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Archivo de agosto 2011
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Estimados blogueros:

Interesante reflexión de Luis Alberto Moreno, Presidente del BID, aparecido en el Diario El Universal de México el día de ayer martes.
Reflexioa en torno al papel de las llamadas "industrias creativas" en el presente y futuro económico de América Latina. Según se ve, se trata de uno de nuestros principales potenciales, que esta permitiendo salir de la pobreza a muchos de nuestros ciudadanos que viven sus proyectos de vida en medio de la perseverancia.

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Por: Luis Alberto Moreno

Recientemente en la ciudad de Barranquilla se apagó una de las voces más privilegiadas de la música caribeña. Joe Arroyo, compositor, cantante, maestro de la creatividad, fue un ícono que con su talento no dejó de irradiar alegría, invitando a millones de oyentes a bailar sin descanso. Su historia de triunfos es incontrovertible. Más de ciento veinte éxitos y cerca de cuarenta y siete discos grabados lo inmortalizaron en la historia de la salsa, el chandé, el merengue y la cumbia.
Lo deslumbrante de la historia detrás del Joe, no fue solo su triunfo estelar, sino la forma como llegó a la cumbre. Nacido en una comunidad agobiada por la pobreza, su perseverancia lo llevó a dar todo por la música. Contra todas las adversidades posibles y a base de lucha, logró abrirse camino y con laboriosidad hizo de su son y sabor una empresa exitosa.
La historia del Joe es tan solo un ejemplo del talento de una región cuya cultura no deja de impactar. Hoy Latinoamérica y el Caribe más que nunca se encuentran posicionados en el escenario internacional en las distintas disciplinas que según la Unesco constituyen las industrias creativas. La clasificación incorpora las artes vivas como la música, el teatro y la danza. También incluye la industria editorial, el diseño, los servicios creativos, las artes visuales y audiovisuales, los centros y patrimonios arqueológicos y otras expresiones culturales como las artesanías, la culinaria y los carnavales.
Además de un patrimonio fascinante, estas actividades representan una valiosa fuente de divisas y empleos. Las exportaciones de bienes y servicios creativos en el mundo alcanzaron cerca de 406 mil millones de dólares en el 2008, de los cuales los países emergentes contribuyeron con el 43 por ciento.
El informe sobre la Economía Creativa, presentado por la Unesco en el 2010, trae datos reveladores sobre lo que estas industrias significan para América Latina y el Caribe. En Brasil se estima que las industrias creativas ocupan al 21% de la fuerza laboral, mientras que generan al 9% del PBI de una ciudad como Buenos Aires. En Colombia, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, el peso total de este sector se acerca al 4% del PBI nacional. México es el decimoctavo exportador mundial de bienes y servicios creativos.
Esta realidad la respaldan los nombres de nuestros héroes artísticos. Para nombrar solo algunos, Óscar de la Renta y Silvia Tcherassi en el mundo de la moda; Alfonso Cuarón y Alejandro Gónzalez Iñárritu en el cine; músicos como Shakira, Juanes, Gilberto Gil y Wyclef Jean; arquitectos como Oscar Niemayer, Ricardo Legorreta y Simón Vélez, o chefs como Gastón Acurio, son referentes internacionales en sus campos. En cada una de sus leyendas se corrobora que talento y oportunidad conducen a la prosperidad.
Reconociendo que en esta década América Latina tendrá grandes avances económicos, la región tiene la oportunidad a hacer de la creatividad un motor de prosperidad colectiva aún más importante. Si nuestra región crece a un ritmo anual de 4.8% durante los próximos 15 años nuestra producción económica se duplicará. Los ingresos por persona en la región también se duplicarían en unos 20 años, según estimaciones del BID. Esto significaría que la clase media de la región alcanzaría el 75% de la población. Con mayor prosperidad, nuestra gente tendrá mejores posibilidades tanto de contribuir a la creación cultural como para consumir productos y servicios culturales de origen nacional.
Por eso desde el BID estamos apoyando a los gobiernos que impulsan reformas y legislación para estimular las industrias creativas. Estamos ayudando a financiar la construcción de infraestructura cultural, la protección y promoción del patrimonio histórico y artístico y el fortalecimiento de las alianzas público-privadas y emprendimientos en el sector cultural.
El gran reto está en lograr con oportunidades que el triunfo de talentos como Joe Arroyo no sean un milagro sino una manifestación natural de nuestra prosperidad creativa.
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Teresa Orbegoso es una valiosisima artista e intelectual que ha sacado su primer poemario, en el que recurre a elementos como arena y polvo. Los versos de Teresa hablan de la pobreza y de la manera de relacionarnos -siempre tan dolorosa- con ella, y se presenta con ilustraciones hechas por niños de Carabayllo.
El día de hoy, en el Diario El Perúano, el señor Miguel Angel Vallejo hizo una interesante crónica al respecto.

