIÓN QUE REFORMULAR

Vm=max(H)

Violencia masculina es igual a la hombría a su máxima potencia.
UNA ECUACIÓN QUE REFORMULAR

Juan Carlos Ramírez Rodríguez
Guitté Hartog 1

Dudar de la propensión natural de los varones a ejercer la violencia parece tan revolucionario como lo fue el hecho de cuestionar el instinto maternal y la envidia del pene por las mujeres en una cierta época. Para abrirse nuevas puertas fue necesario que el feminismo se cuestionara la esencia del eterno femenino, es decir, su natural bondad, complejo de inferioridad y sentido de abnegación. Ahora, para avanzar en el camino de la igualdad, urge que se repiensen las masculinidades fuera de ese orden social patriarcal en el que los varones viven bajo el mandato de afirmar su virilidad, siendo predadores sexuales en potencia, guerreros conquistadores que reafirman su superioridad machista a través de su tendencia natural a oprimir a las mujeres. Esto no nos lleva a negar la realidad de una violencia masculina existente, sino más bien a considerar a los varones no solamente como parte del problema sino también como elemento de la solución. De allí la importancia de disociar la violencia de la hombría y de buscar formas alternativas de conceptualizar las masculinidades fuera del ejercicio de las diferentes formas de violencia.

Tener la osadía de pensar las relaciones de género fuera del marco habitual constituye un reto obligatorio por LA MANZANA que, desde el medio académico, se propone estimular la investigación y la reflexión sobre las masculinidades. Esta tarea nos llevó a dedicar nuestro tercer número al “problema” de la violencia. Pero, resulta algo frustrante, ya que parece que ni siquiera existe un término lexical, una metáfora suficientemente fuerte para lograr nombrar la amplitud, la omnipresencia y la complejidad de ese objeto multifacético que contamina nuestras realidades e imaginarios. “Plaga, virus, malestar, condenación, cáncer social, trastorno emocional”… la violencia se observa en todas partes y, al mismo tiempo, queda invisibilizada, camuflada. Hasta bajo la lupa de las y los especialistas obtenemos una visión bastante parcial, para no decir nebulosa, de lo que sucede en realidad.

Hay que admitir que nuestros conocimientos del fenómeno son todavía escasos, a duras penas diferenciamos algunas de sus formas “simbólicas, emocionales, físicas, sexuales, económicas, legales, políticas…”, que en la realidad nunca se observan aisladas, ya que por lo general se combinan y se ubican de manera diferente según los diversos contextos socioculturales. Habitualmente, la cara más difundida de la violencia se observa en el rostro de una mujer golpeada por un hombre. Pero, tras un golpe, una violación o el asesinato de una mujer y la impunidad con la cual se trata el asunto frente a la justicia, se esconden todas las formas de violencia precedentemente enumeradas. Y una de ellas es pensar que se trata solamente de un problema femenino y que los hombres no tienen que ver en él, ya que no padecen las consecuencias de esta violencia.

El feminismo como movimiento político, social y académico fue pionero en evidenciar y denunciar las diferentes formas de violencia de género ejercida hacia las mujeres. Y solamente desde hace algunos años, a través de los estudios de género que empezaron a analizar a las masculinidades como construcciones sociales, se iniciaron los primeros esfuerzos colectivos por involucrar a los varones como elementos de reflexión tanto en la investigación como en las políticas públicas para prevenir e intervenir en los casos de violencia. “Violencia: ¿el juego del hombre?” fue el tema central de la convocatoria del II Coloquio Internacional de Estudios sobre Varones y Masculinidades y el I Congreso Nacional de la Academia Mexicana de Estudios de Género de los Hombres, que se realizó del 21 al 23 de junio de 2006 en Guadalajara, México. Los trabajos presentados en la reunión y las discusiones a que dieron lugar enriquecieron las distintas perspectivas teóricas, los hallazgos de investigaciones específicas y las metodologías utilizadas para dar cuenta de este fenómeno. Una parte importante de los retos es hacer visible a los varones, su papel en esta práctica, estudiarlos más que inferirlos, reconocerlos y comprender las dinámicas en que se gesta la violencia (Ramírez, 2005); lo que se presenta es un espacio de debate, de análisis y vacíos que demandan investigación.

Vivir en un mundo sin violencia involucra una reforma en profundidad de nuestras relaciones íntimas e interpersonales, del sistema familiar, del mundo laboral y académico, del gobierno, de las políticas sociales y hasta de nuestros sistemas de creencias intelectuales y espirituales, ya que en nombre de la Verdad y de Dios se cometen las peores atrocidades. El mismo lenguaje académico utilizado parece reflejar un clima de guerra entre hombres y mujeres para “acabar” con la violencia: librar la batalla contra las injusticias, combatir y luchar por la igualdad, conquistar nuevos espacios, invasión de la esfera pública, derrota de los símbolos masculinos, romper los esquemas tradicionales… Todavía cuesta trabajo construir un espacio de reflexión intelectual; no sobran las herramientas teóricas y metodológicas para analizar los diferentes parámetros de la violencia y buscar alternativas a su ejercicio. Hace falta inventar otros escenarios alternativos al de la mano dura, imaginar otros tipos de personajes frente a los de las películas pésimas donde los buenos y los malos no son difíciles de diferenciar y son condenados a repetir los mismos papeles hasta que la muerte los separe. En este sentido, disociar la hombría de la violencia y la feminidad de la ternura maternal permite pensar que otras ecuaciones son posibles; soñar en otros escenarios que la ley de la gravedad o de la selva; salir del cinismo complaciente con la injusticia y la explotación humana para explorar otras probabilidades y establecer nuevas coaliciones.

La violencia es una práctica social entreverada en la estructura social, tan añeja como compleja. Si bien ha sido estudiada con amplitud, el enfoque analítico desde la perspectiva de género de los hombres es relativamente reciente y de interés creciente. Los varones son los principales mandatarios y protagonistas de esta práctica, aunque no los únicos, pero sí los que llevan a cabo las acciones más devastadoras y sistemáticas. El acento puesto en el género para observar a los varones que ejercen violencia ha sido motivado, entre otros, por los abundantes estudios acerca de la violencia de que son objeto las mujeres por parte de ellos (Naciones Unidas, 1989, 2006); esto ha generado derivaciones analíticas que van más allá de las propias mujeres como objeto de la violencia.

La sistematización en el estudio de la denominada violencia de género ha contribuido a la generación de un corpus de conocimiento ordenado sobre los tipos, la frecuencia y prevalencia; los efectos y espacios sociales donde se ejerce; los vínculos sociales de quienes intervienen en este fenómeno; las condiciones contextuales que facilitan o frenan la expresión de la violencia como una práctica social legítima; y los servicios y las instituciones responsables de encararla y resolverla. Si bien los avances han sido vertiginosos, los retos siguen siendo mayúsculos (Naciones Unidas, 2006).

En este sentido, es necesario iniciar o profundizar estudios sobre las intersecciones de diversas formas de ejercicio de la violencia, por ejemplo, la que se ejerce contra las mujeres y contra otros hombres y su vínculo con aquellas que tienen un componente étnico, racial y de clase; las variantes de la violencia contra personas que sufren alguna discapacidad o que pertenecen a algún grupo de edad específico, como las personas ancianas (Hearn et al., 2002). La prostitución infantil, que ha generado escándalos en el ámbito mundial, continúa solapada y silenciada en muchas sociedades, por lo que es urgente abordar su relación con la demanda masculina de niñas y de niños que constituye el factor esencial y relevante del desarrollo y expansión de la comercialización sexual de los seres humanos. Sin demanda y complicidad masculina no habrían redes de tráfico de personas, ni redes esclavistas y de turismo sexual; éstos son aspectos de interés creciente, pero poco explorados.

Existen grupos que, por su inclinación sexual, se transforman en blanco de la violencia, como los lésbicos, gays, bisexuales, travestis y transexuales. La homofobia, misoginia y misandria son una continuidad de la violencia asociada a la preferencia sexual que demanda una sistemática investigación desde la perspectiva de los varones, tanto de quienes la ejercen como de quien es víctima de ella.

La violencia hacia migrantes relacionada, casi invariablemente, con la xenofobia, el color de piel y las fuertes raíces socioculturales ha sido, es y será un fenómeno en crecimiento, debido a la movilidad cada vez mayor de grandes grupos de población que no sólo cruzan fronteras de países vecinos, sino que hacen travesías (trans)continentales. De esta manera, la violencia está vinculada al fenómeno de la globalización en términos económicos, culturales y comunicativos.

