La noticia del periódico “El Blablador” mostraba en primera página una noticia sensacional, o alarmante, o escandalosa:
Noticia se produjo en nuestra ciudad
PROBOS CIENTÍFICOS DESCUBREN
CUÁNDO SERÁ EL FIN DEL MUNDO
Sobre la mesa del Café “Con Leche”, se extendía uno de esos periódicos. Y sobre el periódico, unas gotas de café se depositaban a medida que caían de una taza sostenida en lo alto. Visto de perfil, el individuo que sostenía aquella taza daba la impresión de ser el resultado caprichoso de un sistema geométrico que no le favorecía: su sombrero gris semejaba un trapecio que cubría parte del cuadrado que era su cabeza, de cuyo costado sobresalía un pinza triangular similar a una nariz. El abrigo que usaba le cubría hasta más abajo de las rodillas y tenía el corte clásico de los detectives que hiciera popular Columbo en su serie de televisión.
El individuo leía con atención, al menos, eso parecía. Tal vez lo único seguro era que leía, aunque con precisión, lo definitivamente seguro era que Elliot Nerd era un individuo.
La noticia decía así:
“No obstante las dudas, varios científicos del Instituto Científico han coincidido en señalar que sólo faltan dos siglos para el fin del mundo, porque al siglo XX le sucederán, inevitablemente, los siglos YY y el ZZ. Sin embargo, varios anticientíficos del Instituto Anticientífico, indican que tales teorías son el resultado de un hablar al cuadrado (es decir, hablar por hablar) y que estudios más precisos indican que el mundo llegará a su fin exactamente su último día, lo cual es un dato más preciso”.
Elliot Nerd dobló el periódico y lo colocó bajo su brazo. Dejó la taza de café a medio tomar y en un alarde de supremo entendimiento, relacionó la noticia con la llamada que había recibido la tarde anterior en su oficina. La llamada consistió en tres llamas que aparecieron de pronto en su puerta, con carteles colgados a sus cuellos que decían: la primera “El fin del mundo está más cerca de lo que parece”; la segunda “Yo sé cómo evitarlo y si usted quiere salvar a la humanidad, reúnase conmigo en calle Extinción 98”; y la tercera “OJO. Le pagaré en dólares. Firmado: El Profesor y su ayudante IGORgojo.”
En toda su carrera de detective, Elliot Nerd nunca había tenido una oportunidad semejante. Una descarga mezclada de nerviosismo y excitación sacudió sus extremidades y se posesionó de su estómago, motivando una necesidad apremiante de evacuación. Llegó al baño faltando dos milésimas de segundo para la catástrofe. Allí, sentado, cumpliendo con éxito su labor, continuó meditando sobre la oportunidad que tenía entre manos. ¡Increíble! Si aceptaba el caso, estaba a un paso de lograr sus sueños, tenía ante sí la misión más anhelada por cualquier colega, por fin iban a dar fruto los duros quince días que duró su curso por correspondencia. Tanto sacrificio lo había hecho merecedor de una empresa tan sublime: ¡Iba a ganar en dólares!
Con el estómago en paz, los impuestos por usar baños públicos abonados al recaudador, la cuenta del café pagada, y cinco kilos de emoción en el cuerpo, tomó un taxi para que lo llevaran a la calle Extinción 98.
Nerd siempre viajaría en taxi. Él no sería como esos tantos otros de la televisión que se dejan identificar por un vehículo determinado. Él sería una sombra, un objeto traslúcido que podría recorrer la ciudad, protegerla de sus peligros y husmear en los rincones en busca de información precisa y segura, sin que nadie reparara en él.
“Bien, señor Nerd, esta es la dirección”, indicó el taxista.
“Oiga, y usted cómo sabe quién soy yo”, dijo admirado Nerd, subiendo las cejas, bajando la mandíbula y pagándole con un billete de alta denominación.
“Muy fácil”, prosiguió el taxista “nuestra profesión nos obliga a saberlo todo. Si usted supiera la cantidad de cosas que la gente le cuenta a uno cuando están sentados donde lo está usted”.
Nerd se quedó sin palabras. “En fin”, continuó el taxista “si me permite un consejo, yo no confiaría ni en El Profesor, ni en Usía”, y procedió a darle el cambio. Nerd subió las cejas y bajó la mandíbula.
Ante la puerta de metal de la casa 98, se dijo que las cosas no estaban empezando del todo bien, se rascó la nuca y miró hacia todos lados, buscando algo que le revelara la naturaleza de su contratante. “Libro I, página 15: Análisis psico-casual. Dice a la letra: Es necesario buscar detalles que nos informen cómo es la vida de los implicados. A veces, una envoltura de chocolate tirada en medio del jardín nos revela que ha habido niños en la escena del caso”. Nerd recordaba su manual de memoria, pero por más que buscaba la envoltura de chocolate no la encontraba, así que presionó el botón del intercomunicador instalado al costado derecho de la entrada a la casa.
La puerta se abrió y un complicado mecanismo de brazos articulados lo cogieron de la cintura y lo metieron dentro, tirándolo contra el piso y dejándolo sin tiempo para reaccionar. La puerta se cerró con fuerza y se aseguró automáticamente. Era una especie de gran sala, por completo vacía, cuyo piso estaba cuadriculado como un enorme tablero de ajedrez. Las paredes desnudas habían sido pintadas de color amarillo viejo y del centro de la habitación colgaba un fluorescente del que emanaba la única luz que alumbraba al recinto. De alguna parte se escuchaba una melodía de ukulele: inquietante, fastidiosa y arrítmica.
Elliot Nerd buscó en vano alguna puerta. Salvo por la que había entrado, no existía ninguna comunicación con ningún otro ambiente y al no haber ventanas, el lugar se convertía en una perfecta ratonera de la que Nerd sintió apremio por salir. Cuando quiso hacerlo, reparó en que la puerta no tenía ningún picaporte ni jalador alguno y que no existía forma de abrirla excepto orden expresa de El Profesor.
“¿Profesor?”, se atrevió a preguntar. Del techo se abrió una compuerta por la que le aventaron una escalera hecha de soga. Nerd subió y en el último escalón, una mano huesuda se acercó a ayudarlo.
