2008-01
2008-01-01
Amores que matan
- Publicado por: jzavalaz el 2008-01-01 mar 20:16:46
- Categoría : Problemáticas sociales Visto: 1203 veces
¿Qué puede llevar a una persona a asesinar o cuando menos atentar contra su pareja?
¿Puede ser el amor un sentimiento destructivo?
¿De quién aprendemos lo que es amar?
Un recuento de casos ocurridos en el año que leí en varios periódicos en el Perú:
Un hombre puso raticida en un yogur e invitó a su ex pareja para una “última charla” y quedar como amigos. Ella, inocentemente, fue. Pero no fue sola, llevó a tres sobrinos. El tipo, como no tenía plan de contingencia, siguió con su objetivo así que les dio el veneno a los cuatro. Tuvo éxito; la mató a ella, a los infantes los mandó al hospital.
En un hotel, una joven le dijo a su amante -casi veinte años mayor- que lo engañaba con otro (supongo que más acorde a su edad, me parece lógico). Encolerizado, su amante maduro le metió ocho puñaladas en el pecho.
Una mujer, molesta con su marido, se envenenó a sí misma y a sus hijos para castigar a su cónyuge.
Una señora molesta porque su consorte policía no quiso acompañarla a cierto evento, le preparó un té con poderoso purgante mandándolo al hospital por severo cuadro de deshidratación por diarrea. Resulta increíble que no era la primera vez que ella le hacía esto.
Otra historia similar, pero con un cebiche envenado; una mujer asesinó a su pareja albañil por celos, y se conocía que había habido un intento similar previo.
Un caso muy famoso fue el de un oficial de policía (casado), que conoció a una jovencita que iniciaba su entrenamiento también en la Policía Nacional. Desde un inicio la pretendió, logró divorciarse, a ella la embarazó, se casaron, se pelearon por celos varias veces, se separaron momentáneamente, la volvía a buscar y la convencía que las cosas cambiarían, siguieron los celos… y un día ya en verdaderos trámites de divorcio, la encontró platicando precisamente con un alférez que veía el caso de separación, cuando llegó y la asesinó a balazos en plena vía pública y delante del otro oficial.
(Este no es del periódico) Un conocido mío de cincuenta años, chateaba con un joven al cual ni conocía en persona, cuando su pareja (hombre) veinte años menor lo descubrió y le pateó las partes nobles y la cara.
Bueno, como un agasajo de morbosidad ya está bien. Pero esto al parecer fue verídico todo (según documentado en los periódicos on-line que visito) y son solamente un patrón de una epidemia de “amours foux” o amores fatales que acá percibo (sin atreverme a decir que sea única en este país).
¿Desde cuándo el “amor” tiene la libertad de volverse precisamente lo opuesto?
Yo creo que nunca. Simplemente la gente ya no conoce lo que puede significar amar a otro.
¿Es posible amar a otro cuando uno mismo no se conoce y sobre todo se acepta como uno es realmente?
¿Forma parte de la cultura actual reconocer y aceptar que los periodos de enamoramiento y de amar propiamente son ahora finitos y sobre todo sucintos?
¿Se reconoce al amar como un proceso constante que debe ser cultivado perennemente?
Claro que todas mis reflexiones son meras trampas de razonamiento. No está estipulado propiamente lo que es amar, pero sí se puede reconocer que es, precisamente, lo contrario. Además, la muestra de casos de “amantes fatales” que pude mencionar pertenece a grupos vulnerables (gente sin formación profesional, clase económicamente emergente, grupos marginales o profesiones propensas a severos trastornos psicológicos); aunque la situación con universitarios clase media puede no cambiar mucho que digamos cuando las relaciones no funcionan.
