Artículos con la etiqueta Literatura


Categoría: Escritos varios
Publicado por: a20061001

Visto: 396 veces
http://web.ncf.ca/ek867/2007_07_01-15_archives.html
Crítico, teórico y filósofo de la literatura, Northrop Frye aborda, a partir de preguntas que cotidianamente obviamos por su aparente ingenuidad, la naturaleza literaria del hombre buscando en ella respuestas universales y pertinentes a todos los tiempos y sociedades. La imaginación educada es un conjunto de reflexiones que, aunque “los problemas que plantea la literatura no son del tipo que se pueda ‘resolver’” (p. 10), representa una aproximación acertada a estas cuestiones.

El motivo de la metáfora

El punto de partida de las reflexiones de Frye es la siguiente pregunta: ¿Para qué sirve la literatura? Y para explicar y entender si es que alguna utilidad tiene debemos partir desde nuestra postura hacia (y en) el mundo. Así, Frye nos propone la siguiente situación: somos náufragos en una isla deshabitada que nos es desconocida.

En primer lugar, nos sentiremos ajenos y distantes en ese nuevo mundo, “como algo puesto frente a nosotros y que no es parte de nosotros” (p. 11). Sin embargo, no pasará mucho tiempo antes de que “algo dentro de nosotros” (es decir, los sentimientos o emociones, si nuestro punto de vista es occidental) nos haga considerar la isla un lugar hermoso, ideal para vacacionar; o quizás, el terror nos envuelva y la isla nos parecerá terrible. Y ya sea lo uno o lo otro, nuestra mente también intentará, como cotidianamente lo hace, racionalizar todo aquello que nos rodea. De cualquier forma, ambas actitudes mentales nunca coinciden cuando el mundo se nos presenta como lo hace esta isla, sino que alternan. Nuestra mente no hace más que contemplar el mundo y, quizás, especular sobre él. En este primer nivel mental, se constituye el lenguaje de la conciencia para calificar y nombrar las cosas. La ciencia aparece para describir racionalmente el mundo que nos rodea; y el arte, en contraposición, distingue entre “lo que gusta o disgusta” (p.13).

» Leer más ...

Categoría: Escritos varios
Publicado por: a20061001

Visto: 3137 veces
Para un padre, el calendario más veraz es su propio hijo.
Prosas apátridas, 78

I. Introducción
null
Para el caso de las lecturas críticas y ensayos sobre, y de, Mario Vargas Llosa es indiscutible el telón freudiano que se extiende sobre el escenario y la trastienda. La cuestión edípica ha sido desnudada en sus obras, por él mismo y por sus críticos, con mucha agudeza y perspicacia. Y pesar de que el asunto que hoy nos pone frente a frente no es el estudiar este complejo freudiano en el sustrato de la expresión literaria de los autores peruanos (o latinoamericanos) del boom, debemos decir que el tema de la relación filial y paternal no acaba allí. El problema de la relación padre-hijo se expande en distintos niveles sin despreciar la esfera sicoanalítica. Ese vínculo está ligado a una dimensión de género, social, política, económica, etc. El manejo del recurso sicológico, y algunas veces lacaniano, para la crítica literaria ha sido satisfactorio en gran medida. Desde nuestro humilde punto de vista consideramos que el trabajo en esta línea aún es sustentable siempre y cuando no sea empujado al vórtice de las confusiones y “subliminalidades” y se mantengan patentes los linderos entre la author’s conscious intention y la author’s ‘moi profond’ (Boland 2). El tema que hoy nos reúne, más bien, se inscribe en las reflexiones de corte sociológica acerca de la paternidad de Norma Fuller y el conflicto que existe entre los constituyentes (padre e hijo) de esta relación no lograda e infeliz en tres cuentos de Julio Ramón Ribeyro: “Alienación”, “De color modesto” y “Las botellas y los hombres” (1). En el desarrollo de este informe nos dedicaremos a demostrar que la construcción de un “nosotros funcional” (2) para el vínculo paternal-filial es problemática y que, al fin y al cabo, no es posible hablar de una sólida relación entre padre e hijo. Cada cuento, con sus respectivas particularidades y urdimbres narrativas, mostrará la actitud sediciosa, onerosa, desinteresada, interesada, ríspida, etcétera de los “hombres de la casa”.

