Irak y Afganistán: un nuevo modelo de guerra

Por Alberto Castro Villa

Se han escrito miles de páginas en los últimos años sobre el concepto de “Guerra Asimétrica” y sus implicancias para la geoestrategia mundial. Los conflictos entre ejércitos regulares y grupos de terroristas o insurgentes, que antes solo afectaban a países africanos, sudamericanos y asiáticos ahora se llevan a cabo en escenarios alejados de Occidente pero protagonizados por ejércitos occidentales. Estos, con un apoyo relativo de la población autóctona, llevan el peso de la lucha contra nacionales que se envuelven en su bandera y buscan transmitir la idea de luchar por la independencia de su país, cuando en realidad lo que está en juego es mucho más que eso. Me refiero a los casos de Iraq y Afganistán, en los cuales Estados Unidos y sus aliados no han obtenido hasta el momentolos resultados esperados a pesar de sus cuantiosas inversiones en medios materiales y humanos.

If you can’t understand a country just from looking at the cities,

you certainly can’t understand a war just from reading about the battles.

Peter Bergen

(Si no puedes entender un país con sólo mirar sus ciudades,

definitivamente no puedes  entender una guerra leyendo solo sus batallas)

 

El primer precedente moderno de lo que hoy consideramos “guerra asimétrica”, es la “Emergencia Malaya”, allá por los años cincuenta del siglo XX. Las fuerzas contendientes fueron el Ejército británico y los insurgentes comunistas, apoyados directamente por la minoría china del país e indirectamente por la República Popular China e Indonesia. La dirección de las operaciones militares británicas estuvo a cargo del mariscal Gerald Templer, quien pronunció una frase que pasaría a los anales de la Historia Militar: “…la respuesta no está en introducir más tropas en la jungla, sino en los corazones y las mentes de la población.” Templer basó su estrategia en desplazar a unas 500.000 personas desde sus lugares de residencia, acogiéndolas en poblaciones previamente fortificadas. El resultado fue óptimo ya que las bandas de terroristas quedaron aisladas lo que acarreó su derrota hacia 1960.

Posteriormente, los norteamericanos intentaron exportar el modelo a Vietnam y contrataron como asesor al británico Robert Thompson. Sin embargo, el experimento no cuajó y el desastroso resultado es por todos conocido. En Vietnam había que reubicar a millones de personas en vez de a unos cuantos centenares de miles. Así mismo, la insurgencia malaya y la minoría china que la apoyaba, era vista con malos ojos por el resto de la población, cosa que no sucedía con el Vietcong. Por el contrario, en Vietnam del Sur era el gobierno el que era mal visto por su alto grado de corrupción.

Parece ser que existen condiciones sine qua non para que pueda triunfar una operación militar de envergadura en circunstancias como las que aquí se comentan. Estas son, en primer lugar, la necesidad de limitar la ocupación al periodo más breve posible, pues  a partir de un momento dado, el contingente foráneo deja de ser bienvenido y pasa a ser considerado hostil. La otra circunstancia que hay que observar a rajatabla es la necesidad de superar la incomunicación derivada de la inexistencia de un lenguaje común entre ocupantes y ocupados.

De la experiencia en estos teatros de operaciones se han obtenido enseñanzas que intentan ser puestas en práctica, pero cuyo resultado es aún una incógnita. Se busca implementar a marchas forzadas una transferencia de la ejecución práctica de las operaciones y el mando de las mismas a las unidades militares autóctonas, con asesores extranjeros, entre otras cosas, porque ello ayuda al pueblo a identificarsecon los combatientes. Parece que la doctrina de la OTAN en el caso de Afganistán es mantener la presencia de sus cuarteles generales y hacer recaer todo el peso táctico y operacional sobre las unidades afganas.

Personalmente, soy muy escéptico respecto de este replanteamiento, pues al no haberse aprovechado los años iniciales para mejorar sustancialmente las condiciones de  vida de la población civil esta nunca será lo suficientemente receptiva. No pocos consideran que uno de los mayores fallos cometidos por las fuerzas aliadas, tanto en Iraq como en Afganistán, fue un exceso de optimismo al considerar que las poblaciones de ambos países los recibirían con los brazos abiertos. Cuando los iraquíes se dieron cuenta de que había menos trabajo, que tenían menos horas de suministro eléctrico, etc., el entusiasmo inicial se redujo a pasos agigantados.

Otro factor que explica en buena medida el fracaso es la obsesión excesiva por la seguridad propia. En las academias militares se enseña que si bien la seguridad se ha de montar en torno a la hipótesis más peligrosa, la maniobra se elabora conforme a la hipótesis más probable. La observación de una de ellas no debe menoscabar el cumplimiento de la otra. Hay quien piensa que esta obsesión por  la protección de la propia fuerza, será considerada con el tiempo como una causa fundamental de la decadencia militar de Occidente.

Tanto en el conflicto afgano como en el iraquí, se produjo una reacción tardía ante estos problemas. En el caso iraquí ha empezado a dar resultados positivos aunque quizás estos no sean los que se necesiten; en Afganistán está por verse, pero las expectativas no son particularmente optimistas. Con la dirección de los generales Petraeus y McChristall, se inició el cambio de tendencia y la protección de la fuerza dejó de ser considerada el elemento prioritario en las operaciones militares. Ello ha incidido en una mayor cantidad de bajas propias pero ha permitido reducir la percepción negativa de las tropas ante la población nativa. Sin embargo, en los últimos tiempos se ha detenido esta transferencia ante los numerosos casos de atentados contra fuerzas occidentales por parte de personal infiltrado.

 Como colofón a todo ello,  se impone reconocer que aunque los resultados obtenidos no son ni de lejos los apetecibles, los esfuerzos han sido enormes. Pese a que la superioridad de medios materiales es abrumadora por parte de Occidente, los dos factores fundamentales han sido, aparte del esencial factor humano, la lucha contra reloj de las fuerzas occidentales contra la paciencia nativa y por otra parte, el que estas últimas carezcan de reglas de juego y se permitan cualquier tipo de acto, lo que les otorga una ventaja nada despreciable.

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Un pensamiento en “Irak y Afganistán: un nuevo modelo de guerra

  1. Victor Nieto Bonilla

    Hola interesante artículo que demanda complementarlo desde el ordenamiento político y económico para el caso de Irak y por el caso de Afganistan el ordenamiento judicial represivo. Ambos tienen connotaciones desiguales dentro de lo asimétrico. Creemos analizar en base a los intereses económico y sus consencuencias devastadores que en acciones estratégicas militares que ocurrió por parte de EE.UU . para el caso de Irak. Por consiguiente en esta nueva oleada del siglo XXI urge enfatizar la unipolaridad hegémonica arriesgando su presupuesto para someter a los países islámicos. Una realidad que no se puede obnuvilar.
    Victor Nieto Bonilla.Historiador Consultor Social

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