“Bienvenido a mi laboratorio” dijo el misterioso profesor Albert Ains10, al tiempo que su ayudante IGORgojo también se inclinaba a modo de reverencia “y disculpe lo de la recepción. Lo que pasa es que usted entró por la puerta equivocada... ¿un café?... Esa... ejem... puerta, es la que utilizo para recibir a los recaudadores de impuestos. En tres semanas se vuelven locos y en cuatro, con una sesión hipnótica que les hace olvidar que estuvieron aquí a excepción de los sonidos del ukulele, los devuelvo a la calle para que rehagan su vida y recuperen su empleo. Todo eso es parte de mi plan. Pero bueno, no le adelanto más. Supongo que habrá tenido oportunidad de leer los periódicos, señor Nerd”. “Sí”, dijo Nerd mientras observaba un cartel publicitario muy curioso, pegado a la pared, en el que se veía a una familia feliz diciendo ‘somos felices porque bebemos Cerveza Humana... Beba Cerveza Humana: el alcohol y la cebada son salud’. Después, continuó hablando: “y la verdad es que no me parece una noticia tan alarmante si se considera que aún faltan los siglos YY y ZZ para el fin del mundo”.
“No lo crea”, intervino El Profesor “en realidad, el fin del mundo depende en este instante de los Científicos. Si ellos lo ven por conveniente, podría suceder mañana mismo. Lo que pasa es que nos están tendiendo una trampa”.
“¿Una trampa?”, preguntó Nerd tratando de recordar lo que significaba esa palabra “pero... no entiendo, se supone que usted pertenece a los Científicos y...”
“Pertenecía, señor Nerd, pertenecía. Ahora estoy en el grupo de los Anticientíficos” y lanzó un suspiro antes de continuar “pero lo que ahora intento es que no se cometa una arbitraria canallada”. El Profesor lo había dicho con un tono bastante serio y sus cabellos, que siempre conservaba blancos y alborotados, se irguieron aún más, resaltando los tres bloques que marcaban las arrugas de su frente. “Le explicaré mejor”, continuó “es cierto que yo pertenecí a un selecto grupo de científicos que investigaba el ciclo rotatorio de la tierra y las implicancias supra-antropológicas de los aspectos bio-tributarios que repercuten en los impuestos durante el año fiscal...”. “¿Y?”, preguntó, sagaz, Elliot Nerd. “Bueno, que descubrimos una estrecha relación cardio-metafísica entre la rotación de la tierra y el acto de pagar impuestos...”. Nerd subió las cejas y bajó la mandíbula.
“Me explicaré aún más”, prosiguió El Profesor: “Unos complicados cálculos físico-matemáticos han dado como resultado una anato-fórmula, con la cual se ha desarrollado una proto-teoría que dice lo siguiente: Toda energía negativa liberada por la presión del tributo, es directamente absorbida por los cátodos de los anillos magnetosféricos en una proporción determinada por el monto del tributo, acumulando una energía que será desplazada centrípetamente hacia el sol, a la velocidad de la luz... Impresionante, ¿no le parece? Pero lo verdaderamente substancioso es el segundo teorema que dice: Toda energía negativa desplazada hacia el sol es impelida de regreso con una fuerza igual al cuadrado de la velocidad original, transformándose en energía positiva que, al alcanzar al cuerpo emisor, provoca una descarga magnética. Y eso, señor Nerd, significa que la energía de vuelta que ha tomado contacto con los anillos magnetosféricos, se descargan sobre los polos de la tierra, haciéndola girar más rápido sobre su eje. Por lo tanto, los días y las noches serán más cortos, los años se pasarán más rápido y los siglos se nos esfumarán en nuestras narices. En resumen, señor Nerd, a más impuestos, más rápido girará la tierra y eso es algo que les conviene a los Científicos y al Estado con sus recaudadores, porque así tendrán dinero suficiente para partir pronto hacia el satélite artificial ‘Moon-do Mun-dane’ antes que la tierra colapse por tanto girar”.
“Todo eso está bien”, indicó Nerd, “pero lo que no entiendo es el porqué la publicación de la noticia”.
“Pero si está clarísimo... Lo que desean es alarmar a la población para después exigirles más impuestos con la mentira de que están a punto de descubrir cómo evitar el fin del mundo. Es complot, señor Nerd, según los cálculos, en aproximadamente cincuenta años, la tierra comenzará a mostrar los primeros síntomas de colapso. Pero para esa época, todos los gobernantes, de la mano con los científicos, estarán demasiado viejos como para disfrutar la vida en el satélite artificial. Por eso precisan agilizar el proceso. Viajar cuanto antes. El nuevo sistema político-científico que nos gobierna nos llevará a la destrucción. ¿No se da cuenta?”
Quiso decir “no”, pero dijo “sí”, rascándose la nuca. El Profesor le hizo una seña a su ayudante IGORgojo y éste comenzó a preparar el sistema audiovisual.
“Ahora bien”, prosiguió El Profesor “de lo que se trata es de sabotear el plan y ponerlos en evidencia ante el mundo y, para eso, he preparado dos estrategias precisas...” Esperó luego la pregunta inevitable de Nerd, mientras apuntaba con su puntero sobre un écran en el que se podían ver dos esquemas.
Elliot Nerd sabía que ahora le tocaba preguntar algo, pero contuvo las ganas con todas sus fuerzas por que no sabía exactamente sobre qué. Se hizo un silencio tan profundo que, por lo mismo, podía escucharse el propio silencio. Y al ir creciendo, se hizo tan escandaloso que casi podía romper los tímpanos de tan fuerte que sonaba. Y como el escándalo se transformó en estruendo, aumentando la incomodidad de todos, el ayudante IGORgojo tuvo que preguntar:
- ¿Y cuáles son?
Visiblemente aliviado El Profesor respondió después de exhalar una gran cantidad de aire: “Pues una es la que estoy aplicando ahora a través de los recaudadores de impuestos. Utilizo un plan llamado ‘Plan Plenplin’, una moderna técnica que trata de hacer que los recaudadores detesten-odien-aborrezcan los sonidos del ukulele... plin, plen, plin... usted sabe. En cada casa y en cada oficina de recaudación, habrá un cassette listo para hacer sonar una serie de conciertos de ukulele, interpretados por un notable grupo de artríticos, que harán huir de pánico a los mencionados bichos. Claro está, previo tratamiento en la sala... ejem... en la sala que usted estuvo. ¿No lo encuentra ingenioso y divertido?”, preguntó El Profesor.