II. El padre de Ribeyro
Sin embargo, antes de empezar la tarea que acabamos de proponernos nos embarcaremos en una digresión que es práctica común en el análisis freudiano del Vargas Llosa literario y biográfico. Este excurso no pretende, y no podría por su brevedad, alcanzar el conspicuo nivel de las reflexiones críticas que se han hecho sobre la relación entre el adolescente Vargas Llosa y la aparición, o retorno, de un inesperado padre muerto y su actitud cuasi militar y autoritaria. No obstante, nos permitiremos delinear el carácter de la figura del padre de Ribeyro a partir de sus propias declaraciones; sólo al final podremos evaluar y sopesar la influencia que la figura paterna y familiar tuvo en nuestro autor, y luego en sus manifestaciones literarias (3). En sus “Ancestros” Ribeyro no deja latente la admiración, respeto y cariño por su padre, de quien dice que “poseía una gran distinción física y espiritual, una inteligencia deslumbrante, una perfecta educación, pero trataba a las personas con una cortesía más bien glacial, que podía tomarse por altanería” (29). Subrepticiamente el padre es descrito como un héroe moral, intelectual y saludable, como el ideal del cual nos prendemos para no vernos desarticulados sin pasado ni identidad (masculina). Los caracteres del padre son anhelados por el hijo, y al esbozarlo así se pretende disimular otra imagen. El nombre que pesaba sobre el padre era toda una herencia digna de envidiar. Cuando era muy joven el futuro padre de Ribeyro quedó al frente de una nada despreciable herencia que “le garantizaba una vida holgada” (25). Siguiendo la tradición familiar, aunque de mala gana, este joven heredero no tuvo más opción que abocarse al estudio del Derecho. Pero junto con los estudios y el incremento de su cultura académica llegó la bohemia intelectual que degeneró en ocio y vicio “acompañado de excesos –recuerdo haberle oído hablar de jaranas que duraban una semana- lo que unido a la fragilidad de su complexión comprometieron gravemente su salud. . . . Es así que sin profesión, sin salud, sin fortuna, sin relaciones con su rica familia paterna, se encontró por primera vez enfrentado brutalmente a la vida” (25). El padre de Ribeyro nunca gozó de buena salud, a diferencia de su madre, y hasta abusó de ella. Era un sobreviviente de una descendencia condenada por la genética. “Por ello fue de salud muy frágil y contrajo todas las enfermedades posibles” (24). Ahora se destaca una figura paterna descrita por la inseguridad y la debilidad. El padre de Ribeyro tuvo una relación con su padre (abuelo de Julio Ramón) marcada por la distancia originada luego de la separación con su madre. “Mi padre se quedó con su mamá y se distanció de su papá, de quien siempre lo escuché hablar con respeto pero fríamente” (24). Está experiencia marca en el padre de Ribeyro el sesgo de una vida incompleta que sólo halla su complemento en la figura femenina de su madre, “mujer extraordinariamente atractiva” y de un “espíritu muy vivaz y ocurrente” (24), y de su futura esposa, madre de Julio Ramón, “huérfana de padre . . . necesitaba una presencia varonil a su lado que la abrigara de las dificultades de la vida” (29). Según nuestro autor, sus padres nunca mostraron entre ellos un “amor arrebatador” y para él esto es síntoma de que “el matrimonio, en un noventa por ciento de los casos, obedece a razones extraamorosas” (29). El hombre “inconcluso” que era su padre, quien le inculcó el aprecio por la cultura y literatura francesa, queda evidenciado en la siguiente confesión de Ribeyro en una entrevista: “uno de sus sueños fue siempre el de venir a París, conocer París –pero nunca pudo realizarlo. . . . Entonces venir a París fue también una forma de cumplir un deseo que mi padre no pudo realizar. Yo viajaba un poco en su nombre, en su representación. Él había muerto ya” (107). Ribeyro tuvo un padre de sueños frustrados, enfermizo, que partió pronto y que dejó en él la impronta de una imagen paterna ineficiente (4).


» Leer más ...

Categoría: Escritos varios
Publicado por: a20061001

Visto: 8192 veces
Recurrir a un medio audiovisual siempre es liberador. El cine ofrece perspectivas que, por estar en otro plano, no otorga la apasionante lectura. Es tal su influencia que luego de ver la adaptación cinematográfica de nuestra novela es imposible pensar en ella sin desligarla de la motivación y el recuerdo visual que la película ha causado en nosotros. Con ella han surgido algunas ideas nuevas y otras similares que nacieron con la novela, y no podía ser para menos. En primer lugar, empezaremos planteando un deslinde básico entre lo escrito y lo audiovisual. Tomaremos cierta distancia del texto escrito para poder sumergirnos en el mundo sensible del cine. Luego, dirigiremos nuestra atención hacia uno de los personajes: Ricardo Arana, el esclavo. Nos proponemos explorar su relación con los otros personajes y los conflictos que los rodean.
null