Los conflictos armados, los genocidios y las guerras civiles impactan de manera diferente sobre los hombres sobrevivientes que se vieron involucrados en ellos. Los varones que participaron y fueron víctimas de las masacres, que violaron o vieron a sus mujeres violadas, que mataron, torturaron o fueron torturados, que fueron forzados o se involucraron voluntariamente como guerrilleros experimentaron situaciones extremas de miedo, de impotencia y de violencia. Se convierten en humanos mutilados con la virilidad exacerbada o lastimada. Estos temas son de actualidad, ya que la historia nos enseña que no aprendemos nada de ella y que se siguen mandado hombres –y ahora cada vez más mujeres– a la guerra. Será que la historia se acuerda más de sus héroes, de los que se cubrieron de gloria o de los muertos, que de los que sobrevivieron sufriendo de choques postraumáticos, enloquecidos por lo que han visto, hecho y perdido. En este sentido, en el campo de estudio sobre las masculinidades hace falta investigaciones para entender los engranajes del dispositivo ideológico, los mecanismos de sobrevivencia y los costos sociales de seguir alimentando el odio-miedo y las políticas de invasión o de opresión a través de las armas. Aliar a los varones en la construcción de una cultura de paz, de la resolución pacífica de conflictos y de una convivencia democrática queda como uno de los retos claves para generar una hombría que no se apoye en el ejercicio del poder o de la violencia, sino más bien en el de poder contribuir a un mejor bienestar humano.

Las y los jóvenes y adolescentes, víctimas de exclusión social, son un sector amplio en el mundo cuya dinámica generacional propende, al menos en una proporción, a incorporar la violencia como un elemento identitario (Anderson y Umberson, 2001; Kersten, 1996; Tillner, 2000) y manifestarla de múltiples formas –porras deportivas, pandillas, movimientos barriales, creencias religiosas, entre otras– (Barker y Loewenstein, 1997; Gerami, 2003; Martino, 2000; Najcevska, 2000; Totten, 2003). ¿Cómo se vinculan y hacen sinergia estas expresiones con otras clases de violencia como las de los militares, empresarios o políticos a favor de una limpieza social? Según Maffessoli (2007) la agresividad y el deseo sexual son parte de la naturaleza humana y de las sociedades y, por lo tanto, más vale orientar el fuego que tratar de apagarlo por completo. Esta fuerza y energía ameritan ser canalizada a través de rituales y de formas de expresiones orientadas, que en lugar de destruir o de manifestarse de manera descontrolada puedan convertirse en una fuerza útil o, al menos, inofensiva, “homeopatizada” según las palabras del sociólogo, que había previsto la revuelta y los “disturbios” de los barrios periféricos franceses. Por un lado, reprimir moralmente toda expresión de fuerza física, de ilusión de sentirse invencible, de ganas de desahogo, de transgresión de las autoridades morales o de energía combativa no resuelve los problemas de fondo: humillación, impotencia, exclusión o intolerancia, que viven los grupos vulnerables en nuestras sociedades, los cuales son víctimas de todas las formas de violencia y que pueden encontrar en el vandalismo, el robo y el secuestro una oportunidad de sobrevivir y de entretenerse en un contexto socioeconómico que les es hostil. Por el otro lado, ofrecer solamente modelos de masculinidades que legitimen la demostración de la fuerza bruta, del riesgo y de la insensibilidad, sin ninguna otra alternativa para poder obtener reconocimiento como varones fomenta el surgimiento de “terroristas” que, como Bush o los pandilleros callejeros, se desquitan de sus frustraciones asesinando, como si se tratará de un juego varonil donde ellos son los héroes.

El abuso sexual sufrido por los chavitos, las violaciones entre hombres, las humillaciones o las golpizas recibidas por el ejercicio de una autoridad masculina, la experiencia de no tener un modelo de hombre al cual identificarse, porque ser o haber tenido padres ausentes, alcohólicos o violentos son sufrimientos masculinos que quedan completamente silenciados o invisibilizados en nuestras sociedades, ya que la invulnerabilidad en la cual son ubicados los del sexo fuerte dificulta que se abran espacios para que esos temas sean tratados y que las víctimas reciban apoyo.

Este panorama de vacíos y desafíos contrasta con la absoluta ausencia de estudios sobre los hombres que no ejercen violencia. ¿Cómo es que éstos han eludido, sorteado, renunciado y construido identidades de género, de masculinidades, en que la violencia no forma parte de ellas? Es necesario conocer a fondo estos procesos (Montoya, 1998) para poder identificar estrategias de mejor convivencia humana, de resolución de conflictos y de activismo pacífico. Por otra parte, los varones no tienen el monopolio del ejercicio de la violencia. Las mujeres la ejercen a su manera hacia los hombres y hacia las propias mujeres. Cómplices, ciegas o caníbales, las féminas participan también de una cultura patriarcal, de donde se puede sacar ventaja de sujetar al otro o a la otra cuando la oportunidad se presente. Los problemas de salud mental, de amargura, de falta de recursos emocionales o de desesperación existen también en las mujeres, ya que la destreza humana no sabe de género, aunque éste último matiza a través de la socialización ciertas experiencias y formas diferentes de expresarla por las mujeres y los hombres.

Los medios de comunicación como la televisión, que por lo general viven de la venta de sus espacios publicitarios cuyos precios dependen directamente de la proporción de su audiencia, proveen al gran público lo que se vende y definen lo que entretiene. La violencia, el sexo y el morbo son parte de ello. De manera general, la televisión tiene un gran poder de alienación particularmente en lo que concierne a los temas de género. La descalificación sistemática de los varones para cuidar a sus hijas o hijos fuera del papel de proveedor, para fijarse en otro aspecto de una mujer que su apariencia física, sin hablar del contenido exclusivamente heterosexista y a veces homofóbico de las publicidades y de la programación, son formas de ejercer la violencia simbólica hacia los varones, haciéndoles pasar por seres primitivos, irresponsables, que se dejan guiar por sus puros instintos primarios.

En este número de LA MANZANA hemos seleccionado algunos artículos que ilustran ciertos aspectos de los varios que constituyen la violencia, sean estos sus diferentes contextos, formas, expresiones y protagonistas.

El trabajo de investigación-acción que lleva a cabo Margarita Ortiz sobre las representaciones sociales de la violencia de los y las jóvenes de zonas de marginación y de alta inseguridad de Ciudad Guatemala, permite de entrar en el universo de las maras, de jóvenes víctimas de todos los abusos (sexuales, físicos, económicos, políticos…) tanto en su hogar como en la calle y que logran pasar de la delincuencia al activismo, hacia los derechos de las niñas y de los niños involucrándose en actividades comunitarias y políticas con ellos. Como sobrevivientes de la violencia, las y los jóvenes desarrollan una mirada lúcida de sus mecanismos y de los daños que provoca. Aprovechan las oportunidades de tener una vida mejor que se les ofrecen y, de victimarios que repiten las ofensas que recibieron, se vuelven actores sociales conscientes de la necesidad de revertir la situación y de ofrecer una mejor protección a las niñas y a los niños de su comunidad. Blancos de las políticas de limpieza social, de esa ideología de mano dura que piensa que eliminado a la “escoria” una sociedad logra acabar con la violencia, estos jóvenes peligran por la falta de visión de las autoridades que no logran mirar la violencia con una actitud responsable, entender sus mecanismos profundos, para elaborar herramientas que se apoyen en el potencial humano en la búsqueda de una mayor felicidad.