Nerd subió las cejas y bajó la mandíbula, después dijo: “Todo eso está muy bien, pero aún no logro entender qué pito tocaré yo en todo esto”.
“Éste, precisamente, éste”, dijo El Profesor, después que el ayudante IGORgojo le alcanzara un objeto extraído de la gaveta central de una de las mesas de experimentación. Era un pito de plata, brillante, y El Profesor lo colocó con delicadeza en la palma derecha de Nerd, acentuando un ligero gesto de ceremonia que se plasmó en sus rebeldes cejas. “Este es el segundo plan”, dijo “con este pito, que emite unas vibraciones artificiales de sonido singular por la historia que pesa sobre él, podrá usted contrarrestar el ataque de los Científicos y de los miembros del Tribunal Mayor, que ahora son el Estado, claro. Usted aún no sabe que yo fui condenado por ese Tribunal, liderado por el juez Usía, apenas huí del Instituto Científico, por eso no puedo actuar públicamente, así que usted lo hará por mí... Por eso quiero contratarlo, señor Nerd. Qué dice ¿acepta?”
Nerd, buscó una silla dónde sentarse, cerró los ojos y meditó largamente el asunto al punto de quedarse dormido. Al despertar, veinte minutos después, dijo de inmediato: “Sí, lo haré”, pero se encontró en la calle, con un sobre lleno de dólares en el bolsillo de su abrigo y un perro que lo husmeó, antes de marcarlo con urea dos veces.
Al reincorporarse, comprendió que el siguiente paso, tal vez el más importante, sería secarse el pantalón y luego enfrentarse contra el fisco y contra el Tribunal Mayor. Pero tal vez podría ser bueno descansar antes un poco. Esos veinte minutos habían sido insuficientes y su cuerpo, como en la época que estudiaba la profesión, le exigía colchas y almohadas de inmediato. Pensó en su ropa de cama, su usual vaso de chocolate, su bolsa de agua caliente y su libro gordo de Petete, que era como su Biblia, antes de dormir. Pero recién eran las diez de la mañana y Nerd tuvo que reaccionar. En el baño de otra cafetería, previo pago del impuesto respectivo, se mojó la cabeza, se lavó las manos y bebió agua. Una vez repuesto y envuelto en la aureola anaranjada que sólo exhalan los imprudentes irremediables, partió hacia el Tribunal Mayor para ver qué averiguaba.
El Juez Usía era un tipo corpulento, de sonrisa desagradable, que ocupaba su tiempo jugando a las cartas (de navegación) en su oficina, con un grupo de leguleyos que le servían en sus irrogaciones. Cuando vio ingresar a Elliot Nerd por la puerta de su despacho, un brillo canino se encendió en su sonrisa. “Qué bueno que ya llegó nuestro hombre”, dijo. “Ahora sí las cosas comenzarán a tener movimiento”. Los leguleyos comenzaron a sonreírse con sorna. Nerd saludó a los presentes en forma general y como en su cerebro no se formó idea alguna, se quedó callado, observando al grupo con un aire de palomo atontado... y eso ya era demasiado decir.
“Un hombre analítico sin duda es nuestro amigo Nerd”, dijo el Juez. “Se queda callado en el momento preciso a la espera de medir nuestras reacciones... pero venga, venga, Nerd, le presentaré a algunos de mis camaradas”.
El Juez lo tomó del brazo y lo condujo hasta la mesa de paño verde donde cuatro hombres de actitud sibilina le roncaron un saludo impersonal. Luego, le presentó a cada uno de ellos. “Éste es Este... ¿o éste es Este?, porque definitivamente Oeste es éste ¿o este es Oeste? No, éste es Oeste ¿o éste es Este?... En fin, nunca logro recordar quién es quién... Vamos, saluden muchachos.
Este, Oeste, Norte y Sur, saludaron un poco de mala gana y el Juez Usía los disculpó: “Oh, perdónelos usted, lo que pasa es que sabemos de buena fuente que usted también ha estado en contacto con ese antisocial de Ains10 y piensan que usted está ayudándolo. Sin embargo, estoy tratando de convencerlos de lo contrario, ¿me equivoco? De lejos se ve que usted es una persona que siempre estará en disposición de colaborar con la ciencia y con nosotros”.
“¿Y de qué forma puedo yo colaborar?”, preguntó Nerd, mientras observaba en la pared un cuadro al óleo, de grandes dimensiones, que representaba el acto final de una sentencia de muerte, en la que el sentenciado, con la cabeza en la guillotina, les decía al verdugo y al juez en sus últimas palabras: ‘No estaría aquí si hubiera seguido el consejo de Cervecerías Humanas... Beba Cerveza Humana: el alcohol y la cebada son salud’.
“Pues, al igual que yo. Vea, no soy un científico, soy un hombre de leyes, pero ayudo con lo que puedo. Por ejemplo, motivando a que el país, el mundo entero, abrace la causa justa, que es la de evitar el boicot de un pequeño grupo de antisociales echándonos a perder todo lo que significa la salvación del mundo. Lo principal en estos casos es preguntarse qué pito toca uno en todo esto...” Nerd fue recorrido por un rayo de inquietud y desde fuera del pantalón palpó en su bolsillo el objeto plateado que estaba, aparentemente, designado para la salvación. “Si no existieran científicos, señor Nerd”, continuó el Juez Usía “no hubiera habido posibilidad de progreso. Al haberlos, el mundo, la humanidad, han garantizado su permanencia y supremacía frente a la naturaleza y pronto ante el cosmos. Es así como ahora nosotros podemos vivir holgadamente gracias al inmenso esfuerzo que gastan a diario aquellos hombres tan blancos por dentro como por fuera”.
“¿Habla usted de racismo, Juez?”, preguntó Nerd. “No, claro que no, yo hablo de sus mandiles”.
