2008-02
2008-02-23
Viaje de Lima a México con escala Bogotá
- Publicado por: jzavalaz el 2008-02-23 sáb 17:39:49
- Categoría : Tendencias mundiales Visto: 1800 veces
Las desagradables anécdotas
Regreso sin gloria (al avión)
Era lógico. Desde un principio sospeché que un viaje con este itinerario sería… digamos, emocionante. Las razones sobran; son evidentes. El aeropuerto Jorge Chávez es uno de los sitios donde más droga sale a ser distribuido a diversas latitudes; Bogotá, por su parte, tristemente famosa capital del país donde se inició uno de los negocios más florecientes y peligrosos de la actualidad; y México, otro gran emporio del tráfico de drogas y migrantes hacia los E.U.A.
Después de dos años de radicar en Lima por motivos de estudios, mi equipaje se conformaba en relación a peso en un 80% en libros; el resto, recuerdos artesanales para mi gente más algunos cd’s que bien llegaban a veinticinco.
En Lima embalé mis equipajes con papel celofán, hice el check in (registro, pero así se dice en el lenguaje yankiaeropuertoario) con tres horas de antelación para que no sospecharan de mi valiosa carga intelectual y, normal. Comencé el viaje hacia un país que siempre he añorado conocer pero siempre he temido, Colombia.
Con el tiempo exacto hice el transborde en El gran Dorado (aeropuerto de Bogotá) y ya cómodamente sentado fue una azafata a invitarme a salir de la nave para que abriera una de mis valijas (para eso que me llevara conmigo mis equipajes de mano).
Todos me miraban con lástima, así lo pude percibir. Decían “¿Usted es el señor Zavala (ahora burrier hasta que se demuestre lo contrario)? Y un oficial bajo de estatura y enjuto de cuerpo con su navaja desbarató mis 8 dólares de papel celofán amarillo que protegía mi valija que debo admitir, llevaba sobrepeso de once kilos de peso y cincuenta cuatro dólares de multa.
-¿Qué es esto?
- Libros
- ¿Y esto?
- Libros
- ¿Y esto qué es?
- Libros
- ¿Y esto?
- Mi pelota de gimnasio para estirar mi espalda (¡Ahhhhh, me atraparon!)
- ¿A que se dedica usted?
- (A leer libros, ¿qué eres tan estúpido que no lo notas) Estudié una maestría en Lima
- ¿De qué?
- (¡Ah qué bien jodes conchat….) Gestión de la Educación
- Guarde su equipaje y váyase
- (¡Gracias hijo de tu p….!)
Regresé al avión y la tripulación sorprendida al verme regresar me dijo “¿TODO BIEN?”
Claro que todo bien… o no sé si esto era bien.
Regreso sin gloria (a México)
Dos años sin pisar el suelo azteca. Bueno, el Distrito Federal (o sea, la ciudad de México, capital de mi país –ya que todo mundo me pregunta qué significa esto-) apenas bajando del avión, una considerable cantidad de “oficiales” o vigilantes del aeropuerto (algo así como Air Watch) de inmediato escogían a personas para revisarles los documentos aún sin salir del túnel que une la terminal con la nave. Esa obvia su preferencia por los fenotipos étnicos; si la gente era baja de estatura, oscura de piel, rasgos indios un gran plus extra y la ropa sencilla con mención de honor.
¿A esto se le puede llamar el Síndrome de Osama Escobar o qué onda?
Me dio pena llegar a mi país y ver esta discriminación, o mejor dicho, esta selección étnico-social para darles la bienvenida a mi país que tiene fama de fraternal y bondadoso todavía para algunos ilusos. El mensaje era claro, “gente de dudoso origen y procedencia aquí ni es bienvenida y será severamente vigilada”.
Ya en la zona de aduanas nos hicieron a todos los pasajeros detener nuestro turno y hacernos a un lado para pasar a dos jovencitos de evidente origen humilde campesino y les dedicaron todo el escáner a sus sucintos equipajes que se limitaban a una mochila cada uno.
La gente estaba sorprendida y nos volteábamos a ver con asombro.
¿Cuál es el asunto? ¿Terrorismo? ¿Hay algo que mi país pueda temer de los grandes malos de la película mundial aparte de su descarada disciplina a los gringos?
