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23° Coloquio

El Coloquio de Historia: Espacio para la interdisciplinariedad y la reflexión

El abogado Wilfedro Ardito Vega,  profesor de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú y especialista en Derechos Humanos y de los Pueblos Indígenas,  nos da testimonio de su experiencia en el Coloquio Internacional de Estudiantes de Historia

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Varias décadas después, pienso que quienes organizaron los primeros Coloquios de Estudiantes de Historia fueron unos visionarios, puesto que se atrevieron a hacerlo en los momentos más difíciles del siglo XX, en medio de apagones, atentados, hiperinflación,   cólera.   Cuando otros consideraban que el Perú era un país inviable,  sin esperanza ni futuro, decidieron comenzar a convocar a alumnos y profesores para compartir sus investigaciones históricas.

 

Quizás en aquel momento, alguien pensó que hablar de Historia era un ejercicio frívolo, propio de quienes se empeñaban a mantenerse en su torre de marfil.   De hecho, me parecía que algunas ponencias eran planteadas así, con abundante erudición y sin ninguna trascendencia para la sociedad.  Sin embargo, un balance de todos estos Coloquios es que nos han permitido reflexionar sobre muchos aspectos contradictorios y difíciles de nuestro país,  como la pobreza, la violencia y la contradictoria manera en que convivimos y rechazamos la diversidad.

 

En mi caso, yo llegué al III Coloquio  desde el otro lado de la PUCP, desde Derecho, en los tiempos en que para obtener el grado de Bachiller había que elaborar una tesis.  Yo escogí una de etnohistoria jurídica, analizando los conflictos jurídicos que la presencia de las reducciones jesuitas había generado entre los indígenas amazónicos en los siglos XVII y XVIII.   En mi Facultad me miraban con respeto, pero nada más, pues era un tema demasiado erudito para que tuviera muchos colegas con los cuales hablar y compartir mis hallazgos.    Había tesis, eso sí, sobre la problemática andina o costeña, muy valiosas, pero no sobre la historia colonial de la Amazonía y menos sobre su relación con el Derecho.

 

En ese contexto, el III Coloquio de Historia fue la oportunidad para compartir las reflexiones sobre la interculturalidad y la problemática indígena. Además, permitía hablar sobre la historia de la Iglesia Católica, intentando la mayor objetividad, sin caer en la idealización o la satanización.

 

Señalo esto porque un problema que encontré era que a algunas personas les disgustaba lo que estaba investigando, especialmente por sacar a la luz que en varios periodos los misioneros jesuitas fueron acompañados por soldados españoles, que llevaban por la fuerza a los indígenas a las reducciones.   Muchos indígenas se escapaban o se suicidaban desesperados, a veces matando primero a sus hijos.  No faltaron varios casos de misioneros asesinados.   Al leer un borrador de mi tesis, una filósofa, ligada a la Compañía de Jesús comentó alarmada:  “Las peores cosas que cuentas son citas de este autor Maroni.   ¿No será alguien que rechaza a los jesuitas?”.   “Maroni es uno de los propios misioneros” tuve que responder “Simplemente estoy citando los informes que escribió”.   

 

No sólo me parecía curioso que los hechos ocurridos hacía varios siglos volvieran a generar polémica, sino que me tocaría vivir una experiencia similar.  Dos semanas antes de la presentación en el Auditorio de Humanidades, me tocó visitar la misión franciscana de Puerto Ocopa, en la selva de Junín, donde vivían millares de asháninkas que habían escapado de los senderistas  y se había instalado una base militar al lado de la misión.   Eran los días en que Abimael Guzmán había sido capturado y había nuevas perspectivas para el Perú.   Precisamente, mi tarea era hablar al respecto con los dirigentes asháninkas, que habían vivido mucho tiempo aislados.   Varios de ellos inclusive requerían un traductor.    El día de mi última charla, se escucharon súbitamente disparos.   Se estaba produciendo un ataque senderista a la misión. Todos los asháninkas empuñaron sus armas y salieron del aula, mientras las mujeres y los niños, ataviados con sus cushmas, corrían desesperados buscando refugio.  Felizmente la intervención conjunta de los soldados y los nativos logró repeler el ataque.  Yo me sentía transportado a los mismos tiempos de incertidumbre y peligro que había descrito en mi tesis, cuando los bandeirantes atacaban las misiones jesuitas para secuestrar a los nativos.   Pensé también que, como en aquellos días,  solamente la fe sostenía al párroco y las religiosas para mantenerse en ese lugar.   

 

Más de veinte años después, pienso que quienes promovieron los primeros Coloquios de Estudiantes de Historia demostraron también mucha fe, fe en que el Perú saldría adelante después de esos tiempos de violencia y dolor.   Y es un grato recuerdo haber compartido esa fe, en los momentos en que era más necesaria.