Elliot Nerd aspiró aire, se acomodó dentro del sacón y notó que todas las miradas estaban puestas sobre él, a la espera de sus palabras. Afuera, en las calles, comenzaba a hervir el mediodía de un miércoles de mayo. Se rascó la nuca, achinó los ojos y se preparó para decir unas palabras, aún a riesgo de saber, muy en el fondo, que estaba a punto de decir una burrada
“Yo comprendo todo eso”, dijo Nerd. “Pero usted no negará que existen evidencias cardio-teóricas y proto-anatómicas... que... en fin... ¿es cierto que van a crearse nuevos impuestos para que la tierra gire más rápido y, con lo recaudado, ustedes y los científicos puedan largarse cuanto antes a Moon-do Mun-dane?”
“Nada más falso, amigo Nerd. Moon-do Mun-dane no existe. Es falsa esa información de que hemos creado un satélite construido a semejanza del paraíso terrenal para nosotros. Es un invento de los Anticientíficos para convencer a la gente (no como usted, por supuesto) de que no paguen impuestos y frustrar los adelantos científicos que nos proporcionarán una vida formidable después de asegurar que el mundo no acabe. Nuestro actual sistema político-científico funciona a la perfección. Como usted sabe, son ahora los institutos los que se encargan de resolver los problemas caseros de la sociedad, mientras que los científicos solucionan los problemas verdaderamente serios y delicados, de los que depende el bienestar popular. Es complot, señor Nerd, lo que quieren los Anticientíficos es provocar caos para tomar el poder, declararse los salvadores del mundo y apoderarse de las riquezas de los gobiernos. No me extrañaría que estén aliados con los líderes de la filosofía pocket, verdaderos rebeldes sin causa”.
Nerd subió las cejas y bajó la mandíbula. Después se rascó la nuca. “Espero que ese desquiciado de Ains10 no le haya envenenado la cabeza, amigo Nerd”, dijo el Juez “en todo caso, haga usted sus investigaciones y cuando tenga dudas sobre algo, venga por aquí, que yo lo ayudaré... Ahora, si es tan amable... Oeste, o Este, lo acompañará hasta la puerta”.
Elliot Nerd sintió un cosquilleo en el bulbo raquídeo. Se volvió a rascar la nuca, presintiendo que aún no podía dejar aquel lugar sin establecer mayor claridad en el caso. Buscando algo con qué demorarse, reparó en las cartas que estaban siendo jugadas sobre la mesa.
“Si no le molesta, Juez, quisiera jugar un par de cartas con usted antes de irme, me gusta jugar a las cartas”, dijo Nerd.
“¿Está seguro, amigo Nerd?, este es un juego muy peligroso. Aquí, si uno pierde, la puede pasar muy mal y no me gustaría verlo en problemas. Además, usted debe saber que a mí no me gana nadie. ¿Insiste?”
El movimiento de cabeza de Nerd, afirmando, hizo prepararlo todo. Se barajaron las cartas (de navegación) y Sur le explicó las reglas: “Usted sólo podrá apostar de mil dólares para arriba a cualquiera de los cuatro puntos cardinales que sirven de orientación en los navíos. De perder, que es lo más probable, se abrirá una de esas cuatro puertas que usted ve allá, correspondiente a su apuesta y recibirá un castigo. De ganar, que es lo más improbable, se irá usted de aquí no sólo con una buena cantidad de dólares, que es lo usual, sino que también le ofrecemos el único ejemplar de este libro: ‘Cómo resolver el enfrentamiento entre los científicos y los anticientíficos: soluciones prácticas e imprácticas’, de la Editorial Broma, que es una editorial de prestigio por la seriedad de sus temas y escrito por los inigualables Sherlock Ness y Elliot Holmes. Así que... elija, ¿cuál será su carta y cuánto quiere apostar?”
Nerd recordó otra sección de su manual. Capítulo 33. Situaciones de alto riesgo (de un metro ochenta hacia arriba). Dice a la letra: En todo momento de riesgo, lo mejor es enfrentar directamente las probables consecuencias con seguridad de ganador. Es necesario estar siempre adelante de cualquier circunstancia. Prever los resultados. Forzarlos, si es preciso, a conveniencia del profesional. En juegos de azar, por ejemplo, calcular las cosas de tal modo que siempre sea uno el que gane. Eso amedrentará a sus sospechosos y podrá analizar con más ventaja sus actitudes.
“Apuesto 43 grados a babor y este sobre lleno de dólares”, dijo Elliot Nerd, con el absoluto convencimiento de saber lo que hacía. Las cartas (de navegación) rotaron en la dirección indicada, dejando una carta al aire. El Juez Usía analizó la jugada y, sin pensarlo mucho, se apostó entero doce grados a popa. Las cartas (de navegación) volvieron a rotar y dejaron otra carta al aire. Norte las descubrió al mismo tiempo y todos vieron cómo la carta del Juez era mejor que la de Nerd.
La sonrisa de Elliot se congeló y se quedó así, con los dientes a la vista de todos, sin poder creer en lo que acababa de ocurrirle, mientras el Juez ordenaba que Sur abriera las correspondientes puertas. La que tenía el cartel de ‘popa’, dejó salir a una mujer terriblemente monumental y bella con una banda de tela bordada en la que se podía leer ‘Yo soy Popa, tu premio’. El Juez volvió a encender su sonrisa canina.
“¿Está usted listo para su castigo?”, preguntó Sur. Nerd intentó masticar una afirmativa respuesta, pero con la sonrisa anterior congelada aún, los músculos prelabiales recogidos y los dientes a la vista, sólo atinó a mover la cabeza. Al abrirse la puerta que tenía el cartel de ‘babor’, Babor, el gran mastín, se abalanzó de un salto sobre Elliot Nerd, arrancándole un buen trozo del sacón, del pantalón y de su nalga izquierda.
Descubierto, orinado, pobre, mordido, haraposo y sucio, Nerd volvió a su oficina. Una de las llamas, que era parte de la llamada de la mañana, lo recibió con un soberbio escupitajo que fue a dar justo en su ojo izquierdo, inflamándoselo como si lo hubiesen golpeado con un martillo. Rascándose la nuca y aguantando el dolor entre maldiciones, se desparramó sobre el sillón del escritorio en su oficina y esperó a que la soledad del ambiente le revelara su próxima acción y le aclarara las ideas. Sin embargo, Soledad del Ambiente, su ex secretaria, hacía tiempo que ya no trabajaba para él y lo había cambiado por un veterinario psicótico que la mantenía encerrada en el altillo de un establo, donde ella era muy feliz. (En realidad, después de trabajar con Nerd escasos dos días, en cualquier otro lugar se hubiera sentido igual de feliz).