¿Drogas? ¿De qué sirve ser tan severo con esa pobre (en el sentido lato de la palabra) gente si dentro de las altas esferas sociales y políticas se ha permitido desde hace décadas la proliferación de este mal social.
No recordaba que tan enorme fuera el aeropuerto de México, ni lo desordenado que está en su organización. Vengo de estar en cuatro aeropuertos diferentes y justo en este que es donde más he estado tuve más dificultades para entender sus indicaciones.
Como siempre, el de migración sella donde se le ocurre y en menos de un minuto pasaste ese trámite.
Ya en la aduana (me revisaron todo el equipaje tres veces en el viaje antes de partir todavía a Guadalajara), la chica me preguntó que cuántos cd’s traía… “imagino que unos doce, ¿cuántos se puede pasar?” agregué con inocencia.
Traía casi el triple, al cabo sé que siempre me ha de tocar la luz verde.
Welcome to Mexico Mr. Pancho!!!
Regreso sin gloria (al avión)
Era lógico. Desde un principio sospeché que un viaje con este itinerario sería… digamos, emocionante. Las razones sobran; son evidentes. El aeropuerto Jorge Chávez es uno de los sitios donde más droga sale a ser distribuido a diversas latitudes; Bogotá, por su parte, tristemente famosa capital del país donde se inició uno de los negocios más florecientes y peligrosos de la actualidad; y México, otro gran emporio del tráfico de drogas y migrantes hacia los E.U.A.
Después de dos años de radicar en Lima por motivos de estudios, mi equipaje se conformaba en relación a peso en un 80% en libros; el resto, recuerdos artesanales para mi gente más algunos cd’s que bien llegaban a veinticinco.
En Lima embalé mis equipajes con papel celofán, hice el check in (registro, pero así se dice en el lenguaje yankiaeropuertoario) con tres horas de antelación para que no sospecharan de mi valiosa carga intelectual y, normal. Comencé el viaje hacia un país que siempre he añorado conocer pero siempre he temido, Colombia.
Con el tiempo exacto hice el transborde en El gran Dorado (aeropuerto de Bogotá) y ya cómodamente sentado fue una azafata a invitarme a salir de la nave para que abriera una de mis valijas (para eso que me llevara conmigo mis equipajes de mano).
Todos me miraban con lástima, así lo pude percibir. Decían “¿Usted es el señor Zavala (ahora burrier hasta que se demuestre lo contrario)? Y un oficial bajo de estatura y enjuto de cuerpo con su navaja desbarató mis 8 dólares de papel celofán amarillo que protegía mi valija que debo admitir, llevaba sobrepeso de once kilos de peso y cincuenta cuatro dólares de multa.
-¿Qué es esto?
- Libros
- ¿Y esto?
- Libros
- ¿Y esto qué es?
- Libros
- ¿Y esto?
- Mi pelota de gimnasio para estirar mi espalda (¡Ahhhhh, me atraparon!)
- ¿A que se dedica usted?
- (A leer libros, ¿qué eres tan estúpido que no lo notas) Estudié una maestría en Lima
- ¿De qué?
- (¡Ah qué bien jodes conchat….) Gestión de la Educación
- Guarde su equipaje y váyase
- (¡Gracias hijo de tu p….!)
Regresé al avión y la tripulación sorprendida al verme regresar me dijo “¿TODO BIEN?”
Claro que todo bien… o no sé si esto era bien.
Regreso sin gloria (a México)
Dos años sin pisar el suelo azteca. Bueno, el Distrito Federal (o sea, la ciudad de México, capital de mi país –ya que todo mundo me pregunta qué significa esto-) apenas bajando del avión, una considerable cantidad de “oficiales” o vigilantes del aeropuerto (algo así como Air Watch) de inmediato escogían a personas para revisarles los documentos aún sin salir del túnel que une la terminal con la nave. Esa obvia su preferencia por los fenotipos étnicos; si la gente era baja de estatura, oscura de piel, rasgos indios un gran plus extra y la ropa sencilla con mención de honor.
¿A esto se le puede llamar el Síndrome de Osama Escobar o qué onda?
Me dio pena llegar a mi país y ver esta discriminación, o mejor dicho, esta selección étnico-social para darles la bienvenida a mi país que tiene fama de fraternal y bondadoso todavía para algunos ilusos. El mensaje era claro, “gente de dudoso origen y procedencia aquí ni es bienvenida y será severamente vigilada”.