He tenido una extraña suerte de tener de vecinos de departamento en mi edificio a dos “relaciones” de parejas jóvenes (debajo de cuarenta años). Un primer caso, un matrimonio de origen serrano (Cajamarca contra Ayacucho) donde cada noche llegaba el tipo (que se daba aires de jefe de personal o algo así) y de inmediato le reclamaba a su sumisa mujer (que criaba a una bebé de menos de un año de edad) que su comida “no estaba rica como lo que su mamá le preparaba”. Ella no podía contarle nada porque él comenzaba a insultarla a gritos… Afortunadamente, el tipo difícilmente podía pagar la renta a tiempo, a pesar de “lo estratégico e importante” de su puesto (según sus llamadas por celular donde se lucía dando órdenes en voz alta) y su departamento les fue pedido por razones “de seguridad (económica)” del edificio.
Sus sucesores, dos limeños de amabilísimas sonrisas y también con aires profesionales de alto prestigio, resultaron ser convivientes -ya que el tipo seguía casado pero técnicamente separado de su esposa-. Cada tres noches una pelea de pareja, con reclamos por parte de él con absurdos matices intelectuales (para demeritar a su nueva compañía en el lecho) contra actos emocionales como golpes a la pared y modulaciones de voz con elevado sentido de fatalidad y drama de parte de ella… después de cada pelea que terminaba a la una de la madrugada, si los encontraba a ellos cuando salía por la mañana, se dirigían a mí con una amabilidad tan encantadora como empalagosa. Era obvio que desconocían lo indiscreto de su departamento.
Bueno, para no dar más vueltas al asunto es hora de mostrar mi postura en cuanto este “apasionado” asunto.
El hombre, como animal simbólico que es, busca con gran fuerza su significatividad en otro(s) individuo(s). Un ser humano es más ser humano cuando se debe a otros, cuando vive con otros y cuando tiene a otros para vivir. Al menos, miles de años de evolución se han encargado de hacer de esto un estado inconciente pero colectivo. Alguien que no tiene la oportunidad de razonar profundamente en otras dimensiones buscará su completo significado en la vida con la necesaria ayuda de una pareja, amante, hijos así como en una religión determinada.
Si a esta carga genética, le agregamos un contexto complicado como lo es el urbano (competitivo, violento, agobiante, condicionante) que se complejiza más bajo ciertos patrones económicos y culturales. Es decir, entre más agobiante sea nuestra existencia más urgente sería la necesidad de ser y valer; y esto sólo se da ante otro(s).
Ejemplificando estas ideas:
¿De qué sirve ser un gran empresario trabajador y exitoso económicamente si no se tiene el afecto o admiración de quienes le rodean?
¿No son el prestigio y la fama motivos sumamente fuertes para re-dirigir nuestras vidas?
Por otra parte, hay personas cuyas condiciones de vida parecen extremas pero que ellas enfrentan con una fuerza y determinación tan natural que proyectan alegría y hasta felicidad. Generalmente este tipo de personas resilientes tienen, si no un grupo social de apoyo (entre ellas mismas), cuando menos a un ser significativo que las apoya.
La búsqueda de ese “apoyo”, ese otro ser que nos dé el valor que necesitamos es un “motivo de vida”.
Desgraciadamente ese “motivo de vida” no se considera como un cumplido y un favor hacia uno mismo, sino como un evento natural y determinado por el destino. Y en el peor de los casos –como en las situaciones patológicas que he mencionado-, se toma como un evento único en la vida. Es decir, una vez que se encuentra a “la pareja”, ésta viene a ser considerada como la única opción en la vida del individuo y, un posible rompimiento con ella significaría el ocaso del destino del otro. Entonces, bajo esta óptica, que la pareja no corresponda a la maravillosa persona que se pueda sentir el “no correspondido” parece ameritar un gran castigo; que bien la muerte es la expresión más siniestra.
Porque asesinando al otro se cumple el gran castigo total. Se mata al amor que se negó a cumplir el destino (del otro) y, generalmente, el asesino en sí es tan ciego, tan torpe y tan obvio que de inmediato es capturado por la autoridad para que a su vez pague su condena fatalista de no haber tenido a un dios que le facilitara conocer a su verdadero y auténtico correspondiente.