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Por: Miguel Ángel Vallejo S.

En su niñez, Teresa Orbegoso veía por la ventana los cerros de Comas y se preguntaba: ¿por qué las personas viven en los cerros, en casas de esteras? Esa conciencia de las diferencias y la injusticia sería el primer empuje para su poemario Yana Wayra (Viento Negro). "Este libro nace de pensar la pobreza, de lo que yo misma he visto", afirma la autora. La recurrencia de la arena, el polvo, las injusticias, surgen de sus siguientes pasos. Los viajes en colectivo a Pueblo Libre, en esa Lima consolidada, "con un pie en un lado y un pie en otro", dice. El dolor y la pérdida en sus versos, aclara, surgen de la muerte de su padre, que hace que vivan una situación de empobrecimiento.
Ya en la universidad y acostumbrada a esa pérdida de dinero, trabajó con la Unión de Estudiantes Católicos, haciendo acción social en Villa El Salvador. El siguiente paso decisivo en su poética sería el sentirse extranjera, pues pasó por varias ciudades estudiando y trabajando.
"Tenía pensado escribir el libro hacía años, pero cambia cuando me voy a vivir a Buenos Aires. Fue también el sentirme extranjera, ver familias quechuahablantes en abandono y maltratados", afirma.

Trabajo con niños
Así, con cierta influencia de Watanabe, surgió Yana Wayra. Pero el contenido no termina allí. Una artista plástica de Carabayllo, quien trabaja en el colegio Ana María Kan, quedó fascinada con el poemario e hizo las gestiones para que los niños de ese colegio trabajen a partir de sus versos.
Así, una tropa de infantes empezó a dibujar estos versos, ciertamente un poco oscuros, pero la escritora nos devuelve una verdad: "la muerte o la violencia no son ajenas a los niños". Con trabajos infantiles de tres colegios se ha preparado una exposición artística ahora, que prolonga los versos de Orbegoso más allá de las fronteras del papel y el mismo lenguaje.
El resultado de los dibujos fue muy íntimo. "Son trabajos honestos. No hay mejor forma de poder comunicar lo que he podido escribir, y eso es lo que me impresiona. Hay una conexión. Los dibujos de los chicos son como completar el libro. Continúan la creación en la obra", nos dice Orbegoso.
Patricia Orbegoso, hermana de la autora, llevó el proyecto a otro colegio en San Miguel. Otra vez en el encuentro entre esos dos mundos. "Son talleres muy personalizados, de niños entre 7 y 15 años. Les hacemos escuchar música para que se relajen", explica la escritora. Y con tan buena experiencia, se decidió que los trabajos de los niños ilustren el libro.
Ahora se ha abierto un espacio más: un espacio en la Municipalidad de Pueblo Libre, esta vez de niños con habilidades diferentes. La poesía de Orbegoso sigue reinventándose.

Presentaciones
1 Se ha programado varias presentaciones del libro acompañadas de los dibujos de los escolares, así como videos explicativos.
2 Hoy martes la autora y la muestra se presentarán en la sede del INC en Iquitos.
3 Mañana miércoles la cita es a las 20:30 horas en el local de Cholas Bravas de Magdalena del Mar.
4 El 22 de agosto será la última presentación, por ahora, en el INC de Huánuco.
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A continuación el interesantisimo artículo de Mario Vargas Llosa aparecido en el Diario La República el 31.07.2011, sobre uans reflexiones respecto a lo que el uso "indebido" del Internet puede ocasionar en la cultura de lectura y obtención de conocimiento por medio de los libros.