 

Wilfredo Ardito Vega  

 

Lima, 14 de Abril del 2013

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El Coloquio de Estudiantes de Historia de la PUCP

Francisco Hernández Astete, profesor de Historia de la Pontificia Universidad Católica del Perú y autor del libro “Los Incas y el poder de sus ancestros”, nos da testimonio de su experiencia en el Coloquio Internacional de Estudiantes de Historia.

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Escribir sobre el Coloquio de Estudiantes de Historia en la PUCP supone para mí un ejercicio grato de memoria. De hecho, mi propia vinculación con la especialidad de Historia en la Universidad tiene un referente importante en el coloquio. Asistí, como estudiante de Estudios Generales Letras, como mirón digamos, al Primer Coloquio de Estudiantes de Historia, cuando empezaba la década de 1990, allí pude escuchar a los que entonces eran jóvenes profesores de la Universidad y estudiantes del Postgrado. Rafaél Sánchez-Concha, Juan Luis Orrego, Cecilia Méndez, Juan Carlos Estensoro, Lizardo Seiner y otros más fueron los ponentes de ese primer encuentro. No debemos olvidar por cierto que aunque el coloquio no tiene padre, sí tiene una madre, y esa es la Dra. Liliana Regalado de Hurtado que fue quien acogió la iniciativa de los estudiantes de esa época y convirtió el coloquio en una Institución en la Universidad que poco a poco fue cobrando fuerza y constituyó un ejemplo para todas las especialidades, hoy día todas las especialidades tienen un coloquio, entonces solo Historia los organizaba. Poco a poco siguieron los coloquios. Fue en el IV Coloquio de Estudiantes donde hice mi primer comentario a una ponencia, entonces éramos críticos feroces de nuestros compañeros, quizás sin medir las consecuencias de nuestras críticas. La vida, la formación como historiador seguía su curso y los coloquios seguían organizándose. Integré dos comisiones organizadoras y me acuerdo que éramos felices haciéndolo, festejando cada sol que conseguíamos para el coloquio, recibiendo las tareas y las responsabilidades asignadas que nos daba nuestra infalible asesora. Y digo infalible porque luego de pasarnos horas en su oficina haciendo miles de tareas venía la clase y nos resondraba por no haber podido leer lo que señalaba (un montón por cierto).  Soy, como muchos, uno de los “invitados de piedra” de la clase de la doctora Regalado, creo que de historiografía. Eso nos dolió, a todos, pasar tanto tiempo juntos, saber que ella lo sabía, que no habíamos tenido tiempo de leer y llamarnos convidados de piedra en pleno salón de clase es algo que todavía muchos recordamos.

Y el tiempo, infalible, seguía avanzando. El coloquio seguía allí, todos los años, y nos traía nuevos aires a la especialidad. Fui ponente, luego profesor asesor de algunas comisiones organizadoras, y ahora, casi sin saber cómo, luego de pestañar, resulta que estoy escribiendo este pequeño texto a pedido de un estudiante que integra la Comisión Organizadora del XXIII Coloquio Internacional de Estudiantes de Historia, y eso solo significa que han pasado   XXIV años de aquel viejo primer coloquio al que asistí pues hubo una vez que un grupo de estudiantes, enfrentados con el status quo decidieron que ese año no había coloquio. Francamente solo puedo recordar y celebrar que los estudiantes de Historia sigan tan entusiasmados como siempre en la realización de esta tarea tan especial y tan importante para nuestra Especialidad. En el coloquio se aprende. Se aprende de historia, se aprende de gestión, se aprende a trabajar en grupo, a sentirse responsable de una tarea, se aprende a ser el Anfitrión y lo importante que es trabajar tanto para que por unos días la Historia, pero la que hacen otros, sea la protagonista de nuestras vidas. El coloquio es tiempo de aprendizaje y espero que la tradición continúe.

Francisco Hernández Astete

Lima, 2 de Abril del 2013

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El Coloquio como espacio de debate: Experiencias y testimonio de Eduardo Torres

El historiador Eduardo Torres Arancivia, dos veces ganador del Premio Nacional PUCP y docente de la misma casa de estudio, nos da su testimonio sobre el Coloquio Internacional de Estudiantes de Historia

 

“Cuando tímidamente asomé mi rostro al Auditorio de Humanidades en esa lejana primavera del año 1998 nunca imaginé que iba a estar ligado al Coloquio de Estudiantes de Historia por más de una quincena de años. En tal evento he sido de todo, desde aguatero (literalmente) hasta Coordinador, y de ponente pasé —un buen día— a Profesor comentarista. No obstante, al margen de esas posiciones con sabor a pomposa jerarquía, hay un estadio al que me resisto a renunciar y tal es el de pertinaz y terco concurrente al Coloquio. Cada mes de octubre encuentro la manera de apoderarme de una butaca en ese célebre recinto para desde ahí ver y oír lo que la Historia me puede ofrecer.

