Archivo de abril 2010
Estimados amigos:
Hace unos días fue retirada de las librerías católicas españolas el Libro del teólogo José Antonio Pagola denominado "Jesús: una aproximación histórica", que había batido record de ventas (dicen que más de 250,000 ejemplares).
El tema es antiguo. El libro, polémico, había sido materia de cuestionamiento por ciertos teologos tradicionalistas españoles, que dió origen a una posición por parte de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Este año 2010 el autor presento una nueva edición, con precisiones que evitaran cualquier confusión posible, contando para ello con la autorización (imprimatur) del obispo de su diocesis. La edición, tan pronto salió a la venta, fue un exito de ventas, pero la editorial que lo publica ordeno súbitamente su retiro de las librerías.
A continuación, un comentario del teólogo José I. González Faus, miembro de Cristianismo y Justicia, sobre el tema.
Cada cual saque sus propias conclusiones.
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Por: José I. González Faus
Me permito plagiar el famoso título de J. A. Mendoza para dar un poco de humor a las cuatro reflexiones que siguen y que no pueden hacerse sin mucha tristeza.
1.- La historia es maestra de la vida. Y, sin entrar a juzgar personas, el teólogo o el historiador de la Iglesia saben que en más de una ocasión los obispos (o grupos de ellos) han caído en herejía. Cuando el concilio de Nicea, por ejemplo, la mayoría de los obispos eran arrianos y fue la fe del pueblo la que salvó a la Iglesia.
Por qué eran arrianos aquellos obispos del siglo IV, es fácil de explicar: el arrianismo salvaba la superioridad absoluta de la autoridad suprema (Dios en el cielo y sus representantes políticos o eclesiásticos en la tierra) mucho mejor que una doctrina trinitaria en la que se confiesa la absoluta igualdad entre la Fuente Última del ser (a la que llamamos Dios Padre), y los otros modos del ser divino que de Él proceden (y a los que nuestro pobre lenguaje califica como “Palabra” -o Hijo- y Espíritu de Dios).
Después volveremos sobre esto. Ahora vamos a asomarnos a la polémica en torno al libro de José Antonio Pagola (Jesús: una aproximación histórica).
2.- Mucha gente está desconcertada hoy por lo ocurrido con ese libro. A la sorpresa por la condena teológica de una obra que ha acercado tanta gente a Jesús y que es sólo un libro histórico (donde, además, nada atenta contra la fe cristiana), se añade la obstinación y dureza contra un buen hijo de la Iglesia, que evocan la máxima de los antiguos inquisidores hispánicos en el proceso contra María Cazalla: si de las torturas se sigue alguna lesión o incluso la muerte “a culpa de ella sea y no de sus mercedes los reverendos inquisidores”. Hoy eso se ha suavizado gracias a Dios y no acuso de ello a los censores de Pagola. Pero en cambio, escandaliza el procedimiento de presionar en secreto a una editorial, en vez de dar la cara evangélicamente.
Y, sin embargo, los obispos que así condenan parten de algo muy respetable y preciso para la identidad cristiana: la confesión de la divinidad de Jesús. Hasta aquí coincidimos.
Pero a partir de ahí dan un sonoro paso en falso en mi modesta opinión. Sin permitir que Jesús nos revele algo del ser de Dios (que ellos ya creen conocer) deducen que, si Jesús era Dios, debía ser de esta y esta manera como hombre. Con esta lógica, imaginan al hombre Jesús como una especie de “hombre divino” (o de “superman” para decirlo con una palabra más nuestra).
Pues bien: contra este modo de concebir al hombre Jesús fue escrito el evangelio de Marcos ya en el siglo I, lo cual permite comprender lo fácil y comprensible de esa tentación (ésta fue la tentación de muchos paganos piadosos que se convertían al cristianismo). Contra este modo de ver escribió san Agustín una célebre frase (hablando de los magos, si no recuerdo mal): “vieron al hombre y adoraron a Dios. Lo que les ocurre a los censores de Pagola es que quieren “ver” a Dios o algo de lo que ellos imaginan como divino, para adorarle.
Contra este modo de proceder también escribió Lutero una página memorable en su comentario a los gálatas, donde viene a decir que no hemos de imaginarnos una especie de superman en especulaciones sobre la Trascendencia: pues eso no sería más que “la sabiduría del mundo que no conoce a Dios” (1 Cor 1,21). Hay que comenzar por donde Él comenzó: en el vientre de una mujer, naciendo, en los pechos de su madre, padeciendo como todos… y hasta sintiéndose abandonado de Dios. Y después decir estremecidos: ¡éste es Dios! Y adorarle.
Naturalmente, cuando se hace sobre Jesús una investigación puramente histórica, no se encuentra nunca a un “hombre divino”. Por eso creen los obispos censores que la investigación histórica no resulta compatible con la fe de la Iglesia.
3.- O, dicho lo mismo con otras palabras: la fe de la Iglesia confiesa que Jesús es “consustancial a Dios” y “consustancial a nosotros”. La palabra consustancial no es muy de hoy aunque la conocemos por el Credo (“de la misma naturaleza”): igual en todo a nosotros (salvo en el pecado que no pertenece a nuestro ser humano sino que es más bien la fuerza destructora de nuestro ser). Pero la enseñanza de la Iglesia añade que esas dos afirmaciones (consustancial al Padre y consustancial a nosotros) han de hacerse “simultáneamente” y “sin separarlas”.
Cuando la afirmación no es simultánea sino que da prioridad a una de las dos afirmaciones, la otra peligra siempre. Y, en el caso que ahora nos ocupa, comenzar sólo por la consustancialidad de Jesús con el Padre lleva siempre a negar la consustancialidad (o plena igualdad) de Jesús con nosotros. A lo más se le confesará igual a nosotros en el cuerpo (cosa que también negaban algunos en los comienzos del cristianismo), pero no podrá ser consustancial a nosotros en todo eso que hoy llamamos el psiquismo humano.
La forma más suave de esta línea herética (suave, pero también heterodoxa) es llamada técnicamente monofisismo. Su modo de concebir a Dios la lleva a pensar que, para afirmarse y para estar presente, Dios necesita quitar espacio a lo humano. De esta manera se afirma un Dios que parece más de acuerdo con nuestra forma espontánea de pensar; pero que evita aquello que proclamaba san Pablo como intrínseco a la revelación del Dios cristiano: que es una locura para los que piensan (“los sabios”) y, sobre todo, un escándalo para los hombres religiosos (los judíos dice Pablo con su léxico personal).
Nada de esto es nuevo: hace más de cincuenta años, K. Rahner advirtió que, en la cabeza de muchos católicos, había “un monofisismo latente”. También en la cabeza de muchos obispos. En este modo de concebir, el escándalo del Dios cristiano se ha eliminado y ya tenemos un dios al alcance de nuestra cabeza. Pero también se ha eliminado que Jesús revele algo del ser de Dios, algo que nunca hubiéramos sospechado sin Jesús, y que no nos es fácil de aceptar: que Dios es capaz de negar su “forma divina” para presentársenos en la figura escandalosa de “un siervo”, o al menos “pasando por uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera” (ver Fil 2, 7ss).
En fin: el Jesús de Pagola quizá tenga sus desaciertos o desenfoques en algún punto concreto, como toda obra histórica; pero sí que se nos aparece “como uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera”. Por eso los “piadosos” no pueden reconocer en él a Dios. Y al no reconocerlo, creen que Pagola niega la fe de la Iglesia. No sospechan que son ellos los que amenazan esa fe. (Y al margen de esto: si el Jesús de Pagola resulta atractivo por la discreta presencia de la Trinidad en él, eso es lo que Dios quiere con nosotros: seducir y no imponerse).
Dicho de otro modo para concluir: el Nuevo Testamento no dice de Jesús que porque era el Hijo (o como era el Hijo)… (y aquí pueden añadirse muchas cosas de las que imaginan en Jesús los detractores de Pagola). Dice bien claro que Jesús aunque era el Hijo… (y aquí siguen algunas cosas de las que molestan a los censores de Pagola: aprendió en sus sufrimientos esa aceptación que es propia de la condición humana…). Y esto mismo se repite en el modo de argumentación de Satanás cuando el evangelio cuenta las tentaciones de Jesús: “si eres Hijo de Dios”… tendrás que hacer esto y esto otro. Con la sorpresa de que Jesús nunca contesta a Satán apelando a su condición divina sino a su condición humana: el hombre no vive de solo pan, el hombre no debe tentar a Dios etc.
4.- Y como, en la realidad, todas las dimensiones están unificadas, lo que llevamos dicho no afecta sólo al campo de la teoría sino que tiene su resonancia práctica: si el Dios que se revela en Jesús es un Dios capaz de vaciarse de sí mismo y renunciar a su imagen divina (¡sin perder por eso su divinidad sino al revés: poniéndola en acto!), se sigue necesariamente que aquellos que se nos presentan como “representantes de Dios” deberían renunciar también a su presunta dignidad divina y hermanarse al máximo con todos los hombres, sobre todo con los que menos rostro de hombre tienen por la barbarie del pecado de este mundo. En algo de eso debía pensar el Vaticano II cuando dijo que los gozos, esperanzas, tristezas y dolores de todos los hombres, sobre todo de los más pobres, son también gozos y dolores de la Iglesia. (Y eso es lo que no parece ocurrirles a los enemigos de Pagola).
En una palabra: lo que está en juego en toda esta pelea es si Dios, en Jesús, se ha revelado como Amor que renuncia a su poder, o como Poder que confirma las pretensiones humanas de poder y la idolatría humana del poder.
Por eso tampoco es extraño que -en su época- los que luego se llamaron monofisitas fueran mucho más palaciegos y partidarios del poder, del influjo en el emperador y de la corte imperial etc., etc.
Y así llegamos a lo que me parece ser el meollo del caso Pagola: lo que está en el fondo no es propiamente un problema cristológico sino un problema eclesiológico. Porque si Jesús es el Señor de la Iglesia (y esto lo confesamos todos), de una imagen de Jesús se sigue inevitablemente una imagen de la Iglesia. Y entonces la pregunta es si (como escribía hace siglos Bartolomé de las Casas) “la Iglesia no tiene más poder en la tierra que el que tuvo Cristo en cuanto hombre”, o si la Iglesia se cree llamada a tener un “poder divino” superior al que tuvo el hombre Jesús, y que conduce a aquella otra máxima de los inquisidores hispanos del siglo XVI: cuando algún acusado aparecía inocente (como ocurrió con el arzobispo Carranza y sus 17 años en las cárceles de la inquisición) muchos inquisidores mantenían la condena alegando “que es menor inconveniente que padezca uno, que no hacer sospechosa su autoridad y oficio”.
Hay aquí dos maneras de concebir la dignidad religiosa. El libro de Pagola (con sus limitaciones y defectos) lleva claramente a la primera opción. La postura de sus inquisidores creo que lleva necesariamente a la segunda. En mi modesta opinión, aquí es donde cobra vigor aquel “this is the question” que preocupaba a Hamlet. O “la madre de todas las batallas” de Sadam Husein.
Hace unos días fue retirada de las librerías católicas españolas el Libro del teólogo José Antonio Pagola denominado "Jesús: una aproximación histórica", que había batido record de ventas (dicen que más de 250,000 ejemplares).
El tema es antiguo. El libro, polémico, había sido materia de cuestionamiento por ciertos teologos tradicionalistas españoles, que dió origen a una posición por parte de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Este año 2010 el autor presento una nueva edición, con precisiones que evitaran cualquier confusión posible, contando para ello con la autorización (imprimatur) del obispo de su diocesis. La edición, tan pronto salió a la venta, fue un exito de ventas, pero la editorial que lo publica ordeno súbitamente su retiro de las librerías.
A continuación, un comentario del teólogo José I. González Faus, miembro de Cristianismo y Justicia, sobre el tema.
Cada cual saque sus propias conclusiones.
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Por: José I. González Faus
Me permito plagiar el famoso título de J. A. Mendoza para dar un poco de humor a las cuatro reflexiones que siguen y que no pueden hacerse sin mucha tristeza.
1.- La historia es maestra de la vida. Y, sin entrar a juzgar personas, el teólogo o el historiador de la Iglesia saben que en más de una ocasión los obispos (o grupos de ellos) han caído en herejía. Cuando el concilio de Nicea, por ejemplo, la mayoría de los obispos eran arrianos y fue la fe del pueblo la que salvó a la Iglesia.
Por qué eran arrianos aquellos obispos del siglo IV, es fácil de explicar: el arrianismo salvaba la superioridad absoluta de la autoridad suprema (Dios en el cielo y sus representantes políticos o eclesiásticos en la tierra) mucho mejor que una doctrina trinitaria en la que se confiesa la absoluta igualdad entre la Fuente Última del ser (a la que llamamos Dios Padre), y los otros modos del ser divino que de Él proceden (y a los que nuestro pobre lenguaje califica como “Palabra” -o Hijo- y Espíritu de Dios).
Después volveremos sobre esto. Ahora vamos a asomarnos a la polémica en torno al libro de José Antonio Pagola (Jesús: una aproximación histórica).
2.- Mucha gente está desconcertada hoy por lo ocurrido con ese libro. A la sorpresa por la condena teológica de una obra que ha acercado tanta gente a Jesús y que es sólo un libro histórico (donde, además, nada atenta contra la fe cristiana), se añade la obstinación y dureza contra un buen hijo de la Iglesia, que evocan la máxima de los antiguos inquisidores hispánicos en el proceso contra María Cazalla: si de las torturas se sigue alguna lesión o incluso la muerte “a culpa de ella sea y no de sus mercedes los reverendos inquisidores”. Hoy eso se ha suavizado gracias a Dios y no acuso de ello a los censores de Pagola. Pero en cambio, escandaliza el procedimiento de presionar en secreto a una editorial, en vez de dar la cara evangélicamente.
Y, sin embargo, los obispos que así condenan parten de algo muy respetable y preciso para la identidad cristiana: la confesión de la divinidad de Jesús. Hasta aquí coincidimos.
Pero a partir de ahí dan un sonoro paso en falso en mi modesta opinión. Sin permitir que Jesús nos revele algo del ser de Dios (que ellos ya creen conocer) deducen que, si Jesús era Dios, debía ser de esta y esta manera como hombre. Con esta lógica, imaginan al hombre Jesús como una especie de “hombre divino” (o de “superman” para decirlo con una palabra más nuestra).
Pues bien: contra este modo de concebir al hombre Jesús fue escrito el evangelio de Marcos ya en el siglo I, lo cual permite comprender lo fácil y comprensible de esa tentación (ésta fue la tentación de muchos paganos piadosos que se convertían al cristianismo). Contra este modo de ver escribió san Agustín una célebre frase (hablando de los magos, si no recuerdo mal): “vieron al hombre y adoraron a Dios. Lo que les ocurre a los censores de Pagola es que quieren “ver” a Dios o algo de lo que ellos imaginan como divino, para adorarle.
Contra este modo de proceder también escribió Lutero una página memorable en su comentario a los gálatas, donde viene a decir que no hemos de imaginarnos una especie de superman en especulaciones sobre la Trascendencia: pues eso no sería más que “la sabiduría del mundo que no conoce a Dios” (1 Cor 1,21). Hay que comenzar por donde Él comenzó: en el vientre de una mujer, naciendo, en los pechos de su madre, padeciendo como todos… y hasta sintiéndose abandonado de Dios. Y después decir estremecidos: ¡éste es Dios! Y adorarle.
Naturalmente, cuando se hace sobre Jesús una investigación puramente histórica, no se encuentra nunca a un “hombre divino”. Por eso creen los obispos censores que la investigación histórica no resulta compatible con la fe de la Iglesia.
3.- O, dicho lo mismo con otras palabras: la fe de la Iglesia confiesa que Jesús es “consustancial a Dios” y “consustancial a nosotros”. La palabra consustancial no es muy de hoy aunque la conocemos por el Credo (“de la misma naturaleza”): igual en todo a nosotros (salvo en el pecado que no pertenece a nuestro ser humano sino que es más bien la fuerza destructora de nuestro ser). Pero la enseñanza de la Iglesia añade que esas dos afirmaciones (consustancial al Padre y consustancial a nosotros) han de hacerse “simultáneamente” y “sin separarlas”.
Cuando la afirmación no es simultánea sino que da prioridad a una de las dos afirmaciones, la otra peligra siempre. Y, en el caso que ahora nos ocupa, comenzar sólo por la consustancialidad de Jesús con el Padre lleva siempre a negar la consustancialidad (o plena igualdad) de Jesús con nosotros. A lo más se le confesará igual a nosotros en el cuerpo (cosa que también negaban algunos en los comienzos del cristianismo), pero no podrá ser consustancial a nosotros en todo eso que hoy llamamos el psiquismo humano.
La forma más suave de esta línea herética (suave, pero también heterodoxa) es llamada técnicamente monofisismo. Su modo de concebir a Dios la lleva a pensar que, para afirmarse y para estar presente, Dios necesita quitar espacio a lo humano. De esta manera se afirma un Dios que parece más de acuerdo con nuestra forma espontánea de pensar; pero que evita aquello que proclamaba san Pablo como intrínseco a la revelación del Dios cristiano: que es una locura para los que piensan (“los sabios”) y, sobre todo, un escándalo para los hombres religiosos (los judíos dice Pablo con su léxico personal).
Nada de esto es nuevo: hace más de cincuenta años, K. Rahner advirtió que, en la cabeza de muchos católicos, había “un monofisismo latente”. También en la cabeza de muchos obispos. En este modo de concebir, el escándalo del Dios cristiano se ha eliminado y ya tenemos un dios al alcance de nuestra cabeza. Pero también se ha eliminado que Jesús revele algo del ser de Dios, algo que nunca hubiéramos sospechado sin Jesús, y que no nos es fácil de aceptar: que Dios es capaz de negar su “forma divina” para presentársenos en la figura escandalosa de “un siervo”, o al menos “pasando por uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera” (ver Fil 2, 7ss).
En fin: el Jesús de Pagola quizá tenga sus desaciertos o desenfoques en algún punto concreto, como toda obra histórica; pero sí que se nos aparece “como uno de tantos y actuando como un hombre cualquiera”. Por eso los “piadosos” no pueden reconocer en él a Dios. Y al no reconocerlo, creen que Pagola niega la fe de la Iglesia. No sospechan que son ellos los que amenazan esa fe. (Y al margen de esto: si el Jesús de Pagola resulta atractivo por la discreta presencia de la Trinidad en él, eso es lo que Dios quiere con nosotros: seducir y no imponerse).
Dicho de otro modo para concluir: el Nuevo Testamento no dice de Jesús que porque era el Hijo (o como era el Hijo)… (y aquí pueden añadirse muchas cosas de las que imaginan en Jesús los detractores de Pagola). Dice bien claro que Jesús aunque era el Hijo… (y aquí siguen algunas cosas de las que molestan a los censores de Pagola: aprendió en sus sufrimientos esa aceptación que es propia de la condición humana…). Y esto mismo se repite en el modo de argumentación de Satanás cuando el evangelio cuenta las tentaciones de Jesús: “si eres Hijo de Dios”… tendrás que hacer esto y esto otro. Con la sorpresa de que Jesús nunca contesta a Satán apelando a su condición divina sino a su condición humana: el hombre no vive de solo pan, el hombre no debe tentar a Dios etc.
4.- Y como, en la realidad, todas las dimensiones están unificadas, lo que llevamos dicho no afecta sólo al campo de la teoría sino que tiene su resonancia práctica: si el Dios que se revela en Jesús es un Dios capaz de vaciarse de sí mismo y renunciar a su imagen divina (¡sin perder por eso su divinidad sino al revés: poniéndola en acto!), se sigue necesariamente que aquellos que se nos presentan como “representantes de Dios” deberían renunciar también a su presunta dignidad divina y hermanarse al máximo con todos los hombres, sobre todo con los que menos rostro de hombre tienen por la barbarie del pecado de este mundo. En algo de eso debía pensar el Vaticano II cuando dijo que los gozos, esperanzas, tristezas y dolores de todos los hombres, sobre todo de los más pobres, son también gozos y dolores de la Iglesia. (Y eso es lo que no parece ocurrirles a los enemigos de Pagola).
En una palabra: lo que está en juego en toda esta pelea es si Dios, en Jesús, se ha revelado como Amor que renuncia a su poder, o como Poder que confirma las pretensiones humanas de poder y la idolatría humana del poder.
Por eso tampoco es extraño que -en su época- los que luego se llamaron monofisitas fueran mucho más palaciegos y partidarios del poder, del influjo en el emperador y de la corte imperial etc., etc.
Y así llegamos a lo que me parece ser el meollo del caso Pagola: lo que está en el fondo no es propiamente un problema cristológico sino un problema eclesiológico. Porque si Jesús es el Señor de la Iglesia (y esto lo confesamos todos), de una imagen de Jesús se sigue inevitablemente una imagen de la Iglesia. Y entonces la pregunta es si (como escribía hace siglos Bartolomé de las Casas) “la Iglesia no tiene más poder en la tierra que el que tuvo Cristo en cuanto hombre”, o si la Iglesia se cree llamada a tener un “poder divino” superior al que tuvo el hombre Jesús, y que conduce a aquella otra máxima de los inquisidores hispanos del siglo XVI: cuando algún acusado aparecía inocente (como ocurrió con el arzobispo Carranza y sus 17 años en las cárceles de la inquisición) muchos inquisidores mantenían la condena alegando “que es menor inconveniente que padezca uno, que no hacer sospechosa su autoridad y oficio”.
Hay aquí dos maneras de concebir la dignidad religiosa. El libro de Pagola (con sus limitaciones y defectos) lleva claramente a la primera opción. La postura de sus inquisidores creo que lleva necesariamente a la segunda. En mi modesta opinión, aquí es donde cobra vigor aquel “this is the question” que preocupaba a Hamlet. O “la madre de todas las batallas” de Sadam Husein.
26/04/10: OBITUARIO DE LA LUCHA ANTICORRUPCIÓN
Interesante ruta planteada por Augusto Alvarez Rodrich en el Diario La República del 26.04.2010.
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Por: Augusto Alvarez Rodrich
La verdad incómoda es que a pocos les interesa esto.
Lo más penoso de estas semanas prolíficas en denuncias no es la evidencia de que la corrupción actual sea más profunda de lo que muchos creyeron, sino la constatación de que la voluntad de encubrimiento y la vocación por la impunidad sean más fuertes que la decencia, y de que la lucha anticorrupción realmente no le interese a mucha gente ‘importante’ más allá del discurso rimbombante.