El trabajo de investigación “Identidades de género, sexualidad y violencia sexual”, presentado por Joaquina Erviti, Roberto Castro e Itzel A. Sosa-Sánchez ilustra cómo los propios profesionales –como los médicos, profesores y abogados– contribuyen a reproducir un discurso que legitima la naturalización del ejercicio de la violencia sexual como parte de la identidad masculina. La atribución de un deseo sexual incontrolable de los varones y de una fuerza extraordinaria a las piernas de las mujeres para evitar una relación sexual no consentida son los argumentos contradictorios utilizados para justificar una cierta erotización de la violencia sexual y para descalificar los testimonios de las mujeres “supuestamente” violadas que piden justicia. En este artículo se evidencia cómo se enseña a los futuros abogados y médicos a cuestionar la credibilidad de las mujeres ante las denuncias de violación desde una posición de poder y autoridad jurídico legal. Lo que hace pensar que, para intervenir mejor sobre el problema de la violencia, habría un enorme trabajo que hacer a partir de las instituciones educativas que forman a las futuras generaciones de profesionales que intervienen en los casos de violencia para que dejen de ser complices de los abusos sexuales y pueden apoyar a las víctimas en su búsqueda de justicia en lugar de humillarlas en el proceso de denuncia. Un cambio de la cultura jurídica a favor de la igualdad de género en los propios implicados en la gestión de la justicia aparece como fundamental para que estos casos dejen de ser tratados con el cinismo que permite la reprodución de la violencia hacia las mujeres.

Quedándonos en el tema del cinismo en las instituciones educativas, el artículo de Elva Rivera Gómez y Gloria Tirado Villegas analiza cómo en el ambiente universitario se ejerce la violencia simbólica a través del conocimiento científico y del discurso académico. Las autoras calan hondo en la concepción de dominación masculina en la arena de la producción de conocimiento por antonomasia en nuestras sociedades. La Universidad no está exenta de que sus miembros, expuestos a una cultura asentada en el privilegio masculino, reproduzcan y legitimen la subordinación de las mujeres, subestimen los estudios que tratan acerca de ellas e incentiven formas larvadas de violencia simbólica generalmente silenciosa, irreconocible, naturalizada e incluso deseada.

Por su parte, en su artículo, Alicia Estela Pereda Alonso continúa con el análisis de la violencia simbólica a través de los discursos amorosos sobre la pasión y el respeto que circularon en México durante la década de los años treinta. Teniendo fuentes diversas como los boleros, revistas y entrevistas con informantes que vivieron en esta época se logra desenmascarar lo que encubren estos discursos que contribuyen de manera sustantiva a reproducir las condiciones de desigualdad, de asimetría y de subordinación intergenérica. Este tipo de análisis permite indagar cómo, a través de discursos no oficiales, aparentemente no ofensivos como “los hombres deben vivir sus pasiones amorosas” y “lo que se debe hacer para darse a respetar como mujer”, se logran transmitir mensajes de manera sutil que educan sobre las reglas del orden social en vigor.

El poder pedagógico del encanto y del discurso estético a través de la producción de imágenes, de la literatura, de la música, del teatro, del cinema, de la prensa y de la televisión queda como un vasto campo que explorar tanto en el ámbito de la investigación como de los programas de prevención para quien se preocupa por el tema de la violencia y de la igualdad de género. En efecto, más allá del análisis de los estereotipos sexistas, heterosexistas, clasistas, racistas, etc., que contaminan casi toda la producción de los medios de comunicación, el lenguaje artístico tiene un poder de convencer por la seducción, que educa emocionalmente y propone modelos de relaciones humanas. En este sentido, de un lado, los mensajes transmitidos por las obras de arte tienen un gran potencial de ejercer varias formas de violencia simbólica y de alienar a las poblaciones. Pero, del otro lado, la creatividad artística también tiene los recursos para sorprender, proponiendo una dignificación simbólica de la convivencia humana a través de la diversidad, imaginando otras verdades, así como la denunciación de las diferentes formas de violencia.
Alan Greig problematiza sobre el tema de la violencia de los varones contra las mujeres. Los aspectos que discute tienen implicaciones tanto para la compresión del fenómeno como para la intervención y la transformación, no sólo de las relaciones violentas en sí mismas, sino, de manera particular, sobre la política de género en la cual se enmarcan las primeras. Habría que considerar que el uso de conceptos, categorías y perspectivas analíticas no son inocuas y sin lugar a duda impactan cualquier propuesta de trasformación e intervención social.

El artículo de Lourdes Bandeira muestra casos extremos de violencia que terminan en homicidios de mujeres, pero también de otros miembros de la familia, así como de otras personas que no son familiares. La manera como se ha estructurado el patriarcado en nuestras sociedades hace posible que la expresión de la violencia no sea reproducida de manera lineal, sino que es una forma de expresión y su práctica es diversa y sus desenlaces múltiples, pero tienen como base común un elemento de control, de subordinación, de apropiación de la otra, pero también de otros, que llega al aniquilamiento, a la destrucción.

En su artículo “Nuevos posicionamientos de género: varones víctimas de la violencia de sus mujeres” Patricia Trujado Ruiz ilustra cómo los hombres pueden también sufrir, a veces, en relaciones de parejas destructivas. El hecho de que existen varias formas de violencia femeninas puede incomodar cuando es utilizado como un contra-argumento para minimizar o desacreditar el impacto de la violencia masculina ejercida hacia las mujeres. En un momento de la historia donde todavía, por razones de machismo, no se reconocen las consecuencias de la violencia ejercida del “sexo considerado como fuerte” sobre el “sexo considerado como débil” o vulnerable a través de las relaciones íntimas, más controversial es el hecho de que los varones se puedan encontrar en situación de completa desprotección frente a las amenazas y explosiones de ira de su pareja femenina.

Este artículo nos recuerda que la violencia es un ejercicio de poder, que cobra sufrimiento y que se trata de un recurso que se puede utilizar con bastante impunidad, ya que las víctimas –sean mujeres, niños o niñas u hombres– quedan desprotegidas frente al sistema de justicia. Y que, en el proyecto de construir un mundo más justo y sano, no se trata de un concurso para saber quiénes son más víctima o más victimario, sino de crear mecanismos para no tolerar que un ser humano demuestre su poder o sufrimiento lastimando a otro. Además, el trabajo sobre la victimización de los varones abre grandes puertas para poder entender su vulnerabilidad emotiva, sus crisis de celos, su destreza en el desamor o hasta cómo varios de ellos se vuelven victimarios desarrollando una insensibilidad a su propio sufrimiento y al de los demás.

Los asuntos amorosos y las crisis emocionales cuando las parejas entran en conflictos o en procesos de ruptura quedan como un tema subyacente en varios de los artículos, que ameritarían ser más estudiados en el futuro. Las decepciones, la dependencia afectiva, sexual y económica, los engaños, los celos o el simple desamor son sentimientos que provocan emociones fuertes, como el enojo, la desesperación, el rencor o la ira. Cultural y socialmente, los recursos para atender a este tipo de sufrimiento, con un potencial explosivo que puede degenerar en situaciones peligrosas como el suicidio o actos de violencia extrema, son escasos. Se requiere la creación de centros de atención por varones en crisis, una cultura que permita a los hombres y a las mujeres recibir apoyo, sentirse acompañados en los momentos difíciles, ventilar emociones negativas; la creación, también, de mecanismos que permitan a las parejas y a las familias separarse de manera pacífica sin ser juzgadas por todo un aparato social que busca culpables, que percibe como un fracaso toda salida de una relación formal aunque completamente destructiva.

En la elaboración de este número varios temas “obligatorios” no quedaron lo suficiente cubiertos, uno de ellos es, indiscutiblemente, el de las iniciativas para prevenir u ofrecer alternativas a un estilo de vida contaminado por la violencia. Aprovechando el espacio, nos permitimos mencionar de manera breve dos iniciativas que nos aparecen innovadoras y que a nuestros ojos valen la pena de ser difundidas.

Un ejemplo de propuesta interesante es la que elabora el programa de filosofía de la Universidad Laval en Québec, Canadá, que consiste en la incorporación de programas de prácticas filosóficas para niñas y niños en las escuelas primarias. Cuyos objetivos pedagógicos son: desarrollar habilidades de comunicación que permitan enfrentar y resolver los conflictos de manera pacífica, escuchar y dialogar con personas que tienen puntos de vista opuestos sin denigrarlas y, sobre todo, desarrollar habilidades para tratar de entenderse a sí mismas/mismos y a los demás dando sentido a su existencia y a los retos de la convivencia humana. Buscando proporcionar a las niñas y a los niños la posibilidad de poder reflexionar sobre su propia realidad, de tener los elementos básicos para nombrarla y expresarla con el fin de orientar sus acciones más de acuerdo a sus ideales que siguiendo sus instintos primitivos.

