Para un padre, el calendario más veraz es su propio hijo.
Prosas apátridas, 78

I. Introducción
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Para el caso de las lecturas críticas y ensayos sobre, y de, Mario Vargas Llosa es indiscutible el telón freudiano que se extiende sobre el escenario y la trastienda. La cuestión edípica ha sido desnudada en sus obras, por él mismo y por sus críticos, con mucha agudeza y perspicacia. Y pesar de que el asunto que hoy nos pone frente a frente no es el estudiar este complejo freudiano en el sustrato de la expresión literaria de los autores peruanos (o latinoamericanos) del boom, debemos decir que el tema de la relación filial y paternal no acaba allí. El problema de la relación padre-hijo se expande en distintos niveles sin despreciar la esfera sicoanalítica. Ese vínculo está ligado a una dimensión de género, social, política, económica, etc. El manejo del recurso sicológico, y algunas veces lacaniano, para la crítica literaria ha sido satisfactorio en gran medida. Desde nuestro humilde punto de vista consideramos que el trabajo en esta línea aún es sustentable siempre y cuando no sea empujado al vórtice de las confusiones y “subliminalidades” y se mantengan patentes los linderos entre la author’s conscious intention y la author’s ‘moi profond’ (Boland 2). El tema que hoy nos reúne, más bien, se inscribe en las reflexiones de corte sociológica acerca de la paternidad de Norma Fuller y el conflicto que existe entre los constituyentes (padre e hijo) de esta relación no lograda e infeliz en tres cuentos de Julio Ramón Ribeyro: “Alienación”, “De color modesto” y “Las botellas y los hombres” (1). En el desarrollo de este informe nos dedicaremos a demostrar que la construcción de un “nosotros funcional” (2) para el vínculo paternal-filial es problemática y que, al fin y al cabo, no es posible hablar de una sólida relación entre padre e hijo. Cada cuento, con sus respectivas particularidades y urdimbres narrativas, mostrará la actitud sediciosa, onerosa, desinteresada, interesada, ríspida, etcétera de los “hombres de la casa”.

II. El padre de Ribeyro
Sin embargo, antes de empezar la tarea que acabamos de proponernos nos embarcaremos en una digresión que es práctica común en el análisis freudiano del Vargas Llosa literario y biográfico. Este excurso no pretende, y no podría por su brevedad, alcanzar el conspicuo nivel de las reflexiones críticas que se han hecho sobre la relación entre el adolescente Vargas Llosa y la aparición, o retorno, de un inesperado padre muerto y su actitud cuasi militar y autoritaria. No obstante, nos permitiremos delinear el carácter de la figura del padre de Ribeyro a partir de sus propias declaraciones; sólo al final podremos evaluar y sopesar la influencia que la figura paterna y familiar tuvo en nuestro autor, y luego en sus manifestaciones literarias (3). En sus “Ancestros” Ribeyro no deja latente la admiración, respeto y cariño por su padre, de quien dice que “poseía una gran distinción física y espiritual, una inteligencia deslumbrante, una perfecta educación, pero trataba a las personas con una cortesía más bien glacial, que podía tomarse por altanería” (29). Subrepticiamente el padre es descrito como un héroe moral, intelectual y saludable, como el ideal del cual nos prendemos para no vernos desarticulados sin pasado ni identidad (masculina). Los caracteres del padre son anhelados por el hijo, y al esbozarlo así se pretende disimular otra imagen. El nombre que pesaba sobre el padre era toda una herencia digna de envidiar. Cuando era muy joven el futuro padre de Ribeyro quedó al frente de una nada despreciable herencia que “le garantizaba una vida holgada” (25). Siguiendo la tradición familiar, aunque de mala gana, este joven heredero no tuvo más opción que abocarse al estudio del Derecho. Pero junto con los estudios y el incremento de su cultura académica llegó la bohemia intelectual que degeneró en ocio y vicio “acompañado de excesos –recuerdo haberle oído hablar de jaranas que duraban una semana- lo que unido a la fragilidad de su complexión comprometieron gravemente su salud. . . . Es así que sin profesión, sin salud, sin fortuna, sin relaciones con su rica familia paterna, se encontró por primera vez enfrentado brutalmente a la vida” (25). El padre de Ribeyro nunca gozó de buena salud, a diferencia de su madre, y hasta abusó de ella. Era un sobreviviente de una descendencia condenada por la genética. “Por ello fue de salud muy frágil y contrajo todas las enfermedades posibles” (24). Ahora se destaca una figura paterna descrita por la inseguridad y la debilidad. El padre de Ribeyro tuvo una relación con su padre (abuelo de Julio Ramón) marcada por la distancia originada luego de la separación con su madre. “Mi padre se quedó con su mamá y se distanció de su papá, de quien siempre lo escuché hablar con respeto pero fríamente” (24). Está experiencia marca en el padre de Ribeyro el sesgo de una vida incompleta que sólo halla su complemento en la figura femenina de su madre, “mujer extraordinariamente atractiva” y de un “espíritu muy vivaz y ocurrente” (24), y de su futura esposa, madre de Julio Ramón, “huérfana de padre . . . necesitaba una presencia varonil a su lado que la abrigara de las dificultades de la vida” (29). Según nuestro autor, sus padres nunca mostraron entre ellos un “amor arrebatador” y para él esto es síntoma de que “el matrimonio, en un noventa por ciento de los casos, obedece a razones extraamorosas” (29). El hombre “inconcluso” que era su padre, quien le inculcó el aprecio por la cultura y literatura francesa, queda evidenciado en la siguiente confesión de Ribeyro en una entrevista: “uno de sus sueños fue siempre el de venir a París, conocer París –pero nunca pudo realizarlo. . . . Entonces venir a París fue también una forma de cumplir un deseo que mi padre no pudo realizar. Yo viajaba un poco en su nombre, en su representación. Él había muerto ya” (107). Ribeyro tuvo un padre de sueños frustrados, enfermizo, que partió pronto y que dejó en él la impronta de una imagen paterna ineficiente (4).