Es cierto que, dentro de todo –un ‘todo’ que también incluye el indulto escandaloso, con fuga de tondero, de J.E. Crousillat–, una consecuencia positiva es que la corrupción ha repuntado al primer lugar de la preocupación ciudadana. Pero ese interés no es compartido por los que cortan el jamón.
Una expresión de ello es la voluntad de encubrimiento de sectores relevantes que se suele manifestar en la típica respuesta de que la denuncia es promovida por los enemigos políticos o de que constituye un cargamontón con mala leche.
El libreto que sigue también es conocido: un pleito entre los que denuncian y los amigos del denunciado, y donde la corrupción destapada –es decir, la madre del cordero– pasa a un segundo y hasta tercer plano.
Y luego viene la contradenuncia al sospechoso de la primera denuncia, lo cual ahonda la sensación de que, para muchos, la lucha anticorrupción no es –como debiera ser– una política de moralización indispensable, sino un instrumento político: se encuentra el delito y se lo encarpeta para soltarlo en la ocasión propicia. Si esta no llega, la denuncia nunca se concreta.
En el Perú, es difícil que la lucha anticorrupción se entienda como objetivo en sí mismo. Se la usa como chaira. Y el que defiende la anticorrupción caiga quien caiga es visto como bicho raro, alguien con ganas de joder y que debe ser extirpado.
Esto no es extraño en un país en el que a la Universidad Católica le quieren imponer la consagración del plagio en su campus; donde el cardenal, para defender a Alex Kouri, critica que se ponga la corrupción en la agenda electoral (¿diría lo mismo si la acusación fuera a Marco Arana?); y donde seguramente en pocos días volverá a aparecer un amplio comunicado con firmas prestigiosas a favor de Jorge del Castillo y en contra de los que lo acusan, tal como ocurrió pocos días después del destape inicial de los petroaudios.
No es que la gente tenga, necesariamente, simpatía por la corrupción, sino que, en el Perú, las relaciones personales, la amistad, el compadrazgo, el hoy por ti mañana por mí, y la asociación interesada, pesan mucho más que la decencia. Esto constituye, en la práctica, la partida de defunción de la lucha anticorrupción.
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Por: Augusto Alvarez Rodrich
La verdad incómoda es que a pocos les interesa esto.
Lo más penoso de estas semanas prolíficas en denuncias no es la evidencia de que la corrupción actual sea más profunda de lo que muchos creyeron, sino la constatación de que la voluntad de encubrimiento y la vocación por la impunidad sean más fuertes que la decencia, y de que la lucha anticorrupción realmente no le interese a mucha gente ‘importante’ más allá del discurso rimbombante.
Es cierto que, dentro de todo –un ‘todo’ que también incluye el indulto escandaloso, con fuga de tondero, de J.E. Crousillat–, una consecuencia positiva es que la corrupción ha repuntado al primer lugar de la preocupación ciudadana. Pero ese interés no es compartido por los que cortan el jamón.
Una expresión de ello es la voluntad de encubrimiento de sectores relevantes que se suele manifestar en la típica respuesta de que la denuncia es promovida por los enemigos políticos o de que constituye un cargamontón con mala leche.
El libreto que sigue también es conocido: un pleito entre los que denuncian y los amigos del denunciado, y donde la corrupción destapada –es decir, la madre del cordero– pasa a un segundo y hasta tercer plano.
Y luego viene la contradenuncia al sospechoso de la primera denuncia, lo cual ahonda la sensación de que, para muchos, la lucha anticorrupción no es –como debiera ser– una política de moralización indispensable, sino un instrumento político: se encuentra el delito y se lo encarpeta para soltarlo en la ocasión propicia. Si esta no llega, la denuncia nunca se concreta.
En el Perú, es difícil que la lucha anticorrupción se entienda como objetivo en sí mismo. Se la usa como chaira. Y el que defiende la anticorrupción caiga quien caiga es visto como bicho raro, alguien con ganas de joder y que debe ser extirpado.
Esto no es extraño en un país en el que a la Universidad Católica le quieren imponer la consagración del plagio en su campus; donde el cardenal, para defender a Alex Kouri, critica que se ponga la corrupción en la agenda electoral (¿diría lo mismo si la acusación fuera a Marco Arana?); y donde seguramente en pocos días volverá a aparecer un amplio comunicado con firmas prestigiosas a favor de Jorge del Castillo y en contra de los que lo acusan, tal como ocurrió pocos días después del destape inicial de los petroaudios.
No es que la gente tenga, necesariamente, simpatía por la corrupción, sino que, en el Perú, las relaciones personales, la amistad, el compadrazgo, el hoy por ti mañana por mí, y la asociación interesada, pesan mucho más que la decencia. Esto constituye, en la práctica, la partida de defunción de la lucha anticorrupción.
César Antonio Molina, escritor y ex ministro de Cultura de España, escribe las notas siguientes sobre el libro y su papel en la vida del ser humano. Reflexiona en torno a la amenaza que puede significar el libro electrónico. Sin duda un deleite para quienes gozamos con la lectura del libro impreso. El artículo apareció en el Diario El Pais el 23.04.2010.
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Por: César Antonio Molina
En el cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell cuenta una anécdota, real o apócrifa, que le sucedió al escritor francés Paul Claudel cuando representaba diplomáticamente a su país en Japón. Un día salió de su residencia en Tokio para acudir a una fiesta y cuando regresaba contempló con estupor que su casa estaba siendo devorada por un gran incendio. El poeta pensó inmediatamente en sus manuscritos y en su biblioteca repleta de joyas bibliográficas. Cuando alcanzó el jardín vio que un hombre salía de entre las llamas llevando algo en sus brazos. Era el mayordomo que, dirigiéndose a él, le informó muy orgulloso: "¡No se alarme señor. He salvado el único objeto de valor!". Ese objeto no era otro que su uniforme de gala.
Desde hace algún tiempo yo tengo una pesadilla semejante. Regreso a mi casa como el personaje de John Cheever, El nadador, después de haber recorrido, no las piscinas por las que él iba nadando, sino las bibliotecas del mundo, y me encuentro en la misma situación que el autor galo de El zapato de raso. A mi encuentro no acude ningún sirviente, sino un ser indefinido que repite las mismas palabras que el mayordomo japonés y me entrega un pendrive. Él añade que ahí no sólo están todos mis libros desaparecidos, sino que ha incluido los fondos de las principales instituciones del mundo. Me quedo sorprendido, pero le digo que yo sólo necesito mis libros físicamente, aquellos que yo compré y me han acompañado toda la vida. Son mis mejores amigos y no puedo prescindir de ellos. El me responde muy seriamente que eso no sólo es ya imposible sino, además, una estupidez. "¿Para qué quiere usted tantos volúmenes que le ocupan gran parte de su casa si los tiene todos aquí, en este objeto más pequeño que el dedo de su mano?". Compruebo que la discusión no lleva a ningún sitio y, entonces, despierto. Cuando lo hago, veo que todo aún está en su caótico lugar. Por las mesillas, por las mesas y las estanterías dobladas por el peso, aún reposan las miles de hojas impresas protegidas por las portadas multicolores. Toco unos libros, abro otros y recuerdo la historia de cada uno de ellos: su nacionalidad, su lengua, el peso que arrastran desde el origen. Mi biblioteca está compuesta por cientos de ciudades, miles de calles y otros tantos paisajes.
Por estos espacios he caminado con los autores y sus personajes. He vivido sus vidas a lo largo de muchos siglos y cuando toco las páginas que estoy leyendo percibo sus lágrimas o sus risas, sus olores, veo los colores del amanecer o del ocaso. Un libro también es un objeto, una materia, una representación, un símbolo, una dimensión. El libro electrónico, el e-book, efímeros en sí mismos como soportes (qué pasó sino con el vídeo, el dvd y lo que venga), le robarán terreno al libro impreso, pero difícilmente podrán arrojarlo de nuestras vidas y nuestra manera de vivirlas. De haber habitado en la época en que se pasó de la oralidad a la escritura en papiro o pergamino, yo no hubiera estado en contra de este proceso evolutivo; de la misma manera que hubiera apoyado a Gutenberg cuando relegó a la escritura al ámbito privado.
¿Por qué ahora tendría que oponerme a algo inevitable y, seguramente, muy útil? Si estoy en contra de quienes piensan que hemos llegado al fin. En contra de aquellos que creen que ya no es necesario leer, ni saber, ni adquirir conocimientos, ya que todo está a nuestro alcance, tocando la tecla de un ordenador. Estoy en contra de aquellos que rechazan la memoria como si ésta fuera un simple apéndice mental que hubiera que extraer. El libro electrónico no es un peligro para la lectura. Sí lo son los videojuegos, los programas deleznables de la televisión, la mala enseñanza que desconoce o impone con una obligatoriedad torpe y pesada, el mal ejemplo familiar donde la cultura, en general, es algo desconocido y extravagante. La lectura en pantalla no acabará con el libro impreso, aunque éste se convierta en un objeto arqueológico; por el contrario, estoy seguro que contribuirá a ampliarla. Las nuevas generaciones adquirirán nuevos hábitos, nuevas formas de relación con el texto escrito. Probablemente lo lleven a cabo desde la laicidad y no desde la sacralidad con que nosotros adoramos al libro.
Probablemente la democratización de la lectura y la escritura modificará hábitos, costumbres, tradiciones y valores. ¿No sucedió así en el pasado? Umberto Eco afirma que, con Internet, se retornó a la era alfabética y, por lo tanto, no hemos fenecido aún en la dictadura de las imágenes. De nuevo, escritores y lectores, hemos sobrevivido a ese monstruo multiforme. Millones de personas, a lo largo de todo el mundo, a través de Internet, leen y escriben sin cesar para intercambiar ideas, sentimientos o simplemente informaciones. ¡Gutenberg todavía no está muerto! Se ha metamorfoseado. Nunca hubo tanta necesidad de leer y escribir como hoy. ¿Acaso los ordenadores actúan libremente sin este conocimiento previo? El papel, como antes el papiro o el pergamino, agotó su función. La memoria del mundo, desde el siglo XVI, ha crecido de una manera tan imparable que era necesario encontrar otros soportes para guardar el pasado y enfrentarse a un futuro repleto de contenidos. ¿Cómo se llevará a cabo la elección de los mismos?¿Cómo se mantendrá su excelencia?¿Cuáles serán los nuevos gustos, las nuevas modas? Las modificaciones en torno al libro como soporte no han variado sus mismos fines, ni su expresión. Desde hace más de cinco siglos los cambios políticos, sociales, económicos, tecnológicos y culturales se sustentaron en este objeto. Internet ha producido también una modificación notable en las costumbres de los bibliófilos, coleccionistas de libros antiguos, de primeras ediciones o raras.
Aquella búsqueda aventurera y romántica por las librerías y trasteros de medio mundo que primaban al erudito frente al poderoso económicamente, se ha derrumbado ante la publicación en Internet de sus adquisibles índices. El precio se ha unificado y elevado, además de reducir la labor investigadora y azarosa. Además, el libro antiguo o de viejo es una especie en vías de extinción. Escaso, caro, raro y coleccionado por las grandes instituciones educativas y culturales. Coleccionar libros viene de antiguo. Luciano en El bibliómano ignorante (publicado en nuestro país por Errata Naturae) criticaba a quienes los compraban para decorar su casa, pero no los leían. Séneca nos describe, como Cicerón y otros autores romanos, las calles de la capital del imperio donde se vendían los rollos que contenían las novedades literarias o se copiaban por encargo las obras de cualquier época. Durante ese tiempo nació la idea del autor y editor. ¿Cuántos de aquellos volúmenes quedan? En el museo arqueológico de Nápoles vi unos cuantos carbonizados procedentes de una casa de Pompeya. El fuego ha sido consustancial con la lectura y la escritura. Blanchot decía que con los libros se habían hecho tres cosas: escribirlos, leerlos o quemarlos. ¿Cuántas obras maestras de la literatura, del arte o de la ciencia se han perdido? Seguramente cantidades ingentes. Hoy por fortuna nada se perderá, ni siquiera lo vano y superfluo. Hoy cualquier persona tiene derecho a la eternidad al poder reproducir su vida en una página web. Qué más da si lo que hizo fue bueno o malo, el caso es que su nicho es semejante al panteón de un gran hombre. Eternidad, inmortalidad, fama, prestigio...
Todo será revisado y, seguramente, sufrirá en un futuro inmediato profundas modificaciones. Varias veces le he oído comentar al autor de Apocalípticos e integrados su deseo de dar con los autores y las tragedias de las que Aristóteles habla en su Poética. Se perdieron y sólo llegaron hasta nosotros los nombres y las obras de otros dramaturgos que él no tuvo a bien ni citar: Esquilo, Sófocles y Eurípides. ¿Eran los otros mejores que estos? ¿Aristóteles los postergó por envidia? El caso es que -como tantas otras veces- el azar le quitó la razón al maestro de la filosofía.
"¿Por qué soy prisionero de los libros? ¿A qué sensación de inseguridad le estoy declarando la guerra con esos muros de volúmenes que cubren mis paredes?", escribe el turco Enis Batur. Una biblioteca, pública o privada, se asemeja a un templo, a un lugar sagrado. Allí nos sentimos protegidos por el silencio. El nazismo, el stalinismo y el maoísmo fueron de entre las últimas ideologías quienes más han combatido la libertad de expresión y, por tanto, al libro. Los tres levantaron contra él un muro de mentiras (a través de la radio) e imágenes (a través de la televisión y el cine documental o de ficción). La palabra escrita fue relegada a la censura y al control estatal (no nos olvidemos de nuestro propio país). Aunque se ha dicho hasta la saciedad que fue Goebbels quien afirmó que una mentira reiterada se transforma en una verdad, no sé si consciente o inconscientemente reprodujo lo que ya había escrito, en el siglo XIX, el gran Chateaubriand: "Toda mentira repetida se convierte en verdad". Palabras convertidas en mentira. ¡Qué mayor delito!
Bachelard y Borges escribieron que el Paraíso debe ser una inmensa biblioteca. ¿Con libros, e-book, pendrives o pantallas? De todo eso también habrá en el más allá e incluso nos llevarán décadas de adelantos tecnológicos. Eco afirma que si Dios existe es una biblioteca. Si es así, yo lo he percibido en las ruinas de la de Pérgamo y Alejandría (también en la nueva) o en la de Celso en Efeso. También en la martirizada de Sarajevo o en el Escorial. De la de Pérgamo sólo se conservan basamentos y lienzos de muros. Donde antes crecían los rollos ahora lo hacen las hierbas y las margaritas. Fue la segunda biblioteca más importante de la antigüedad después de la de Alejandría. Tiberio Julio Aquila, para homenajear a su padre, Celso, mandó levantar una biblioteca cuya majestuosa fachada aún se alza en Efeso. Y allí mismo lo mandó enterrar. "Nunca un padre tuvo tan buen hijo", hubiera vuelto a decir Príamo.
Bibliotecas, bibliotecas. He visto cientos de ellas. Antiguas y modernas, públicas y privadas. Libros, libros. He visto miles de ellos, he acunado en mis manos incunables extraordinarios como la Crónica de Nuremberg, primeras ediciones, manuscritos, piezas heremográficas únicas. Una de las cosas más terribles de la vida es no tener tiempo para leerlo todo. A medida que transcurre la existencia uno se da cuenta que lo que le queda por leer, digamos que sólo lo valioso según los gustos de cada uno, equivale a un noventa y muchos por ciento. Un pueblo sin obra escrita apenas podrá sostener su lengua y su cultura. Los egipcios se dieron cuenta muy pronto. En el papiro egipcio, Chester Beatty, se dice que el libro es el medio más seguro para alcanzar la inmortalidad. La literatura pervive más que la piedra, "más valioso es un libro que una estela con su inscripción, / que la cámara funeraria bien puesta. / Esos libros son como tumba y pirámide / en la conservación de sus nombres...".
¡Mostradme vuestras bibliotecas y os diré cómo sois! La de Montaigne (no le perdono a Bretón que lo eliminara de la lista de autores repartida por los surrealistas), la de Leopardi, Goethe, Flaubert, Juan Ramón Jiménez o la de Octavio Paz tristemente chamuscada. Pero no todos los grandes escritores han sido grandes lectores. Visitando algunas de sus casas uno puede llevarse una desagradable sorpresa. No voy a dar aquí mi lista -de vivos y muertos- para no llevar a la decepción. Contaré sólo el caso de uno de ellos. Conocí y traté bastante a Jorge Amado y a Zelia, su esposa. Dos personas encantadoras, fascinadas por el mundo soviético y maoísta. Hace pocos años, estando en Bahía, visité su fundación y su casa. Ambos estaban ya muertos. En los dos lugares me sorprendió la escasez de libros, excepto los propios del novelista en las múltiples ediciones y lenguas, los dedicados por otros autores y algunos pocos más. Ingenuamente le pregunté a la encargada dónde se encontraba la biblioteca. Ella me dijo que no había más libros que los que yo había visto. "Don Jorge apenas leía, su biblioteca estaba allí", concluyó señalándome la calle. Yo no hubiera podido vivir de este modo, ni escribir una sola línea. Como Cavafis, no tengo otro sitio adonde ir. Yo vivo en el laberinto de calles de mi biblioteca. Rollos, papiros, pergaminos, impresos, e-books, ordenadores, pendrives y cuanto la imaginación humana se invente, la lectura no dejará de crecer pues es la más pura esencia de la libertad.
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Por: César Antonio Molina
En el cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell cuenta una anécdota, real o apócrifa, que le sucedió al escritor francés Paul Claudel cuando representaba diplomáticamente a su país en Japón. Un día salió de su residencia en Tokio para acudir a una fiesta y cuando regresaba contempló con estupor que su casa estaba siendo devorada por un gran incendio. El poeta pensó inmediatamente en sus manuscritos y en su biblioteca repleta de joyas bibliográficas. Cuando alcanzó el jardín vio que un hombre salía de entre las llamas llevando algo en sus brazos. Era el mayordomo que, dirigiéndose a él, le informó muy orgulloso: "¡No se alarme señor. He salvado el único objeto de valor!". Ese objeto no era otro que su uniforme de gala.
Desde hace algún tiempo yo tengo una pesadilla semejante. Regreso a mi casa como el personaje de John Cheever, El nadador, después de haber recorrido, no las piscinas por las que él iba nadando, sino las bibliotecas del mundo, y me encuentro en la misma situación que el autor galo de El zapato de raso. A mi encuentro no acude ningún sirviente, sino un ser indefinido que repite las mismas palabras que el mayordomo japonés y me entrega un pendrive. Él añade que ahí no sólo están todos mis libros desaparecidos, sino que ha incluido los fondos de las principales instituciones del mundo. Me quedo sorprendido, pero le digo que yo sólo necesito mis libros físicamente, aquellos que yo compré y me han acompañado toda la vida. Son mis mejores amigos y no puedo prescindir de ellos. El me responde muy seriamente que eso no sólo es ya imposible sino, además, una estupidez. "¿Para qué quiere usted tantos volúmenes que le ocupan gran parte de su casa si los tiene todos aquí, en este objeto más pequeño que el dedo de su mano?". Compruebo que la discusión no lleva a ningún sitio y, entonces, despierto. Cuando lo hago, veo que todo aún está en su caótico lugar. Por las mesillas, por las mesas y las estanterías dobladas por el peso, aún reposan las miles de hojas impresas protegidas por las portadas multicolores. Toco unos libros, abro otros y recuerdo la historia de cada uno de ellos: su nacionalidad, su lengua, el peso que arrastran desde el origen. Mi biblioteca está compuesta por cientos de ciudades, miles de calles y otros tantos paisajes.
Por estos espacios he caminado con los autores y sus personajes. He vivido sus vidas a lo largo de muchos siglos y cuando toco las páginas que estoy leyendo percibo sus lágrimas o sus risas, sus olores, veo los colores del amanecer o del ocaso. Un libro también es un objeto, una materia, una representación, un símbolo, una dimensión. El libro electrónico, el e-book, efímeros en sí mismos como soportes (qué pasó sino con el vídeo, el dvd y lo que venga), le robarán terreno al libro impreso, pero difícilmente podrán arrojarlo de nuestras vidas y nuestra manera de vivirlas. De haber habitado en la época en que se pasó de la oralidad a la escritura en papiro o pergamino, yo no hubiera estado en contra de este proceso evolutivo; de la misma manera que hubiera apoyado a Gutenberg cuando relegó a la escritura al ámbito privado.
¿Por qué ahora tendría que oponerme a algo inevitable y, seguramente, muy útil? Si estoy en contra de quienes piensan que hemos llegado al fin. En contra de aquellos que creen que ya no es necesario leer, ni saber, ni adquirir conocimientos, ya que todo está a nuestro alcance, tocando la tecla de un ordenador. Estoy en contra de aquellos que rechazan la memoria como si ésta fuera un simple apéndice mental que hubiera que extraer. El libro electrónico no es un peligro para la lectura. Sí lo son los videojuegos, los programas deleznables de la televisión, la mala enseñanza que desconoce o impone con una obligatoriedad torpe y pesada, el mal ejemplo familiar donde la cultura, en general, es algo desconocido y extravagante. La lectura en pantalla no acabará con el libro impreso, aunque éste se convierta en un objeto arqueológico; por el contrario, estoy seguro que contribuirá a ampliarla. Las nuevas generaciones adquirirán nuevos hábitos, nuevas formas de relación con el texto escrito. Probablemente lo lleven a cabo desde la laicidad y no desde la sacralidad con que nosotros adoramos al libro.
Probablemente la democratización de la lectura y la escritura modificará hábitos, costumbres, tradiciones y valores. ¿No sucedió así en el pasado? Umberto Eco afirma que, con Internet, se retornó a la era alfabética y, por lo tanto, no hemos fenecido aún en la dictadura de las imágenes. De nuevo, escritores y lectores, hemos sobrevivido a ese monstruo multiforme. Millones de personas, a lo largo de todo el mundo, a través de Internet, leen y escriben sin cesar para intercambiar ideas, sentimientos o simplemente informaciones. ¡Gutenberg todavía no está muerto! Se ha metamorfoseado. Nunca hubo tanta necesidad de leer y escribir como hoy. ¿Acaso los ordenadores actúan libremente sin este conocimiento previo? El papel, como antes el papiro o el pergamino, agotó su función. La memoria del mundo, desde el siglo XVI, ha crecido de una manera tan imparable que era necesario encontrar otros soportes para guardar el pasado y enfrentarse a un futuro repleto de contenidos. ¿Cómo se llevará a cabo la elección de los mismos?¿Cómo se mantendrá su excelencia?¿Cuáles serán los nuevos gustos, las nuevas modas? Las modificaciones en torno al libro como soporte no han variado sus mismos fines, ni su expresión. Desde hace más de cinco siglos los cambios políticos, sociales, económicos, tecnológicos y culturales se sustentaron en este objeto. Internet ha producido también una modificación notable en las costumbres de los bibliófilos, coleccionistas de libros antiguos, de primeras ediciones o raras.