Otra de las iniciativas estimulantes para prevenir la violencia es la que elabora el Programa H, promoviendo la equidad de género a través de la promoción de la salud física, sexual y emocional, principalmente en los hombres jóvenes. El material pedagógico compuesto de una serie de manuales y de videos en dibujos animados, elaborado en Amerpor el Instituto Profundo, Salud y Género A. C., Ecos y el Instituto Papai, proporciona herramientas atractivas para elaborar talleres o actividades de reflexión para trabajar temas de masculinidades, como el de la violencia, de las emociones, de la sexualidad y de la paternidad responsable, así como el de la homofobia. La idea es convertir a los varones en aliados en un cambio cultural a favor de una mejor equidad de género apoyándose en su apertura y curiosidad para explorar nuevos caminos y modelos de convivencia diferentes a los preestablecidos por los dictados de una masculinidad hegemónica.

Para concluir, queremos que este tercer número de LA MANZANA, a pesar de sus lagunas, sea una probadita que incite a querer saber más, que estimule la reflexión y la investigación, así como las iniciativas de trabajos sobre y con los varones para prever o intervenir sobre la violencia.

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Materiales pedagógicos
LA PHILOSOPHIE POUR LES ENFANTS DE L’UNIVERSITÉ LAVAL
http://www.fp.ulaval.ca/philoenfant/
PROGRAMA H
Salud y Género, A. C.
Carlos Miguel Palacios # 59
Col. Venustiano Carranza, C.P. 91070
Xalapa, Ver., México.
Tel/Fax: 01 (228) 8 18 93 24
Correo electrónico: salygen@prodigy.net.mx
Salud y Género, A. C.
Escobedo # 16-5 y 6
Centro Histórico, C.P. 76 000
Querétaro, Qro., México
Tel/Fax: 01 (442) 2 14 08 84
Correo electrónico: salygens@prodigy.net.mx
Instituto PAPAI
Rua Mardonio Nascimenro, 119-Várzea
Recife, PE, 50741-380
Tel/Fax: (55 81) 3271-4804
Correo electrónico: papai@papai.org.br
Página web: www.papai.org.br

Juan Carlos Ramírez Rodríguez Profesor Investigador en el Programa Interdisciplinario de Estudios de Género (PIEGE), Departamento de Estudios Regionales – INESER, CUCEA, Universidad de Guadalajara. Periférico Norte 799, Edif. “M” 3er nivel. Zapopan, Jalisco 45100. México. Tel: (33) 3770-3300 X5261; Fax: (33) 3770-3404; poscuicuiri@yahoo.com, www.piege.com.mx.
Guitté Hartog, Profesora Investigadora en la Maestría en Psicología Social. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 3 Oriente #403, Centro Histórico, Puebla, Puebla, 72 000. México. Tel/Fax. (222) 2 32 31 86; ; troisgatos@hotmail.com

Fuente: http://www.estudiosmasculinidades.buap.mx/num3/index.htm Leer más

¡Serás hombre, hijo mío!

Un estudio transcultural sobre la transmisión de la masculinidad a través de la paternidad en Francia, México, Quebec y Burkina Faso

Guitté Hartog
Ma. Alicia Moreno Salazar
Ma. Victoria Alvarado Herroz 1

Para entender mejor lo que
es importante en una sociedad,
hay que estudiar lo que se transmite,
o no, a los niños y a las niñas.
Margaret Mead

Resumen

Para entender mejor cómo los varones aprenden a ser hombres, a través de la relación padre-hijo en diversos contextos socioculturales, se realizaron entrevistas a profundidad a 20 padres de México, Quebec, Francia y Burkina Faso. A través de este estudio exploratorio se investiga el proceso de transmisión intergeneracional de las masculinidades, ya que a los padres entrevistados, que tienen al menos un hijo varón, se les preguntó en un primer momento sobre la imagen que habían recibido de su propio padre y, en un segundo tiempo, cómo vivían su paternidad y qué intentaban transmitir o no a sus hijos varones. Los resultados ilustran, como postales, cuatro contextos socioculturales muy contrastados donde, a la vez, se reproducen y se rompen esquemas de una generación a otra. Lo anterior muestra algunos de los elementos de las dinámicas paternales varoniles que resisten a los cambios a pesar de los malestares claramente identificados. La diversidad de los ámbitos presentados permite observar cómo las paternidades se inscriben en contextos socio-histórico-culturales muy diferentes que difícilmente pueden ser generalizados, pero que sirven para identificar algunos de los valores considerados como importantes de transmitir en cada uno de los pueblos estudiados.

Palabras clave: paternidad, masculinidad, transmisión intergeneracional.

Introducción

A través de este artículo se presentarán algunos de los principales resultados de una investigación que ilustran, en contextos culturales muy contrastados, cómo se aprende a ser hombre y padre. Padres del continente africano, europeo, norteamericano y centroamericano toman la palabra para explicar su experiencia como hijos varones que se convirtieron en padres. Frente a la diversidad y la riqueza de la información proporcionada por los participantes, nos contentaremos con describir, casi como postales, lo que nos costó años recopilar. El riesgo de abarcar demasiada información dentro de lo que se puede manejar en un artículo, de generalizar los datos de manera abusiva, de pretender lograr interpretaciones de tipo universal nos hizo reducir nuestra aportación en la presentación de estos cuatro paisajes socioculturales que se nombran a través del testimonio de algunos hombres que los habitan y contribuyen en elaborarlos.

Esta propuesta, poco convencional, no propone un marco teórico o un análisis profundo del discurso de los hombres entrevistados, pero permite ilustrar, a través de diferentes miradas, el fenómeno de la construcción socio-cultural de las masculinidades. Escuchar una diversidad de voces acerca de la experiencia paternal, como hijo y como padre, en contextos moldeados por valores socioculturales diferentes.

¿Cómo han aprendido los padres a ser hombres y qué enseñan, una vez que lo son, a las futuras generaciones de varones?, son las principales preocupaciones que nos llevaron a desarrollar esta investigación.

Estudiar la paternidad

Según Figueroa, Jiménez y Tena (2006: 22) “la perspectiva sociohistórica entiende la paternidad como un fenómeno sociocultural de las relaciones genéricas en un momento histórico, en un marco y en una sociedad específicos”. Es decir, que la paternidad implica un lazo intergeneracional entre personas, que varía según los universos socioculturales y las épocas en las cuales se inscribe. Se trata de un fenómeno universal de socialización por el cual se transmiten mensajes sobre diferentes aspectos de la vida en familia y en sociedad. La figura paterna, tanto su presencia como su ausencia, enseña de diferentes maneras a las hijas y los hijos lo que se puede esperar (o no) de un hombre, de su lugar, de su importancia, etcétera. Estos mensajes sobre la hombría y las relaciones de género son los que nos interesaron recabar en los discursos de los participantes.

Entender lo que un hombre ha recibido como imagen de su propio padre y lo que quiere transmitir (o no) a su hijo varón sirve para comprender mejor, por una parte, cómo los hombres aprenden a ser hombres y, por otra parte, ver cómo ellos contribuyen en su momento a perpetuar o modificar sus saberes acerca de las masculinidades a sus hijos. Estudiar este fenómeno contribuye a entender mejor una sociedad y sus valores. Así, lo que se busca inculcar a las hijas y a los hijos, como padres, es generalmente lo que se considera importante y necesario para poder sobrevivir y desarrollarse en sociedad. La búsqueda de la felicidad, el sentido de responsabilidad, de la abnegación, de la comunicación, del humor, de la organización o de la generosidad, al igual que los roles de género, son herramientas de formación que los padres eligen, de manera consciente o inconsciente, para transmitir a sus hijas e hijos según sus propias capacidades, pero también según lo que juzgan útil para su futuro. Queda claro que lo que es valorado en una época y en una cultura dada no lo es necesariamente en otra. En este sentido, investigando este proceso de socialización es posible captar mejor cómo estos saberes evolucionan de una generación a la otra y varían según los contextos culturales.

Un estudio transcultural y transgeneracional

Estudiar el mismo proceso de transmisión de las masculinidades a través de la relación padre-hijo en sociedades tan contrastadas culturalmente como son México, Quebec, Burkina Faso y Francia permite, a través del análisis de las entrevistas realizadas, percibir las diferencias ligadas a los diversos contextos culturales e identificar los elementos comunes. En efecto, estudiar cómo una misma realidad o una misma problemática es vivida en diversas culturas permite percibir a la vez su constancia a través de semejanzas y su carácter más específico a un cierto contexto, a partir de las diferencias.