Ya en la zona de aduanas nos hicieron a todos los pasajeros detener nuestro turno y hacernos a un lado para pasar a dos jovencitos de evidente origen humilde campesino y les dedicaron todo el escáner a sus sucintos equipajes que se limitaban a una mochila cada uno.
La gente estaba sorprendida y nos volteábamos a ver con asombro.
¿Cuál es el asunto? ¿Terrorismo? ¿Hay algo que mi país pueda temer de los grandes malos de la película mundial aparte de su descarada disciplina a los gringos?
¿Drogas? ¿De qué sirve ser tan severo con esa pobre (en el sentido lato de la palabra) gente si dentro de las altas esferas sociales y políticas se ha permitido desde hace décadas la proliferación de este mal social.
No recordaba que tan enorme fuera el aeropuerto de México, ni lo desordenado que está en su organización. Vengo de estar en cuatro aeropuertos diferentes y justo en este que es donde más he estado tuve más dificultades para entender sus indicaciones.
Como siempre, el de migración sella donde se le ocurre y en menos de un minuto pasaste ese trámite.
Ya en la aduana (me revisaron todo el equipaje tres veces en el viaje antes de partir todavía a Guadalajara), la chica me preguntó que cuántos cd’s traía… “imagino que unos doce, ¿cuántos se puede pasar?” agregué con inocencia.
Traía casi el triple, al cabo sé que siempre me ha de tocar la luz verde.
Welcome to Mexico Mr. Pancho!!!
Mitómanos: the sweet revenge
- Publicado por: jzavalaz el 2008-02-23 sáb 17:38:05
- Categoría : idiosincracias Visto: 668 veces
Quiero comenzar esta entrada enunciando lo siguiente: salvo un solo caso donde yo mismo especifico que un nombre de persona mencionado es real, jamás he dado otro nombre de alguna persona… ni sus características duras (es decir; comprobables) para que alguien pueda reconocerlo. Y mis artículos son opiniones, son descripciones de situaciones reales con un análisis de mi parte. No son invenciones.
Porque si alguien llega y me habla con tantas mentiras, invenciones y exageraciones no se me ocurre hacer otra cosa, más que contar la experiencia en mi blog. ¿O qué? ¿Sería más humano decirles “no te creo”, “mientes”, “eres un hablador”? ¿O decir “guau”, “¡qué bien!”, “¡eres lo máximo”!
Soy un ser crítico, quizá no por naturaleza ya que tuve una formación escolar que me obligaba a no cuestionar mucho. Pero llegué a una etapa de mi vida que no está para fantasías infantiles (porque ni a juveniles llegan) y una nueva formación académica que me enseñó a cuestionar lo más posible.
Evidencias, fuentes, tipo de conexiones y sobre todo el sentido de coherencia son los elementos que en cualquier tipo de charla me da por evaluar.
(Un sentido de coherencia que puede analizarse en tres dimensiones: el lenguaje mismo del interlocutor –lo que dice-, su emocionalidad –cómo lo dice- y su corporalidad –qué demuestra su cuerpo cuando lo dice-).
“Ayer te estuve timbrando y no contestaste”, me dijo un hablador. Seguramente ayer mi celular estuvo en huelga apoyando el paro agrario del Cusco y se negó a mostrar siquiera las llamadas perdidas. Maldito celular traicionero.
“Ya tengo el dinero para comprarte tus cosas”, esa parecía ser la canción de moda de mi vecino… sin embargo, nunca me dio el dinero. Y todavía se pone a gritar en todo el vecindario que yo no cumplo, cuando el viejito que le vende pan ya llora por veinte soles que no le puede cobrar.
De repente mi celular suena y me dicen “en cuanto a tu artículo de mitómanos quiero hacerte la aclaración que tengo el pasaporte aquí conmigo”. ¡My gooooooooooooooood! ¿Para eso llamarme? Cuando el blog tiene el espacio para comentar, si ni su nombre di… pero recurrió a lo mismo, a la oralidad inventiva, “el pasaporte” yo no lo vi. ¿Cuánto costaba escanearlo y mandarlo a mi mail? Pero, ¿para qué el pasaporte? Si una foto de Polaroid caminando en la Avenida Corrientes o Suipacha bastaba, una postal de un tangódromo, una casaca de cuero puesta o un cd del grupo Bajofondo –que según mi vecino, es una porquería… ¡qué mediocre o qué envidioso!-.