Aquella búsqueda aventurera y romántica por las librerías y trasteros de medio mundo que primaban al erudito frente al poderoso económicamente, se ha derrumbado ante la publicación en Internet de sus adquisibles índices. El precio se ha unificado y elevado, además de reducir la labor investigadora y azarosa. Además, el libro antiguo o de viejo es una especie en vías de extinción. Escaso, caro, raro y coleccionado por las grandes instituciones educativas y culturales. Coleccionar libros viene de antiguo. Luciano en El bibliómano ignorante (publicado en nuestro país por Errata Naturae) criticaba a quienes los compraban para decorar su casa, pero no los leían. Séneca nos describe, como Cicerón y otros autores romanos, las calles de la capital del imperio donde se vendían los rollos que contenían las novedades literarias o se copiaban por encargo las obras de cualquier época. Durante ese tiempo nació la idea del autor y editor. ¿Cuántos de aquellos volúmenes quedan? En el museo arqueológico de Nápoles vi unos cuantos carbonizados procedentes de una casa de Pompeya. El fuego ha sido consustancial con la lectura y la escritura. Blanchot decía que con los libros se habían hecho tres cosas: escribirlos, leerlos o quemarlos. ¿Cuántas obras maestras de la literatura, del arte o de la ciencia se han perdido? Seguramente cantidades ingentes. Hoy por fortuna nada se perderá, ni siquiera lo vano y superfluo. Hoy cualquier persona tiene derecho a la eternidad al poder reproducir su vida en una página web. Qué más da si lo que hizo fue bueno o malo, el caso es que su nicho es semejante al panteón de un gran hombre. Eternidad, inmortalidad, fama, prestigio...
Todo será revisado y, seguramente, sufrirá en un futuro inmediato profundas modificaciones. Varias veces le he oído comentar al autor de Apocalípticos e integrados su deseo de dar con los autores y las tragedias de las que Aristóteles habla en su Poética. Se perdieron y sólo llegaron hasta nosotros los nombres y las obras de otros dramaturgos que él no tuvo a bien ni citar: Esquilo, Sófocles y Eurípides. ¿Eran los otros mejores que estos? ¿Aristóteles los postergó por envidia? El caso es que -como tantas otras veces- el azar le quitó la razón al maestro de la filosofía.
"¿Por qué soy prisionero de los libros? ¿A qué sensación de inseguridad le estoy declarando la guerra con esos muros de volúmenes que cubren mis paredes?", escribe el turco Enis Batur. Una biblioteca, pública o privada, se asemeja a un templo, a un lugar sagrado. Allí nos sentimos protegidos por el silencio. El nazismo, el stalinismo y el maoísmo fueron de entre las últimas ideologías quienes más han combatido la libertad de expresión y, por tanto, al libro. Los tres levantaron contra él un muro de mentiras (a través de la radio) e imágenes (a través de la televisión y el cine documental o de ficción). La palabra escrita fue relegada a la censura y al control estatal (no nos olvidemos de nuestro propio país). Aunque se ha dicho hasta la saciedad que fue Goebbels quien afirmó que una mentira reiterada se transforma en una verdad, no sé si consciente o inconscientemente reprodujo lo que ya había escrito, en el siglo XIX, el gran Chateaubriand: "Toda mentira repetida se convierte en verdad". Palabras convertidas en mentira. ¡Qué mayor delito!
Bachelard y Borges escribieron que el Paraíso debe ser una inmensa biblioteca. ¿Con libros, e-book, pendrives o pantallas? De todo eso también habrá en el más allá e incluso nos llevarán décadas de adelantos tecnológicos. Eco afirma que si Dios existe es una biblioteca. Si es así, yo lo he percibido en las ruinas de la de Pérgamo y Alejandría (también en la nueva) o en la de Celso en Efeso. También en la martirizada de Sarajevo o en el Escorial. De la de Pérgamo sólo se conservan basamentos y lienzos de muros. Donde antes crecían los rollos ahora lo hacen las hierbas y las margaritas. Fue la segunda biblioteca más importante de la antigüedad después de la de Alejandría. Tiberio Julio Aquila, para homenajear a su padre, Celso, mandó levantar una biblioteca cuya majestuosa fachada aún se alza en Efeso. Y allí mismo lo mandó enterrar. "Nunca un padre tuvo tan buen hijo", hubiera vuelto a decir Príamo.
Bibliotecas, bibliotecas. He visto cientos de ellas. Antiguas y modernas, públicas y privadas. Libros, libros. He visto miles de ellos, he acunado en mis manos incunables extraordinarios como la Crónica de Nuremberg, primeras ediciones, manuscritos, piezas heremográficas únicas. Una de las cosas más terribles de la vida es no tener tiempo para leerlo todo. A medida que transcurre la existencia uno se da cuenta que lo que le queda por leer, digamos que sólo lo valioso según los gustos de cada uno, equivale a un noventa y muchos por ciento. Un pueblo sin obra escrita apenas podrá sostener su lengua y su cultura. Los egipcios se dieron cuenta muy pronto. En el papiro egipcio, Chester Beatty, se dice que el libro es el medio más seguro para alcanzar la inmortalidad. La literatura pervive más que la piedra, "más valioso es un libro que una estela con su inscripción, / que la cámara funeraria bien puesta. / Esos libros son como tumba y pirámide / en la conservación de sus nombres...".
¡Mostradme vuestras bibliotecas y os diré cómo sois! La de Montaigne (no le perdono a Bretón que lo eliminara de la lista de autores repartida por los surrealistas), la de Leopardi, Goethe, Flaubert, Juan Ramón Jiménez o la de Octavio Paz tristemente chamuscada. Pero no todos los grandes escritores han sido grandes lectores. Visitando algunas de sus casas uno puede llevarse una desagradable sorpresa. No voy a dar aquí mi lista -de vivos y muertos- para no llevar a la decepción. Contaré sólo el caso de uno de ellos. Conocí y traté bastante a Jorge Amado y a Zelia, su esposa. Dos personas encantadoras, fascinadas por el mundo soviético y maoísta. Hace pocos años, estando en Bahía, visité su fundación y su casa. Ambos estaban ya muertos. En los dos lugares me sorprendió la escasez de libros, excepto los propios del novelista en las múltiples ediciones y lenguas, los dedicados por otros autores y algunos pocos más. Ingenuamente le pregunté a la encargada dónde se encontraba la biblioteca. Ella me dijo que no había más libros que los que yo había visto. "Don Jorge apenas leía, su biblioteca estaba allí", concluyó señalándome la calle. Yo no hubiera podido vivir de este modo, ni escribir una sola línea. Como Cavafis, no tengo otro sitio adonde ir. Yo vivo en el laberinto de calles de mi biblioteca. Rollos, papiros, pergaminos, impresos, e-books, ordenadores, pendrives y cuanto la imaginación humana se invente, la lectura no dejará de crecer pues es la más pura esencia de la libertad.
A continuación, una interesante reflexión del Teologo Español José María Castillo. Fue tomado de Eclesia, revista publicada por la Fundación Luis Espinal (Barcelona).
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Por: José Maria Castillo
No pocos libros de cristología bien decumentada, y hasta con sello de “progre”, han defendido acertadamente lo que, con razón, se calificado como una cristología “ascendente”. El acontecimiento culminante de esra cristología es la resurrección, a partir de la cual, Jesús “fue constituido Hijo de Dios en plena fuerza” (Rom 1, 4). Esta formulación de san Pablo ha sido interpretada por la cristología ascendente en el sentido de que el hombre Jesús de Nazaret, a partir de la resurrección entró en el ámbito de “lo divino”. Y entonces, ¿”lo humano”?
Muchos creyentes han tenido, y tienen la tentación, de ver al Resucitado como “plenamente divino”. Pero, ¿sigue siendo “plenamente humano”? En teoría, y según la fórmula dogmática del concilio de Calcedonia, sin duda alguna, Jesúcristo es “perfecto en la humanidad”. Pero yo no sé lo que pasa, pero el hecho es que son demasiados los cristianos que al Resucitado lo ven más divino que humano. Lo que justifica una teología, un a fe y una Iglesia, que, fiel al Resucitado, anda más por las nubel del cielo que por los problemas, penas y alegría que los mortales vivimos en la tierra. Aquí estamos tocando uno de los asuntos que han arruinado la fe de mucha gente y no pocos comportamientos de la Iglesia y sus jerarquías.
Pues bien, estando así las cosas, lo que aquí quiero dejar claro es que Jesús, precisamente a partir de la resurrección, se nos muestra en los relatos de los evangelios “más humano” que cuando andaba por el mundo “como uno de tantos” (Fil 2, 7). No exagero. La humanidad del Resucitado resulta más patente y entrañable que la del Jesús Histórico.
Sabemos que los relatos de las apariciones del Resucitado presentan no pocos problemas históricos, ya que lo que nos cuentan son las experiencias que tuvieron los primeros testigos de la resurrección. De todas maneras, y en cualquier caso, hay dos datos que se destacan esos relatos: 1) La relación preferente de Jesús con las mujeres. 2) La importancia de las comidas cuando se trata de conocer y reconocer a Jesús.
En efecto, a quienes primero se aparece el Resucitado no es a los apóstoles, sino a las mujeres, que son las que madrugan para ir al sepulcro, las que abrazan a Jesús y dan muestras de una singular familiaridad con él. Y en cuanto a las comidas, los evangelios repiten que es Jesús el que pide comer con los discípulos, el que se da a conocer precisamente al “partir el pan”, el que les prepara a los discípulos el desayuno en la playa.
La resurreción de Jesús, cuando con más argumentos podemos hablar de su “divinización”, precisamente a partir de ese acontecimiento es cuando, con más argumentos, podemos hablar de su entrañable “humanización”.
Los hombres de Iglesia se equivocan cuando se comportan de manera que, amparados en no sé qué fe en el Resucitado y en su “divinidad”, se comportan con poca, muy poca, “humanidad”. Y no se dan cuenta de que una presunta “divinidad” que justifica comportamientos “poco humanos”, eso no es, ni puede ser, “divino”. Y es que ya estamos demasiado cansados de que, en nombre de Dios y del poder divino, se recorten o anulen derechos humanos.
O se le presente a la gente el asunto de Dios de forma que hace muy desagdable “lo religioso”, “lo espiritual”, “lo divino”. ¿Veremos el día en que la Iglesia entera se convenza de que “lo humano” no pude estar en conflcito con “lo divino”? ¿No se dan cuenta los clérigos del daño que le hacen a “lo divino” precisamente por causa de lo mal que tratan muchas veces a “lo humano”?
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Por: José Maria Castillo
No pocos libros de cristología bien decumentada, y hasta con sello de “progre”, han defendido acertadamente lo que, con razón, se calificado como una cristología “ascendente”. El acontecimiento culminante de esra cristología es la resurrección, a partir de la cual, Jesús “fue constituido Hijo de Dios en plena fuerza” (Rom 1, 4). Esta formulación de san Pablo ha sido interpretada por la cristología ascendente en el sentido de que el hombre Jesús de Nazaret, a partir de la resurrección entró en el ámbito de “lo divino”. Y entonces, ¿”lo humano”?
Muchos creyentes han tenido, y tienen la tentación, de ver al Resucitado como “plenamente divino”. Pero, ¿sigue siendo “plenamente humano”? En teoría, y según la fórmula dogmática del concilio de Calcedonia, sin duda alguna, Jesúcristo es “perfecto en la humanidad”. Pero yo no sé lo que pasa, pero el hecho es que son demasiados los cristianos que al Resucitado lo ven más divino que humano. Lo que justifica una teología, un a fe y una Iglesia, que, fiel al Resucitado, anda más por las nubel del cielo que por los problemas, penas y alegría que los mortales vivimos en la tierra. Aquí estamos tocando uno de los asuntos que han arruinado la fe de mucha gente y no pocos comportamientos de la Iglesia y sus jerarquías.
Pues bien, estando así las cosas, lo que aquí quiero dejar claro es que Jesús, precisamente a partir de la resurrección, se nos muestra en los relatos de los evangelios “más humano” que cuando andaba por el mundo “como uno de tantos” (Fil 2, 7). No exagero. La humanidad del Resucitado resulta más patente y entrañable que la del Jesús Histórico.
Sabemos que los relatos de las apariciones del Resucitado presentan no pocos problemas históricos, ya que lo que nos cuentan son las experiencias que tuvieron los primeros testigos de la resurrección. De todas maneras, y en cualquier caso, hay dos datos que se destacan esos relatos: 1) La relación preferente de Jesús con las mujeres. 2) La importancia de las comidas cuando se trata de conocer y reconocer a Jesús.
En efecto, a quienes primero se aparece el Resucitado no es a los apóstoles, sino a las mujeres, que son las que madrugan para ir al sepulcro, las que abrazan a Jesús y dan muestras de una singular familiaridad con él. Y en cuanto a las comidas, los evangelios repiten que es Jesús el que pide comer con los discípulos, el que se da a conocer precisamente al “partir el pan”, el que les prepara a los discípulos el desayuno en la playa.
La resurreción de Jesús, cuando con más argumentos podemos hablar de su “divinización”, precisamente a partir de ese acontecimiento es cuando, con más argumentos, podemos hablar de su entrañable “humanización”.
Los hombres de Iglesia se equivocan cuando se comportan de manera que, amparados en no sé qué fe en el Resucitado y en su “divinidad”, se comportan con poca, muy poca, “humanidad”. Y no se dan cuenta de que una presunta “divinidad” que justifica comportamientos “poco humanos”, eso no es, ni puede ser, “divino”. Y es que ya estamos demasiado cansados de que, en nombre de Dios y del poder divino, se recorten o anulen derechos humanos.
O se le presente a la gente el asunto de Dios de forma que hace muy desagdable “lo religioso”, “lo espiritual”, “lo divino”. ¿Veremos el día en que la Iglesia entera se convenza de que “lo humano” no pude estar en conflcito con “lo divino”? ¿No se dan cuenta los clérigos del daño que le hacen a “lo divino” precisamente por causa de lo mal que tratan muchas veces a “lo humano”?
21/04/10: QUECHUA PARA TODO EL MUNDO
Importante artículo aparecido en VARIEDADES, Suplemento del Diario El Peruano, sobre la revaloración del Runa Simi, a propósito del día del idioma del 23 de abril próximo.
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Por: VARIEDADES - Diario El PEruano
El viernes 23 se celebra el Día del Idioma. Aun cuando la celebración principal se orienta al español, en Variedades queremos reivindicar al quechua como idioma, como forma de expresar nuestra identidad y su aporte inmenso al enriquecimiento del castellano.
I
Es tan fácil remontarnos al momento en que en el mundo un solo idioma se hablaba. Dicen que Dios lo quiso así y así era hasta que el hombre, atrevido siempre, quiso escalar la celestial morada y se embarcó en la empresa de edificar una torre que habría de labrar su desgracia, pues Dios castigaría la osadía humana con la confusión de sus lenguas. De la lengua del hombre saldrían palabras incomprensibles a los oídos de sus semejantes. Los avezados constructores se dispersaron por las tierras del mundo y la poblaron hablando idiomas diferentes. Hubo un idioma y se perdió. Esta es una argumentación tomada del libro escrito por hombres de fe, la Biblia.
II
Muchos idiomas se hablaron y se hablan en el mundo. Unos han desaparecido, otros están a punto de desaparecer, algunos se mantienen en la boca de académicos y estudiosos. Hay idiomas que se mantienen vivos porque en la boca de millones de personas que pueblan los cinco continentes están y que han tenido etapas de transición y se han expandido por la conquista de las armas, vía el colonialismo. Y también hay los que se resisten a desaparecer. A esto se denomina resistencia cultural. Es la lucha del dominante o conquistador por imponer su idioma como oficial en el país o nación que sojuzga. Se pasa de conquistar pueblos a formar un imperio. En Sudamérica, un ejemplo es la civilización inca, que anexionó territorios de culturas varias que poseían sus lenguas aborígenes. El sometimiento no solo fue militar, sino también cultural. El quechua de los incas se transformó en el idioma oficial de los pueblos sometidos y trascendió los lindes de lo que hoy es el Perú actual: llegó hasta Tucumán (Argentina), Quito en Ecuador, Pasto en Colombia, el río Maule en Chile y hasta Cochabamba en Bolivia. El quechua se habló y se habla en esos lugares con variantes. Como sucede con el quechua de Áncash, que no es igual al que se habla en la zona central (Junín) y que es diferente al del Cusco. Su origen lo tendría en una lengua de la vertiente este de la Cordillera de los Andes, con exactitud en la zona central del Perú.
III
Con la llegada al antiguo Perú de los españoles la situación se trastorna: el quechua será desplazado por el idioma del conquistador, el castellano, pero no se extingue. Mientras más se trata de apagar ese fuego, más se aviva. El quechua se nutrió de todas las sangres de las lenguas de los pueblos que los incas sometieron y, a su vez, nutrió con su acervo lingüístico al idioma del hombre de Castilla. El Diccionario de la Real Academia Española no miente, pues en sus páginas pueden hallarse muchas palabras de origen quechua. Y el apetito español por el oro nosupo resistir al olor sabroso de la carne que salía del vientre de la madre Tierra y por respeto no le cambió el nombre a la apetitosa pachamanca; patasca, locro, cancha, mote, la universal papa que al mundo salvó de morir; el ritmo bailable y que también relata sentimientos y vinencias: el huaino; y otras palabras: huaico, huairuro, huasca. El mundo quechua enriqueció no solo con palabras, sino con aportes a la culinaria y la música.
IV
El pueblo andino ha tenido protagonismo perseverante y notorio en esta secular lucha cultural, iniciada desde la Conquista y que no se detiene, por conservar la lengua del pueblo (runa simi). Ya lo utiliza la gesta en que se prodiga José Gabriel Condorcanqui. Participan de este intento indios quechuas y aimaras. Hay algo espiritual que los liga para encontrar un punto en común. Una y otra vez estos intentos se harán y sucumbirán juntos con sus caudillos. El quechua ha estado siempre en la cresta de la ola de la historia y sobre todo en sus momentos aciagos: durante la guerra de la independencia sus hombres aportaron su sangre por la causa de tener una patria libre. La infausta guerra contra los chilenos dio paso al protagonismo del quechua y del hombre que lo habla. La campaña de la Breña, a la cabeza del general Andrés Avelino Cáceres, nacido en Ayacucho y quechuahablante, quien llama a la insurrección contra el invasor en el idioma del pueblo: el quechua. Al hablarlo, Cáceres facilita al pueblo reconocerlo como uno de los suyos. Idioma y región son determinantes para que el hombre de los Andes acuda al llamado de la patria que se encuentra en peligro. Victorias alcanzadas al límite y que dicen del inmenso amor por la patria, que abraza a la familia, a los padres, a los amigos, a la tierra.
V
En el siglo XX, en la década de los cuarenta, irrumpe una oleada de gentes del norte, centro y sur del Perú profundo, como lo llamará un gran hombre de Andahuaylas que aprendió primero el quechua antes que el español, en la Lima señorial y con pujanza le cambiará la cara, traía en las alforjas sus costumbres, sus tradiciones y deseos de superación. Este grupo étnico acude a actividades y reuniones de índole cultural que divulgan el huaino en quechua y practican lo suyo. Los coliseos y los clubes sociales son los puntos donde se dan cita los provincianos. Ese es el crisol donde se fundirá el movimiento que expondrá como ideario la reivindicación de los indígenas, sin ignorar lo artístico: la pintura y la literatura. La primera retrata y presenta a la colectividad las riquezas, las costumbres y tradiciones de la gente que puebla ese mundo. Los pinceles del maestro José Sabogal, quien declara que no es un indigenista, sino un peruano que capta los valores esenciales de su pueblo; Camilo Blas, cajamarquino como Sabogal; Camino Brent y Julia Codesido expresan que los Andes y el hombre que lo habita como tema tienen la vida y la alegría de los colores. El color es el idioma de la pintura. La segunda tendrá su abanderado en José María Arguedas, quien propugna la valoración del indio y del quechua como idioma. Idea que se apodera del papel y escapa al anonimato al hacerse libro: Ríos profundos, Agua, La agonía de Rasu Ñiti y Zorro de arriba y zorro de abajo. Su prosa nos calza las ojotas de la sensibilidad y nos lleva a conocer las historias de una raza que también merece la atención de nuestros ojos y oídos. Su proyecto literario, y personal, fue atacado malamente y su espíritu no lo pudo resistir. La muerte por mano propia fue el camino que tomó. "Yo vi al gran padre "Untu", trajeado de negro y rojo, cubierto de espejos, danzar sobre una soga movediza en el cielo, tocando sus tijeras. El canto del acero se oía más fuerte que la voz del violín y del arpa que tocaban a mi lado, junto a mí. Fue en la madrugada..." La agonía del Rasu Ñiti, José María Arguedas. De otros que escribieron y defendieron al quechua y a su hablante, se cita a Enrique López Albújar, Ciro Alegría, Manuel Scorza y José Carlos Mariátegui. Sin desmerecer a los antes nombrados, me referiré a dos escritores que así como llueve en Lima, se escribe de ellos, a las quinientas. Nacido en Huanta con el nombre de Porfirio Meneses Lazón, ese es el hombre de letras que manifestó que "la dulzura y versatilidad del quechua lo hacen ideal para resaltar la belleza de las palabras, la emoción de los sentimientos plasmados en el papel a la vez que reivindica la importancia de una lengua, que siendo netamente peruana no es suficientemente difundida en nuestro país". Así, la poesía y el cuento florecen en quechua, haciéndolo merecedor de numerosos premios y ser traducido al francés sus Cuentos al amanecer. No solo escribió en quechua, tradujo al idioma de sus amores los poemas de César Vallejo: Los heraldos negros (Yana kachapurikuna) y Trilce. "El indio también sabe reír, sabe jugar, no todo es nostalgia". Y no merece ser ignorado, pues tiene historias que contar y sentimientos que decir y ser escuchados. Porfirio Meneses dio lustre al magisterio dictando docencia en las aulas de la Gran Unidad Escolar Mariano Melgar. El autor de Cholerías y El hombrecillo oscuro y otros cuentos reivindicó al quechua y su sueño siempre fue que los nuevos poetas y narradores escriban en su idioma vernáculo. Fue una maravillosa mujer que se decantó por la literatura y respondió al nombre de María Rosa Macedo (1909- 1991). Así se dedicó a escribir artículos sobre temas variados y críticas, los que tuvieron aceptación en revistas y diarios del Perú, Chile y Argentina. Rastrojo (novela, 1946), Hombres de tierra adentro (cuentos, 1948) y Paisaje y hombre de mi tierra (ensayo, 1944) son obras en las que el paisaje, lo costumbrista y los tipos nativos se muestran con gran alegría gracias a su verbo. En el centenario de su nacimiento, que fue el año pasado, una reconocida universidad prometió publicar su obra literaria. Promesa es deuda. La lucha es permanente y otros tomarán la posta para que esta heredad cultural de nuestros antepasados siga adelante.