Cuando se comparan solamente dos sociedades, resulta difícil identificar las causas de las diferencias y tener la certeza de que no se deben al azar o a un sesgo en el muestreo. Trabajar con cuatro sociedades permite identificar mejor las tendencias comunes y las diferencias locales que son producto del contexto cultural. Esto nos ayuda a evidenciar e identificar tanto las constantes como lo que varía en la manera de abordar una misma realidad. Cuando una misma característica es observada en los cuatro universos estudiados podemos hablar de una constante. Cuando una característica es encontrada solamente en una de estas sociedades es más fácil identificarla como algo que le es propio. El peso de las semejanzas es sumamente importante cuando son encontradas en estas sociedades tan diferentes. En este orden de ideas, elegir universos contrastados evidencia las características de cada una de las ellas, porque “Conociendo al Otro es como uno se conoce a sí mismo”.

Preguntar a los padres cómo era la relación con su propio padre y cómo viven ahora su paternidad con su hijo nos permite entender mejor la herencia cultural transmitida del abuelo al padre, y luego del padre al nieto. Reconstruyendo el linaje paternal queríamos entender mejor los diferentes estilos de paternidad propios de cada generación, y observar los procesos que frenan o permiten cambios a favor de una paternidad más afectuosa y comprometida que dé lugar a modelos parentales que favorezcan una mejor relación entre los géneros.

La propuesta metodológica

Las cuatro sociedades fueron elegidas tanto por el contraste cultural que ofrecían como por el conocimiento que teníamos como investigadoras de esos universos, al haber tenido la oportunidad de visitarlos durante varias estancias para realizar trabajos de campo de investigaciones del mismo tipo (Hartog, 2001). Es importante destacar la colaboración de investigadoras locales para cada uno de los medios culturales estudiados, para realizar las entrevistas, adaptarlas a los diferentes contextos y luego interpretar las informaciones proporcionadas por los participantes.

Todas las entrevistas, es decir las veinte en cada una de las sociedades, fueron realizadas en medios altamente urbanos: París, Quebec, Puebla y Ouagadoudou. Los criterios de inclusión eran que los hombres entrevistados fueran por lo menos padres de un hijo varón y voluntarios para acordar una entrevista en profundidad con la investigadora, que debía grabar y transcribir las entrevistas en su totalidad. Esta estrecha colaboración con las investigadoras locales ha facilitado de manera importante el enriquecimiento de las informaciones obtenidas, así como una mejor interpretación de los resultados.

El hecho de que fuera una mujer la que realizó las entrevistas con los padres, según los hombres interrogados, ha llevado a la confidencia sobre temas que bien pocos de ellos habrían tenido la oportunidad de discutir y de reflexionar en profundidad. Seguramente, la probabilidad de la confidencialidad de los entrevistados es mayor ante una mujer que ante otro hombre; eso ha permitido configurar el cuidado y vigilancia de la virilidad, “la policía de la virilidad”, que existe entre hombres y que, seguramente, les impide abordar con profundidad y sensibilidad algunos temas relacionados con su intimidad. El hecho de que numerosos padres nos agradecieran calurosamente haberles permitido hablar de estos temas una vez terminada la entrevista, nos dio más confianza en la calidad de la relación sostenida entre las investigadoras y los participantes, además nos confirmó la carencia de tribunas para los hombres donde puedan intercambiar sus experiencias relativas a sus realidades afectivas masculinas.

La duración de las entrevistas fue de 1 hora a más de 3 horas 30 minutos y variaba según los deseos de los padres de hablar. Este tiempo de entrevista ha permitido que dejaran caer ciertas máscaras a lo largo del desarrollo de las entrevistas. Hubo casos de hombres que al inicio habían hablado de una relación “correcta” y tranquila con sus padres y que al final de la entrevista denunciaron sus infidelidades, sus intransigencias o sus grandes irresponsabilidades.

La primera parte de las entrevistas se centró en la imagen que los participantes habían conservado de su propio padre y la relación padre-hijo que se había desarrollado entre ellos. La segunda parte se orientó, principalmente, a su experiencia como padre, sobre lo que deseaban transmitir a sus hijos varones, y lo que retomaban o abandonaban de la manera en que su padre los había educado.

Resultados

Francia

Como primera imagen de su padre, la mayoría de los informantes nos habla de su profesión: “Mi padre era albañil, funcionario, obrero o músico, etc.” y de su tipo de personalidad “de temperamento colérico, blando o gentil” que está ligada al tipo de autoridad que ejercían sobre ellos. Los horarios y las cargas laborales parecen dejar pocas horas para que los hijos puedan jugar o convivir con sus padres.

De la relación con la madre, se puede observar una gran diversidad de situaciones descritas por los participantes. Unos hablan de una bonita relación, de amor y ayuda mutua. Otros nos comentan historias de divorcios, de relaciones turbulentas y hasta de violencia. De manera espontánea, las infidelidades paternas son denunciadas, al igual que el alcoholismo y la irresponsabilidad.

Es notable el hecho de que los hijos mencionan, en primer lugar, las enseñanzas que sus padres les han transmitido, un sentido agudo de la justicia social, ayudando a los refugiados, apoyando las luchas de diversos grupos sociales, participando con ellos en las manifestaciones y debatiendo temas políticos. También destaca que los padres de los participantes han insistido sobre la importancia de mantener la etiqueta y los buenos modales, como saber saludar a la gente y tener buenos modales en la mesa. Mientras, como en los otros universos culturales, se insta a que los hijos varones aprendan a valorar el trabajo bien hecho y a ser personas responsables. Pero, en lo que concierne a la sexualidad, los sentimientos amorosos o cómo tratar a las mujeres se observa un gran silencio por parte de los padres.

La gran mayoría de los participantes expresa que nunca, en su niñez o adolescencia, había pensando o soñado convertirse en padre. Pocos dicen que se imaginaban compartir su vida con una pareja, pero sin tener hijos; mientras unos tantos dijeron que sí habían pensado tener hijos, pero no necesariamente formar una pareja estable y menos casarse.

Todos expresan que la llegada de su primer hijo les ha generado una gran emoción, y la mayoría dice no encontrar palabras para describir tal emoción y que eso les ha cambiado mucho, generalmente convirtiéndoles en personas más responsables. La mayoría de ellos dice haberse involucrado en los cuidados de sus hijos cuando eran bebés. Dicen haber cambiado pañales, aunque eso no era siempre su elección. Los padres más jóvenes son los que más han visto salir a su cónyuge para ir a trabajar, se han enfrentado a las demandas de emancipación femenina y se han visto más involucrados en los cuidados cotidianos de sus hijos o hijas que los padres más ancianos de la muestra.

Del cambio intergeneracional, los hombres dicen no tomar a su propio padre como modelo o consejero, ya que lo consideran como de otra época o como un padre demasiado ausente sea por razones de trabajo u otras circunstancias. Hablan de una cierta soledad, de los pocos espacios que tienen para dialogar sobre los problemas y las dificultades que viven como padres. La pareja es generalmente la persona más indicada para compartir sus dudas y buscar apoyo.

México

En México, la cuestión del rol de proveedor parece extremadamente central en la visión que han tenido los hombres entrevistados sobre su padre. En efecto, muchos de ellos ven a su padre como un hombre que trabajó sin descanso para proveer las necesidades de la familia, preocupado por las carencias económicas: “que sale a trabajar muy temprano por la mañana y que regresa por la noche una vez que ya estábamos acostados”. El machismo y el alcoholismo son también imágenes constantes que destacan de manera importante en las entrevistas. Por otro lado, el hecho de que los fines de semana o cuando los hombres regresaban de viaje todo el hogar entraba en un ambiente de convivio, donde nada era descuidado para celebrar el espíritu familiar, forma parte de los buenos recuerdos que los hijos varones tienen de la presencia paterna.

La complementariedad de los papeles tradicionales del padre, jefe del hogar, y de la madre sumisa, pero reina de su casa, parece ser lo que destaca más de las parejas de padres mexicanos. Las grandes ausencias, sus regresos festejados y sus infidelidades son los otros elementos a agregar para complementar el retrato que guardan los participantes de su familia de origen.