¿Puede ser el amor un sentimiento destructivo?
¿De quién aprendemos lo que es amar?
Un recuento de casos ocurridos en el año que leí en varios periódicos en el Perú:
Un hombre puso raticida en un yogur e invitó a su ex pareja para una “última charla” y quedar como amigos. Ella, inocentemente, fue. Pero no fue sola, llevó a tres sobrinos. El tipo, como no tenía plan de contingencia, siguió con su objetivo así que les dio el veneno a los cuatro. Tuvo éxito; la mató a ella, a los infantes los mandó al hospital.
En un hotel, una joven le dijo a su amante -casi veinte años mayor- que lo engañaba con otro (supongo que más acorde a su edad, me parece lógico). Encolerizado, su amante maduro le metió ocho puñaladas en el pecho.
Una mujer, molesta con su marido, se envenenó a sí misma y a sus hijos para castigar a su cónyuge.
Una señora molesta porque su consorte policía no quiso acompañarla a cierto evento, le preparó un té con poderoso purgante mandándolo al hospital por severo cuadro de deshidratación por diarrea. Resulta increíble que no era la primera vez que ella le hacía esto.
Otra historia similar, pero con un cebiche envenado; una mujer asesinó a su pareja albañil por celos, y se conocía que había habido un intento similar previo.
Un caso muy famoso fue el de un oficial de policía (casado), que conoció a una jovencita que iniciaba su entrenamiento también en la Policía Nacional. Desde un inicio la pretendió, logró divorciarse, a ella la embarazó, se casaron, se pelearon por celos varias veces, se separaron momentáneamente, la volvía a buscar y la convencía que las cosas cambiarían, siguieron los celos… y un día ya en verdaderos trámites de divorcio, la encontró platicando precisamente con un alférez que veía el caso de separación, cuando llegó y la asesinó a balazos en plena vía pública y delante del otro oficial.
(Este no es del periódico) Un conocido mío de cincuenta años, chateaba con un joven al cual ni conocía en persona, cuando su pareja (hombre) veinte años menor lo descubrió y le pateó las partes nobles y la cara.
Bueno, como un agasajo de morbosidad ya está bien. Pero esto al parecer fue verídico todo (según documentado en los periódicos on-line que visito) y son solamente un patrón de una epidemia de “amours foux” o amores fatales que acá percibo (sin atreverme a decir que sea única en este país).
¿Desde cuándo el “amor” tiene la libertad de volverse precisamente lo opuesto?
Yo creo que nunca. Simplemente la gente ya no conoce lo que puede significar amar a otro.
¿Es posible amar a otro cuando uno mismo no se conoce y sobre todo se acepta como uno es realmente?
¿Forma parte de la cultura actual reconocer y aceptar que los periodos de enamoramiento y de amar propiamente son ahora finitos y sobre todo sucintos?
¿Se reconoce al amar como un proceso constante que debe ser cultivado perennemente?
Claro que todas mis reflexiones son meras trampas de razonamiento. No está estipulado propiamente lo que es amar, pero sí se puede reconocer que es, precisamente, lo contrario. Además, la muestra de casos de “amantes fatales” que pude mencionar pertenece a grupos vulnerables (gente sin formación profesional, clase económicamente emergente, grupos marginales o profesiones propensas a severos trastornos psicológicos); aunque la situación con universitarios clase media puede no cambiar mucho que digamos cuando las relaciones no funcionan.