VI
El quechua es el otro Machu Picchu, el idiomático, que edificaron los incas para que se hablara de la grandeza del imperio que forjaron, sin importar el paso del tiempo. Hablar del quechua es hablar de historia, de identidad y de cultura. Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes festejan el Día Mundial del Idioma Español con José María Arguedas.
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Por: VARIEDADES - Diario El PEruano
El viernes 23 se celebra el Día del Idioma. Aun cuando la celebración principal se orienta al español, en Variedades queremos reivindicar al quechua como idioma, como forma de expresar nuestra identidad y su aporte inmenso al enriquecimiento del castellano.
I
Es tan fácil remontarnos al momento en que en el mundo un solo idioma se hablaba. Dicen que Dios lo quiso así y así era hasta que el hombre, atrevido siempre, quiso escalar la celestial morada y se embarcó en la empresa de edificar una torre que habría de labrar su desgracia, pues Dios castigaría la osadía humana con la confusión de sus lenguas. De la lengua del hombre saldrían palabras incomprensibles a los oídos de sus semejantes. Los avezados constructores se dispersaron por las tierras del mundo y la poblaron hablando idiomas diferentes. Hubo un idioma y se perdió. Esta es una argumentación tomada del libro escrito por hombres de fe, la Biblia.
II
Muchos idiomas se hablaron y se hablan en el mundo. Unos han desaparecido, otros están a punto de desaparecer, algunos se mantienen en la boca de académicos y estudiosos. Hay idiomas que se mantienen vivos porque en la boca de millones de personas que pueblan los cinco continentes están y que han tenido etapas de transición y se han expandido por la conquista de las armas, vía el colonialismo. Y también hay los que se resisten a desaparecer. A esto se denomina resistencia cultural. Es la lucha del dominante o conquistador por imponer su idioma como oficial en el país o nación que sojuzga. Se pasa de conquistar pueblos a formar un imperio. En Sudamérica, un ejemplo es la civilización inca, que anexionó territorios de culturas varias que poseían sus lenguas aborígenes. El sometimiento no solo fue militar, sino también cultural. El quechua de los incas se transformó en el idioma oficial de los pueblos sometidos y trascendió los lindes de lo que hoy es el Perú actual: llegó hasta Tucumán (Argentina), Quito en Ecuador, Pasto en Colombia, el río Maule en Chile y hasta Cochabamba en Bolivia. El quechua se habló y se habla en esos lugares con variantes. Como sucede con el quechua de Áncash, que no es igual al que se habla en la zona central (Junín) y que es diferente al del Cusco. Su origen lo tendría en una lengua de la vertiente este de la Cordillera de los Andes, con exactitud en la zona central del Perú.
III
Con la llegada al antiguo Perú de los españoles la situación se trastorna: el quechua será desplazado por el idioma del conquistador, el castellano, pero no se extingue. Mientras más se trata de apagar ese fuego, más se aviva. El quechua se nutrió de todas las sangres de las lenguas de los pueblos que los incas sometieron y, a su vez, nutrió con su acervo lingüístico al idioma del hombre de Castilla. El Diccionario de la Real Academia Española no miente, pues en sus páginas pueden hallarse muchas palabras de origen quechua. Y el apetito español por el oro nosupo resistir al olor sabroso de la carne que salía del vientre de la madre Tierra y por respeto no le cambió el nombre a la apetitosa pachamanca; patasca, locro, cancha, mote, la universal papa que al mundo salvó de morir; el ritmo bailable y que también relata sentimientos y vinencias: el huaino; y otras palabras: huaico, huairuro, huasca. El mundo quechua enriqueció no solo con palabras, sino con aportes a la culinaria y la música.
IV
El pueblo andino ha tenido protagonismo perseverante y notorio en esta secular lucha cultural, iniciada desde la Conquista y que no se detiene, por conservar la lengua del pueblo (runa simi). Ya lo utiliza la gesta en que se prodiga José Gabriel Condorcanqui. Participan de este intento indios quechuas y aimaras. Hay algo espiritual que los liga para encontrar un punto en común. Una y otra vez estos intentos se harán y sucumbirán juntos con sus caudillos. El quechua ha estado siempre en la cresta de la ola de la historia y sobre todo en sus momentos aciagos: durante la guerra de la independencia sus hombres aportaron su sangre por la causa de tener una patria libre. La infausta guerra contra los chilenos dio paso al protagonismo del quechua y del hombre que lo habla. La campaña de la Breña, a la cabeza del general Andrés Avelino Cáceres, nacido en Ayacucho y quechuahablante, quien llama a la insurrección contra el invasor en el idioma del pueblo: el quechua. Al hablarlo, Cáceres facilita al pueblo reconocerlo como uno de los suyos. Idioma y región son determinantes para que el hombre de los Andes acuda al llamado de la patria que se encuentra en peligro. Victorias alcanzadas al límite y que dicen del inmenso amor por la patria, que abraza a la familia, a los padres, a los amigos, a la tierra.
V
En el siglo XX, en la década de los cuarenta, irrumpe una oleada de gentes del norte, centro y sur del Perú profundo, como lo llamará un gran hombre de Andahuaylas que aprendió primero el quechua antes que el español, en la Lima señorial y con pujanza le cambiará la cara, traía en las alforjas sus costumbres, sus tradiciones y deseos de superación. Este grupo étnico acude a actividades y reuniones de índole cultural que divulgan el huaino en quechua y practican lo suyo. Los coliseos y los clubes sociales son los puntos donde se dan cita los provincianos. Ese es el crisol donde se fundirá el movimiento que expondrá como ideario la reivindicación de los indígenas, sin ignorar lo artístico: la pintura y la literatura. La primera retrata y presenta a la colectividad las riquezas, las costumbres y tradiciones de la gente que puebla ese mundo. Los pinceles del maestro José Sabogal, quien declara que no es un indigenista, sino un peruano que capta los valores esenciales de su pueblo; Camilo Blas, cajamarquino como Sabogal; Camino Brent y Julia Codesido expresan que los Andes y el hombre que lo habita como tema tienen la vida y la alegría de los colores. El color es el idioma de la pintura. La segunda tendrá su abanderado en José María Arguedas, quien propugna la valoración del indio y del quechua como idioma. Idea que se apodera del papel y escapa al anonimato al hacerse libro: Ríos profundos, Agua, La agonía de Rasu Ñiti y Zorro de arriba y zorro de abajo. Su prosa nos calza las ojotas de la sensibilidad y nos lleva a conocer las historias de una raza que también merece la atención de nuestros ojos y oídos. Su proyecto literario, y personal, fue atacado malamente y su espíritu no lo pudo resistir. La muerte por mano propia fue el camino que tomó. "Yo vi al gran padre "Untu", trajeado de negro y rojo, cubierto de espejos, danzar sobre una soga movediza en el cielo, tocando sus tijeras. El canto del acero se oía más fuerte que la voz del violín y del arpa que tocaban a mi lado, junto a mí. Fue en la madrugada..." La agonía del Rasu Ñiti, José María Arguedas. De otros que escribieron y defendieron al quechua y a su hablante, se cita a Enrique López Albújar, Ciro Alegría, Manuel Scorza y José Carlos Mariátegui. Sin desmerecer a los antes nombrados, me referiré a dos escritores que así como llueve en Lima, se escribe de ellos, a las quinientas. Nacido en Huanta con el nombre de Porfirio Meneses Lazón, ese es el hombre de letras que manifestó que "la dulzura y versatilidad del quechua lo hacen ideal para resaltar la belleza de las palabras, la emoción de los sentimientos plasmados en el papel a la vez que reivindica la importancia de una lengua, que siendo netamente peruana no es suficientemente difundida en nuestro país". Así, la poesía y el cuento florecen en quechua, haciéndolo merecedor de numerosos premios y ser traducido al francés sus Cuentos al amanecer. No solo escribió en quechua, tradujo al idioma de sus amores los poemas de César Vallejo: Los heraldos negros (Yana kachapurikuna) y Trilce. "El indio también sabe reír, sabe jugar, no todo es nostalgia". Y no merece ser ignorado, pues tiene historias que contar y sentimientos que decir y ser escuchados. Porfirio Meneses dio lustre al magisterio dictando docencia en las aulas de la Gran Unidad Escolar Mariano Melgar. El autor de Cholerías y El hombrecillo oscuro y otros cuentos reivindicó al quechua y su sueño siempre fue que los nuevos poetas y narradores escriban en su idioma vernáculo. Fue una maravillosa mujer que se decantó por la literatura y respondió al nombre de María Rosa Macedo (1909- 1991). Así se dedicó a escribir artículos sobre temas variados y críticas, los que tuvieron aceptación en revistas y diarios del Perú, Chile y Argentina. Rastrojo (novela, 1946), Hombres de tierra adentro (cuentos, 1948) y Paisaje y hombre de mi tierra (ensayo, 1944) son obras en las que el paisaje, lo costumbrista y los tipos nativos se muestran con gran alegría gracias a su verbo. En el centenario de su nacimiento, que fue el año pasado, una reconocida universidad prometió publicar su obra literaria. Promesa es deuda. La lucha es permanente y otros tomarán la posta para que esta heredad cultural de nuestros antepasados siga adelante.
VI
El quechua es el otro Machu Picchu, el idiomático, que edificaron los incas para que se hablara de la grandeza del imperio que forjaron, sin importar el paso del tiempo. Hablar del quechua es hablar de historia, de identidad y de cultura. Garcilaso de la Vega y Miguel de Cervantes festejan el Día Mundial del Idioma Español con José María Arguedas.
Interesante opinión editorial del Diario El Comercio de Lima (20.04.2010)... A tomar nota, porque se trata de un tema que al final del día afecta la gobernabilidad de la nación y el futuro de la patria.
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Por: Diario El Comercio
La última encuesta nacional de El Comercio, realizada por Ipsos Apoyo S.A., vuelve a poner el dedo en la llaga: a la mayoría de peruanos no les interesa la política, lo cual no es una novedad, pero sí una señal de alerta y de preocupación. Muchas han sido las razones que se han esgrimido para explicar el porqué de este rechazo hacia lo que constituye la representación y la administración del poder en el Estado para beneficio de todos los ciudadanos.
Sin embargo, todo indica que estamos ante un desinterés que va más allá de factores socioeconómicos, generacionales, geográficos y coyunturales. Se trata, en realidad, del incremento de la frustración, del escepticismo y el desencanto de peruanos hartos de la política, que se niegan a legitimar a ciertos personajes cuestionados, corruptos o vinculados a hechos delictivos que usan la función pública en beneficio propio y no por la necesidad de servir.
En este sentido, el grado de adhesión de la población a la política seguirá siendo mínima en la medida que los políticos, los partidos y demás agrupaciones —sobre todo aquellas que forman parte de la administración estatal— no cambien radicalmente la imagen negativa que hoy proyectan.
Sin duda, como ha señalado el politólogo Enrique Bernales, hay “una percepción ética por parte de la población que, lamentablemente, muchos de los que están hoy en la política no ven o consideran de un modo superficial”. No obstante, tal vez las próximas elecciones obliguen a más de una agrupación a cambiar de rumbo. Si no, veamos la expectativa positiva que generó en la capital la convocatoria para luchar contra la corrupción que una candidata a la Municipalidad de Lima sustentó hace algunas semanas.
Más allá de los votos, hay que decir que la insatisfacción de los ciudadanos ofrece alcances de pronóstico reservado. La misma encuesta de Ipsos Apoyo S.A. revela que si la política no convence, tampoco lo logra la conducción del modelo económico actual.
Así, 44% de los consultados expresó que el próximo gobierno debe realizar cambios moderados en la política económica, y 42% dijo que los cambios debían ser radicales. Como ha puntualizado el economista Carlos Adrianzén, las estadísticas lo revelan: “Nuestro modelo hoy tiene mucho por calibrarse hacia el mercado, la educación y el respeto a la propiedad”.
Evidentemente la consolidación de nuestra cultura política no solo es tarea de los partidos, autoridades y demás estamentos.
Todos tenemos que actuar, desde el lugar donde estemos, como ciudadanos fiscalizadores de la función pública, del manejo de los recursos nacionales y de las medidas que se adoptan en nombre de los peruanos y del país. Hoy las encuestas revelan que más de un tercio de la población sostiene que lo más importante para ella es el desarrollo económico. En cambio, pocos valoran la importancia de la democracia o de la libertad, como si no hubiéramos aprendido de las prácticas autoritarias que en el pasado reciente sometieron al Perú a los peores vejámenes.
Un mayor compromiso ciudadano puede reducir la corrupción. En este sentido, sopesemos el importante papel que debe cumplir la prensa independiente para fiscalizar la cosa pública.
No obstante, la sociedad civil también tiene que participar. Para ello, es indispensable empoderarla en el proceso de toma de decisiones —para que el poder no esté en pocas manos—, de manera que contribuya a transparentar el quehacer público, al control y al restablecimiento de la confianza ciudadana en sus autoridades.
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Por: Diario El Comercio
La última encuesta nacional de El Comercio, realizada por Ipsos Apoyo S.A., vuelve a poner el dedo en la llaga: a la mayoría de peruanos no les interesa la política, lo cual no es una novedad, pero sí una señal de alerta y de preocupación. Muchas han sido las razones que se han esgrimido para explicar el porqué de este rechazo hacia lo que constituye la representación y la administración del poder en el Estado para beneficio de todos los ciudadanos.
Sin embargo, todo indica que estamos ante un desinterés que va más allá de factores socioeconómicos, generacionales, geográficos y coyunturales. Se trata, en realidad, del incremento de la frustración, del escepticismo y el desencanto de peruanos hartos de la política, que se niegan a legitimar a ciertos personajes cuestionados, corruptos o vinculados a hechos delictivos que usan la función pública en beneficio propio y no por la necesidad de servir.
En este sentido, el grado de adhesión de la población a la política seguirá siendo mínima en la medida que los políticos, los partidos y demás agrupaciones —sobre todo aquellas que forman parte de la administración estatal— no cambien radicalmente la imagen negativa que hoy proyectan.
Sin duda, como ha señalado el politólogo Enrique Bernales, hay “una percepción ética por parte de la población que, lamentablemente, muchos de los que están hoy en la política no ven o consideran de un modo superficial”. No obstante, tal vez las próximas elecciones obliguen a más de una agrupación a cambiar de rumbo. Si no, veamos la expectativa positiva que generó en la capital la convocatoria para luchar contra la corrupción que una candidata a la Municipalidad de Lima sustentó hace algunas semanas.
Más allá de los votos, hay que decir que la insatisfacción de los ciudadanos ofrece alcances de pronóstico reservado. La misma encuesta de Ipsos Apoyo S.A. revela que si la política no convence, tampoco lo logra la conducción del modelo económico actual.
Así, 44% de los consultados expresó que el próximo gobierno debe realizar cambios moderados en la política económica, y 42% dijo que los cambios debían ser radicales. Como ha puntualizado el economista Carlos Adrianzén, las estadísticas lo revelan: “Nuestro modelo hoy tiene mucho por calibrarse hacia el mercado, la educación y el respeto a la propiedad”.
Evidentemente la consolidación de nuestra cultura política no solo es tarea de los partidos, autoridades y demás estamentos.
Todos tenemos que actuar, desde el lugar donde estemos, como ciudadanos fiscalizadores de la función pública, del manejo de los recursos nacionales y de las medidas que se adoptan en nombre de los peruanos y del país. Hoy las encuestas revelan que más de un tercio de la población sostiene que lo más importante para ella es el desarrollo económico. En cambio, pocos valoran la importancia de la democracia o de la libertad, como si no hubiéramos aprendido de las prácticas autoritarias que en el pasado reciente sometieron al Perú a los peores vejámenes.
Un mayor compromiso ciudadano puede reducir la corrupción. En este sentido, sopesemos el importante papel que debe cumplir la prensa independiente para fiscalizar la cosa pública.
No obstante, la sociedad civil también tiene que participar. Para ello, es indispensable empoderarla en el proceso de toma de decisiones —para que el poder no esté en pocas manos—, de manera que contribuya a transparentar el quehacer público, al control y al restablecimiento de la confianza ciudadana en sus autoridades.
Estimados amigos:
Dos noticias de la semana pasada tienen que ver con el tema del plagio. Una, es la reiteración de la denuncia de plagio contral el escritor Alfredo Bryce Echenique, y la otra es un comunicado emitido por la Pontificia Universidad Católica del Perú sobre un sanción a sus alumnos por plagio que fue disminuida por Consejo de Asuntos Contenciosos Universitarios de la ANR.
A continuación presentamos el referido comunicado de la PUCP publicado en varios periodicos este fin de semana. Luego, las reflexiones de Rocio Silva Santiestevan respecto al asunto Bryce, aparecidas en el Diario La República bajo el título "Bryce e Iwasaki", el 18 de abril pasado.
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Comunicado de la PUCO
La Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) denuncia públicamente ante las instituciones educativas y académicas del país, y ante la opinión pública en general, que el Consejo de Asuntos Contenciosos Universitarios (CODACUN) de la Asamblea Nacional de Rectores (ANR) viene emitiendo resoluciones administrativas que constituyen un cuestionable y nefasto precedente que afecta gravemente la esencia del trabajo académico universitario.
El CODACUN es un tribunal administrativo creado por la Ley Universitaria N.° 23733, conformado por ex rectores o ex decanos de facultades de Derecho, que tiene la atribución de revisar, en última instancia administrativa, las resoluciones de los consejos universitarios que afecten los derechos de profesores y alumnos.
En marzo del 2009, dos estudiantes fueron sancionados por el Consejo Universitario de la PUCP con suspensión por haber cometido plagio en la elaboración de sendos trabajos de investigación, al utilizar párrafos de obras de autores sin realizar las citas correspondientes; es decir, hicieron pasar como propias ideas ajenas. El plagio es un acto que contraviene la tarea principal de la universidad: pensar y reflexionar, lo que, evidentemente, implica que el quehacer universitario no consiste en la mera transmisión y repetición de conocimientos. Por ello, nuestra casa de estudios y otras instituciones educativas nacionales y extranjeras consideran el plagio como falta grave.
Sin embargo, el CODACUN ha emitido resoluciones en los mencionados casos de plagio reduciendo significativamente la sanción a una simple amonestación. Para ello, se ha basado, entre otros criterios, en un comentario sobre la voz “plagio” publicado en la página web “Wikipedia”, según el cual el referido tribunal administrativo considera que “los estudiantes se comportan de manera natural al imitar y copiar en exceso o sin indicar las fuentes” y que “la enseñanza consiste fundamentalmente en la repetición constante de ideas y formulaciones ajenas, omitiéndose muchas veces, por economía, las fuentes”.
Ello es más escandaloso aún si se tiene en cuenta que dichos argumentos han sido tomados de un portal de Internet que advierte expresamente a sus lectores que no garantiza la validez de la información que difunde. En efecto, en el vínculo sobre “Limitación general de responsabilidad”, Wikipedia señala claramente que “la información que se encuentre en esta enciclopedia no necesariamente ha sido revisada por expertos profesionales que conozcan los temas de las diferentes materias que abarca, de la forma necesaria para proporcionar una información completa, precisa y fiable”. Más aún, en el vínculo “Aviso de riesgo”, este portal manifiesta lo siguiente: “Por favor, ten presente que cualquier información que encuentres en Wikipedia puede ser imprecisa, engañosa, peligrosa o ilegal”.
La aplicación de argumentos académicamente descalificados, por parte del CODACUN, constituye un grave peligro de devastadoras consecuencias para el trabajo intelectual que se desarrolla en las universidades públicas y privadas del país, puesto que, bajo su amparo, la labor seria, dedicada y honesta en los diversos ámbitos del conocimiento cederá ante prácticas irreflexivas de reproducción de información que provocarán la esterilidad científica de los claustros universitarios.
La PUCP manifiesta su sorpresa y profunda extrañeza por el hecho de que una instancia administrativa que resuelve, entre otros temas, controversias relacionadas con el mundo académico universitario, y que está conformada por docentes que han ejercido cargos de autoridad en sus respectivas instituciones, fundamente sus decisiones con argumentos anónimos, sin respaldo académico o profesional, reñidos con la ética, carentes de sentido común, demoledores de las bases de la actividad intelectual y que, por ello, se ubican en el extremo opuesto de la tradición académica universitaria.
Por ello, la PUCP ha dispuesto el inicio de acciones judiciales contra las referidas resoluciones administrativas del CODACUN a fin de que la decencia y rigurosidad del trabajo intelectual siga siendo un principio fundamental del mundo universitario peruano, e invita a sus pares y a la ciudadanía a sumarse a este empeño.
Secretaría General de la PUCP
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Por Rocío Silva Santisteban
La semana pasada Gonzalo Pajares, periodista de Perú21, entrevistó por fin a Alfredo Bryce Echenique, sobre el peliagudo tema de los artículos que firmó y sobre los cuales cae la negrísima sombra del plagio. Pajares estuvo realizando una pormenorizada investigación sobre el tema, precisamente porque admira las obras de Bryce, y llegó a la conclusión de que había plagiado 22 artículos de periódicos como La Vanguardia o El Comercio. En la misma entrevista el periodista confirma que el Indecopi multó a Bryce por el plagio de 16 artículos con la suma de 77, 500 soles. Nuestro escritor sostiene que no ha plagiado a nadie, y que en todo caso “todo plagio es un homenaje”. Finalmente la entrevista se cierra con estas palabras durísimas del periodista: “Le confieso, señor Bryce, que lo admiro como escritor, que lo quiero como amigo; pero hoy lo respeto menos”.