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Por: Mario Vargas Llosa

Nicholas Carr estudió Literatura en Dartmouth College y en la Universidad de Harvard y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la red; además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra.
Un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector, y, casi casi, un lector. Su concentración se disipaba luego de una o dos páginas de un libro, y, sobre todo si aquello que leía era complejo y demandaba mucha atención y reflexión, surgía en su mente algo así como un recóndito rechazo a continuar con aquel empeño intelectual. Así lo cuenta: “Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo”.
Preocupado, tomó una decisión radical. A finales de 2007, él y su esposa abandonaron sus ultramodernas instalaciones de Boston y se fueron a vivir a una cabaña de las montañas de Colorado, donde no había telefonía móvil y el Internet llegaba tarde, mal y nunca. Allí, a lo largo de dos años, escribió el polémico libro que lo ha hecho famoso. Se titula en inglés The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains y, en español: Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011). Lo acabo de leer, de un tirón, y he quedado fascinado, asustado y entristecido.
Carr no es un renegado de la informática, no se ha vuelto un ludita contemporáneo que quisiera acabar con todas las computadoras, ni mucho menos. En su libro reconoce la extraordinaria aportación que servicios como el de Google, Twitter, Facebook o Skype prestan a la información y a la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que una inmensa cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los beneficios que todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica y al desarrollo económico de las naciones.
Pero todo esto tiene un precio y, en última instancia, significará una transformación tan grande en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV que generalizó la lectura de libros, hasta entonces confinada en una minoría insignificante de clérigos, intelectuales y aristócratas. El libro de Carr es una reivindicación de las teorías del ahora olvidado Marshall McLuhan, a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre éste, y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar. McLuhan se refería sobre todo a la televisión, pero la argumentación del libro de Carr y los abundantes experimentos y testimonios que cita en su apoyo indican que semejante tesis alcanza una extraordinaria actualidad relacionada con el mundo del Internet.
Los defensores recalcitrantes del software alegan que se trata de una herramienta y que está al servicio de quien la usa y, desde luego, hay abundantes experimentos que parecen corroborarlo, siempre y cuando estas pruebas se efectúen en el campo de acción en el que los beneficios de aquella tecnología son indiscutibles: ¿quién podría negar que es un avance casi milagroso que, ahora, en pocos segundos, haciendo un pequeño clic con el ratón, un internauta recabe una información que hace pocos años le exigía semanas o meses de consultas en bibliotecas y a especialistas? Pero también hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse.
No es verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él. No es una metáfora poética decir que la “inteligencia artificial” que está a su servicio, soborna y sensualiza a nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo, de manera paulatina, dependientes de aquellas herramientas, y, por fin, en sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado “la mejor y más grande biblioteca del mundo”? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?
No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de la Web, como el profesor Joe O’Shea, filósofo de la Universidad de Florida, afirme: “Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la Web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos”. Lo atroz de esta frase no es la afirmación final, sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para “informarse”. Es uno de los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: “Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros”.
Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora incapaces de leer La Guerra y la Paz o el Quijote. Acostumbrados a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la facultad de hacerlo, y han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la red, con sus infinitas conexiones y saltos hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran literatura. Pero no creo que sea sólo la literatura a la que el Internet vuelve superflua: toda obra de creación gratuita, no subordinada a la utilización pragmática, queda fuera del tipo de conocimiento y cultura que propicia la Web. Sin duda que ésta almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos?
La revolución de la información está lejos de haber concluido. Por el contrario, en este dominio cada día surgen nuevas posibilidades, logros, y lo imposible retrocede velozmente. ¿Debemos alegrarnos? Si el género de cultura que está reemplazando a la antigua nos parece un progreso, sin duda sí. Pero debemos inquietarnos si ese progreso significa aquello que un erudito estudioso de los efectos del Internet en nuestro cerebro y en nuestras costumbres, Van Nimwegen, dedujo luego de uno de sus experimentos: que confiar a los ordenadores la solución de todos los problemas cognitivos reduce “la capacidad de nuestros cerebros para construir estructuras estables de conocimientos”. En otras palabras: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos.
Tal vez haya exageraciones en el libro de Nicholas Carr, como ocurre siempre con los argumentos que defienden tesis controvertidas. Yo carezco de los conocimientos neurológicos y de informática para juzgar hasta qué punto son confiables las pruebas y experimentos científicos que describe en su libro. Pero éste me da la impresión de ser riguroso y sensato, un llamado de atención que –para qué engañarnos– no será escuchado. Lo que significa, si él tiene razón, que la robotización de una humanidad organizada en función de la “inteligencia artificial” es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor.
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Aunque en la última campaña, la posición de Francisco Miró Quesada Rada en la Dirección de EL COMERCIO no ha sido acertada ni promotora del proyecto democrático, a continuación posteamos un interesante artículo suyo, publicado en el referido diario el 28 de Julio pasado.