He tenido una extraña suerte de tener de vecinos de departamento en mi edificio a dos “relaciones” de parejas jóvenes (debajo de cuarenta años). Un primer caso, un matrimonio de origen serrano (Cajamarca contra Ayacucho) donde cada noche llegaba el tipo (que se daba aires de jefe de personal o algo así) y de inmediato le reclamaba a su sumisa mujer (que criaba a una bebé de menos de un año de edad) que su comida “no estaba rica como lo que su mamá le preparaba”. Ella no podía contarle nada porque él comenzaba a insultarla a gritos… Afortunadamente, el tipo difícilmente podía pagar la renta a tiempo, a pesar de “lo estratégico e importante” de su puesto (según sus llamadas por celular donde se lucía dando órdenes en voz alta) y su departamento les fue pedido por razones “de seguridad (económica)” del edificio.
Sus sucesores, dos limeños de amabilísimas sonrisas y también con aires profesionales de alto prestigio, resultaron ser convivientes -ya que el tipo seguía casado pero técnicamente separado de su esposa-. Cada tres noches una pelea de pareja, con reclamos por parte de él con absurdos matices intelectuales (para demeritar a su nueva compañía en el lecho) contra actos emocionales como golpes a la pared y modulaciones de voz con elevado sentido de fatalidad y drama de parte de ella… después de cada pelea que terminaba a la una de la madrugada, si los encontraba a ellos cuando salía por la mañana, se dirigían a mí con una amabilidad tan encantadora como empalagosa. Era obvio que desconocían lo indiscreto de su departamento.
Bueno, para no dar más vueltas al asunto es hora de mostrar mi postura en cuanto este “apasionado” asunto.
El hombre, como animal simbólico que es, busca con gran fuerza su significatividad en otro(s) individuo(s). Un ser humano es más ser humano cuando se debe a otros, cuando vive con otros y cuando tiene a otros para vivir. Al menos, miles de años de evolución se han encargado de hacer de esto un estado inconciente pero colectivo. Alguien que no tiene la oportunidad de razonar profundamente en otras dimensiones buscará su completo significado en la vida con la necesaria ayuda de una pareja, amante, hijos así como en una religión determinada.
Si a esta carga genética, le agregamos un contexto complicado como lo es el urbano (competitivo, violento, agobiante, condicionante) que se complejiza más bajo ciertos patrones económicos y culturales. Es decir, entre más agobiante sea nuestra existencia más urgente sería la necesidad de ser y valer; y esto sólo se da ante otro(s).
Ejemplificando estas ideas:
¿De qué sirve ser un gran empresario trabajador y exitoso económicamente si no se tiene el afecto o admiración de quienes le rodean?
¿No son el prestigio y la fama motivos sumamente fuertes para re-dirigir nuestras vidas?
Por otra parte, hay personas cuyas condiciones de vida parecen extremas pero que ellas enfrentan con una fuerza y determinación tan natural que proyectan alegría y hasta felicidad. Generalmente este tipo de personas resilientes tienen, si no un grupo social de apoyo (entre ellas mismas), cuando menos a un ser significativo que las apoya.
La búsqueda de ese “apoyo”, ese otro ser que nos dé el valor que necesitamos es un “motivo de vida”.
Desgraciadamente ese “motivo de vida” no se considera como un cumplido y un favor hacia uno mismo, sino como un evento natural y determinado por el destino. Y en el peor de los casos –como en las situaciones patológicas que he mencionado-, se toma como un evento único en la vida. Es decir, una vez que se encuentra a “la pareja”, ésta viene a ser considerada como la única opción en la vida del individuo y, un posible rompimiento con ella significaría el ocaso del destino del otro. Entonces, bajo esta óptica, que la pareja no corresponda a la maravillosa persona que se pueda sentir el “no correspondido” parece ameritar un gran castigo; que bien la muerte es la expresión más siniestra.
Porque asesinando al otro se cumple el gran castigo total. Se mata al amor que se negó a cumplir el destino (del otro) y, generalmente, el asesino en sí es tan ciego, tan torpe y tan obvio que de inmediato es capturado por la autoridad para que a su vez pague su condena fatalista de no haber tenido a un dios que le facilitara conocer a su verdadero y auténtico correspondiente.
Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren
. y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren
Joaquín Sabina