No voy a referirme en este artículo a los problemas éticos de Alfredo Bryce Echenique. No soy quién. La verdad que podría suscribir las palabras finales de Gonzalo Pajares: una sombra se ha cernido sobre uno de nuestros escritores más queridos y a sus lectores, a quienes aprendimos prácticamente a leer con Un mundo para Julius o con “El descubrimiento de América”, esta entrevista nos choca. Nos estremece. Nos manda una descarga de frío letal desde la coronilla y por toda la espina dorsal. No se trata de que esté descubriendo algo nuevo: sus palabras prácticamente son las mismas de sendas entrevistas anteriores (Caretas, por ejemplo). El problema es precisamente que no reconoce los plagios. La gran complicación es que repite un discurso de político criollo: el corazón de este nudo en la garganta del lector se centra en que Alfredo Bryce mantiene una actitud de mendacidad ante las pruebas, ante el investigador de las mismas, y ante la opinión pública.
Hace muchos años como para recordarlos, otro escritor peruano, Fernando Iwasaki, fue acusado de plagiar en uno de sus artículos de Expreso un fragmento de un texto publicado por E.R Doods. El tema no hubiera pasado a mayores (léase, más allá de las fronteras del Fundo Pando) si no lo hubiera entrevistado César Hildebrandt un domingo por la noche en el programa que conducía en Canal 4. ¿Qué hizo Iwasaki? Admitió el plagio. En ese entonces era un joven escritor, con muchos admiradores y enemigos, pues había publicado El Perú como entelequia y era calificado como uno de los “jóvenes turcos”. Todos a una hicieron leña del árbol caído. Iwasaki no fue cínico, no mintió hasta creerse esas verdades a medias, no dijo que había “homenajeado” a E.R. Doods, por el contrario, salió a la televisión nacional un domingo por la noche, con el tope de televisores prendidos, y admitió con vergüenza que él había cometido ese error. Después se fue del Perú hacia Sevilla con su hermosa esposa andaluza, a estudiar un postgrado, y por esas cosas del Destino o, como decía mi abuela, “no hay mal que por bien no venga”, hoy es finalmente respetado, reconocido en España pero también en el Perú, como un escritor fino, de calidad, que puede hilar historias sobre las Inquisiciones Peruanas (que él padeció, dicho sea de paso) o El Derby de los penúltimos.
Dos maneras de enfrentar el mismo problema. Ahora, ¿eso implica que Fernando Iwasaki es mejor escritor que Alfredo Bryce? En primer lugar son incomparables; en segundo lugar, aún cuando Alfredo Bryce sea un asesino en serie o un terrorista kamikaze, eso no significa, como tampoco significó en los casos de Ezra Pound o Mishima, que Un mundo para Julius no sea una novela espléndida e intensa. Bryce, plagiario o no, es uno de los mejores escritores latinoamericanos del post-boom. Y eso nadie se lo quita.
Dos noticias de la semana pasada tienen que ver con el tema del plagio. Una, es la reiteración de la denuncia de plagio contral el escritor Alfredo Bryce Echenique, y la otra es un comunicado emitido por la Pontificia Universidad Católica del Perú sobre un sanción a sus alumnos por plagio que fue disminuida por Consejo de Asuntos Contenciosos Universitarios de la ANR.
A continuación presentamos el referido comunicado de la PUCP publicado en varios periodicos este fin de semana. Luego, las reflexiones de Rocio Silva Santiestevan respecto al asunto Bryce, aparecidas en el Diario La República bajo el título "Bryce e Iwasaki", el 18 de abril pasado.
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Comunicado de la PUCO
La Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) denuncia públicamente ante las instituciones educativas y académicas del país, y ante la opinión pública en general, que el Consejo de Asuntos Contenciosos Universitarios (CODACUN) de la Asamblea Nacional de Rectores (ANR) viene emitiendo resoluciones administrativas que constituyen un cuestionable y nefasto precedente que afecta gravemente la esencia del trabajo académico universitario.
El CODACUN es un tribunal administrativo creado por la Ley Universitaria N.° 23733, conformado por ex rectores o ex decanos de facultades de Derecho, que tiene la atribución de revisar, en última instancia administrativa, las resoluciones de los consejos universitarios que afecten los derechos de profesores y alumnos.
En marzo del 2009, dos estudiantes fueron sancionados por el Consejo Universitario de la PUCP con suspensión por haber cometido plagio en la elaboración de sendos trabajos de investigación, al utilizar párrafos de obras de autores sin realizar las citas correspondientes; es decir, hicieron pasar como propias ideas ajenas. El plagio es un acto que contraviene la tarea principal de la universidad: pensar y reflexionar, lo que, evidentemente, implica que el quehacer universitario no consiste en la mera transmisión y repetición de conocimientos. Por ello, nuestra casa de estudios y otras instituciones educativas nacionales y extranjeras consideran el plagio como falta grave.
Sin embargo, el CODACUN ha emitido resoluciones en los mencionados casos de plagio reduciendo significativamente la sanción a una simple amonestación. Para ello, se ha basado, entre otros criterios, en un comentario sobre la voz “plagio” publicado en la página web “Wikipedia”, según el cual el referido tribunal administrativo considera que “los estudiantes se comportan de manera natural al imitar y copiar en exceso o sin indicar las fuentes” y que “la enseñanza consiste fundamentalmente en la repetición constante de ideas y formulaciones ajenas, omitiéndose muchas veces, por economía, las fuentes”.
Ello es más escandaloso aún si se tiene en cuenta que dichos argumentos han sido tomados de un portal de Internet que advierte expresamente a sus lectores que no garantiza la validez de la información que difunde. En efecto, en el vínculo sobre “Limitación general de responsabilidad”, Wikipedia señala claramente que “la información que se encuentre en esta enciclopedia no necesariamente ha sido revisada por expertos profesionales que conozcan los temas de las diferentes materias que abarca, de la forma necesaria para proporcionar una información completa, precisa y fiable”. Más aún, en el vínculo “Aviso de riesgo”, este portal manifiesta lo siguiente: “Por favor, ten presente que cualquier información que encuentres en Wikipedia puede ser imprecisa, engañosa, peligrosa o ilegal”.
La aplicación de argumentos académicamente descalificados, por parte del CODACUN, constituye un grave peligro de devastadoras consecuencias para el trabajo intelectual que se desarrolla en las universidades públicas y privadas del país, puesto que, bajo su amparo, la labor seria, dedicada y honesta en los diversos ámbitos del conocimiento cederá ante prácticas irreflexivas de reproducción de información que provocarán la esterilidad científica de los claustros universitarios.
La PUCP manifiesta su sorpresa y profunda extrañeza por el hecho de que una instancia administrativa que resuelve, entre otros temas, controversias relacionadas con el mundo académico universitario, y que está conformada por docentes que han ejercido cargos de autoridad en sus respectivas instituciones, fundamente sus decisiones con argumentos anónimos, sin respaldo académico o profesional, reñidos con la ética, carentes de sentido común, demoledores de las bases de la actividad intelectual y que, por ello, se ubican en el extremo opuesto de la tradición académica universitaria.
Por ello, la PUCP ha dispuesto el inicio de acciones judiciales contra las referidas resoluciones administrativas del CODACUN a fin de que la decencia y rigurosidad del trabajo intelectual siga siendo un principio fundamental del mundo universitario peruano, e invita a sus pares y a la ciudadanía a sumarse a este empeño.
Secretaría General de la PUCP
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Por Rocío Silva Santisteban
La semana pasada Gonzalo Pajares, periodista de Perú21, entrevistó por fin a Alfredo Bryce Echenique, sobre el peliagudo tema de los artículos que firmó y sobre los cuales cae la negrísima sombra del plagio. Pajares estuvo realizando una pormenorizada investigación sobre el tema, precisamente porque admira las obras de Bryce, y llegó a la conclusión de que había plagiado 22 artículos de periódicos como La Vanguardia o El Comercio. En la misma entrevista el periodista confirma que el Indecopi multó a Bryce por el plagio de 16 artículos con la suma de 77, 500 soles. Nuestro escritor sostiene que no ha plagiado a nadie, y que en todo caso “todo plagio es un homenaje”. Finalmente la entrevista se cierra con estas palabras durísimas del periodista: “Le confieso, señor Bryce, que lo admiro como escritor, que lo quiero como amigo; pero hoy lo respeto menos”.
No voy a referirme en este artículo a los problemas éticos de Alfredo Bryce Echenique. No soy quién. La verdad que podría suscribir las palabras finales de Gonzalo Pajares: una sombra se ha cernido sobre uno de nuestros escritores más queridos y a sus lectores, a quienes aprendimos prácticamente a leer con Un mundo para Julius o con “El descubrimiento de América”, esta entrevista nos choca. Nos estremece. Nos manda una descarga de frío letal desde la coronilla y por toda la espina dorsal. No se trata de que esté descubriendo algo nuevo: sus palabras prácticamente son las mismas de sendas entrevistas anteriores (Caretas, por ejemplo). El problema es precisamente que no reconoce los plagios. La gran complicación es que repite un discurso de político criollo: el corazón de este nudo en la garganta del lector se centra en que Alfredo Bryce mantiene una actitud de mendacidad ante las pruebas, ante el investigador de las mismas, y ante la opinión pública.
Hace muchos años como para recordarlos, otro escritor peruano, Fernando Iwasaki, fue acusado de plagiar en uno de sus artículos de Expreso un fragmento de un texto publicado por E.R Doods. El tema no hubiera pasado a mayores (léase, más allá de las fronteras del Fundo Pando) si no lo hubiera entrevistado César Hildebrandt un domingo por la noche en el programa que conducía en Canal 4. ¿Qué hizo Iwasaki? Admitió el plagio. En ese entonces era un joven escritor, con muchos admiradores y enemigos, pues había publicado El Perú como entelequia y era calificado como uno de los “jóvenes turcos”. Todos a una hicieron leña del árbol caído. Iwasaki no fue cínico, no mintió hasta creerse esas verdades a medias, no dijo que había “homenajeado” a E.R. Doods, por el contrario, salió a la televisión nacional un domingo por la noche, con el tope de televisores prendidos, y admitió con vergüenza que él había cometido ese error. Después se fue del Perú hacia Sevilla con su hermosa esposa andaluza, a estudiar un postgrado, y por esas cosas del Destino o, como decía mi abuela, “no hay mal que por bien no venga”, hoy es finalmente respetado, reconocido en España pero también en el Perú, como un escritor fino, de calidad, que puede hilar historias sobre las Inquisiciones Peruanas (que él padeció, dicho sea de paso) o El Derby de los penúltimos.
Dos maneras de enfrentar el mismo problema. Ahora, ¿eso implica que Fernando Iwasaki es mejor escritor que Alfredo Bryce? En primer lugar son incomparables; en segundo lugar, aún cuando Alfredo Bryce sea un asesino en serie o un terrorista kamikaze, eso no significa, como tampoco significó en los casos de Ezra Pound o Mishima, que Un mundo para Julius no sea una novela espléndida e intensa. Bryce, plagiario o no, es uno de los mejores escritores latinoamericanos del post-boom. Y eso nadie se lo quita.
A continuación presentamos la Lección inaugural del curso italo-latino-americano para expertos en los problemas laborales, organizado por la OIT, la Universidad de Bolonia y la Universidad de Castilla La Mancha. Bolonia, el 15 de septiembre de 2007. La Lección fue dictada por Umberto Romagnoli, Profesor Ordinario de Derecho del Trabajo de la Universidad de Bolonia. La traducción es de José Luis López Bulla y de Antonio Baylos.
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Por: Umberto Romagnoli
Llueve sobre el más eurocéntrico de los derechos nacionales. Llueve a cántaros; de hecho, está diluviando. Por eso, desde hace tiempo, los iuslaboralistas de mi generación se sienten como Noé cuando leía el boletín de las previsiones meteorológicas. En realidad, están peor. Mientras el venerable patriarca sabía que podía contar con el apoyo del Señor, y de hecho recobró pronto la sonrisa, a los juristas del trabajo de mi generación les cuesta reencontrarse con el buen humor.
Ni siquiera mi estado emocional brilla como antes. De hecho me estoy convenciendo que si bien no me equivoco pensando que cuando un europeo parte para Latinoamérica se dispone a un viaje más en el tiempo que en el espacio me equivocaba sin embargo, al creer que – llegando al punto de destino – le parecería haber dado un salto atrás de muchos decenios: como si hubiera desembarcado en el pasado del Viejo Continente. La verdad es que, en el curso del último cuarto del siglo XX, han sucedido muchas cosas vertiginosamente. No me refiero solamente a la caída del Muro de Berlín que probablemente constituye el epicentro del movimiento telúrico que ha zarandeado todo el planeta. No aludo sólo a la desindustrialización y terciarización de la sociedad; al desarrollo del capitalismo financiero; a la globalización de la economía y los mercados. No. No me refiero solamente a las macro-mutaciones. Me refiero ante todo a las microdiscontinuidades que acompañan todo ello como un enjambre de abejas, sin permitirme descifrar su alcance ni comprender si se trata de temblores sísmicos o del preludio de un cataclismo todavía incabado.
He ahí una sumaria descripción de las ruinas que están recubriendo la superficie del derecho del trabajo, no sólo del italiano, y cuya estratificación demostra que todo el derecho del trabajo del pasado siglo debe ser tratado como una herencia que debe aceptarse a beneficio de inventario.
1. Los valores del libre mercado -- que habitualmente no eran glorificados por las constituciones elaboradas en la segunda postguerra en aquellos países que promovieron la construcción de la Unión Europea -- han entrado ahora en sus respectivos ordenamientos internos.
2. Una vez compartida por la generalidad de los operadores jurídicos, se ha erosionado la presunción favorable a la subordinación: el trabajo se declina en plural y el autónomo está incrementado su dimensión. Por doquier.
3. Aunque el legislador no ha dejado de compartirla, la presunción favorable a la duración indefinida de la relación del trabajo subordinado, en la práctica está invertida. Si antes era retórico decir que los nuevos contratados entrabana formar parte de una gran familia y estaban invitados a compartir l’esprit maison, ahora es realista afirmar que se sienten como las hojas de un árbol en otoño.
4. Está siendo parcelizado el principio legal de la correspondencia entre el sujeto económico que utiliza la mano de obra y el que tiene la titularidad de las relaciones de trabajo.
5. Aunque su inderogabilidad ha sido siempre un tigre de papel, ahora la norma legal a veces nace para dictar reglas que son más de plastilina que de hierro, imitando el soft-law comunitario donde, como dice Giuliano Amato, hay más ligereza que derecho. Es paradigmática la parábola de la legislación reguladora del tiempo de trabajo, que con sus rigideces marcó el nacimiento del derecho del trabajo, y se ha convertido ahora en la más flexible.
6. Por absoluto que fuera – o así se creía – el valor de la estabilidad de la relación laboral se ha relativizado. Acorralado por el revisionismo de las políticas gubernamentales y por las orientaciones jurisprudenciales –animadas no tanto por el interés de ayudar a la empresa y bajar el coste del trabajo como por la hostilidad ideológica hacia la disposición-símbolo de la ortodoxia iuslaboralista del siglo XX: la que obliga al empleador a reintegrar al trabajador injustamente despedido. Por cierto, si Italo Calvino estuviese todavía con nosotros y le contásemos las vicisitudes del instituto de la readmisión forzosa, que ha estimulado una auténtica revuelta de los hechos contra la norma escrita, el escritor concluiría que el mecanismo de la estabilidad real se parecería más a su Caballero inexistente que a su Barón rampante. Cierto, ninguno de nosotros podía razonablemente esperar que, grácil como era, el instituto de la readmisión habría de dar un motivo válido para reescribir la deprimente historia procesal de la ejecución forzosa de las obligaciones de hacer. Pero pensábamos que su desaparición se habría producido al final de un duelo épico a cara descubierta con un adversario leal e identificable. Y, sin embargo, ha sucedido que la derrota se ha consumado un poco a la vez, por agotamiento y por obra de una multitud imprecisa de desconocidos: ni siquiera el fuego amigo les ha ahorrado golpes mortales.
7. La presunción de que el sindicato no podía no practicar en su interior unas reglas inspiradas (como también querría la Corte Constitucional) “en la valoración del consenso efectivo como medida de democracia”, ha entrado ya en el universo de las presunciones virtuales, en un equilibrio inestable entre ideología y apología. Por contra, un extenso proceso de mutación antropológico-cultural ha descubierto lo que Massimo D’Antona denominaba “lo no-dicho del estatuto de los trabajadores”. Sin embargo, incluso si se colmara la laguna e, incluso, si se formularan unas normas que definieran la legitimación de los representantes sindicales y la posición de los representados respecto a aquellos, aún quedaría la duda de que ello no bastaría para volver a dar un espacio a los protagonismos colectivos en una situación donde domina una visión darwinista de la sociedad, una sociedad competitiva y adquisitiva, una sociedad molecular.
¿Será porque en el curso de estos últimos años ha sucedido en Europa todo ello – y otras cosas más – que durante el último viaje a Latinoamérica ya no acariciaba el billete de vuelta como si fuera un talismán? Tenerlo en el bolsillo no me procuraba ya la sensación de superioridad en el límite de la arrogancia intelectual que tenía en anteriores ocasiones. Al contrario, me he sorprendido al reprocharme mi retraso en comprender que desembarcar en cualquier país latinoamericano puede comportar a un europeo a tener la sensación de encontrarse en un día impreciso del futuro próximo de la propia Europa.
Si es improbable que aportaciones propositivas adecuadas puedan venir desde los más espantados guardianes de la ortodoxia iuslaboralista del siglo XX que destacan por el uso paralizante de la memoria, tampoco son de fiar los agobiantes modernizadores que llevan a proyectar para el derecho del trabajo un futuro que no tiene apenas memoria o no tiene ninguna. Mas aún, un documento presentado hace poco por la Comisión Europea – el Libro Verde – no es otra cosa que una insistente y calurosa exhortación dirigida al sector profesional de los juristas del trabajo, solicitándoles a participar en una competición para designar al mejor, entendiendo por tal aquel que sepa indicar con más despreocupación donde ha comenzado a equivocarse todo.
El concurso es menos apasionante de lo que se imaginaban los autores del documento. Y ello porque, vistas las reacciones que provienen de los ambientes jurídicos que saben de qué estan hablando, no parece que haya muchos juristas inclinados a reconocer la causa y el inicio de una singular secuela de errores en la adhesión prestada a la opinión según la cual el derecho del trabajo del siglo XX había sido uno de los pocos ejemplos indudables del progreso de la cultura jurídica, si el contrato de trabajo -- que ha sido su núcleo fundante -- no se hubiera despedido del derecho de las obligaciones para sujetarse, en el persistente silencio del legislador, a una normación que emulaba el papel de la ley, imitaba sus modulaciones y su propia sustancia autoritaria. Lo que significaba el inicio de una nueva fase. La novedad consistía en esto: multitud de productores subalternos se apropiaban del poder contractual sin el cual el derecho, que del trabajo estaba tomando nombre y razón de ser, nunca habría sido capaz de pensar en grande; mucho más en grande de lo que estaban dispuestos a aceptar intérpretes persuadidos de que su proyecto se agotaría con el refinamiento de la ética de los negocios.
Confieso que siempre me ha intrigado la pregunta consistente en saber por qué el convenio colectivo se ha ganado tan amplio favor legislativo, mucho más rápido de cuanto no le ha sido posible al conflicto colectivo. De hecho, el caso italiano es un caso emblemático: en nuestro caso, la mayor valoración legal del convenio colectivo coincide incluso con la represión penal de la huelga.
Mi respuesta es que las clases dirigentes reconocieron en el convenio colectivo un instrumento de gobernabilidad que era preferible al legislativo. Idóneo para cambiar mentalidades, estilos y modelos de vida con el consenso de las mismas colectividades obligadas a adaptarse a lo nuevo que avanzaba y, al mismo tiempo, concedía a los hommes de travail la facultad de palabra y la posibilidad de contar, en la misma medida que no le permitía alzar demasiado la voz. Es, como si dijéramos, que el convenio colectivo ha sido la criatura normativa del siglo XX más mimada por un establishment que, tras el comprensible desconcierto inicial, supo valorar adecuadamente una actitud que estaba inserta en su DNA. La actitud es la propia de los instrumentos de pedagogía de masa porque enseña a metabolizar lo que atemoriza, lo hace fisiológico y lo normaliza: la cohabitación entre un poder empresarial unilateral y un contrapoder colectivo que, como unilateralidad, querría otra tanta. Por otro lado, la idea misma de contractualidad se suicidaría si estuviera desprendida de la necesidad de una mediación estructurada para impedir la radicalización del conflicto social sin precedentes generado por el capitalismo de mercado.
Sin duda la negociación colectiva ha superado el test. Y ello, aunque no fuera sencillo probar que el reformismo es preferible a la incendiaria profecía según la cual la humanidad no tiene nada que perder excepto sus cadenas y, al mismo tiempo, acelerar la deriva de las concepciones que celebran el elogio del padre-patrón.
Ha hecho como le consentía su naturaleza: probando que la imposibilidad de realizar la liberación completa y definitiva de las cadenas no prejuzga ni la expectativa de los comunes mortales de ser (un poco) más libres y (un poco) menos pobres ni el desarrollo del sistema capitalista. No por casualidad, en la crítica de las desigualdades sociales, destinada a tomar gradualmente la forma de derecho del trabajo que conocemos, la pars construens no es inferior a la destruens e incluso en su esfuerzo de no dejarse intimidar por la coacción a contemporizar reside la fascinación del derecho del trabajo.
No obstante, la más relevante parte activa del balance de esta secular experiencia se ha ido acumulando porque el pueblo de los hombres de mono azul y manos callosas no ha tardado en reconocer en la negociación el vector capaz de trasferir al ordenamiento del Estado una concepción global y totalizante del trabajo, excéntrica con respecto a la dimensión productivista y mercantilista. De hecho, como afirma el más importante estudioso de la revolución industrial, en la cultura de la clase social, creada por la Gran Transformación, “el trabajo era solamente otro nombre para designar una actividad humana que acompaña a la vida misma, que no está producida para ser vendida, y la organización del trabajo es sólo otra expresión para nombrar las formas de vida de la gente común”.
Ciertamente los mejores juristas tienen razón en ver en la cualificación del trabajo como bien económico valorable con criterios de mercado el nudo decisivo que, en la evolución del pensamiento no sólo jurídico, ha afirmado el paso de un indistinto status de sumisión servil a una relación contractual presuntamente paritaria entre sujetos abstractamente iguales. Pero, no sin pedir excusas por el retraso, hay también que denunciar los efectos distorsionantes de la política del derecho esponsorizada por una doctrina iusprivatista cuyas categorías lógico-dogmáticas y técnico-conceptuales le permiten homologar el trabajo deducido en contrato como el objeto de una de las prestaciones pactadas. Solamente eso.