En materia de consejos sobre el amor, la sexualidad y las mujeres, los participantes mexicanos parecen haber sido “beneficiados” en comparación con los varones que provienen de los otros universos culturales incluidos en la muestra. En efecto, la guía paterna se hizo presente para la mayoría de los participantes mexicanos. Los consejos proporcionados van esencialmente en dos direcciones. La primera recuerda que el papel del varón caballero es cuidar y proteger a su mujer porque son como niñas o como “flores frágiles”. La segunda orientación va en el sentido de recordar al hombre la importancia de dominar y controlar a su esposa: “Tú eres el que tiene que portar los pantalones, no dejes que tu mujer te mande […]”. Eso sin contar con algunas lecciones de doble moral: “En el hogar respetas a tu mujer, pero fuera eres un hombre libre”, “Hay que saber hacer la diferencia entre las mujeres que son buenas para acostarse y las otras para casarse”.

La gran mayoría de los hombres entrevistados cuentan que se casaron o se volvieron padres por “las circunstancias”. Es decir, que no es algo que planearon. Dicen haberse enamorado o que “de repente” embarazaron a su pareja y decidieron fundar una familia y sentar cabeza. Solamente una minoría de varones expresa que formar una familia era parte de sus aspiraciones desde la niñez.

No todos los padres relatan de la misma manera el nacimiento de sus hijos o de los primeros contactos que tuvieron con ellos. En efecto, podemos notar que los abuelos, en comparación con los padres más jóvenes, tuvieron más hijos que los demás, ven a la paternidad como algo perfectamente normal, en el orden natural de las cosas o expresando que les reconfortaba su capacidad de procrear. Al contrario, el discurso de los padres más jóvenes es mucho más emotivo. Hay que escucharlos hablar del embarazo y del parto de su cónyuge y de esta mezcla de emociones que han sentido al ver nacer a su hijo o al cargarlo por primera vez en sus brazos. Varios hablan de una transformación personal, que les hizo transitar a la vida adulta: “de una gran felicidad indescriptible (comentando que les hacen falta las palabras) a un sentimiento de una enorme responsabilidad que les asusta”. Este involucramiento emotivo que encontramos más en los jóvenes deja presagiar que los nuevos padres pueden vivir su paternidad con más afectividad y sensibilidad de lo que era posible antes.

En cuanto al cambio de los pañales de sus bebés y otros cuidados, los discursos van en dos direcciones opuestas. Una primera mitad, comenta que poco o nada se involucraron en este tipo de cuidados porque consideran que “las mujeres existen para eso, y que ellos tienen que dedicarse al trabajo”. Mientras, toda la otra parte de la muestra, compuesta generalmente de hombres más jóvenes, consideran como un honor, y no como una vergüenza, involucrarse en el cuidado de su bebé y lo ven como una prueba de amor y de compromiso hacia su bebé y a su cónyuge.

Más que en las otras culturas estudiadas, se hizo evidente a través de los discursos que a los padres mexicanos les importaba mucho que sus hijos varones destacaran en el plano profesional, para tener mejores oportunidades que ellos y formar en su momento una familia.

Varios padres nos comentaron que, si volvieran el tiempo atrás, planificarían mejor el nacimiento de sus hijos e hijas. Algunos dicen haberlos tenido demasiado jóvenes para afrontar las dificultades con madurez; otros tuvieron que encargarse de hijos que no habían deseado, después de una aventura. Uno de los arrepentimientos más sentidos es el de no haber pasado suficiente tiempo con ellos, para jugar, para escucharlos… pues estaban demasiado ocupados en realizarse en el plano profesional y en ganar el dinero necesario para asegurar un mejor futuro a su familia. Tener más paciencia, vivir con menos presión y estar más disponible es, generalmente, lo que los hombres habrían querido para vivir su paternidad de manera más serena y disfrutar más la convivencia cotidiana con sus hijos.

La soledad como hombre y padre de familia resulta también ser un tema mencionado varias veces en su discurso. Destaca, en sus testimonios, la dificultad de cuestionar al padre supremo. En los participantes de Quebec y Francia es mucho más común que los hombres interrogados reprochen a su padre su manera de ser y de educarlos, hasta se prometen a sí mismos no reproducir este mismo modelo con sus propios hijos. Pero, también es frecuente que cuando preguntamos a los participantes mexicanos en qué se parecen a su padre respondan: “Como él, exploto”, “Al igual que él, soy alcohólico”, “Como él, no estoy muy presente…” y siempre agregan: “sin quererlo”. El hecho de repetir los patrones de conducta transmitidos por su padre, a pesar de no desearlo, nos habla de las dificultades que encuentran los participantes mexicanos para romper algunos ciclos y dejar así una mejor herencia emocional a sus hijos.

Quebec

Como en los otros universos culturales presentados precedentemente, el trabajo del padre marca las primeras imágenes que los participantes quebequenses recuerdan de su padre. Los hombres en la edad de ser abuelos cuentan cómo trabajaban al lado de su padre en la misma empresa o negocio familiar como uno de los hechos que ha marcado profundamente su interacción con él. Este tipo de convivencia alrededor del trabajo casi no aparece en los relatos de los participantes más jóvenes. Lo que ilustra un elemento importante encontrado en los discursos de los participantes de Quebec.

En efecto, como en ninguno de los otros universos culturales incluidos en esta investigación, se menciona en los discursos recabados el término de brecha generacional, que se refiere al hecho de que los padres y sus hijos crezcan en universos diferentes en numerosos aspectos. Sin querer desarrollar una tesis explicativa exhaustiva, podemos pensar que los vientos de cambio han soplado con mucha intensidad en esta sociedad y que de una generación a la otra se modificó de manera considerable el paisaje sociocultural, lo suficiente para que se tenga la impresión que padres e hijos se han socializados en sociedades diferentes. Este peculiar fenómeno, identificado como la “Revolución tranquila”, fue un proceso histórico que se caracterizó por un conjunto de cambios socioculturales, demográficos y económicos que modificaron de manera radical las maneras de vivir y de pensar de su población. En otras palabras, Quebec, en menos de 30 años, pasó de ser un pueblo esencialmente rural, de familias extremamente numerosas y tradicionales, viviendo bajo una dictadura política y religiosa, a ser una sociedad moderna, con una taza de natalidad de las más baja en el mundo y caracterizada por volverse mucho más laica, libertaria, feminista y diversa que la mayoría de las otras sociedades occidentales (Dumont, 1991; Godin, 1991). Sin ser la única explicación posible, este fenómeno que permitió salir de “la gran oscuridad” (término elegido para nombrar la época precedente a la revolución tranquila) parece reflejarse en un gran número de los testimonios de los participantes quebequenses.

Por ejemplo, los varones entrevistados nos explican que era muy difícil saber cómo sus padres se llevaban realmente como pareja. Nos dicen que “eran demasiado católicos”, eran gente de deber, unidas de por vida en las buenas y en las malas, lo que les impedía demostrar los sentimientos de amor y desamor o expresar el deseo de divorciarse. Podemos suponer que estos temas no eran discutidos de manera abierta, prevaleciendo un ambiente de pudor entre los padres y los hijos, para hablar del amor y de la sexualidad.

El pasado muy católico de Quebec también se refleja en las enseñanzas que los hombres recibieron de su padre. En efecto, los valores judeo-cristianos alrededor del trabajo y del amor al prójimo parecen haber impregnado casi todos los mensajes transmitidos en el contexto familiar. Se otorgaba mucha importancia a formar honestos trabajadores. La guía paternal inculcó la solidaridad con el que tiene menos, la importancia de asumir sus responsabilidades y una gran valoración de la instrucción.

Esta transmisión de preceptos sobre el trabajo y los diferentes valores humanos que ennoblecen al hombre contrasta con el gran silencio que observamos por parte de los padres acerca de los temas del amor, de la sexualidad y de las mujeres, considerados como tabú y bastante delicados: “Estos temas de por sí no se tocaban”.

La mayoría de los hombres entrevistados dicen que no habían planeado ser padre un día. Que sencillamente es algo que se dio. Pero, otra parte de los participantes cuenta que ser padre realmente era su principal proyecto de vida, que no se veían hacer su vida sin un niño o una niña. Parece ser ésta, de las cuatro sociedades estudiadas, donde encontramos más testimonios de un gran involucramiento en el cuidado de los bebés por parte de sus padres. Nos cuentan cómo se levantaban en la noche, cuidaban casi por completo de sus hijas o hijos mientras la madre trabajaba fuera de la casa o se iba de viaje.

