FLORES DE LA DEMOCRACIA

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Hace poco más de un año, publiqué en este blog una modesta reflexión sobre el rol, que lamentablemente más como víctima, le correspondió jugar a la mujer española durante la guerra fratricida iniciada formalmente el 18 de julio de 1936. Escogí, por cierto arbitrariamente, la historia de cuatro valientes y decidas mujeres, todas ellas víctimas del odio y la insania del respectivo bando, enemigo de sus ideas y su modo de vida. Sin embargo, creo necesario incorporar una historia más, aprovechando que hace apenas unos días (5 de agosto), se cumplieron 79 años de la ejecución de las llamadas por la historia y sobre todo por el entrañable recuerdo popular, “Las Trece Rosas”.

¿Quiénes fueron las 13 rosas?, fue el nombre que muchos años después de su cruel muerte, se dio a un grupo de trece jóvenes, la mayoría integrantes de las juventudes socialistas y comunistas de la república, apresadas y luego ejecutadas en los primeros meses transcurridos desde la finalización de la guerra civil, es decir, cuando la república había sido ya finalmente vencida.

Su historia es en la actualidad, bastante conocida; tras el fin de la contienda y la ocupación de Madrid por las tropas nacionales en abril de 1939, los sobrevivientes miembros de los partidos de izquierda que sostuvieron por 3 años la bandera de la república, pasaron a la clandestinidad, en el empeño de organizarse nuevamente bajo condiciones en extremo difíciles, cuando la persecución y represión franquista estaba en su apogeo. Este esfuerzo duró muy poco tiempo, por cuanto el encargado de organizar y agrupar a los dispersos, José Pena Brea, de solo 21 años, y miembro de la Juventud Socialista Unificada (JSU), fue detenido mediante delación y obligado, bajo tortura, a identificar a los demás integrantes de la naciente organización, tanto hombres como mujeres.

Entre abril y mayo de ese año se detuvo a unos 400 jóvenes de ambos sexos, en el caso de las mujeres, la mayoría luego de ser torturadas fueron derivadas a la madrileña presión de Ventas, donde fueron confinadas sin cargos, bajo extremas condiciones de reclusión. La situación de los detenidos empeoró dramáticamente, cuando el 27 de julio de 1939, fue asesinado en la carretera de Extremadura, a la salida de la capital, el comandante Isaac Gabaldón, importante integrante de los servicios de inteligencia franquista, especializado en la infiltración y delación de los grupos de resistencia. En el atentado murieron también el chofer del militar y una hija de este.

El crimen, impactó sobremanera en el naciente régimen autoritario que se había impuesto a sangre y fuego en España, el gobierno lo tomó como un inesperado desafió a su poder, además, cometido por quienes se creía completamente derrotados. Poco importó que desde las primeras investigaciones se advirtiera que el ataque había sido cometido por ex milicianos socialistas, que huían de Madrid; (1), el régimen advirtió sobre una “nueva y temible conspiración comunista” orquestada desde la clandestinidad. Se decidió entonces aplicar un castigo ejemplar que sirviera de escarmiento y también de advertencia.

El 4 de agosto se celebró en Madrid, un primer consejo de guerra sumarísimo contra 67 detenidos, de los cuales fueron condenados a muerte 65 personas, todos ellos miembros de las JSU, siendo fusiladas al día siguiente 63, ninguna de las cuales había tenido nada que ver con el atentado. El 7 de agosto, dos días más tarde, se fusiló también a un número indeterminado de hombres condenados en otro juicio similar; pocos días después se condenó a muerte a 21 jóvenes más.

Entre los primeros 63 ejecutados el 5 de agosto contra las tapias del cementerio de la Almudena en Madrid, estaban trece jóvenes mujeres, las protagonistas de nuestra historia, la hoy conocidas como las Trece Rosas. Nueve de ellas eran menores de edad (tres de sólo 18 años), pues en ese tiempo la mayoría de edad estaba establecida en los 21 años, todas se encontraban en prisión con mucha anterioridad al atentado contra el comandante Gabaldón.

  • Las 13 Rosas, fueron: Carmen Barrero Aguado (20 años, modista, militante del Partido Comunista Español (PCE), Martina Barroso García (24 años, modista, integrante de las JSU), Blanca Brisac Vázquez (29 años, pianista). Dejó un hijo pequeño. Pilar Bueno Ibáñez (27 años, modista, militante del PCE), Julia Conesa Conesa (19 años, modista, afiliada a las JSU), suya es la famosa frase pronunciada momentos antes de le ejecución: “Que mi nombre no se borre en la historia“, Adelina García Casillas (19 años, activista de las JSU), Elena Gil Olaya (20 años, activista de las JSU), Virtudes González García (18 años, modista, integrante de las JSU), Ana López Gallego (21 años, modista, militante de las JSU), Joaquina López Laffite (23 años, administrativa, era la secretaria del Comité Provincial clandestino de las JSU), Dionisia Manzanero Salas (20 años, modista, afiliada al PCE), Victoria Muñoz García (18 años, activista de las JSU), Luisa Rodríguez de la Fuente (18 años, sastra, afiliada a las JSU).

Este vulgar asesinato, no pasó empero desapercibido a pesar del velo de censura que el régimen se había encargado de tejer a su alrededor. En Francia, por ejemplo, se supo del crimen a los pocos días y una ola de protesta se alzó contra Franco y su camarilla, no obstante, fue recién en los años setenta con la muerte del dictador y la vuelta de la democracia, que el caso de las “Trece Rosas” cobró enorme fama, hasta convertirse hoy en símbolo de la lucha de las mujeres por la democracia y el cambio social.

Cada 5 de agosto, colectivos vinculados al PCE, movimientos feministas y el pueblo de Madrid en general, rinden homenaje a estas mujeres en el cementerio de la Almudena, lugar de su ejecución, frente a la Placa conmemorativa instalada durante el 70 aniversario del asesinato (5 de agosto del 2009), en donde figuran los nombres y apellidos de estas nobles víctimas. De seguro, el próximo año, al cumplirse el 80 aniversario del suceso, veremos actos y conmemoraciones aún más impactantes.

Decía que una de las víctimas, Blanca Brisac, dejó un hijo pequeño, Enrique, entonces un niño de 10 años. La familia de Blanca, que curiosamente era de derechas y muy católica, recibió la carta que ella escribió a su hijo la misma madrugada del día en que sería fusilada. Recién 16 años después, esta llegaría a manos de Enrique, la carta aún se conserva como un tesoro por la familia.

Esta dramática despedida, no sólo es un ejemplo del más puro amor filial, es también, pese a lo terrible del momento, la luz de esperanza que deposita una inocente mujer en el futuro, a través del camino que le señala al hijo, en ese joven que deberá crecer sin odios, ni resentimientos, perdonando inclusive a quienes lo dejaron huérfano a tan corta edad (su padre, Enrique García, esposo de Blanca, fue fusilado el mismo día, en el mismo lugar). Las palabras finales de la carta, un testamento de amor en toda regla:

“Te seguiría escribiendo hasta el mismo momento… pero tengo que despedirme de todos. Hijo, hijo, hasta la eternidad”

 

 

(1). Recientes investigaciones sobre el atentado contra Gabaldón, sugieren que los autores intelectuales del mismo, fueron, en realidad, miembros del propio aparato represivo franquista, temerosos que este revelara los nombres de relacionados, en el pasado, con la república, los partidos de izquierda o la masonería.

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