En tan maniática experiencia una de las cuestiones que me ha quedado clara — casi como una divisa sagrada consustancial a la labor intelectual—  es el valor de la libertad: libertad para decir, libertad para opinar, libertad para disentir pero, sobre todo, libertad para crear o, como es en el caso de nuestra profesión, para re-crear. A lo largo de estos años, debo decirlo, descubrí lo difícil que es ejercer tan supremo valor.

Recuerdo con claridad el ambiente de 1998. El Coloquio renacía de una compleja crisis y en su reconstitución se me hizo clara una constante que signaba el universo de mis compañeros-colegas: el miedo. Miedo al intercambio de ideas, miedo a equivocarse, miedo a investigar. Lo último era algo grave pues se percibía poco afán para esa labor que debía ser la premisa inicial de cualquier definición de “Historiador”. En todo caso, el entusiasmo de los estudiantes de ese entonces reflotó al Coloquio y éste recibió al nuevo milenio con un brío que se ha visto reafirmado en las etapas posteriores. Los jóvenes historiadores se volvieron avezados y se tornaron más dispuestos a conversar con viejos maestros, contertulios de todo el orbe y colegas de toda universidad en la que los razonamientos de Clio tuvieran cabida. De ahí en adelante se ha bregado con constancia y a veces a contracorriente para que el pasado se vuelva presente.

Posicionado en mi butaca he visto de todo: desde la ponencia monótona y aburrida que se regodea en el dato positivo (en su peor acepción) hasta el atrevimiento juvenil que cree descubrir la pólvora. También he sido testigo de presentaciones que comenzaron en quince páginas para luego transformarse en tesis de licenciaturas y posteriormente en libros. Tal vez ese recorrido es el que más me ha emocionado y se lo deseo a todo aquél que este leyendo estas líneas. Asimismo, he visto al que desentona en la sinfonía del halago fácil (esa que evoca el sonsonete afinado en las tonalidades de “que interesante tu ponencia” o “Felicito al ponente”, que — lamentablemente—aun no se erradica) y al que no cree que puedan estar criticándolo. De la misma manera, he escuchado a historiadores realmente sabios que en menos de diez minutos han sentado cátedra de lo qué es investigar. En otras oportunidades, he sido testigo de cómo la vida fluye en el Coloquio a través del embate certero y la respuesta aún más brava.

Tal vez eso último quisiera verlo más seguido. Soy un convencido de que la Historia y sus seguidores deben regresar a los tiempos del debate político. Falta tan poco para darle la estocada final a ese absurdo positivismo que cree aun en la objetividad de la Historia. Hoy más que nunca todos nosotros debemos tomar partido y el seno de este evento, ya casi treintañero, debe devenir en una palestra que dé explicaciones y aporte soluciones a nuestros compatriotas. Los historiadores estamos para resolver problemas y para comunicar. Nuestro mercado son justamente quiénes no son historiadores. Y ese auditorio, el más importante, lo estamos perdiendo, y desde hace mucho tiempo. Y lo estamos perdiendo porque nos estamos alejando de la función social del oficio. Ésta, a mi entender, implica que subordinemos nuestros gustos por tal o cual tema para atacar lo sustantivo. 

La gente —eso lo he notado— tiene hoy un afán presocrático. En esencia buscan las explicaciones sencillas y el origen —el arjé— de sus males ¿Por qué hay tanta corrupción? ¿Por qué prima el autoritarismo? ¿Quién explica la violencia? ¿Por no hay democracia plena? ¿Qué es pobreza? ¿Por qué subsiste el miedo? ¿Regresará el tiempo de las plagas? ¿Por qué la justicia tarda y nunca llega? ¿Qué es ser moderno? ¿Quién es el indígena en el nuevo milenio? ¿Hubo burguesía en el Perú? ¿Qué hace de la fusión de política y religión algo tan nocivo? Y qué hacemos por responder estas preguntas, tal vez no lo suficiente.

Ojala que el Coloquio se transforme, más temprano que tarde, en uno de los espacios privilegiados para eso que nosotros llamamos alguna vez “los combates por la Historia” y espero que los jóvenes que organizan cada año este evento se atrevan a romper esquemas antes que nos anquilosemos en sarcófagos imaginados. Felizmente este anhelo tiene visos de concreción pues aun somos PUCP, donde la libertad impera”.

                                                                                                                                                           

Eduardo Torres Arancivia

                                                                          

Lima, 16 de febrero del 2013

 

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