En ese instante de su vida, Elliot Nerd supo que necesitaba con urgencia analizar fríamente los hechos. Caminó hasta el refrigerador, lo abrió y metió la cabeza dentro de él, para esperar que el buen sentido común lo aconsejara ya que el manual no le revelaba sobre qué hacer en estos casos. El método comenzó a funcionar y la primera idea que le vino a la cabeza fue la de ratificarse como el excelente profesional que era y actuar según las normas éticas y morales aconsejaban, es decir, abandonar el caso de inmediato, vender las llamas y conseguir empleo en algún instituto. Las demás ideas fueron relativas al dolor de la mordida en la nalga, al ojo amoratado y al bolsillo vacío. Sin embargo, aún tenía allí el pito de plata y el palparlo por sobre el pantalón lo hizo reaccionar mejor... ¿cómo hacer para que sus efectos funcionen y concluir con éxito su misión?
Ya con la cabeza bien fría, casi congelada, volvió al sillón y se quedó mirando sobre su escritorio. Tardó en reconocer que alguna mano extraña lo había revuelto todo, seguramente buscando algo y que, además, había dejado una peculiar revista frente a él.
La carátula mostraba a una dama sonriente, vestida al modo colonial, cuya belleza había sido cuidadosamente retocada en una computadora. A través de un truco fotográfico se la veía parada sobre un mundo rajado por la mitad y con indicios de quebrarse pronto. Sobre ella, estaba inscrita la siguiente leyenda: “Sálvame, estoy en peligro”. Y en letras muy pequeñas, al costado inferior derecho, se leía: ‘Cortesía de: Cervecerías Humanas... Beba Cerveza Humana, el alcohol y la cebada son salud’.
No era una revista de artículos científicos, más bien lo era de miscelánea cultural donde en forma excepcional publicaban artículos con cierto contenido relevante. El artículo al que se hacía alusión en la portada estaba desarrollado en las páginas centrales. En realidad, era un artículo mortis, pero Nerd creyó que se trataba de un artículo neutro. Por eso, al leerlo, no pudo percibir que el autor pretendía justificar la existencia de una nueva corriente filosófica llamada “Filosofía Pocket”, a través de un análisis en el que se denunciaba cómo personajes siniestros habían conquistado el poder y pretendían destruir la Tierra. En resumen, la filosofía pocket estimulaba a las personas a contrarrestar los efectos letales de una existencia sacrificada, sin sentido, llena de impuestos e institutos de control y sin medios disponibles para mejorar o auto realizarse, con una forma de vida que destruyera totalmente los esquemas de la actual sociedad. Una forma de vida libre y suelta, que no diera lugar a remordimientos futuros, puesto que el mundo no duraría lo suficiente como para garantizar bienestar. El enunciado de la filosofía pocket se expresaba así: “Si quieres libertad, destruye el sistema, crea otros a tu conveniencia y vive como un loco (de un manicomio a otro) hasta morir”.
Elliot Nerd también leyó que los adeptos a esta nueva filosofía ya superaban los cinco millones de personas en el mundo y que la tendencia era creciente, por lo que los manicomios de todo el planeta ahora ofertaban plazas como si fueran hoteles, donde uno tuviera un lugar agradable en el que se pudiesen pasar las vacaciones.
El artículo concluía afirmando que, no importaba cuánto trataran de disfrazar la realidad, la humanidad estaba condenada a desaparecer si no se hacía algo pronto. Algo como rendirse al estilo de vida de la filosofía pocket, por ejemplo.
Nerd arrancó las hojas de la revista y las guardó en uno de los bolsillos de su abrigo roto. Se rascó la nuca y vio una sombra que se agigantaba delante de él. Subió las cejas y bajó la mandíbula. Después, la sombra lo golpeó en la cabeza y Nerd cayó inconsciente al piso.
Elliot Nerd era una de las pocas personas que aún guardaba cierto respeto por las instituciones. El mundo estaba girando tan rápidamente que la gran mayoría no podía entender lo que sucedía a su alrededor. Entre ellos estaba Nerd, obviamente, pero su intuición le impulsaba a creer que existía intención de servicio y honestidad en quienes estaban al mando de esas instituciones.
Tiempo atrás, cuando algunos gobiernos cansados de las maniobras políticas de los partidos organizados y de los militares, comenzaron a escuchar las propuestas de los científicos para crear un nuevo orden cuya base fuera la tecnología y el trabajo como fuente del progreso, ya casi no tuvieron tiempo para cumplir sus funciones naturales. Se dedicaron a presupuestar, diseñar y supervisar planes operativos de sistemas tecnológicos que sirviesen también como discursos demagógicos para sus éxitos gubernamentales; pero del mismo modo, y amparados en la necesidad de garantizar el financiamiento de estos planes, crearon y aumentaron más impuestos para la sociedad. Después, claro, comenzó el descontento ciudadano y los científicos, inexpertos en estas estratagemas, buscaron asesoría en los sistemas judiciales y fueron éstos quienes, finalmente, terminaron por dictar los movimientos de los nuevos actores políticos, tras bambalinas.
Pero estas nuevas alianzas estatales terminaron en contubernio al comprender el enorme poder político y económico alcanzado. Ya no soltarían el poder. Por el contrario, buscarían la manera de perpetuarse y elaborar proyectos secretos que pudieran ponerlos a resguardo si las cosas comenzaban a salir mal.
Como quiera que los gobiernos anularon los sistemas legislativos a fin de no tener impedimentos legales para continuar en el poder, el vacío fue aprovechado por las instituciones, quienes se auto encargaron la tarea de normar la vida social común.
Como resultado, brotaron instituciones al por mayor, creándose a diario y a toda hora bajo la complaciente actitud de los gobernantes, quienes vieron una mayor fuente de ingresos económicos a través de los impuestos que les cobrarían por operar. Ya serían las propias instituciones quienes establecieran el precio que el ciudadano común tuviera que pagar por sus servicios.
