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Clases virtuales: mi experiencia.

Cuando comenzó todo esto del aislamiento, una de las primeras medidas fue la modalidad de clases virtuales “temporalmente”. Me pareció genial todo esto: la comodidad de mi hogar, el tiempo ahorrado, evitar el trajín de ir y venir -universidad, casa, biblioteca-, el sin fin de beneficios otorgados por esta disposición.

Como todo buen estudiante me despierto cinco minutos antes de cada clase, enciendo la laptop rápido, subo el volumen de la videollamada, me dirijo a tomar un baño y grito desde la ducha: ¡Presente, estoy aquí! -esto fuera de sonar a broma, es mi realidad y la de todos mis amigos-.Después de la clase, vuelvo a leer el material para disolver mis dudas (pero, siempre termino con mas dudas) y dentro de todo el garabato que hice cuando el profesor explicaba, rescato cierta coherencia de mis escritos y los paso a limpio. Pasan así unas horas, frente al ordenador, solo es escribir, escuchar, leer y ver como aparecen y desaparecen los foros titulados “tareas, prácticas, mas tareas”. Junto a todo esto tenemos que agregarle el dolor de cabeza que me deja el hecho de estar frente a la computador todo el día, mi mirada cansada por el brillo dela pantalla y la voz del profesor en mi mente repitiéndome el nombre de los autores que debo leer para esta semana.

Sinceramente felicidades a quienes pueden sobrellevar esto, yo estoy al borde del descontrol.

 

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