Nos hablan de que les tocó vivir una época bien diferente que la de sus padres. Que las relaciones de pareja no son como las de antes; varios de ellos son divorciados, buscan ser padres más presentes y desarrollar lazos afectivos más profundos con sus hijos. Varios de ellos dicen no tener modelos de hombres o un camino preciso que seguir, vivir su masculinidad y paternidad a través de crisis existenciales y de un cierto cansancio.

Tampoco ellos hablan o proporcionan consejos a sus hijos varones sobre el amor, la sexualidad y las mujeres. Dicen no sentirse preparados y que es mejor que los jóvenes descubran estos asuntos por sí mismos a través de sus propias experiencias o que confían en que la escuela y los amigos les brindan las informaciones que necesitan.

Burkina Faso

Más allá del aspecto laboral, la capacidad de relacionarse bien y de tener una cierta influencia social parece ser la imagen del padre, lo que deja más huellas para los participantes de Burkina Faso. Lo que contrasta con los demás universos culturales estudiados ya que el trabajo del padre y sus diversas implicaciones quedaba como lo más destacado del concepto que se tenía de él. A pesar de que la imagen del padre como trabajador tiene su importancia en Burkina Faso, no es central como en las otras sociedades estudiadas. La imagen del hombre social, a quien se le busca para recibir un consejo y que charla bien, destaca más.

El hecho de que la mayoría de las familias sean polígamas refuerza la importancia de saber manejar las relaciones humanas y se refleja también en el tipo de relación de pareja que describen los participantes cuando hablan de sus padres. El contexto de poligamia hace que los hombres interrogados hablen de la relación de su padre con las madres en general, pero también destacan el estatus de su madre en relación con las otras: precisaban si era la primera esposa con sus privilegios, la más amada o la que fue impuesta a su padre, etcétera. La capacidad de proveer a todas las necesidades es también un tema que destaca. El tema de la infidelidad es denunciado, cuando el padre tomó otra esposa sin pedir la autorización a su primera mujer.

El contenido de los testimonios está impregnado del tema del autoritarismo paternal y marital que se obtiene a través de la violencia física. De manera espontánea los participantes cuentan: “Cuando pienso en mi padre, me pongo a temblar” o “Cuando recuerdo a mi padre, está pegándole a una mujer o a un niño”. Se menciona también cómo los padres disciplinaban o no a las mujeres cuando “hacían tonterías” o cómo lograban “charlar bien” con ellas sin necesidad de pegarles.

Esta misma dinámica se repite con los hombres una vez que son padres. En efecto, los participantes nos comentan que “les pegan bien” a sus hijos para disciplinarlos mejor. Y esto se da a pesar de que la primera imagen que guardan de su padre es de terror, de un hombre que les hace temblar de tanto que golpea a los niños, las niñas y las mujeres de la casa. Esto refleja la dificultad de los padres para experimentar nuevos modelos relacionales. A golpes se hicieron hombres fuertes y valiosos y por esta razón repiten la misma receta con sus mujeres e hijos. Un abuelo nos explicó cómo desprecia profundamente a su propio hijo porque no golpea a su mujer y que sus hijos no le temen. Para él su hijo es un fracasado, que no sabe hacerse respetar como hombre.

La mitad de los participantes dicen no haber recibido ninguna enseñanza sobre el tema del amor, de la sexualidad y de las mujeres. La otra parte de la muestra nos cuentan de los consejos formales que recibieron el día de su primer matrimonio. Unos van en el sentido de no pegar a las mujeres; otros, al contrario, dicen que no hay que dejar que una esposa se ponga caprichosa, que hay que enseñarle quién manda, corrigiéndola a golpes para que entienda o tomando otra esposa para que no se ponga muy exigente. También se les dice que no hay que discutir con ellas en público y que hay que satisfacerlas material y sexualmente para que no busquen en otras partes.

La gran mayoría no se imaginaron ser padres cuando fueran grandes. Solamente algunos de los participantes dicen que a veces se lo imaginaron o se quedaron pensando en este tema cuando eran niños o adolescentes. Algunos explican que su primera esposa fue impuesta por su familia y que en varios casos no la amaba. También, los hombres que aceptan una esposa por respeto a la autoridad familiar sienten una presión social importante para buscar otra esposa para demostrar a los demás y a la sociedad que pueden encontrar una mujer por sí mismos, por mérito propio, es decir, sin la ayuda de sus padres.

A pesar de que casi todos los hombres entrevistados coinciden en que en realidad se casan con las mujeres para que ellas se encarguen de la casa y del cuidado de las niñas y de los niños, un poco más de la mitad de los participantes “admiten” haber colaborado en los cuidados de sus bebés. Estas tareas son consideradas como exclusivamente femeninas y denigrantes para los hombres, pero varios de ellos comentan que se han visto obligados a involucrarse en este asunto en contra de su propia voluntad “ya que no había ninguna mujer alrededor disponible para hacerlo y que el bebé estaba realmente muy sucio o tenía mucha hambre”.

En todas las sociedades, a excepción de Burkina Faso, varios padres participantes nos expresan vivir esta experiencia en un clima de soledad. Estos tipos de sentimientos de aislamiento o de crisis de las masculinidades parecen no manifestarse en una sociedad donde las redes de apoyos están muy desarrolladas tanto para los hombres como para las mujeres. Siempre hay alguien que puede ofrecer un consejo o apoyo, el aislamiento no es un problema vivido como en las otras culturas. En efecto, allí las dificultades se afrontan con más calor humano, la carga de la educación de las hijas e hijos está más repartida a través del grupo social de pertenencia y no descansa directamente sobre los hombros de los padres, como es el caso en los otros universos culturales.

En fin, una paternidad con numerosa prole es sumamente valorada socialmente, lo que impide vivir la paternidad como una pérdida de libertad generando numerosas “obligaciones familiares”, como sucede frecuentemente en Occidente. Al contrario, un hombre que no logra tener descendencia no es considerado como un adulto y su existencia no tendrá sentido ya que no deja ninguna huella de su pasaje en la tierra. Cada hijo que nace, sobre todo si es varón, celebra su fertilidad, su potencia sexual y es señal de abundancia. Aunque últimamente las preocupaciones económicas para poder ofrecer salud y educación a sus hijos empiezan a hacer emerger nuevas formas de considerar la procreación y se empieza a hablar poco a poco del “costo” de la crianza de cada niño o niña.

Los participantes de Burkina Faso son también los únicos que expresan no temer que sus hijos “se vuelvan homosexuales”, ya que consideran “que se trata de un problema exclusivamente del hombre blanco”, que sencillamente este “tipo de perversión” no existe en África. La condena social a la homosexualidad o a otro tipo de comportamiento sexual que no este asociado a la reproducción, como la masturbación o el celibato, es tal que sus expresiones quedan casi completamente invisibilizadas. El matrimonio entre dos personas del mismo sexo es percibido como una verdadera aberración, ya que tampoco se concibe que alguna persona o una pareja puedan no querer tener hijos.

En conclusión

Frente a la amplitud del tema estudiado y al tamaño tan reducido de la muestra, no es posible generalizar los resultados obtenidos en esta investigación. También faltaría profundizar y analizar algunos de los puntos presentados. Varios elementos del contexto histórico, de las diversidades culturales y las relaciones intergeneracionales al interior de cada una de las muestras habrían merecido ser descritos con más detalles y precisión. Pero, la presentación de estas cuatro “postales” quiere ilustrar diferentes rostros de la paternidad y de la construcción de las masculinidades. Varios detalles quedan borrosos y no bien definidos. Se trata de una aproximación impresionista y neo-barroca donde los contrastes son los que dan la luminosidad necesaria para captar el espíritu de cada imagen, donde se expresan verdades contradictorias y múltiples que contextualizan los elementos descritos.

Resulta interesante ver no solamente cómo la paternidad se construye a través de diferentes contextos socioculturales, sino también observar cómo los padres ocupan un papel privilegiado en la reproducción o el cuestionamiento de ciertos patrones hegemónicos al definir la hombría en su sociedad a través del proceso de socialización de sus hijos varones.