En efecto, una concepción parcelizante y descarnada, despersonalizante y desmotivadora como ésta – solidaria con los intereses del empresario en imponer a la mano de obra comportamientos funcionales a las exigencias de la organización productiva y a reprimir cualesquiera otras – es insoportablemente reductiva hasta el límite de la insignificancia. Haciendo irreconocible el conjunto de valores de los que se reclama implícitamente el trabajo, esteriliza contextualmente su derecho en la misma medida que lo inmuniza de contaminaciones externas y por eso lo condena a no influir sobre la transformación de la sociedad y del Estado. Viceversa, el derecho del trabajo ya no es la provincia menor de un imperio – el del derecho privado, perteneciente a la tradición romanista y las codificaciones del siglo XIX – porque ha dilatado su esfera de influencia y, separándose del territorio de su elección, se ha resituado en un lugar sin identidad. Una identidad que no estaba predefinida ni quizás se dejará nunca de definir. En realidad, el derecho del trabajo es un no-lugar al que no le ha bastado un siglo de historia para encontrar la colocación más apropiada en el estatuto epistemológico de las ciencias sociales que se disputan la hegemonía cultural.
Bien sé que no es esta la ocasión más favorable para remover los sedimentos de aguas profundas. Pero no puedo reprimir un gesto de irritación. Resulta exasperante, efectivamente, que la dislocación científico-cultural del derecho del trabajo dependa de la viscosidad de una organización académica del saber que levanta barreras allá donde deberían erigirse puentes, premiando una insensata propensión al dominio de monoculturas autoreferenciales. De igual modo, fastidia decir que el fascismo jurídico ha sido el único momento en que se intentó cambiar el curso de las cosas. No salió aquello, y además empeoró la situación. De todas maneras, sin embargo, incentivó al derecho del trabajo a superar la pequeña colina que le impedía la visibilidad de lo que había más allá de un contrato que comportaba la cesión de un tiempo de vida predisponiéndolo, así, a interceptar en un hábitat más favorable la evolución del constitucionalismo moderno, interactuar con él y acelerar sus ritmos hasta ejercitar una presión determinante en la dirección de la refundación democrática del Estado en un área significativa del Occidente capitalista.
Lástima que la demonización del fascismo jurídico, que caracterizó el reinicio de los estudios italianos del derecho del trabajo ya en la época republicana, haya acabado por complicar a la doctrina la tarea de explicar un por qué y un cómo:
--- por qué la tensión emancipatoria se ha desarrollado mucho más allá de la esfera del trabajo que los paradigmas de la doctrina iusprivatista identifican como un mero crecimiento del derecho civil, y
--- cómo se ha convertido en algo no relevante que la emancipación haya partido de aquí, en la amplia medida en que el derecho del trabajo, aun cuando esté necesitado de adaptaciones, se ha convertido en un elemento constitutivo de la civilización que caracteriza el Viejo Continente, aunque se haya limitado a los países de Europa centro-septentrional y meridional.
Como escribió Federico Mancini, es este el ángulo del mundo donde los legisladores “cualesquiera que sea su concepción del mundo (liberal, católica, socialista e, incluso, fascista) han estado dispuestos a modificar la condición del hombre que vende su fuerza de trabajo”. Es decir, han madurado más expeditivamente que otros y bajo gobiernos de diferente, e incluso opuesto, color, la conciencia de que el impacto de las reglas del trabajo sobrepasa el marco de las relaciones que nacen de un contrato de trabajo de derecho privado. En suma, tenían presente lo que los tecnócratas de Bruselas, y su entorno, tienden a desatender: en la relación de trabajo están implicados intereses extra-paptriomoniales de la persona, de manera que lesionarlos deteriora el status de ciudadanía exaltado por los mismos tecnócratas.
Efectivamente, si es incontestable que la marginación social empieza con la exclusión del trabajo, sólo una exageración mixtificadora puede llevar a considerar que allá donde el trabajo se desarrolla con características alienantes (tanto respecto al resultado inmediato de la prestación como al de la gestión de la organización productiva) que son propias de la subordinación, no hay necesidad de remover -- utilizando el lenguaje de la constitución italiana -- “los obstáculos del orden económico y social que, de hecho, limitan la libertad y la igualdad de los ciudadanos”.
Unos obstáculos que, como ejemplo, la Corte Constitucional italiana identificó, hace muchos años, en la situación de debilidad determinada por la menor protección del interés del trabajador en la conservación de la relación de trabajo y que le llevó a formular la regla de que la prescripción de los derechos económicos no puede transcurrir mientras dura la relación.
Unos obstáculos que, hoy, sería razonable identificar con la extensión de los contratos de trabajo no-estandar, que suscitan un sentido de inseguridad no menos opresivo (y probablemente más obsesivo) que el miedo que, en el contrato de trabajo por tiempo indeterminado, el despido suscitaba antes de la entrada en vigor de la regulación de los límites a la rescisión unilateral del contrato.
En torno a estas cuestiones, la Unión Europea parece interesada en promover una opinión pública que sea lo más favorable posible. Según los tecnócratas de Bruselas (y su entorno) el umbral de aceptabilidad – del que por otra parte no ofrecen indicadores de ningún tipo para precisarlo con la deseable concreción – está destinado a aumentar mediante la adopción de regímenes normativos que sitúan fuera de la relación de trabajo las tutelas que debe disfrutar el ciudadano-trabajador. Su común denominador se identifica con la flexiseguridad.
El oxímoron no es demencial. Surge, ante todo, de la ilimitada confianza en que para incentivar el empleo es necesario reducir los estándares de tutela del trabajo. Viceversa hay objetivos que se comparten en función también del método empleado para alcanzarlos. La democracia, por ejemplo, puede ciertamente considerarse un bien en sí. No obstante, nos preguntamos qué tipo de idea sobre la democracia se están llevando los iraquíes o a los afganos. De igual modo, pregúntemonos qué tipo de socialización se puede obtener generando praxis dominadas por el individualismo de mercado y si es sensato decir que cualquier contrato de trabajo – incluso el más escandaloso -- evita el escándalo del no-trabajo, rivalizando así (hasta ridiculizarla) la decrépita fórmula de “qui dit contractuel dit juste”.
Hágase, sin embargo, un discurso de verdad. Despues de todo, los protoliberales lo hicieron. En sus códigos civiles había un proyecto de sociedad; en sus repertorios jurisprudenciales circulaba una utopía que tenía su encanto que, en estos últimos años, ha reverdecido. En el corazón, si no tambien en la cabeza, de los intelectuales del área jurídica – al menos de aquellos que creaban opinión – vibraba una esperanza que se avergonzaba de morir: “los hombres de edad madura, y capaces de entender y de querer, deben tener la misma libertad contractual y los acuerdos, cuando son líbremente asumidos, son sagrados.”
Dígase ahora, con la misma franqueza, si el oxímoron comunitario anuncia la construcción de un orden social en el cual qué poco o qué parte de igualdad sustancial – que el siglo XX ha hecho entrar en el cuadro normativo de la relación de trabajo – se considera un lujo que la Europa del XXI no puede concederse. Por eso, antes que la demolición de lo existente sea irreversible, me agrada concluir con la advertencia de un gran europeísta: “si Europa no debiera crecer como organismo democrático, lo que quedaría por organizar ya no sería Europa”.
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Por: Umberto Romagnoli
Llueve sobre el más eurocéntrico de los derechos nacionales. Llueve a cántaros; de hecho, está diluviando. Por eso, desde hace tiempo, los iuslaboralistas de mi generación se sienten como Noé cuando leía el boletín de las previsiones meteorológicas. En realidad, están peor. Mientras el venerable patriarca sabía que podía contar con el apoyo del Señor, y de hecho recobró pronto la sonrisa, a los juristas del trabajo de mi generación les cuesta reencontrarse con el buen humor.
Ni siquiera mi estado emocional brilla como antes. De hecho me estoy convenciendo que si bien no me equivoco pensando que cuando un europeo parte para Latinoamérica se dispone a un viaje más en el tiempo que en el espacio me equivocaba sin embargo, al creer que – llegando al punto de destino – le parecería haber dado un salto atrás de muchos decenios: como si hubiera desembarcado en el pasado del Viejo Continente. La verdad es que, en el curso del último cuarto del siglo XX, han sucedido muchas cosas vertiginosamente. No me refiero solamente a la caída del Muro de Berlín que probablemente constituye el epicentro del movimiento telúrico que ha zarandeado todo el planeta. No aludo sólo a la desindustrialización y terciarización de la sociedad; al desarrollo del capitalismo financiero; a la globalización de la economía y los mercados. No. No me refiero solamente a las macro-mutaciones. Me refiero ante todo a las microdiscontinuidades que acompañan todo ello como un enjambre de abejas, sin permitirme descifrar su alcance ni comprender si se trata de temblores sísmicos o del preludio de un cataclismo todavía incabado.
He ahí una sumaria descripción de las ruinas que están recubriendo la superficie del derecho del trabajo, no sólo del italiano, y cuya estratificación demostra que todo el derecho del trabajo del pasado siglo debe ser tratado como una herencia que debe aceptarse a beneficio de inventario.
1. Los valores del libre mercado -- que habitualmente no eran glorificados por las constituciones elaboradas en la segunda postguerra en aquellos países que promovieron la construcción de la Unión Europea -- han entrado ahora en sus respectivos ordenamientos internos.
2. Una vez compartida por la generalidad de los operadores jurídicos, se ha erosionado la presunción favorable a la subordinación: el trabajo se declina en plural y el autónomo está incrementado su dimensión. Por doquier.
3. Aunque el legislador no ha dejado de compartirla, la presunción favorable a la duración indefinida de la relación del trabajo subordinado, en la práctica está invertida. Si antes era retórico decir que los nuevos contratados entrabana formar parte de una gran familia y estaban invitados a compartir l’esprit maison, ahora es realista afirmar que se sienten como las hojas de un árbol en otoño.
4. Está siendo parcelizado el principio legal de la correspondencia entre el sujeto económico que utiliza la mano de obra y el que tiene la titularidad de las relaciones de trabajo.
5. Aunque su inderogabilidad ha sido siempre un tigre de papel, ahora la norma legal a veces nace para dictar reglas que son más de plastilina que de hierro, imitando el soft-law comunitario donde, como dice Giuliano Amato, hay más ligereza que derecho. Es paradigmática la parábola de la legislación reguladora del tiempo de trabajo, que con sus rigideces marcó el nacimiento del derecho del trabajo, y se ha convertido ahora en la más flexible.
6. Por absoluto que fuera – o así se creía – el valor de la estabilidad de la relación laboral se ha relativizado. Acorralado por el revisionismo de las políticas gubernamentales y por las orientaciones jurisprudenciales –animadas no tanto por el interés de ayudar a la empresa y bajar el coste del trabajo como por la hostilidad ideológica hacia la disposición-símbolo de la ortodoxia iuslaboralista del siglo XX: la que obliga al empleador a reintegrar al trabajador injustamente despedido. Por cierto, si Italo Calvino estuviese todavía con nosotros y le contásemos las vicisitudes del instituto de la readmisión forzosa, que ha estimulado una auténtica revuelta de los hechos contra la norma escrita, el escritor concluiría que el mecanismo de la estabilidad real se parecería más a su Caballero inexistente que a su Barón rampante. Cierto, ninguno de nosotros podía razonablemente esperar que, grácil como era, el instituto de la readmisión habría de dar un motivo válido para reescribir la deprimente historia procesal de la ejecución forzosa de las obligaciones de hacer. Pero pensábamos que su desaparición se habría producido al final de un duelo épico a cara descubierta con un adversario leal e identificable. Y, sin embargo, ha sucedido que la derrota se ha consumado un poco a la vez, por agotamiento y por obra de una multitud imprecisa de desconocidos: ni siquiera el fuego amigo les ha ahorrado golpes mortales.
7. La presunción de que el sindicato no podía no practicar en su interior unas reglas inspiradas (como también querría la Corte Constitucional) “en la valoración del consenso efectivo como medida de democracia”, ha entrado ya en el universo de las presunciones virtuales, en un equilibrio inestable entre ideología y apología. Por contra, un extenso proceso de mutación antropológico-cultural ha descubierto lo que Massimo D’Antona denominaba “lo no-dicho del estatuto de los trabajadores”. Sin embargo, incluso si se colmara la laguna e, incluso, si se formularan unas normas que definieran la legitimación de los representantes sindicales y la posición de los representados respecto a aquellos, aún quedaría la duda de que ello no bastaría para volver a dar un espacio a los protagonismos colectivos en una situación donde domina una visión darwinista de la sociedad, una sociedad competitiva y adquisitiva, una sociedad molecular.
¿Será porque en el curso de estos últimos años ha sucedido en Europa todo ello – y otras cosas más – que durante el último viaje a Latinoamérica ya no acariciaba el billete de vuelta como si fuera un talismán? Tenerlo en el bolsillo no me procuraba ya la sensación de superioridad en el límite de la arrogancia intelectual que tenía en anteriores ocasiones. Al contrario, me he sorprendido al reprocharme mi retraso en comprender que desembarcar en cualquier país latinoamericano puede comportar a un europeo a tener la sensación de encontrarse en un día impreciso del futuro próximo de la propia Europa.
Si es improbable que aportaciones propositivas adecuadas puedan venir desde los más espantados guardianes de la ortodoxia iuslaboralista del siglo XX que destacan por el uso paralizante de la memoria, tampoco son de fiar los agobiantes modernizadores que llevan a proyectar para el derecho del trabajo un futuro que no tiene apenas memoria o no tiene ninguna. Mas aún, un documento presentado hace poco por la Comisión Europea – el Libro Verde – no es otra cosa que una insistente y calurosa exhortación dirigida al sector profesional de los juristas del trabajo, solicitándoles a participar en una competición para designar al mejor, entendiendo por tal aquel que sepa indicar con más despreocupación donde ha comenzado a equivocarse todo.
El concurso es menos apasionante de lo que se imaginaban los autores del documento. Y ello porque, vistas las reacciones que provienen de los ambientes jurídicos que saben de qué estan hablando, no parece que haya muchos juristas inclinados a reconocer la causa y el inicio de una singular secuela de errores en la adhesión prestada a la opinión según la cual el derecho del trabajo del siglo XX había sido uno de los pocos ejemplos indudables del progreso de la cultura jurídica, si el contrato de trabajo -- que ha sido su núcleo fundante -- no se hubiera despedido del derecho de las obligaciones para sujetarse, en el persistente silencio del legislador, a una normación que emulaba el papel de la ley, imitaba sus modulaciones y su propia sustancia autoritaria. Lo que significaba el inicio de una nueva fase. La novedad consistía en esto: multitud de productores subalternos se apropiaban del poder contractual sin el cual el derecho, que del trabajo estaba tomando nombre y razón de ser, nunca habría sido capaz de pensar en grande; mucho más en grande de lo que estaban dispuestos a aceptar intérpretes persuadidos de que su proyecto se agotaría con el refinamiento de la ética de los negocios.
Confieso que siempre me ha intrigado la pregunta consistente en saber por qué el convenio colectivo se ha ganado tan amplio favor legislativo, mucho más rápido de cuanto no le ha sido posible al conflicto colectivo. De hecho, el caso italiano es un caso emblemático: en nuestro caso, la mayor valoración legal del convenio colectivo coincide incluso con la represión penal de la huelga.
Mi respuesta es que las clases dirigentes reconocieron en el convenio colectivo un instrumento de gobernabilidad que era preferible al legislativo. Idóneo para cambiar mentalidades, estilos y modelos de vida con el consenso de las mismas colectividades obligadas a adaptarse a lo nuevo que avanzaba y, al mismo tiempo, concedía a los hommes de travail la facultad de palabra y la posibilidad de contar, en la misma medida que no le permitía alzar demasiado la voz. Es, como si dijéramos, que el convenio colectivo ha sido la criatura normativa del siglo XX más mimada por un establishment que, tras el comprensible desconcierto inicial, supo valorar adecuadamente una actitud que estaba inserta en su DNA. La actitud es la propia de los instrumentos de pedagogía de masa porque enseña a metabolizar lo que atemoriza, lo hace fisiológico y lo normaliza: la cohabitación entre un poder empresarial unilateral y un contrapoder colectivo que, como unilateralidad, querría otra tanta. Por otro lado, la idea misma de contractualidad se suicidaría si estuviera desprendida de la necesidad de una mediación estructurada para impedir la radicalización del conflicto social sin precedentes generado por el capitalismo de mercado.
Sin duda la negociación colectiva ha superado el test. Y ello, aunque no fuera sencillo probar que el reformismo es preferible a la incendiaria profecía según la cual la humanidad no tiene nada que perder excepto sus cadenas y, al mismo tiempo, acelerar la deriva de las concepciones que celebran el elogio del padre-patrón.
Ha hecho como le consentía su naturaleza: probando que la imposibilidad de realizar la liberación completa y definitiva de las cadenas no prejuzga ni la expectativa de los comunes mortales de ser (un poco) más libres y (un poco) menos pobres ni el desarrollo del sistema capitalista. No por casualidad, en la crítica de las desigualdades sociales, destinada a tomar gradualmente la forma de derecho del trabajo que conocemos, la pars construens no es inferior a la destruens e incluso en su esfuerzo de no dejarse intimidar por la coacción a contemporizar reside la fascinación del derecho del trabajo.
No obstante, la más relevante parte activa del balance de esta secular experiencia se ha ido acumulando porque el pueblo de los hombres de mono azul y manos callosas no ha tardado en reconocer en la negociación el vector capaz de trasferir al ordenamiento del Estado una concepción global y totalizante del trabajo, excéntrica con respecto a la dimensión productivista y mercantilista. De hecho, como afirma el más importante estudioso de la revolución industrial, en la cultura de la clase social, creada por la Gran Transformación, “el trabajo era solamente otro nombre para designar una actividad humana que acompaña a la vida misma, que no está producida para ser vendida, y la organización del trabajo es sólo otra expresión para nombrar las formas de vida de la gente común”.
Ciertamente los mejores juristas tienen razón en ver en la cualificación del trabajo como bien económico valorable con criterios de mercado el nudo decisivo que, en la evolución del pensamiento no sólo jurídico, ha afirmado el paso de un indistinto status de sumisión servil a una relación contractual presuntamente paritaria entre sujetos abstractamente iguales. Pero, no sin pedir excusas por el retraso, hay también que denunciar los efectos distorsionantes de la política del derecho esponsorizada por una doctrina iusprivatista cuyas categorías lógico-dogmáticas y técnico-conceptuales le permiten homologar el trabajo deducido en contrato como el objeto de una de las prestaciones pactadas. Solamente eso.
En efecto, una concepción parcelizante y descarnada, despersonalizante y desmotivadora como ésta – solidaria con los intereses del empresario en imponer a la mano de obra comportamientos funcionales a las exigencias de la organización productiva y a reprimir cualesquiera otras – es insoportablemente reductiva hasta el límite de la insignificancia. Haciendo irreconocible el conjunto de valores de los que se reclama implícitamente el trabajo, esteriliza contextualmente su derecho en la misma medida que lo inmuniza de contaminaciones externas y por eso lo condena a no influir sobre la transformación de la sociedad y del Estado. Viceversa, el derecho del trabajo ya no es la provincia menor de un imperio – el del derecho privado, perteneciente a la tradición romanista y las codificaciones del siglo XIX – porque ha dilatado su esfera de influencia y, separándose del territorio de su elección, se ha resituado en un lugar sin identidad. Una identidad que no estaba predefinida ni quizás se dejará nunca de definir. En realidad, el derecho del trabajo es un no-lugar al que no le ha bastado un siglo de historia para encontrar la colocación más apropiada en el estatuto epistemológico de las ciencias sociales que se disputan la hegemonía cultural.
Bien sé que no es esta la ocasión más favorable para remover los sedimentos de aguas profundas. Pero no puedo reprimir un gesto de irritación. Resulta exasperante, efectivamente, que la dislocación científico-cultural del derecho del trabajo dependa de la viscosidad de una organización académica del saber que levanta barreras allá donde deberían erigirse puentes, premiando una insensata propensión al dominio de monoculturas autoreferenciales. De igual modo, fastidia decir que el fascismo jurídico ha sido el único momento en que se intentó cambiar el curso de las cosas. No salió aquello, y además empeoró la situación. De todas maneras, sin embargo, incentivó al derecho del trabajo a superar la pequeña colina que le impedía la visibilidad de lo que había más allá de un contrato que comportaba la cesión de un tiempo de vida predisponiéndolo, así, a interceptar en un hábitat más favorable la evolución del constitucionalismo moderno, interactuar con él y acelerar sus ritmos hasta ejercitar una presión determinante en la dirección de la refundación democrática del Estado en un área significativa del Occidente capitalista.
Lástima que la demonización del fascismo jurídico, que caracterizó el reinicio de los estudios italianos del derecho del trabajo ya en la época republicana, haya acabado por complicar a la doctrina la tarea de explicar un por qué y un cómo:
--- por qué la tensión emancipatoria se ha desarrollado mucho más allá de la esfera del trabajo que los paradigmas de la doctrina iusprivatista identifican como un mero crecimiento del derecho civil, y
--- cómo se ha convertido en algo no relevante que la emancipación haya partido de aquí, en la amplia medida en que el derecho del trabajo, aun cuando esté necesitado de adaptaciones, se ha convertido en un elemento constitutivo de la civilización que caracteriza el Viejo Continente, aunque se haya limitado a los países de Europa centro-septentrional y meridional.
Como escribió Federico Mancini, es este el ángulo del mundo donde los legisladores “cualesquiera que sea su concepción del mundo (liberal, católica, socialista e, incluso, fascista) han estado dispuestos a modificar la condición del hombre que vende su fuerza de trabajo”. Es decir, han madurado más expeditivamente que otros y bajo gobiernos de diferente, e incluso opuesto, color, la conciencia de que el impacto de las reglas del trabajo sobrepasa el marco de las relaciones que nacen de un contrato de trabajo de derecho privado. En suma, tenían presente lo que los tecnócratas de Bruselas, y su entorno, tienden a desatender: en la relación de trabajo están implicados intereses extra-paptriomoniales de la persona, de manera que lesionarlos deteriora el status de ciudadanía exaltado por los mismos tecnócratas.
Efectivamente, si es incontestable que la marginación social empieza con la exclusión del trabajo, sólo una exageración mixtificadora puede llevar a considerar que allá donde el trabajo se desarrolla con características alienantes (tanto respecto al resultado inmediato de la prestación como al de la gestión de la organización productiva) que son propias de la subordinación, no hay necesidad de remover -- utilizando el lenguaje de la constitución italiana -- “los obstáculos del orden económico y social que, de hecho, limitan la libertad y la igualdad de los ciudadanos”.
