CENTENARIO DE RICARDO PALMA.

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ENTRE TAPADAS, APARICIONES, LO RELIGIOSO Y LO SATANICO, SURGIO EL ESPEJO DE LA LIMA VIRREYNAL. CENTENARIO DE LA MUERTE DE RICARDO PALMA.

Hubo entre nosotros desde mediados del siglo XIX hasta los primeros años del XX, una suerte de mago, de alquimista de la palabra escrita, llamado el “príncipe del ingenio”, don Ricardo Palma Soriano. En su ilustrada, irónica e irreverente pluma, cobraron vida conquistadores, virreyes, cortesanas, obispos, generales, héroes civiles y militares, en fin, mujeres de enjundia y poder (las “hijas de Eva”, como le gustaba llamarlas). Sus Tradiciones Peruanas, constituyen hasta hoy el retrato verídico, hecho desde adentro, al recrear la vida y obra de sus personajes, de la vida peruana y limeña en especial, desde la conquista hasta la república de comienzos del mil novecientos, pasando por la colonia y la gesta libertadora.

Hace pocas semanas, el 6 de octubre de este año, se cumplieron 100 años de la partida de Palma en su casa de Miraflores, hoy convertida en Museo (por esas coincidencias de la historia, casa situada a escasos metros de la casa, hoy museo también, del gran historiador y diplomático, don Raúl Porras Barrenechea.

Este centenario, invita a realizar un justo recordatorio y homenaje a este entrañable patriarca de nuestras letras. Ricardo Palma nació en Lima, según las versiones más autorizadas, en febrero de 1833. Hasta que se estableció como linguista, escritor y tradicionista luego de la guerra con Chile, tuvo una vida aventurera plena de acontecimientos, apasionadas lealtades políticas y viajes, muchos viajes. Fue marino mercante, periodista, poeta. Vivió en Santiago de Chile, donde hizo importantes amistades que luego le servirían para recuperar los libros robados de la Biblioteca Nacional, también visitó Europa más de una vez; se dice que estuvo al lado del secretario de guerra, José Gálvez, en la torre de la Merced, durante el combate del 2 de mayo de 1866 contra la flota española, siendo testigo del violento fin de Gálvez.

Sufrió como pocos la guerra del Pacífico, cuando la casa que había construido recientemente, por su matrimonio, fue quemada y destruida por la soldadesca chilena tras la batalla de San Juan (enero de 1881). Tras la desgracia que significó para el país dicho conflicto, y ya al frente de la renacida Biblioteca Nacional, se encargó en un largo y paciente trabajo, de recuperar buena parte de los volúmenes que el invasor había hurtado para llevárselos a Chile, por lo que se ganó el merecido mote de “el bibliotecario mendigo”

Palma, por supuesto, y como cualquier gran hombre, tuvo una vida marcada por grandes contradicciones (en eso radica la grandeza, en trascender a pesar de las contradicciones e imperfecciones de la condición humana). En el caso de su rol como director de la Biblioteca Nacional, es conocido, como se ha señalado, su enorme esfuerzo y dedicación, tras la guerra, en recuperar los cientos de ejemplares que hurtó el invasor, sin embargo, poco se conoce que Palma apoyó activamente la labor de saqueo del mando chileno, incluso clasificando los volúmenes que iban a ser trasladados a Chile (al respecto, existe el testimonio del abogado y capitán del ejército de ocupación, José Miguel Varela, quien justamente fue comisionado por el almirante Lynch para realizar esa labor) (x).

Es también conocida su rivalidad, política y podríamos decir, “profesional”, con el inmenso Manuel Gonzáles Prada, quien lo acusaba de asumir en sus historias, la visión españolizante, decadente, tradicional y clasista, hija de la colonia y de la independencia.

Pero más allá de estos desencuentros o incoherencias que podrían explicarse por el contexto que le tocó vivir, nos quedamos con el magnetismo atrapante de sus tradiciones, historias plenas de enjundia y colorido, que aprendimos a devorar desde muy niños.

Para terminar, no podemos dejar de mencionar una incompleta relación de nuestras tradiciones preferidas, las que casi conocemos de memoria:  “Los caballeros de la capa”, o la conjura de los almagristas para asesinar a Francisco Pizarro, “El peje chico”, y la desmedida codicia humana por las riquezas materiales; “Pan, queso y raspadura”, o los prolegómenos de la batalla de Ayacucho;  “El alacrán de fray Gómez”, o la naturalidad para hacer milagros del fraile mercedario; “La proeza de Benítez”, o la implacable justicia de Salaverry; “El secreto de confesión”, o la brutalidad del inflexible Rodil y claro, “Un montonero”, más que tradición, el relato recogido de versiones chilenas de los últimos momentos de Leoncio Prado en Huamachuco.

Cierro este recuerdo con el último párrafo de dicha tradición, a la que guardo especial cariño, puesto que mi abuela Rosa Alva, me la enseñó cuando muy niño:

“Ninguna idea triste nublaba su rostro, veía sin zozobra agotarse el dulce líquido, sabiendo que en el último sorbo estaba la amargura. Bebió tranquilo el último trago, tocó con energía la cuchara en el pocillo, y cuatro balas diestramente dirigidas le hicieron dormir el sueño eterno”.

 

JMC

 

 

(x). ver la obra “La muerte acampa en Chorrillos”, de Guillermo Párvex, Penguin Random House. Grupo Editorial SA, Lima, 2018.

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