Estoy pensando seriamente en poner mi nuevo número de teléfono fijo con contestadora para enriquecer los comentarios a mis meras y subjetivas opiniones. Esa formalidad de la llamada realmente me pareció excitante.
Pero mejor me hubieras mandado una postal de San Telmo, adiós cuídate, y sonó, entre tú y yo el silbato del tren (el Sabina always on my mind!).
Epílogo:
Y mi vecino cuando habla de que ya tiene el dinero para comprar, iniciar negocios o amueblar su casa da tremendas suspiradas, abre los ojos desorbitadamente y se enoja de pronto por algún tema transversal en las negociaciones de fantasía… no concibe que eso demuestra su incoherencia tan famosa all around Covida.
He pensado seriamente en un artículo llamado Lima, la mitómana; porque abundan.
Porque si alguien llega y me habla con tantas mentiras, invenciones y exageraciones no se me ocurre hacer otra cosa, más que contar la experiencia en mi blog. ¿O qué? ¿Sería más humano decirles “no te creo”, “mientes”, “eres un hablador”? ¿O decir “guau”, “¡qué bien!”, “¡eres lo máximo”!
Soy un ser crítico, quizá no por naturaleza ya que tuve una formación escolar que me obligaba a no cuestionar mucho. Pero llegué a una etapa de mi vida que no está para fantasías infantiles (porque ni a juveniles llegan) y una nueva formación académica que me enseñó a cuestionar lo más posible.
Evidencias, fuentes, tipo de conexiones y sobre todo el sentido de coherencia son los elementos que en cualquier tipo de charla me da por evaluar.
(Un sentido de coherencia que puede analizarse en tres dimensiones: el lenguaje mismo del interlocutor –lo que dice-, su emocionalidad –cómo lo dice- y su corporalidad –qué demuestra su cuerpo cuando lo dice-).
“Ayer te estuve timbrando y no contestaste”, me dijo un hablador. Seguramente ayer mi celular estuvo en huelga apoyando el paro agrario del Cusco y se negó a mostrar siquiera las llamadas perdidas. Maldito celular traicionero.
“Ya tengo el dinero para comprarte tus cosas”, esa parecía ser la canción de moda de mi vecino… sin embargo, nunca me dio el dinero. Y todavía se pone a gritar en todo el vecindario que yo no cumplo, cuando el viejito que le vende pan ya llora por veinte soles que no le puede cobrar.
De repente mi celular suena y me dicen “en cuanto a tu artículo de mitómanos quiero hacerte la aclaración que tengo el pasaporte aquí conmigo”. ¡My gooooooooooooooood! ¿Para eso llamarme? Cuando el blog tiene el espacio para comentar, si ni su nombre di… pero recurrió a lo mismo, a la oralidad inventiva, “el pasaporte” yo no lo vi. ¿Cuánto costaba escanearlo y mandarlo a mi mail? Pero, ¿para qué el pasaporte? Si una foto de Polaroid caminando en la Avenida Corrientes o Suipacha bastaba, una postal de un tangódromo, una casaca de cuero puesta o un cd del grupo Bajofondo –que según mi vecino, es una porquería… ¡qué mediocre o qué envidioso!-.
Estoy pensando seriamente en poner mi nuevo número de teléfono fijo con contestadora para enriquecer los comentarios a mis meras y subjetivas opiniones. Esa formalidad de la llamada realmente me pareció excitante.
Pero mejor me hubieras mandado una postal de San Telmo, adiós cuídate, y sonó, entre tú y yo el silbato del tren (el Sabina always on my mind!).
Epílogo:
Y mi vecino cuando habla de que ya tiene el dinero para comprar, iniciar negocios o amueblar su casa da tremendas suspiradas, abre los ojos desorbitadamente y se enoja de pronto por algún tema transversal en las negociaciones de fantasía… no concibe que eso demuestra su incoherencia tan famosa all around Covida.
He pensado seriamente en un artículo llamado Lima, la mitómana; porque abundan.