Unos obstáculos que, como ejemplo, la Corte Constitucional italiana identificó, hace muchos años, en la situación de debilidad determinada por la menor protección del interés del trabajador en la conservación de la relación de trabajo y que le llevó a formular la regla de que la prescripción de los derechos económicos no puede transcurrir mientras dura la relación.
Unos obstáculos que, hoy, sería razonable identificar con la extensión de los contratos de trabajo no-estandar, que suscitan un sentido de inseguridad no menos opresivo (y probablemente más obsesivo) que el miedo que, en el contrato de trabajo por tiempo indeterminado, el despido suscitaba antes de la entrada en vigor de la regulación de los límites a la rescisión unilateral del contrato.
En torno a estas cuestiones, la Unión Europea parece interesada en promover una opinión pública que sea lo más favorable posible. Según los tecnócratas de Bruselas (y su entorno) el umbral de aceptabilidad – del que por otra parte no ofrecen indicadores de ningún tipo para precisarlo con la deseable concreción – está destinado a aumentar mediante la adopción de regímenes normativos que sitúan fuera de la relación de trabajo las tutelas que debe disfrutar el ciudadano-trabajador. Su común denominador se identifica con la flexiseguridad.
El oxímoron no es demencial. Surge, ante todo, de la ilimitada confianza en que para incentivar el empleo es necesario reducir los estándares de tutela del trabajo. Viceversa hay objetivos que se comparten en función también del método empleado para alcanzarlos. La democracia, por ejemplo, puede ciertamente considerarse un bien en sí. No obstante, nos preguntamos qué tipo de idea sobre la democracia se están llevando los iraquíes o a los afganos. De igual modo, pregúntemonos qué tipo de socialización se puede obtener generando praxis dominadas por el individualismo de mercado y si es sensato decir que cualquier contrato de trabajo – incluso el más escandaloso -- evita el escándalo del no-trabajo, rivalizando así (hasta ridiculizarla) la decrépita fórmula de “qui dit contractuel dit juste”.
Hágase, sin embargo, un discurso de verdad. Despues de todo, los protoliberales lo hicieron. En sus códigos civiles había un proyecto de sociedad; en sus repertorios jurisprudenciales circulaba una utopía que tenía su encanto que, en estos últimos años, ha reverdecido. En el corazón, si no tambien en la cabeza, de los intelectuales del área jurídica – al menos de aquellos que creaban opinión – vibraba una esperanza que se avergonzaba de morir: “los hombres de edad madura, y capaces de entender y de querer, deben tener la misma libertad contractual y los acuerdos, cuando son líbremente asumidos, son sagrados.”
Dígase ahora, con la misma franqueza, si el oxímoron comunitario anuncia la construcción de un orden social en el cual qué poco o qué parte de igualdad sustancial – que el siglo XX ha hecho entrar en el cuadro normativo de la relación de trabajo – se considera un lujo que la Europa del XXI no puede concederse. Por eso, antes que la demolición de lo existente sea irreversible, me agrada concluir con la advertencia de un gran europeísta: “si Europa no debiera crecer como organismo democrático, lo que quedaría por organizar ya no sería Europa”.
Estimados amigos:
Ahora que estamos discutiendo los alcances del nuevo Código de Consumo resulta interesante la entrevista realizada por la sección de Economía y Negocios del Diario El Comercio a MATILDE SCHWALB, vicerrectora de la Universidad del Pacífico. Sus opiniones resultan muy reveladoras.
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Por: Marienella Ortiz Ramírez
¿Cuál es la diferencia entre un consumidor de EE.UU. y uno del Perú? Ninguna. Para la vicerrectora de la Universidad del Pacífico, Matilde Schwalb, ambos consumidores siempre serán inexpertos a la hora de elegir un producto. Frente a esa realidad, el proveedor tendrá las ventajas del caso, situación que en nuestra realidad busca encontrar un equilibrio gracias a un futuro código de protección al consumidor, el cual se empezará a debatir en el Parlamento.
¿Cómo es el consumidor peruano?
Esa es una pregunta clave. ¿Si no conoces al consumidor, cómo puedes actuar para protegerlo? Me parece que se asumen supuestos inválidos. ¿Dónde está la realidad del Perú? ¿Cuántos analfabetos existen? Lo que algunos dicen es que el código no puede ser paternalista y que no puede pensar que el consumidor es tonto. Hasta en los países avanzados se asume que es tonto. Esto te lo digo con conocimiento de causa: cuando estaba en una maestría en EE.UU. plantearon el caso de un consumidor que había sido afectado por usar mal un producto. Compró una cortadora de césped. Al acercarse al borde donde había una especie de sardinel, vuela la cuchilla y le corta los dedos. Esta persona demanda al proveedor que indica que ese producto no estaba hecho para los bordes y que existe otra máquina más pequeñita para esas labores. ¿Cómo resolvió el juez? A favor del consumidor.
¿Por qué?
Porque el proveedor debe asumir que el consumidor es tonto [así lo señalaba la abogada que dictaba el curso en la maestría]. Con esto quiso decir que el consumidor no es experto en máquinas y que el proveedor debe imaginar todos los usos posibles que se le puedan dar a su producto y debió pensar que el consumidor pudo llegar a un borde, porque es un uso previsible. Si pones que el consumidor debe ser diligente [como figura en el proyecto del Ejecutivo del código de protección al consumidor], entonces ese es un consumidor experto. ¿Cuántas veces una persona va a comprar una cortadora de césped en su vida?
¿Qué hubiera pasado en el Perú?
Aquí el proveedor está en las mejores condiciones para protegerse de todo, hace un contrato muy bien hecho, gracias a que tiene los recursos para pagar abogados. Ellos son expertos en sus productos y ese no es el caso del consumidor. Entonces, aquí no se trata de solo hablar de asimetría informativa, que la hay, sino de la asimetría de fuerzas.
¿El proyecto del Ejecutivo soluciona esas asimetrías?
Hay un avance. Por ejemplo, la necesidad de comunicación me hizo tomar un servicio de conexión de Internet que gracias a Dios se podía contratar por teléfono, porque estaba pensado en gente como yo, que no puede ir a centros especializados en horario de oficina. Cuando quise desvincularme del servicio, me dicen que tengo que ir a sus oficinas. Yo les digo: ¡Un momentito! ¿Por qué ahora tengo que ir y por qué cuando contraté el servicio no tuve que hacerlo? La propuesta del código prevé esta situación: que pueda desvincularme por la misma vía. Esto está en las famosas cláusulas abusivas [del proyecto del código]. No me vas a decir que eso es paternalista. En países mucho más avanzados incluso existen mayores precisiones en las cláusulas abusivas como el de España.
¿Qué otros abusos se eliminarían?
Por ejemplo, ya no se discriminará por ser cliente preferente. Esto sobre todo ocurre en los bancos, lo que me parece realmente un atropello a la dignidad de la persona. La propuesta plantea que sea por orden de llegada: yo me levanté temprano, llegue antes y me toca. Queda atrás el mensaje de que el tiempo de aquellos, que tienen más dinero, vale más. También es un avance importante el informar no solo sobre lo que cuesta el total de un producto sino el precio en una medida estándar: cuánto pago por cada gramo que es distinto a saber cuánto pago por cada lata o caja. Los tamaños y formas de los envases son engañosos.
¿Qué deficiencias aún encuentra en la propuesta?
El supuesto consumidor soberano, es decir, pensamos que el consumidor compra lo que realmente desea. En la práctica lamentablemente no es así. Un proveedor nunca te dirá las deficiencias de su producto. Si un producto tiene los máximos atributos pero cuesta el doble que los demás, el proveedor no te va a poner por delante esa información, la intentará minimizar. Por eso digo que no solo hay asimetría en la información, sino también en el poder de las empresas.
La SNI ha mencionado que el etiquetado de los productos transgénicos puede generar que se eleven los costos de los alimentos.
Esa es una falacia constante. ¿Entonces, cómo la publicidad no te encarece el producto? Aquí lo importante es que el consumidor tiene derecho a la información.
¿Cuál debe ser la labor de Indecopi a partir de este código?
Tiene la gran oportunidad de educar al consumidor. En un estudio que realicé en el 2008 encontré que de cada 1.577 consumidores solo figura una queja ante el Indecopi. Esta actitud de falta de reclamo no es de los analfabetos, es común en el Perú. Por lo general, el peruano es tímido a la hora de reclamar, le da vergüenza. Hasta hace poco la mayoría no sabía que existían las monedas de un centavo porque les daba roche exigirlo en los supermercados que al final se quedaban con el vuelto. Eso hay que cambiarlo.
Ahora que estamos discutiendo los alcances del nuevo Código de Consumo resulta interesante la entrevista realizada por la sección de Economía y Negocios del Diario El Comercio a MATILDE SCHWALB, vicerrectora de la Universidad del Pacífico. Sus opiniones resultan muy reveladoras.
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Por: Marienella Ortiz Ramírez
¿Cuál es la diferencia entre un consumidor de EE.UU. y uno del Perú? Ninguna. Para la vicerrectora de la Universidad del Pacífico, Matilde Schwalb, ambos consumidores siempre serán inexpertos a la hora de elegir un producto. Frente a esa realidad, el proveedor tendrá las ventajas del caso, situación que en nuestra realidad busca encontrar un equilibrio gracias a un futuro código de protección al consumidor, el cual se empezará a debatir en el Parlamento.
¿Cómo es el consumidor peruano?
Esa es una pregunta clave. ¿Si no conoces al consumidor, cómo puedes actuar para protegerlo? Me parece que se asumen supuestos inválidos. ¿Dónde está la realidad del Perú? ¿Cuántos analfabetos existen? Lo que algunos dicen es que el código no puede ser paternalista y que no puede pensar que el consumidor es tonto. Hasta en los países avanzados se asume que es tonto. Esto te lo digo con conocimiento de causa: cuando estaba en una maestría en EE.UU. plantearon el caso de un consumidor que había sido afectado por usar mal un producto. Compró una cortadora de césped. Al acercarse al borde donde había una especie de sardinel, vuela la cuchilla y le corta los dedos. Esta persona demanda al proveedor que indica que ese producto no estaba hecho para los bordes y que existe otra máquina más pequeñita para esas labores. ¿Cómo resolvió el juez? A favor del consumidor.
¿Por qué?
Porque el proveedor debe asumir que el consumidor es tonto [así lo señalaba la abogada que dictaba el curso en la maestría]. Con esto quiso decir que el consumidor no es experto en máquinas y que el proveedor debe imaginar todos los usos posibles que se le puedan dar a su producto y debió pensar que el consumidor pudo llegar a un borde, porque es un uso previsible. Si pones que el consumidor debe ser diligente [como figura en el proyecto del Ejecutivo del código de protección al consumidor], entonces ese es un consumidor experto. ¿Cuántas veces una persona va a comprar una cortadora de césped en su vida?
¿Qué hubiera pasado en el Perú?
Aquí el proveedor está en las mejores condiciones para protegerse de todo, hace un contrato muy bien hecho, gracias a que tiene los recursos para pagar abogados. Ellos son expertos en sus productos y ese no es el caso del consumidor. Entonces, aquí no se trata de solo hablar de asimetría informativa, que la hay, sino de la asimetría de fuerzas.
¿El proyecto del Ejecutivo soluciona esas asimetrías?
Hay un avance. Por ejemplo, la necesidad de comunicación me hizo tomar un servicio de conexión de Internet que gracias a Dios se podía contratar por teléfono, porque estaba pensado en gente como yo, que no puede ir a centros especializados en horario de oficina. Cuando quise desvincularme del servicio, me dicen que tengo que ir a sus oficinas. Yo les digo: ¡Un momentito! ¿Por qué ahora tengo que ir y por qué cuando contraté el servicio no tuve que hacerlo? La propuesta del código prevé esta situación: que pueda desvincularme por la misma vía. Esto está en las famosas cláusulas abusivas [del proyecto del código]. No me vas a decir que eso es paternalista. En países mucho más avanzados incluso existen mayores precisiones en las cláusulas abusivas como el de España.
¿Qué otros abusos se eliminarían?
Por ejemplo, ya no se discriminará por ser cliente preferente. Esto sobre todo ocurre en los bancos, lo que me parece realmente un atropello a la dignidad de la persona. La propuesta plantea que sea por orden de llegada: yo me levanté temprano, llegue antes y me toca. Queda atrás el mensaje de que el tiempo de aquellos, que tienen más dinero, vale más. También es un avance importante el informar no solo sobre lo que cuesta el total de un producto sino el precio en una medida estándar: cuánto pago por cada gramo que es distinto a saber cuánto pago por cada lata o caja. Los tamaños y formas de los envases son engañosos.
¿Qué deficiencias aún encuentra en la propuesta?
El supuesto consumidor soberano, es decir, pensamos que el consumidor compra lo que realmente desea. En la práctica lamentablemente no es así. Un proveedor nunca te dirá las deficiencias de su producto. Si un producto tiene los máximos atributos pero cuesta el doble que los demás, el proveedor no te va a poner por delante esa información, la intentará minimizar. Por eso digo que no solo hay asimetría en la información, sino también en el poder de las empresas.
La SNI ha mencionado que el etiquetado de los productos transgénicos puede generar que se eleven los costos de los alimentos.
Esa es una falacia constante. ¿Entonces, cómo la publicidad no te encarece el producto? Aquí lo importante es que el consumidor tiene derecho a la información.
¿Cuál debe ser la labor de Indecopi a partir de este código?
Tiene la gran oportunidad de educar al consumidor. En un estudio que realicé en el 2008 encontré que de cada 1.577 consumidores solo figura una queja ante el Indecopi. Esta actitud de falta de reclamo no es de los analfabetos, es común en el Perú. Por lo general, el peruano es tímido a la hora de reclamar, le da vergüenza. Hasta hace poco la mayoría no sabía que existían las monedas de un centavo porque les daba roche exigirlo en los supermercados que al final se quedaban con el vuelto. Eso hay que cambiarlo.
Sobre la discusión del restablecimiento de los Aranceles a la Importación de Cemento
A continuación presento nuestra opinión editorial en la Revista ANALISIS TRIBUTARIO de marzo de 2010 sobre la Sentencia del TC sobre los Aranceles a la Importación de Cemento.
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Al cierre de esta edición, el Tribunal Constitucional (TC) emitió la Sentencia recaída en el Expediente (STC) Nº 3116-2009-PA/TC, respecto a la demanda planteada por Cementos Lima S.A. contra el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), por la que solicita que se declare inaplicable el artículo 2° del D. S. Nº 158-2007-EF que modificó de 12 a 0 por ciento las tasas de los derechos arancelarios ad valórem CIF (aranceles) establecidas en el D. S. Nº 17-2007-EF, para determinado tipo de cemento (sub-partidas nacionales 2523 10 00 00 y 2523 29 00 00). Asimismo, fue publicada una segunda resolución en la que el TC resuelve la solicitud de aclaración formulada por el Procurador del MEF respecto a los alcances de la primera Sentencia.
Al final, el TC declaró fundada la demanda pues entiende que se ha acreditado la vulneración del derecho a la igualdad ante la ley, de modo que ordenó que se repongan las cosas al estado anterior a dicha violación, restableciéndose la citada tasa del 12 por ciento, sin perjuicio de que el Presidente de la República pueda regular nuevamente la materia sin afectar principios o derechos de orden constitucional.
El respeto a la tutela constitucional
La sentencia ha ocasionado una serie de reacciones en el Estado y en la sociedad civil, la mayoría de ellas adversas. La crítica fundamental es que el TC ha hecho abuso de sus prerrogativas y se ha inmiscuido en la facultad constitucional del Presidente de la República de regular los aranceles, derivada de los artículos 74° y 118° de la Constitución Política del Perú. De ello, se ha generado un cuestionamiento hacia la propia institución del Tribunal Constitucional, planteándose incluso el recorte de sus facultades.
En esta Revista, desde siempre, hemos defendido la existencia y funciones de la institución “Tribunal Constitucional”. No puede ser de otra manera, porque creemos en la Constitución y en el modelo de Estado que se deriva de sus normas y, por tanto, sabemos que su funcionamiento requiere de un intérprete máximo de su contenido, que es el TC, el mismo que puede evaluar si el ordenamiento jurídico, e incluso las actuaciones del Estado y los particulares, se encuentran aparejadas o adecuadas al proyecto constitucional.
En el mismo sentido (desarrollado con tanta profundidad en la historia del Derecho), partimos de la premisa de que no existe ámbito de la vida en sociedad que no pueda ser evaluado a la luz de la Constitución, de modo que el cuadro material de sus valores acabe por impregnar esos ámbitos. Por eso, para nosotros, es posible y necesario que el TC pueda evaluar la constitucionalidad de todo tipo de decisiones (sobre todo legislativas), y por ende lo puede hacer respecto a la regulación de aranceles que hace el Presidente de la República, pero siempre en el marco de los procesos establecidos por la Constitución Política y el Código Procesal Constitucional y, por cierto, sobre la base de una argumentación prístina, absolutamente racional y equilibrada, que a fin de cuentas es el único instrumento con el que cuenta el TC para defender su existencia y finalidad social.
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A continuación presento nuestra opinión editorial en la Revista ANALISIS TRIBUTARIO de marzo de 2010 sobre la Sentencia del TC sobre los Aranceles a la Importación de Cemento.
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Al cierre de esta edición, el Tribunal Constitucional (TC) emitió la Sentencia recaída en el Expediente (STC) Nº 3116-2009-PA/TC, respecto a la demanda planteada por Cementos Lima S.A. contra el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), por la que solicita que se declare inaplicable el artículo 2° del D. S. Nº 158-2007-EF que modificó de 12 a 0 por ciento las tasas de los derechos arancelarios ad valórem CIF (aranceles) establecidas en el D. S. Nº 17-2007-EF, para determinado tipo de cemento (sub-partidas nacionales 2523 10 00 00 y 2523 29 00 00). Asimismo, fue publicada una segunda resolución en la que el TC resuelve la solicitud de aclaración formulada por el Procurador del MEF respecto a los alcances de la primera Sentencia.
Al final, el TC declaró fundada la demanda pues entiende que se ha acreditado la vulneración del derecho a la igualdad ante la ley, de modo que ordenó que se repongan las cosas al estado anterior a dicha violación, restableciéndose la citada tasa del 12 por ciento, sin perjuicio de que el Presidente de la República pueda regular nuevamente la materia sin afectar principios o derechos de orden constitucional.
El respeto a la tutela constitucional
La sentencia ha ocasionado una serie de reacciones en el Estado y en la sociedad civil, la mayoría de ellas adversas. La crítica fundamental es que el TC ha hecho abuso de sus prerrogativas y se ha inmiscuido en la facultad constitucional del Presidente de la República de regular los aranceles, derivada de los artículos 74° y 118° de la Constitución Política del Perú. De ello, se ha generado un cuestionamiento hacia la propia institución del Tribunal Constitucional, planteándose incluso el recorte de sus facultades.
En esta Revista, desde siempre, hemos defendido la existencia y funciones de la institución “Tribunal Constitucional”. No puede ser de otra manera, porque creemos en la Constitución y en el modelo de Estado que se deriva de sus normas y, por tanto, sabemos que su funcionamiento requiere de un intérprete máximo de su contenido, que es el TC, el mismo que puede evaluar si el ordenamiento jurídico, e incluso las actuaciones del Estado y los particulares, se encuentran aparejadas o adecuadas al proyecto constitucional.
En el mismo sentido (desarrollado con tanta profundidad en la historia del Derecho), partimos de la premisa de que no existe ámbito de la vida en sociedad que no pueda ser evaluado a la luz de la Constitución, de modo que el cuadro material de sus valores acabe por impregnar esos ámbitos. Por eso, para nosotros, es posible y necesario que el TC pueda evaluar la constitucionalidad de todo tipo de decisiones (sobre todo legislativas), y por ende lo puede hacer respecto a la regulación de aranceles que hace el Presidente de la República, pero siempre en el marco de los procesos establecidos por la Constitución Política y el Código Procesal Constitucional y, por cierto, sobre la base de una argumentación prístina, absolutamente racional y equilibrada, que a fin de cuentas es el único instrumento con el que cuenta el TC para defender su existencia y finalidad social.
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16/04/10: SOBRE LIDERAZGO SOCIAL: Reflexiones
Va una interesante reflexión sobre los liderazgos, especialmente el social y político. Fue escrito bajo el título "Liderazgo 2.0" en el Diario El Comercio del 14 de abril. El autor es Jorge Medina M, Contador y Country Managing Partner de Ernst & Young Perú.
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Por: Jorge Medina M
“Leadership 2.0” fue una de las sesiones que suscitó gran interés en los participantes del Foro Económico Mundial para Latinoamérica la semana pasada en Cartagena. La verdad, nunca como hoy hemos necesitado tanto de un liderazgo diferente que ayude a resolver en forma sostenible nuestros problemas económicos, políticos, ambientales, sociales y empresariales.
El líder 2.0 que Latinoamérica y el Perú necesitan para enfrentar con éxito sus mayores retos es uno que predique con el ejemplo y que sus actos hablen por él. El líder 2.0 reconoce que le alcanza una responsabilidad mayor a la que tienen los demás, pues sabe que tiene el poder para hacer que las cosas ocurran. Es aquella persona que ha dejado la hipocresía de decir o hacer lo que es “políticamente correcto”, y ha pasado a influir positivamente en su comunidad con un lenguaje claro y directo, pero sobre todo con acciones concretas y contundentes, asumiendo los costos que ello le representa.
El líder de hoy sabe escuchar, considera el impacto que sus decisiones tienen en los demás. Es humilde y reconoce que no lo sabe ni lo puede todo; acepta cuando se equivoca y sabe recibir consejo. Influencia y persuade, no impone ni manipula. Es transparente, inclusivo y dialoga. El verdadero líder guía y enseña. Tiene coraje y siempre hace lo correcto, incluso cuando nadie lo ve. Motiva, es asertivo y aun cuando es claro y firme, es empático y compasivo.
Una característica de toda organización o sociedad débil es la falta de “accountability”. El líder sabe que debe rendir cuentas y responder por sus actos. Por eso, un líder 2.0 se pregunta: “¿Cuál es mi responsabilidad en lograr una sociedad mejor, en combatir la exclusión y el abuso del poder, en luchar firmemente contra la corrupción, en trabajar por la competitividad de mi país y empresa, en mejorar la salud y la educación de mi comunidad; qué responsabilidad personal me alcanza para que mi organización sea un ejemplo a seguir; cómo puedo ser yo mismo un agente de cambio?”.