Al principio, las instituciones fueron hasta cierto punto razonables. Por ejemplo, se presentó el caso de un grupo de ciudadanos que protestaba porque habían demasiados perros vagabundos en la ciudad y corrían el peligro de ser mordidos en cualquier momento. Con alcaldías limitadas y ministerios de salud ineficientes, el gobierno autorizó la creación inmediata del Instituto Canino, el cual tuvo como primera medida, empadronar a todos los perros caseros y exterminar a los vagabundos previo pago obligatorio del ciudadano común. Otro caso fue el de los que protestaban porque la basura se acumulaba en forma alarmante en los parques y los camiones basureros resultaban insuficientes. El gobierno autorizó entonces la creación del Instituto Anti Basura, los mismos que, previo pago obligatorio del ciudadano común, dejaron a las ciudades sin rastro alguno de suciedad. Sin embargo, la alegría comunitaria de una eficiencia tan impresionante, se vio ensombrecida por la aparición de inspectores en cada una de las cuadras de la ciudad, que cogían del cogote a quien dejara caer cualquier basura al suelo y lo obligaban a pagar una suma extra... extraordinaria.
Así fue como aparecieron una diversidad de instituciones, desde las más sencillas hasta las más especializadas, que se encargaron de regular la vida del ser humano. Se crearon institutos contra la violencia; en beneficio de los ancianos; contra la contaminación ambiental; contra la calvicie prematura; contra la migraña; en favor de los filmes de 3-D; contra la nota ‘la’ de las sirenas de alarma; a favor del color azul; contra los animadores de concursos de televisión; contra las empanadas de carne sin carne; a favor de las ideas descabelladas; contra los trabalenguas; contra la conspiración industrial; en favor de los tuertos; contra los discursos de agradecimiento; en favor de los que no desean bailar en las fiestas; contra la disentería dominical; y así, en favor o en contra de lo que la gente considerara importante y que al gobierno no le interesara resolver.
Pero la polémica sobre la esencia de los institutos fue bastante encendida cuando se creó el Instituto Patético, el cual amenazó con ser uno de los más fuertes del país. Sin saber muy bien porqué, Nerd observó con gran entusiasmo la creación de este Instituto y lo festejó a mitad de la Plaza de Armas, en medio de una multitud tan especialmente desconsolada y reconcomida, que Nerd se animó a silbar con solemnidad las primeras notas de la marcha triunfal Aída, mientras se celebraba la ceremonia pública de su creación. Nadie acompañó a Nerd en esta diligencia, quedó solo, silbando, ciegamente convencido en su homenaje y tan patético, que fue el primer sancionado por ese organismo y luego puesto de ejemplo ante la juventud escolar.
Los que estaban a favor de este Instituto, fundamentaban sus razones con la teoría de que el patetismo dañaba el biorritmo solar de las personas y que además las inducía a un estado de tiquismiquis perjudicial para sobrellevar con éxito cualquier tipo de responsabilidad. Los que estaban en contra, defendían con garras y colmillos el derecho a ser patéticos, sobre todo en momentos tan circunstanciales como pueden ser los velorios, las fiestas mal organizadas, los chistes repetidos y mal contados, los tipos que sólo hablan de sí mismos, o los bailarines de ballet. Por otra parte, sostenían con relativo éxito que la creación de un Instituto Patético, de por sí ya era patético, con lo cual invalidarían sus acciones y acentuarían el nivel de incoherencia en su labor.
Ante posiciones tan encontradas, el gobierno intervino por primera vez y después de darle varias vueltas a la manzana y de vez en cuando al asunto en sí, creó el Instituto ¡SeAcaBó Mierda!, cuyos objetivos fueron los de dirimir ante casos difíciles y declarar la legitimidad o no de los organismos que resultasen conflictivos. Así fue como declararon legal la creación de los patéticos y pusieron inspectores en cada esquina, encontrando ciudadanos tan inmiscuidos y colaboradores con la causa como Nerd.
De la noche a la mañana, los Institutos pasaron a ser las entidades que reglamentaron la vida civil de las personas. Tal hecho originó que miles de burócratas enquistados en ministerios, juzgados, municipalidades y demás estructuras estatales, se vieran desplazados por la eficiencia de los institutos, provocando un gran desfile de desempleados que salieron a protestar a las calles frente al palacio de gobierno, uno tras otro, siete días enteros, sin pausa alguna.
Afortunadamente, la Oficina Fiscal pidió al gobierno un aumento en el número de los empleados recaudadores y ese traslado de personal cubrió con éxito las necesidades y se garantizó un número promedio de hasta tres o cuatro recaudadores de impuestos por cuadra dentro de la ciudad.
Se llegó al punto en el que el ciudadano común, antes de estornudar, debía espiar tras la cortina de la ventana para vigilar si el inspector del Instituto Atchú andaba cerca. Casi nada escapaba al control de los institutos y las personas descubrieron que el dinero les era tres veces insuficiente para cubrir las consecuencias de sus costumbres usuales.
Fue por esa razón que la filosofía pocket encontró tanta respuesta entre la gente que se consideraba normal. No era un problema de inadaptados. Era un problema de opresión y aflicción.
Cuando Nerd despertó del golpe, sintió a Babor estrellando su rabioso aliento contra él, gruñendo y baboseando el piso a medio metro de su rostro. Nerd estaba en el suelo, atado a una tarima de madera, abandonado en un rincón del gigantesco laboratorio del Instituto Científico, en donde una maquinaria espeluznante enviaba algún tipo de energía hacia el espacio.
El laboratorio estaba implementado con una gran cantidad de computadoras y sistemas de refrigeración, mientras que la maquinaria espeluznante estaba ubicada al centro mismo del recinto, con tres cañones de color azul, rojo y verde, que apuntaban a una abertura en el techo por donde se daba salida a los rayos que los tubos emitían. Nerd sintió un desasosiego.
Amarrado en el otro extremo, pudo distinguir a El Profesor, sentado, aparentemente inconsciente puesto que la cabeza le caía en forma graciosa sobre uno de sus costados. Parecía un pompón de color blanco. Nerd intentó soltarse, pero sus movimientos eran tan evidentes y torpes, que Babor comenzó a ladrar de nervios, llamando la presencia del amo.
El Juez Usía, acompañado de IGORgojo, quien había resultado ser un traidor, ingresaron al laboratorio, caminando con paciencia, conversando de algo que Nerd no alcanzaba a oír, pero presentía con relación a él. Cuando estuvieron cerca, Usía lo saludó con un tono conciliador: “Muy buenas noches, señor Nerd. Lamento mucho que mis inquietos colaboradores lo hayan tratado de esta forma, pero usted tiene ‘algo’ que nosotros queremos y que nuestro buen IGORgojo nos ha dicho que lleva en el bolsillo de su pantalón”. Nerd se hubiera rascado la nuca, pero no evitó el subir las cejas y bajar la mandíbula. Usía siguió hablando: “Le contaré una historia, amigo Nerd... Hace ya un buen tiempo había un hombre cuya máxima aspiración en la vida era ser juez. Como no tenía el dinero suficiente para estudiar, trabajaba como árbitro de fútbol a fin de conseguir mantenerse. Un mal día, un equipo que estaba a punto de ir a la baja, le ofreció una jugosa cantidad de dinero para favorecerlos durante el partido. El hombre aceptó la oferta y con el adelanto que le dieron, compró un pito de plata para celebrar su suerte. Durante el partido cumplió con su parte y sancionó un penal ridículo que el equipo contrario se apresuró a reclamar. Hubieron gritos, insultos y desmanes, hasta que un jugador le estampó un tremendo bofetón que le hizo tragar el pito. El dinero que le dieron sirvió para estudiar y someterse a un penoso tratamiento que consistía en vomitivos, lavativas, bicarbonatos, ácidos especiales y salicilatos. Pero era inevitable, cada vez que hablaba lo hacía como trinando y cuando... (qué vergüenza, dios santo) venteaba, marcaba fouls, corners, tiros libres... ¡en plena calle!, y hasta a veces detenía el tránsito por la contundencia de su sonido. Estuvo siete años con el pito en su sistema digestivo y por eso sufrió mucho en las reuniones de su Facultad. Allí lo llamaban ‘Raboepito’, y en consecuencia se pasaba días sin ir al baño, tratando de evitar sus descomunales resonancias, hasta que una noche de borrachera (con cerveza humana, por cierto), decidió no aguantar más y lo soltó todo de un solo golpe, incluido el pito. Finalmente, cuando pasaron los años y este hombre adquirió gran poder convirtiéndose en Juez de la Suprema Corte y único delegado plenipotenciario de la Suprema de Pollo, pudo por fin enterrar su pasado y dedicarse por completo a ejercitar su vocación... Y aquí estoy, señor Nerd, a punto de emprender la más importante misión de mi vida: ¡fundar un nuevo mundo en Moon-do Mun-dane!. ¿Qué le parece?”
Nerd estaba con el rostro húmedo a causa del llanto provocado por la emoción de la historia. Balbuceando, alcanzó a decir: “Qué asco” y se retorció lo que pudo sobre el piso.
“Oh, no se aflija, amigo Nerd, por el contrario, ponga atención a esa extraordinaria maquinaria espeluznante elaborada por nuestros amigos científicos” dijo, señalando hacia el centro del laboratorio. IGORgojo decidió llevarse a Babor. “Esa tremenda bicha”, continuó diciendo el Juez “es capaz de canalizar las energías negativas de los contribuyentes y lanzarla al espacio para agilizar el proceso de aceleración de la Tierra. Y como refuerzo, las tuberías azul, rojo y verde, lanzan al espacio comerciales de televisión, los cuales son capaces de provocar por sí mismos energía negativa, pero no tanta como la de los contribuyentes. Calculamos que en tres meses más, debe terminar todo el proceso. Afortunadamente ni usted, ni El Profesor, podrán evitarlo”. Y al decirlo, dirigió una mirada de desprecio hacia El Profesor, que aún seguía inconsciente en el otro extremo.
“Por cierto, lo olvidaba”, indicó el Juez. “Devuélvame el pito de plata. IGORgojo me advirtió que El Profesor lo pensaba usar como arma para sabotear nuestro plan... qué espera... entréguemelo... no creerá usted que el sonido de ese pito será capaz de destruir todo lo que haya aquí, ¿verdad?” Nerd pidió que lo desataran. Al soltarlo, la tarima quedó en el suelo y Nerd pudo reincorporarse. Una vez de pie, hizo el ademán de desempolvarse, mientras el Juez Usía hizo una última acotación: “Ese pito no sirve de nada, es pura nostalgia, ¿cómo podría un pito de plata sabotear todo este plan? Entréguemelo, amigo Nerd, y le prometo que su muerte será digna”.
En ese instante se escuchó, desde el otro extremo, la voz estentórea de El Profesor, quien no había estado inconsciente, sino esperando el momento para intervenir: “¡Sóplelo Nerd, sóplelo con todas sus fuerzas, es nuestra única salvación!”
Nerd sacó el pito de su bolsillo y el sólo hecho de palparlo le produjo un estremecimiento feroz. Todo su rostro se arrugó de golpe.
“¡Sóplelo, maldita sea, sóplelo Nerd!”
El Juez Usía se quedó en expectativa, midiendo las reacciones de Nerd y el sudor que comenzó a recorrerle las sienes delataba que, en realidad, había algo en ese pito capaz de provocar una situación grave.
Pero como de costumbre, Nerd no se dio cuenta. Él estaba más preocupado en encontrar alguna manera de hacer sonar el pito sin tener que usar sus labios. Tal vez un fuelle, un bombín, una corriente de aire huracanado... Elliot Nerd se rascó la nuca y el Juez Usía dio la orden de arrebatarle el pito a cualquier precio. Entonces Nerd no esperó más, casi cayéndose, puso sus labios en él y sopló con fuerza. Un sonido agudo y punzante se dejó escuchar con firmeza.
