2008-04
2008-04-29
Los fundamentalismos de la educación pública mexicana
- Publicado por: jzavalaz el 2008-04-29 mar 08:56:24
- Categoría : idiosincracias Visto: 2028 veces
Desde que regresé a mi trabajo de docente no había podido entregar mis informes de beca de postgrado. La razón, muy simple; la Secretaría de Educación Pública del Estado de Michoacán ha estado prácticamente secuestrada por los diferentes grupos de poder que se creen con la potestad y autoridad de imponer sus caprichos a nombre de tantas cosas tan disparadas como absurdas.
“Mis derechos” es la frase de moda en todos los docentes sindicalizados. La letanía brutal. Todo mundo defiende sus derechos, que van desde la seguridad de cobrar el salario cada quince días (trabajando o no), de tener tres permisos económicos al año de tres días cada uno (y si no los tomas entonces la Secretaría debe integrarte esos días a tu salario), de poder atender tus asuntos familiares en horario de trabajo, de hablar horas y horas por teléfono en lugar de concentrarte en tus labores, de no asistir por motivos de gestiones prodefensa de derechos o denuncia de anomalías antiderechos… hasta proclamarse con derechos de herencia familiar para cualquier puesto de trabajo que pudiera generarse en la organización laboral (y si en este breve párrafo la palabra derecho redunda, es porque es la que ocupa el 50% del vocabulario docente).
Todo lo anterior simplemente me repugna.
Me repugna quizá porque yo no tengo más de veinte años trabajando en el mismo lugar. No me casé con alguien de la misma escuela, no he hecho compadre o comadre a otro dinosaurio del mismo espacio-tiempo-actividad, no tengo mi casa enfrente de la escuela, no he atendido simultáneamente otros trabajos para ganar el doble sin hacer ni la mitad… creo que se entiende mi panorama.
Todos hablan de derechos. Todos ladran por sus derechos. La palabra obligación es desconocida en el diccionario de la educación pública michoacana.
Los docentes con los que comparto espacio son un grupo de gente envejecida. Están cansados pero no lo saben, no lo aceptan. Se han desgastado en su rutina, se creen dueños de su trabajo, saben que pueden hacer lo que quieran, porque han ganado sus derechos como piezas de museo. Son antiguos, "son merecedores de privilegios".
Dar clases es algo secundario. Si no hay juegos deportivos de alumnos, o comidas para festejar a alguien que llega o sea va o por ser día de algo especial, o reuniones para decidir si se trabaja o se hace como que se trabaja. Reuniones para anunciar que el San Sindicato no permitirá las escuelas y su personal sean evaluados; porque la educación pública mexicana (o cuando menos michoacana) tiene un privilegio del Olimpo que la exonera de la evaluación y de la rendición de cuentas (como la UNAM, la cual aseguran que es la mejor de las mejores sin explicarme claramente los indicadores escogidos).
De hecho nadie sabe qué es evaluar, ser evaluado y rendir cuentas; eso es metafísica, eso es asunto profano.

Imagen tomada de:
http://www.todocountries.com/images/educacion.jpg
Anécdota:
Me presentaron a una doctora cuyos postgrados se cumplieron en instituciones públicas de México. Cuando intercambiamos información me manifestó su total rechazo a la educación privada, ya que ella tenía otro origen; y me cuestionó dónde o cómo aplicaba mis estudios privados.
Le comenté que era difícil trabajar en una realidad como la que anteriormente describí. Y peor aún cuando los docentes no estaban dispuestos a pagar por servicios especializados.
Ni tarda ni perezosa declaró triunfante que “eso es lo que la educación privada enseña”.
La verdad no le respondí. Era obvio que su “doctorado público” la había educado para reducir, a encerrar, encasillar y defender los fundamentalismos de la educación gratuita, donde nada puede ser cuestionado, evaluado o cuestionado (como los “estudiantes” que visitaban el campamentos de las FARCs para completar “sus estudios” en la UNAM).
Con mi educación privada al menos yo he aprendido a ser feliz, y a escribir blogs; y creo que eso ya es algo meritorio.
“Mis derechos” es la frase de moda en todos los docentes sindicalizados. La letanía brutal. Todo mundo defiende sus derechos, que van desde la seguridad de cobrar el salario cada quince días (trabajando o no), de tener tres permisos económicos al año de tres días cada uno (y si no los tomas entonces la Secretaría debe integrarte esos días a tu salario), de poder atender tus asuntos familiares en horario de trabajo, de hablar horas y horas por teléfono en lugar de concentrarte en tus labores, de no asistir por motivos de gestiones prodefensa de derechos o denuncia de anomalías antiderechos… hasta proclamarse con derechos de herencia familiar para cualquier puesto de trabajo que pudiera generarse en la organización laboral (y si en este breve párrafo la palabra derecho redunda, es porque es la que ocupa el 50% del vocabulario docente).
Todo lo anterior simplemente me repugna.
Me repugna quizá porque yo no tengo más de veinte años trabajando en el mismo lugar. No me casé con alguien de la misma escuela, no he hecho compadre o comadre a otro dinosaurio del mismo espacio-tiempo-actividad, no tengo mi casa enfrente de la escuela, no he atendido simultáneamente otros trabajos para ganar el doble sin hacer ni la mitad… creo que se entiende mi panorama.
Todos hablan de derechos. Todos ladran por sus derechos. La palabra obligación es desconocida en el diccionario de la educación pública michoacana.
Los docentes con los que comparto espacio son un grupo de gente envejecida. Están cansados pero no lo saben, no lo aceptan. Se han desgastado en su rutina, se creen dueños de su trabajo, saben que pueden hacer lo que quieran, porque han ganado sus derechos como piezas de museo. Son antiguos, "son merecedores de privilegios".
Dar clases es algo secundario. Si no hay juegos deportivos de alumnos, o comidas para festejar a alguien que llega o sea va o por ser día de algo especial, o reuniones para decidir si se trabaja o se hace como que se trabaja. Reuniones para anunciar que el San Sindicato no permitirá las escuelas y su personal sean evaluados; porque la educación pública mexicana (o cuando menos michoacana) tiene un privilegio del Olimpo que la exonera de la evaluación y de la rendición de cuentas (como la UNAM, la cual aseguran que es la mejor de las mejores sin explicarme claramente los indicadores escogidos).
De hecho nadie sabe qué es evaluar, ser evaluado y rendir cuentas; eso es metafísica, eso es asunto profano.

Imagen tomada de:
http://www.todocountries.com/images/educacion.jpg
Anécdota:
Me presentaron a una doctora cuyos postgrados se cumplieron en instituciones públicas de México. Cuando intercambiamos información me manifestó su total rechazo a la educación privada, ya que ella tenía otro origen; y me cuestionó dónde o cómo aplicaba mis estudios privados.
Le comenté que era difícil trabajar en una realidad como la que anteriormente describí. Y peor aún cuando los docentes no estaban dispuestos a pagar por servicios especializados.
Ni tarda ni perezosa declaró triunfante que “eso es lo que la educación privada enseña”.
La verdad no le respondí. Era obvio que su “doctorado público” la había educado para reducir, a encerrar, encasillar y defender los fundamentalismos de la educación gratuita, donde nada puede ser cuestionado, evaluado o cuestionado (como los “estudiantes” que visitaban el campamentos de las FARCs para completar “sus estudios” en la UNAM).
Con mi educación privada al menos yo he aprendido a ser feliz, y a escribir blogs; y creo que eso ya es algo meritorio.







