Mis padres son buenos
hipócritas.
No, no son como algunos
de un país llamado Perú.
Son mis padres.
Se levantan de sus tumbas
todas las madrugadas
con los labios azules
y la piel oliendo a legaña.
Se despiertan inmortales
separando la tierra
de mis juguetes, de mi leche.
Ellos trabajan desde la madrugada
(madrugada es cuando las combis
no nos invaden con esas negras eyaculaciones de humo
y los policías mueren de frío)
y llegan a nuestra casa felices
por no verme en todo el día.
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Una gota de orina se desprende
de sus redondas frentes.

Cuando la cucaracha dorada
se cae del cielo,
mis padres,
con un amargo suspiro incrustado
en sus narices,
juegan a ser marido y mujer.
Y porque toda Lima
se conjura contra mí
siempre salgo perdiendo.

Tal vez es así.
Cómo vive un niño...
No sé.
No sé cómo es un niño.
Y es que todos tienen
el mismo color de triste mugre.
Tal vez soy un niño,
pero nadie me lo ha contado.