Con prescindencia de cuán “exitoso” sea un líder en su función, actividad o empresa, su tarea no estará completa jamás, si no influye positivamente para que su comunidad o país alcance su potencial, logrando una sociedad mejor. La verdad, importa poco si el líder está en el sector público o en la actividad privada. Su liderazgo empieza por asumir su responsabilidad de hacer que las cosas ocurran.
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Por: Jorge Medina M
“Leadership 2.0” fue una de las sesiones que suscitó gran interés en los participantes del Foro Económico Mundial para Latinoamérica la semana pasada en Cartagena. La verdad, nunca como hoy hemos necesitado tanto de un liderazgo diferente que ayude a resolver en forma sostenible nuestros problemas económicos, políticos, ambientales, sociales y empresariales.
El líder 2.0 que Latinoamérica y el Perú necesitan para enfrentar con éxito sus mayores retos es uno que predique con el ejemplo y que sus actos hablen por él. El líder 2.0 reconoce que le alcanza una responsabilidad mayor a la que tienen los demás, pues sabe que tiene el poder para hacer que las cosas ocurran. Es aquella persona que ha dejado la hipocresía de decir o hacer lo que es “políticamente correcto”, y ha pasado a influir positivamente en su comunidad con un lenguaje claro y directo, pero sobre todo con acciones concretas y contundentes, asumiendo los costos que ello le representa.
El líder de hoy sabe escuchar, considera el impacto que sus decisiones tienen en los demás. Es humilde y reconoce que no lo sabe ni lo puede todo; acepta cuando se equivoca y sabe recibir consejo. Influencia y persuade, no impone ni manipula. Es transparente, inclusivo y dialoga. El verdadero líder guía y enseña. Tiene coraje y siempre hace lo correcto, incluso cuando nadie lo ve. Motiva, es asertivo y aun cuando es claro y firme, es empático y compasivo.
Una característica de toda organización o sociedad débil es la falta de “accountability”. El líder sabe que debe rendir cuentas y responder por sus actos. Por eso, un líder 2.0 se pregunta: “¿Cuál es mi responsabilidad en lograr una sociedad mejor, en combatir la exclusión y el abuso del poder, en luchar firmemente contra la corrupción, en trabajar por la competitividad de mi país y empresa, en mejorar la salud y la educación de mi comunidad; qué responsabilidad personal me alcanza para que mi organización sea un ejemplo a seguir; cómo puedo ser yo mismo un agente de cambio?”.
Con prescindencia de cuán “exitoso” sea un líder en su función, actividad o empresa, su tarea no estará completa jamás, si no influye positivamente para que su comunidad o país alcance su potencial, logrando una sociedad mejor. La verdad, importa poco si el líder está en el sector público o en la actividad privada. Su liderazgo empieza por asumir su responsabilidad de hacer que las cosas ocurran.
Estimados amigos:
El martes 6 de abril pasado la PUCP entregó la Medalla de Honor R.P. Jorge Dintilhac al padre Gustavo Gutiérrez Merino O.P, que es profesor emérito del Departamento de Teología de dicha universidad e iniciador de la Teología de la Liberación, la primera gran corriente teológica moderna nacida fuera de Europa.
A continuación la entrevista realizada por David Pereda, publicada en .EDU, Revista de la PUCP. Además, más abajo el video de la ceremonia, en la que el padre Gutierrez tiene una reflexión espiritual brillante. Sin duda, un padre espiritual para los cristianos y un filosofo para los no creyentes.
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Por: David Pereda
¿Enseñando en la Católica, formula la Teología de la Liberación?
Sí, pero no solo. Además, hacía trabajo pastoral. Era el mundo de los sesenta, una ebullición muy grande. Pensaba teológicamente muchos hechos de ese momento en América Latina. Me interesé mucho en la teología por el tema de la pobreza: cómo responder como cristianos a la pobreza. Luego vino la Conferencia Episcopal de Medellín, donde colaboré. Estaba en el equipo del Consejo Episcopal Latinoamericano. En Medellín, el tema de la pobreza fue muy fuerte. Todo me motivó a ordenar ideas. Mi convicción más profunda es que la teología tiene sus raíces en la espiritualidad cristiana, el seguimiento de Jesús. Es una reflexión sobre ser discípulo de Jesús o cómo serlo. Una de las preguntas que intenta responder la Teología de la Liberación, aunque no puede hacerlo plenamente, es cómo decirle al pobre que Dios lo ama. La pregunta es muy amplia y nuestra respuesta pequeña, pero es un intento.
¿Ese acento en el pobre era algo ausente?
El tema del pobre ha acompañado a la Iglesia en toda su existencia, pero las formas como se planteaba el problema en los sesenta eran particulares: entender la pobreza teniendo en cuenta que tiene causas humanas, que es una injusticia pero no una fatalidad. Luego, la lectura de la Biblia, que nos hablaba del pobre, me motivaba. En el capítulo 25 de San Mateo, Jesús dice: “Cuando le diste de comer a un pobre, a mí me lo diste”. Es una motivación evangélica clarísima.
¿Era la solidaridad ante el egoísmo del mercado?
Ciertamente. Es una repuesta evangélica sobre la que trabaja la teología. En los sesenta, el Concilio Vaticano II mueve mucho el ambiente. Juan XXIII, un mes antes del comienzo, habla especialmente de la Iglesia de los pobres. No partimos de solamente la nueva situación y comprensión que hay de la pobreza, sino también de esta palabra profética de Juan XXIII, que es una persona clave para la Teología de la Liberación.
¿Es volver a las fuentes del cristianismo?
Las grandes renovaciones en la historia de la Iglesia son siempre regresos al Evangelio. La Conferencia de Aparecida, del 2007, considera la globalización como un hecho que hay que aceptar y valorar, pero la forma como se utiliza crea profundas asimetrías en determinados sectores sociales.
Mencionó el ya famoso término del chorreo, que es hacia arriba.
Se dice que el país crece pero, ¿cómo están los pobres? Desde allí debemos leer el país. Los pobres son seres humanos. Hablar de chorreo es como decir “migajas de la mesa”. Además el país crece porque la riqueza aumenta en quienes ya tenían muchas posesiones. El mundo de los pobres disminuye poco. A veces disminuye el índice de pobreza porque el crecimiento demográfico baja. Ciertas mejoras hay, indudablemente, pero seguimos con un grupo inmenso de pobres.
¿Apelar a las estadísticas es tramposo?
Las estadísticas, según los métodos, pueden dar resultados no contrarios, pero sí distintos. Cuando viene una crisis como la última, crece la pobreza otra vez. Pasa con los desastres naturales. Los que más padecen son los pobres. Se dice: “Cuando llueve, llueve para todos”. Pero no es lo mismo que me llueva con calamina en el techo que con cemento. En el terremoto de Haití hubo 200 mil muertos y en el de Chile, hasta ahora, 500. No digo que no sean nada, con uno ya me choca. Pero hace notar que hay estructuras distintas. Haití es el país más pobre del continente. Hay más factores, pero esto también es importante; la pobreza sigue allí. Juan Pablo II fue muy neto sobre las causas de la pobreza y sobre su eliminación. Benedicto XVI también. Es un tema que la Iglesia toca a nivel de magisterio muy claramente.
¿La pobreza en América Latina refleja que el mensaje no llega?
Hay que decirlo claramente: según los especialistas, el continente más desigual del mundo es América Latina, pero la gran mayoría en la población latinoamericana es cristiana, católica y evangélica. El cristiano sabe que tiene que amar al prójimo y preferentemente al más pobre. La realidad no parece responder a eso. Eso no es jugar al fariseo ni tirar la primera piedra, es simplemente constatar un hecho doloroso.
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Va el video de la Ceremonia:
El martes 6 de abril pasado la PUCP entregó la Medalla de Honor R.P. Jorge Dintilhac al padre Gustavo Gutiérrez Merino O.P, que es profesor emérito del Departamento de Teología de dicha universidad e iniciador de la Teología de la Liberación, la primera gran corriente teológica moderna nacida fuera de Europa.
A continuación la entrevista realizada por David Pereda, publicada en .EDU, Revista de la PUCP. Además, más abajo el video de la ceremonia, en la que el padre Gutierrez tiene una reflexión espiritual brillante. Sin duda, un padre espiritual para los cristianos y un filosofo para los no creyentes.
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Por: David Pereda
¿Enseñando en la Católica, formula la Teología de la Liberación?
Sí, pero no solo. Además, hacía trabajo pastoral. Era el mundo de los sesenta, una ebullición muy grande. Pensaba teológicamente muchos hechos de ese momento en América Latina. Me interesé mucho en la teología por el tema de la pobreza: cómo responder como cristianos a la pobreza. Luego vino la Conferencia Episcopal de Medellín, donde colaboré. Estaba en el equipo del Consejo Episcopal Latinoamericano. En Medellín, el tema de la pobreza fue muy fuerte. Todo me motivó a ordenar ideas. Mi convicción más profunda es que la teología tiene sus raíces en la espiritualidad cristiana, el seguimiento de Jesús. Es una reflexión sobre ser discípulo de Jesús o cómo serlo. Una de las preguntas que intenta responder la Teología de la Liberación, aunque no puede hacerlo plenamente, es cómo decirle al pobre que Dios lo ama. La pregunta es muy amplia y nuestra respuesta pequeña, pero es un intento.
¿Ese acento en el pobre era algo ausente?
El tema del pobre ha acompañado a la Iglesia en toda su existencia, pero las formas como se planteaba el problema en los sesenta eran particulares: entender la pobreza teniendo en cuenta que tiene causas humanas, que es una injusticia pero no una fatalidad. Luego, la lectura de la Biblia, que nos hablaba del pobre, me motivaba. En el capítulo 25 de San Mateo, Jesús dice: “Cuando le diste de comer a un pobre, a mí me lo diste”. Es una motivación evangélica clarísima.
¿Era la solidaridad ante el egoísmo del mercado?
Ciertamente. Es una repuesta evangélica sobre la que trabaja la teología. En los sesenta, el Concilio Vaticano II mueve mucho el ambiente. Juan XXIII, un mes antes del comienzo, habla especialmente de la Iglesia de los pobres. No partimos de solamente la nueva situación y comprensión que hay de la pobreza, sino también de esta palabra profética de Juan XXIII, que es una persona clave para la Teología de la Liberación.
¿Es volver a las fuentes del cristianismo?
Las grandes renovaciones en la historia de la Iglesia son siempre regresos al Evangelio. La Conferencia de Aparecida, del 2007, considera la globalización como un hecho que hay que aceptar y valorar, pero la forma como se utiliza crea profundas asimetrías en determinados sectores sociales.
Mencionó el ya famoso término del chorreo, que es hacia arriba.
Se dice que el país crece pero, ¿cómo están los pobres? Desde allí debemos leer el país. Los pobres son seres humanos. Hablar de chorreo es como decir “migajas de la mesa”. Además el país crece porque la riqueza aumenta en quienes ya tenían muchas posesiones. El mundo de los pobres disminuye poco. A veces disminuye el índice de pobreza porque el crecimiento demográfico baja. Ciertas mejoras hay, indudablemente, pero seguimos con un grupo inmenso de pobres.
¿Apelar a las estadísticas es tramposo?
Las estadísticas, según los métodos, pueden dar resultados no contrarios, pero sí distintos. Cuando viene una crisis como la última, crece la pobreza otra vez. Pasa con los desastres naturales. Los que más padecen son los pobres. Se dice: “Cuando llueve, llueve para todos”. Pero no es lo mismo que me llueva con calamina en el techo que con cemento. En el terremoto de Haití hubo 200 mil muertos y en el de Chile, hasta ahora, 500. No digo que no sean nada, con uno ya me choca. Pero hace notar que hay estructuras distintas. Haití es el país más pobre del continente. Hay más factores, pero esto también es importante; la pobreza sigue allí. Juan Pablo II fue muy neto sobre las causas de la pobreza y sobre su eliminación. Benedicto XVI también. Es un tema que la Iglesia toca a nivel de magisterio muy claramente.
¿La pobreza en América Latina refleja que el mensaje no llega?
Hay que decirlo claramente: según los especialistas, el continente más desigual del mundo es América Latina, pero la gran mayoría en la población latinoamericana es cristiana, católica y evangélica. El cristiano sabe que tiene que amar al prójimo y preferentemente al más pobre. La realidad no parece responder a eso. Eso no es jugar al fariseo ni tirar la primera piedra, es simplemente constatar un hecho doloroso.
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Va el video de la Ceremonia:
Estimados amigos:
A continuación, unas reflexiones sobre el prestamo a las pequeñas empresas, realizado por Charles Shapiro, Asesor principal de la Secretaría de Estado de USA para Iniciativas Económicas para el Hemisferio Occidental. Aparecio en el Diario El Comercio, el 15 de Abril del 2010.
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Por: Charles Shapiro*
En toda América Latina y el Caribe la pequeña empresa reclama por qué no puede conseguir préstamos. Cuando los obtiene, con frecuencia la tasa de interés es paralizante. En el Perú se ha logrado un importante avance en los últimos 15 años en cuanto a la reducción del costo del crédito. Aún así, el promedio de las tasas de interés de los préstamos en soles a las empresas pequeñas y medianas (SME) es de casi 40% si pueden conseguir un préstamo, mientras que el de las empresas grandes es de menos de 7%. En el ámbito mundial, el 75% de las solicitudes de crédito por parte de la pequeña empresa es rechazado, en su mayoría por garantía “insuficiente”.
La trampa del crédito es que en América Latina y el Caribe, más de 70% del capital de la pequeña empresa está compuesto por bienes muebles, como máquinas, productos en proceso, cultivos y cuentas por cobrar, los que no pueden ser usados como garantía debido a las leyes anticuadas de varios países que solamente admiten que los inmuebles y los vehículos motorizados puedan usarse como garantía.
Algunos países cuyas economías están creciendo rápidamente, como Rumanía, China, Vietnam y Bosnia, han modernizado sus leyes para permitir a las empresas utilizar todos sus bienes como garantía, no simplemente los inmuebles. La pequeña empresa en países con leyes modernas sobre garantías puede conseguir préstamos más grandes, períodos de pago más largos y tasas de interés más bajas. Eso significa que más empresas pequeñas tendrán la oportunidad de alcanzar el éxito. La empresa pequeña exitosa, a su vez, ofrece más puestos de trabajo y más crecimiento económico. Esto suena bien, ¿verdad? La modernización de la legislación referente a transacciones con garantía requiere varios cambios: 1. Promulgación de una ley que permita el uso de bienes muebles como garantía; 2. Un registro público de los bienes que los prestatarios hayan usado como garantía de los préstamos que sea transparente y de fácil acceso. El costo del registro debe ser muy económico; 3. Cambios legales que le permitan al prestamista embargar los bienes con prontitud, si el prestatario no paga el préstamo.
En este punto, es conveniente recordar que en el 2002 la OEA aprobó un modelo de legislación para transacciones con garantía y que en el 2009 aprobó los reglamentos necesarios para aplicarlo. La OEA recomienda a los estados miembros adoptar la Ley Modelo y las Regulaciones de Registro de Transacciones con Garantía, porque su promulgación “reducirá de manera importante el costo de los préstamos, facilitará el comercio en la región y ayudará a la pequeña y mediana empresa en todo el hemisferio”.
Obviamente al Congreso de cada país le corresponde determinar si necesita modificar sus leyes. El hecho es que la reforma de transacción con garantía con frecuencia es considerada un tema legal esotérico, sin nadie que abogue por ella. Nadie se entusiasma con las leyes comerciales. Aun cuando el tema sea aparentemente solo para especialistas, es importante para las economías en crecimiento. Como ya mencioné, la modernización de esas leyes le permite a la pequeña empresa la oportunidad de prosperar.
Los pequeños empresarios son optimistas por naturaleza. Esos industriales, comerciantes, agricultores y choferes de taxi creen en el futuro. Creen en sus países. Están convencidos de que si trabajan fuerte, mejorarán su vida y las oportunidades para sus hijos.
La democratización del crédito mediante la aprobación de las reformas legales sobre las transacciones con garantías les da a las pequeñas empresas la oportunidad que necesitan para crecer, fortalecerse y continuar expandiendo el empleo.
A continuación, unas reflexiones sobre el prestamo a las pequeñas empresas, realizado por Charles Shapiro, Asesor principal de la Secretaría de Estado de USA para Iniciativas Económicas para el Hemisferio Occidental. Aparecio en el Diario El Comercio, el 15 de Abril del 2010.
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Por: Charles Shapiro*
En toda América Latina y el Caribe la pequeña empresa reclama por qué no puede conseguir préstamos. Cuando los obtiene, con frecuencia la tasa de interés es paralizante. En el Perú se ha logrado un importante avance en los últimos 15 años en cuanto a la reducción del costo del crédito. Aún así, el promedio de las tasas de interés de los préstamos en soles a las empresas pequeñas y medianas (SME) es de casi 40% si pueden conseguir un préstamo, mientras que el de las empresas grandes es de menos de 7%. En el ámbito mundial, el 75% de las solicitudes de crédito por parte de la pequeña empresa es rechazado, en su mayoría por garantía “insuficiente”.
La trampa del crédito es que en América Latina y el Caribe, más de 70% del capital de la pequeña empresa está compuesto por bienes muebles, como máquinas, productos en proceso, cultivos y cuentas por cobrar, los que no pueden ser usados como garantía debido a las leyes anticuadas de varios países que solamente admiten que los inmuebles y los vehículos motorizados puedan usarse como garantía.
Algunos países cuyas economías están creciendo rápidamente, como Rumanía, China, Vietnam y Bosnia, han modernizado sus leyes para permitir a las empresas utilizar todos sus bienes como garantía, no simplemente los inmuebles. La pequeña empresa en países con leyes modernas sobre garantías puede conseguir préstamos más grandes, períodos de pago más largos y tasas de interés más bajas. Eso significa que más empresas pequeñas tendrán la oportunidad de alcanzar el éxito. La empresa pequeña exitosa, a su vez, ofrece más puestos de trabajo y más crecimiento económico. Esto suena bien, ¿verdad? La modernización de la legislación referente a transacciones con garantía requiere varios cambios: 1. Promulgación de una ley que permita el uso de bienes muebles como garantía; 2. Un registro público de los bienes que los prestatarios hayan usado como garantía de los préstamos que sea transparente y de fácil acceso. El costo del registro debe ser muy económico; 3. Cambios legales que le permitan al prestamista embargar los bienes con prontitud, si el prestatario no paga el préstamo.
En este punto, es conveniente recordar que en el 2002 la OEA aprobó un modelo de legislación para transacciones con garantía y que en el 2009 aprobó los reglamentos necesarios para aplicarlo. La OEA recomienda a los estados miembros adoptar la Ley Modelo y las Regulaciones de Registro de Transacciones con Garantía, porque su promulgación “reducirá de manera importante el costo de los préstamos, facilitará el comercio en la región y ayudará a la pequeña y mediana empresa en todo el hemisferio”.
Obviamente al Congreso de cada país le corresponde determinar si necesita modificar sus leyes. El hecho es que la reforma de transacción con garantía con frecuencia es considerada un tema legal esotérico, sin nadie que abogue por ella. Nadie se entusiasma con las leyes comerciales. Aun cuando el tema sea aparentemente solo para especialistas, es importante para las economías en crecimiento. Como ya mencioné, la modernización de esas leyes le permite a la pequeña empresa la oportunidad de prosperar.
Los pequeños empresarios son optimistas por naturaleza. Esos industriales, comerciantes, agricultores y choferes de taxi creen en el futuro. Creen en sus países. Están convencidos de que si trabajan fuerte, mejorarán su vida y las oportunidades para sus hijos.
La democratización del crédito mediante la aprobación de las reformas legales sobre las transacciones con garantías les da a las pequeñas empresas la oportunidad que necesitan para crecer, fortalecerse y continuar expandiendo el empleo.
04/04/10: LA PASCUA DE RESURRECCIÓN
Estimados amigos:
Hoy domingo 4 de abril de 2010 los cristianos celebramos la Pascua de Resurrección. Es el signo de que Jesús venció a la muerte y, con ello, la esperanza de que su proyecto de liberación ya ha vencido en la historia humana.
Efectivamente, el anuncio de la resurrección de Jesús ilumina a nuestro mundo. La novedad de que Cristo ha resucitado, implica que el «vacío» ya no acabará ganando. La muerte no tiene ya la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa.
Aunque la muerte ya no tenga poder sobre el hombre y el mundo, quedan todavía demasiados signos de su dominio. Por la Pascua se ha extirpado la raíz del mal, pero Jesús necesita de hombres y mujeres que acojan su reino en la historia y afiancen la victoria de la Vida con sus mismas armas: la justicia, la verdad, la misericordia, el perdón y el amor.
Los signos del tiempo actual (desbarajuste financiero a nivel mundial, pobrezas antiguas y nuevas, cambios climáticos preocupantes, miedos crecientes ante un porvenir problemático), urgen que descubramos nuevas perspectivas de actuación para devolver la esperanza de que un mundo siempre mejor es posible.
Es tiempo de actuar y volver a empezar… Que el “Padre Nuestro” inspire el caminar:
Hoy domingo 4 de abril de 2010 los cristianos celebramos la Pascua de Resurrección. Es el signo de que Jesús venció a la muerte y, con ello, la esperanza de que su proyecto de liberación ya ha vencido en la historia humana.
Efectivamente, el anuncio de la resurrección de Jesús ilumina a nuestro mundo. La novedad de que Cristo ha resucitado, implica que el «vacío» ya no acabará ganando. La muerte no tiene ya la última palabra, porque al final es la Vida la que triunfa.
Aunque la muerte ya no tenga poder sobre el hombre y el mundo, quedan todavía demasiados signos de su dominio. Por la Pascua se ha extirpado la raíz del mal, pero Jesús necesita de hombres y mujeres que acojan su reino en la historia y afiancen la victoria de la Vida con sus mismas armas: la justicia, la verdad, la misericordia, el perdón y el amor.
Los signos del tiempo actual (desbarajuste financiero a nivel mundial, pobrezas antiguas y nuevas, cambios climáticos preocupantes, miedos crecientes ante un porvenir problemático), urgen que descubramos nuevas perspectivas de actuación para devolver la esperanza de que un mundo siempre mejor es posible.
Es tiempo de actuar y volver a empezar… Que el “Padre Nuestro” inspire el caminar:






