Recuerdo que en mis años infantiles, las vacaciones eran-en un gran porcentaje- frente al mar, con un pescadito fresco en el desayuno, algunas veces jugando en una chacra con los animales que allí se criaban y disfrutando de la alegría de la gente natural de Pisco playa, San Andrés, Cabeza de Toro, Hoja Redonda y demás sitios de nuestra vitivinicola Ica.
Hoy, después de un nefasto miércoles de horror, en donde el cielo se ilumino por relámpagos y la tierra dejó sentir su fuerza, cada noche se asiste por medio de una pantalla de tv, a imágenes llenas de dolor y amargura, llanto desgarrador que sale del alma porque significa que un ser querido ya no reirá más con nosotros o porque una vida con un futuro por delante quedó truncada por la fatalidad.
A mi mente vienen aquellos recuerdos vívidos de mi infancia y comparo aquellas imágenes con las que me dicen hoy que de aquello no queda nada, que nunca volverá a ser igual y que todo aquello que albergan mis recuerdos ahora más que nunca son eso: recuerdos.
Sinceramente espero, y ojalá no me equivoque, Pisco pueda volver a ser- aunque sea en un pequeño espacio- la ciudad que me albergó por unos veranos y que me enseñó a querer la simpleza de la vida; la cual muchas veces olvidamos por el ritmo agitado de la ciudad.
Esta vez ayudar no es un acto de solidaridad, es un deber del corazón.
Hoy, después de un nefasto miércoles de horror, en donde el cielo se ilumino por relámpagos y la tierra dejó sentir su fuerza, cada noche se asiste por medio de una pantalla de tv, a imágenes llenas de dolor y amargura, llanto desgarrador que sale del alma porque significa que un ser querido ya no reirá más con nosotros o porque una vida con un futuro por delante quedó truncada por la fatalidad.
A mi mente vienen aquellos recuerdos vívidos de mi infancia y comparo aquellas imágenes con las que me dicen hoy que de aquello no queda nada, que nunca volverá a ser igual y que todo aquello que albergan mis recuerdos ahora más que nunca son eso: recuerdos.
Sinceramente espero, y ojalá no me equivoque, Pisco pueda volver a ser- aunque sea en un pequeño espacio- la ciudad que me albergó por unos veranos y que me enseñó a querer la simpleza de la vida; la cual muchas veces olvidamos por el ritmo agitado de la ciudad.
Esta vez ayudar no es un acto de solidaridad, es un deber del corazón.