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Por: Francisco Miró Quesada Rada

Hace unos años se filmó la película “El patriota”, protagonizada por Mel Gibson. Una tragedia durante las guerras de independencia de las colonias norteamericanas. El patriota fue un hombre pacífico hasta que se vio involucrado en la guerra porque los ingleses destruyeron su ciudad, bienes y familia. Este patriota terminó siendo héroe. Fueron las circunstancias. Los héroes son patriotas, pero no todo patriota está obligado a ser héroe, como Grau, Bolognesi, Alfonso Ugarte, Quiñones, entre otros. Héroe viene del griego ‘Eros’, que significa el ‘defensor de la ciudad’. Por eso, en “La Ilíada” el verdadero héroe es Héctor y no Aquiles, porque Héctor, sabiendo que iba a morir, se enfrentó al inmortal de los pies ligeros. Dio su vida por la libertad de Troya.

La patria es un término de origen latino, relacionado a la familia y al clan. Deriva de ‘patrĭa’, que significa ‘tierra paterna’ y de ‘pater’ (padre). La patria es nuestra tierra natal o adoptiva a la que como personas nos sentimos vinculados por diversos factores biológicos, afectivos, culturales e históricos.

La patria no es la nación, un concepto moderno. Un patriota es por lo general nacionalista, pero también puede no ser nacionalista. La patria está más vinculada a un sentimiento; en cambio, la nación tiene connotaciones políticas, ideológicas y jurídicas.

Hay peruanos que viven en el extranjero y aman a su patria, mantienen nuestras costumbres y tradiciones en los países en donde radican y festejan el 28 de julio.

Para los romanos, la patria tiene un origen mítico, la consideran una donación de los dioses. La nación es una etapa posterior a la patria.

En consecuencia, un patriota, aquel que ama a su patria, no tiene que ser héroe ni nacionalista, basta con que valore las costumbres y las tradiciones de su pueblo, que los romanos llamaron ‘mores maiorum’, las costumbres mayores o más importantes. En un sentido amplio, es patriota aquel que respeta y valora a las personas que viven en su sociedad, asume las costumbres y tradiciones de su país, se identifica con ellas, se siente parte integrante de su comunidad, aporta a su progreso y beneficio a través de su desempeño y trabajo, como ciudadano o como autoridad. Contribuye con el civismo garantizando y buscando la libertad de todos y la justicia entre todos, no excluye ni discrimina, porque integra a los miembros de su comunidad.

Se esfuerza por lograr el bien de todos, protege igualmente el territorio en que vive. Le otorga significado especial a los valores que existen y que han sido heredados a través de la historia producto del legado de nuestros antepasados. El Perú es nuestra patria diversa, con muchas culturas, etnias y lenguas, una sociedad rica en tradiciones y costumbres que debe mirar hacia el futuro pero sin olvidar el pasado.

“Quiero a mi patria como quiero a mis hijos”, dijo José Martí. Es patriota quien sirve a su compatriota.

¡Felices Fiestas Patrias!