No faltará alguien que diga que la película no le llega “ni a los talones” a la novela, que no se le puede comparar y que la versión fílmica no ha representado todos los episodios narrativos. Así, se va configurando un recelo frente a la película que desemboca en prejuicio y, desde luego, en la idea de que el cine no puede ser un tema serio de reflexión (1) . Es a esto a lo que me gusta llamar la “crueldad socrática”. A continuación, desarrollaremos esta idea (2) procurando no desviar el cauce de este breve informe. Cuando Sócrates reconoció en la razón un nuevo ordenamiento del mundo se valió de él para reinterpretar la realidad, pero ya no al estilo sensible y contingente. La mayéutica era su propio “estilo” concebido a partir del oficio de matrona de su madre. El objetivo, buscar el alumbramiento de la razón en las almas de los hombres. El método, el embriagador interrogatorio socrático aplicado al interlocutor. Sin duda alguna, los límites de la razón no estaban determinados ni se sabía con certeza acerca de su continente (3) , pero Sócrates no tuvo reparo en ello y muy inteligentemente abordó a los desprevenidos poetas y artistas (cineastas) confundiendo distintos planos debido a que la razón se mostraba ilimitada e invasora de otras esferas en las que ella no tenía cabida. El arte de aquellos no necesariamente se regía por los patrones racionales de Sócrates. Él les acosaba con preguntas acerca de las “razones” de sus obras. Aquellos no sabían qué responder. El filósofo demostraba en ellos la ignorancia y la acientificidad entendida como falta de racionalidad. Nosotros, simples mortales, no podríamos tener nada en contra del padre de Occidente; sin embargo, ¿acaso no es cruel esta actitud socrática? Mutatis mutandis, es como si le exigiéramos a la película sustentar en su desarrollo las motivaciones propias de esta magnífica novela. ¡No hay parangón, pues! El que una película se base en un texto escrito no debe implicar su sometimiento. Al contrario, el cine por su valor audiovisual nos otorga espacios para la sensibilidad y posibilidades de un universo mayor. Ambos puntos de vista deben viajar paralelamente. Así, tendríamos una concepción mucho más lograda: un universo bidimensional, complementario y único llamado La ciudad y los perros. Respecto a este punto no queda más por decir. En resumen, la película es el complemento de nuestra novela; se ubica en otro plano, pero no por ello debe ser menos apreciada.

No nos ocuparemos en resumir la película, ya que esta tarea sería innecesaria. Más bien, trataremos de analizar el desarrollo del personaje de Arana en consonancia con su entorno. Unos de los patrones que rigen la vida en el colegio militar es la masculinidad, exacerbada en comportamientos violentos, sexuales y transgresores de un supuesto orden disciplinario. El cadete que se mueve en este esquema es “más hombre” y el que no, “maricón” como el Esclavo. Y mostrar la masculinidad frente al maricón es importante, ya que lo contrario podría interpretarse como ausencia de virilidad. El Poeta hace gala de su hombría delante (y a solas) del Esclavo. No tiene ningún inconveniente para hablar de “hembras” con un instinto sexual. Él no es un caballero (un imbécil) con las mujeres como sí lo es Arana. Éste último les manda cartas de amor; Alberto tiene plancitos y se “hace la paja” o, por lo menos, lo dice. El carácter machista sexualizado del Poeta le confiere, como en nuestra sociedad, cierta superioridad sobre todo lo identificable con lo femenino y amariconado. Alberto ve en Arana a un subordinado; suele llamarlo “chiquillo”. Un hombre – o lo que los cadetes consideran lo que debe ser un hombre-, además, sabe controlar sus debilidades y el sentimentalismo que parece propio de las mujeres más que de los hombres. Alberto le aconseja esto al Esclavo: que aprenda a controlarse frente a tantos fines de semana consignado. Esta debilidad y sentimentalismo es condenado también por los altos mandos del colegio. El coronel y director del plantel, luego de la muerte de Arana, sentencia que en el ejército no tienen lugar los errores ni el sentimentalismo que son fatales y criminales. Existe un personaje emparentable con Ricardo (4) : el profesor del examen. Este virtual César Moro no tiene ni autoridad ni hombría para enfrentar a la jungla de alumnos encabezada por un astuto Jaguar. Es un “maricón” como Arana por no jugar en el esquema que propusimos líneas arriba. El teniente Gamboa sí es un “macho” que hace respetar a un profesor afeminado. Es como si fuera el “Alberto” de este ocasional guardián del examen de química. Fernández también, y tan solo luego de la muerte de su compañero, defiende la memoria de Arana y hace que se le respete. Un macho – y es válido decir que un cadete y un militar también- no es un “soplón”. Los soplones son maricones que han roto este sistema de secretos entretejido en las cuadras por los cadetes. Ricardo es un soplón; y aunque el Poeta también lo es, para el Jaguar – el más macho y por tanto nada soplón- es diferente porque si se cae en este hoyo vergonzoso por defender a un amigo la carga es menos “achivatada” y la hombría se rescata en alguna medida.

» Leer más ...