A los pocos segundos siguieron los muchos primeros y después de los medianos terceros, irrumpieron sorpresivamente por puertas, ventanas, tragaluces y sistemas de ventilación, un número grandioso de futbolistas, boxeadores, equilibristas, discóbolos, gladiadores; una banda de música, el taxista que horas atrás lo había transportado, tres escuelas de samba, las coristas patinadoras del circo Mepicaquí; dos tigres saltando soga, un oso cantando “Oso le mio”; un matemático; Alicia en el país de las zorrillas; Juana la Narco; Nixon, Fidel Castro y Pelé. Al final del desfile, se vio a una bella muchacha cargando una pancarta que decía “Cortesía de Cervecerías Humanas... Beba Cerveza Humana: el alcohol y la cebada son salud”.
Al concluir la invasión y mientras aún Nerd y los demás no salían de su asombro, el capitán del equipo de fútbol dio la orden a los tigres y al oso de capturar al Juez, a IGORgojo, a los científicos y la de detener inmediatamente el funcionamiento de la maquinaria espeluznante.
Las órdenes fueron cumplidas con exactitud milimétrica mientras Nerd sólo atinaba a subir las cejas y bajar la mandíbula. Guardó el pito en su bolsillo y de golpe, su rostro se encendió con la flama turbadora de la iluminación, haciéndole comprender que el caso ya estaba resuelto. Para Nerd, los responsables de todo eran los de Cervecerías Humanas, así que caminó sobre las serpentinas, sintió de reojo el destapado de las botellas de cerveza, el ritmo frenético de los tambores y las panderetas, dio unos saltos, esquivó al oso, saludó a Castro y llegó al lado de El Profesor, a quien liberó de sus amarras.
Apenas se sintió libre, El Profesor abrazó a Nerd mientras le decía: “Usted no sabe lo agradecidos que estamos por lo que ha hecho. Es casi, repito, casi es usted un héroe...”
“Pero, los de Cervecerías...” intentó decir Nerd.
El Profesor, llamó al capitán del equipo de fútbol, al taxista, a los tigres y al oso.
“Señor Nerd, permítame presentarles a los líderes de la filosofía pocket. Estos señores y yo estuvimos mucho tiempo tratando de descubrir este sitio, que en realidad es el lugar secreto del Instituto Científico donde pensaban llevar a cabo sus malhadados planes. Gracias a usted, y otro tanto a la traición de IGORgojo, de quien ya sospechaba algo así, es que pudimos encontrar este lugar y rodearlo con los agentes de la filosofía pocket a la espera de su pitazo, que era la señal convenida para poder intervenir”.
“La verdad es que aún no entiendo nada”, volvió a decir Nerd.
El taxista se apresuró a explicarle: “Bien, Elliot, la cosa es simple. Nosotros queremos devolverle al mundo su estabilidad normal, es decir, antes de los impuestos y lo de los institutos, por eso es que en nuestra esencia se exige a nuestros adeptos el hecho de vivir como locos, es decir, de un manicomio a otro. En realidad, nuestros manicomios son cuarteles de entrenamiento para nuestros agentes, en donde se les entrena con la finalidad de liberarnos de la actual situación. Ahora mismo destruiremos la maquinaria espeluznante y dejaremos que el espacio se trague a Moon-do Mun-dane. No queremos un paraíso artificial, queremos hacer del mundo nuestro Pachacútec 1, o nuestro Yahuarhuaca 7, no sé. Pero eso, eso, Elliot, sólo será posible cuando se acaben las tropelías de quienes estén gobernando. Señores, demos paso a nuestra nueva legitimidad...”
“Bravo, bravo”, gritaron por ahí un grupo de entusiastas y nuevas botellas fueron abiertas, casi al tiempo en que se armó de manera improvisada una animada reunión social.
“Oiga, Profesor”, susurró Nerd al oído de Ains10. “¿No le parece raro que los de Cervecerías estén metidos en todos lados? ¿No serán parte del bando contrario?”
“¿Cómo dice usted?”, se sorprendió El Profesor. “Esos señores son absolutamente neutrales, créame. Aunque, claro, auspician económicamente todo tipo de eventos masivos sin que les importe la esencia, pero... no es de cuidado, Nerd. Despreocúpese. Más bien, felicitaciones por su trabajo, no dude de que me encargaré de su publicidad...”
Entonces Elliot Nerd se separó del grupo, se rascó la nuca, y caminó hasta la puerta de salida. Antes de abandonar el lugar, volteó para dar una última mirada, tratando de capturar la imagen precisa que le diera alguna tranquilidad instintiva, algún indicio de que todo lo hecho estaba bien. Sin embargo, sólo le fue devuelto un tufo amargo y amarillento. Volvió a rascarse la nuca y, cuando abandonó por completo el lugar, comenzó a pensar que ya estaba bueno de este oficio, que tal vez ya había llegado el tiempo de jubilarse. Total, ya habían pasado doce días activos de profesión.
Retornó a su oficina, se quitó el sombrero, el abrigo, y se tendió en el sofá para descansar. Habrían pasado cuatro horas cuando recibió otra llamada. Esta vez, sólo eran dos los auquénidos. Uno tenía un cartel que decía: “Un jueves de julio jugaba junto a un jumento, cuando un juglar en jugosa juerga jubiló su juicio”. Y el otro: “El mundo sigue en peligro. Nos atacan las jotas aragonesas, y si quiere salvarlo, reúnase conmigo en calle Abecedario 33. Ojo: le pagaré con una lengua española gracias a la cortesía de Cervecerías Humanas. Firmado: El Señor Hache-I-ka”.
Nerd suspiró. Se acomodó a la carrera el sombrero, el abrigo roto, dejó algo de comida para las llamas y salió con rapidez hacia la calle envuelto en la aureola anaranjada que sólo exhalan los imprudentes irremediables. Después compró el periódico y tomó un taxi. Una vez adentro, el conductor le conversó sobre las danzas altiplánicas y el significado de sus máscaras, por último, le advirtió a modo de confidencia que no confiara ni en Jota Jeta, ni en Hache I-ka. Nerd, subió las cejas y bajó la mandíbula. Luego experimentó la sensación de que esa escena ya la había vivido antes, y unas imágenes le daban vueltas por encima del sombrero. El problema era que el manual no señalaba qué hacer en casos así, por lo que decidió ignorarlas. Nerd se rascó la nuca.