Creemos, también, que hacen falta más lugares para el diálogo entre personas que provienen de diversos universos culturales sobre el tema de las masculinidades. Poco sabemos de cómo se construyen las masculinidades y las relaciones de género fuera del continente americano y europeo. Claramente, nos falta todavía conocernos más a nosotros mismos y nuestras numerosas subculturas, pero todavía más saber cómo establecer nuevas formas de comunicación, de comparación y de intercambios que nos permitan abrir los horizontes, descubrirnos mutuamente y establecer puentes fuera de un contexto de imperialismo cultural. Para que la diversidad sea una fuente de enriquecimiento, y no de conflicto y discriminación, hay que buscar las oportunidades de encuentros alrededor de temas e intereses comunes. La paternidad es uno de ellos, pero sobre el camino de la igualdad de género, son todavía abundantes los temas que tenemos que discutir y entender mejor.

Bibliografía

DUMONT, F. (1991). La société québécoise après 30 ans de changements. Institut québécois de recherche sur la culture. Quebec, Canadá.

FIGUEROA, J. G., L. JIMÉNEZ y O. TENA (2006). Ser padres, esposos e hijos: prácticas y valoraciones de varones mexicanos. México: El Colegio de México.

GODIN, P. (1991). La révolution tranquille. Tome 1: La fin de la grande noirceur; Tome 2: La difficile recherche de l’égalité. Quebec, Canadá: Boréal Compact.

HARTOG, G. (2001). Représentations sociales des rapports sociaux de sexe à travers les revendications pour atteindre l’égalité, une étude comparative entre le Sénégal, le Québec et le Mexique. Tesis doctoral. Université Laval. Quebec, Canadá.

1 Guitté Hartog, Doctora en Psicología Social, troisgatos@hotmail.com. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

Fuente: http://www.estudiosmasculinidades.buap.mx/num4/seras.htm Leer más

Los peruanos sufren xenofobia y desempleo en el exterior

La Defensoría del Pueblo informó que el Estado debe mejorar las políticas de protección a los migrantes.

De los tres millones de peruanos que hoy radican en otros países, por lo menos el 50% es ilegal y acude a nuestros consulados buscando asistencia. Las razones: discriminación, desempleo y problemas penales. Así lo informó ayer la Defensoría del Pueblo al presentar un estudio elaborado entre marzo de 2008 y febrero de 2009 en 17 ciudades del extranjero con alta presencia de compatriotas.

Titulado Migraciones y derechos humanos. Supervisión de las políticas de protección de los derechos de los peruanos migrantes, el reporte verificó que el Estado carece de medios adecuados para proteger a nuestros compatriotas migrantes, quienes al año envían al país un promedio de 2, 200 millones de dólares en remesas.

CRISIS. ¿Sabía usted que si un peruano en extrema pobreza muriera en Sao Paulo, nuestro consulado no podría cubrir la repatriación del cuerpo –tres mil dólares aproximadamente– ya que su presupuesto para asistencia humanitaria apenas alcanza los 200 dólares por persona?

La defensora del Pueblo, Beatriz Merino, señaló que esta es la situación de casi todos los 112 consulados peruanos en el extranjero. Por ello, exigió la reformulación de nuestra política migratoria, el incremento de su presupuesto y la elaboración de una base de datos que indique cuántos peruanos sufren hoy problemas.

“A la fecha, quienes deciden dejar el Perú no cuentan con información migratoria adecuada en las principales salidas del país, lo que facilita la incidencia de abusos. También hay que cambiar las normas vigentes porque muchas tienen limitaciones”, manifestó.

El informe fue elaborado con datos y entrevistas a migrantes y a funcionarios consulares radicados en Buenos Aires y Córdoba, en Argentina; en Santiago de Chile, Valparaíso y Arica, en Chile; en Sao Paulo y Río de Janeiro, en Brasil; en Guayaquil y Quito, en Ecuador; en El Alto y La Paz, en Bolivia, así como en Miami, Nueva York, Madrid, Tokio, Milán y Caracas.

Fuente: perú21 Leer más

Alan García burló ley para cobrar millonaria pensión

Demandan al procurador del Congreso iniciar acciones legales para recuperar el millón 600 mil nuevos soles entregados al presidente.

DETALLE

La referida Ley Nº 26519 está firmada por Jaime Yoshiyama, entonces presidente del Congreso Constituyente Democrático (CCD). Fue refrendada por Alberto Fujimori Fujimori el 4 de agosto de 1995 y publicada 4 días después en el diario oficial El Peruano.

El presidente Alan García no sólo estaba impedido éticamente de cobrar pensión y devengados por más de diez años que estuvo fuera del país, sino que además la ley se lo prohibía. El 8 de agosto de 1995 fue publicado en el diario El Peruano el texto de la Ley Nº 26519 que, bajo el rótulo “establecen pensión para ex presidentes Constitucionales de la República”, indica en su artículo 1º que “los ex presidentes gozarán de una pensión equivalente al total de los ingresos de un congresista en actividad”. Sin embargo, en su artículo 2º la ley deja bien en claro que “el referido derecho queda en suspenso para el caso de ex presidentes de la República que hayan sido acusados constitucionalmente por el Congreso, salvo que una sentencia judicial los declare inocentes”.

Según ex congresistas y abogados laboralistas, esta norma no beneficiaba a García, sino que, por el contrario, le impedía cobrar su pensión porque fue acusado constitucionalmente y nunca fue declarado inocente por la justicia, sino que esperó fuera del país, a que prescribieran los delitos que se le imputaban para retornar.

En conversación con LA PRIMERA, la ex parlamentaria Anel Townsend señaló que el mandatario, cuando regresó al Perú, en el 2001, lo primero que hizo fue pedir su dinero en lugar de reconocer que cometió delitos y renunciar a su pensión. “Él (García) se acogió a la prescripción de sus delitos. Si le entregaron toda su pensión y también los devengados, fue porque García lo pidió y argumentó que no había impedimento legal porque le habían borrado sus delitos. Apeló al borrón y cuenta nueva, pero lo cierto es que eludió a la justicia y como dice la ley no le correspondía recibir el dinero”, dijo Townsend.

La ex legisladora comentó que, ante el cobro efectuado, en marzo de 2004, un grupo de parlamentarios y asociaciones recolectaron firmas para demandar que García devuelva la plata y, en respuesta García anunció que sólo iba a cobrar la mitad de su pensión y nada de los devengados, pero nunca cumplió.

Subrayó que a García no le correspondía cobrar ni un sol, ni ética ni legalmente. “Cómo pudo ser posible que le haya cobrado al Estado al que le quitó tanto dinero; él y su abogada Judith de la Mata dijeron ‘borrón y cuenta nueva’, pero no es así y hasta ahora García no explica sus signos exteriores de riqueza. Por lo tanto, los cuestionamientos están vigentes”, remarcó Townsend.

Por su parte, el abogado laboralista Javier Mujica hizo otra interpretación de la referida ley. “Podemos interpretar que como García fue acusado constitucionalmente y no fue juzgado y, por lo tanto no fue declarado ni culpable ni inocente, entonces no le correspondía el pago efectuado”, puntualizó el letrado.

A su vez, el abogado y ex congresista Heriberto Benítez reafirmó que “esta norma le impedía cobrar a García, porque él estuvo acusado constitucionalmente y nunca fue declarado inocente por la justicia sino que esperó que sus delitos prescriban. Está claro que no cumplía los requisitos de la norma vigente aún”.

Añadió que García ya no podía alegar persecución política porque desde 1995 él podía presentarse ante la justicia, pues el Partido Aprista había reconocido la legitimidad del gobierno de Fujimori presentándose a las elecciones, pero eludió a la justicia y esperó que prescriban sus delitos.

Benítez demandó al procurador del Congreso iniciar acciones legales para recuperar todo el dinero cobrado por García, para lo cual debe trabar embargo de los bienes del presidente para asegurar la devolución del dinero. “Si quería reclamar que le paguen debieron entregarle el dinero que le correspondía luego que sus delitos prescribieron, es decir, sólo un par de años y no los más de diez años y devengados que se llevó”, sentenció.

Marcelo Puelles
Redacción

Fuente: La Primera Leer más

Escenarios de guerra y derechos humanos

Para tener en cuenta, preste atención al video y saque sus propias conclusiones.

Veal video en los siguientes enlaces:

Armas bajo control I <— Pulse aquí

Armas bajo control II <— Pulse Aquí

Fuente: Rebelión Leer más

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