Archivo de agosto 2009
Va un comentario de Farid Kahhat (Internacionalista y Profesor PUCP) sobre las razones para la presencia militar de EE.UU. en Colombia. El artículo se publicó en el Diario El Comercio el pasado 16.08.2009, bajo el título "Hugo, Álvaro y Rafael".
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Por: Farid Kahhat
En noviembre será clausurada la base militar estadounidense de Manta, en Ecuador. Colombia fue el candidato elegido en la búsqueda de un reemplazo por diversas razones: cuen- ta ya con presencia militar estadounidense como parte del Plan Colombia. Cuenta, además, con un presidente popular, que es el más firme aliado de Estados Unidos en Sudamérica. Es el único país bioceánico de esa región, y tiene fronteras con el miembro más díscolo del vecindario (v.g. Venezuela).
La decisión de Colombia en la materia cae dentro de sus prerrogativas como Estado soberano, y el propósito de la presencia estadounidense en bases colombianas sería el mismo que cumplía la base de Manta: recopilar información que permita una acción más eficaz contra el narcotráfico y las FARC. ¿Por qué, entonces, esa posibilidad suscita tanta controversia?
Porque según el Gobierno Colombiano las FARC cuentan con retaguardias en Ecuador y Venezuela, con la anuencia de ambos gobiernos. Y según un informe del Congreso estadounidense, el Gobierno Venezolano mira distraído en otra dirección mientras su territorio se convierte en zona de tránsito para el narcotráfico. En otras palabras, la información de inteligencia recopilada por aviones AWACS desde espacio aéreo colombiano podría proceder de territorio ecuatoriano o venezolano. En marzo del año pasado vimos lo que el Gobierno Colombiano estaba dispuesto a hacer con esa información, cuando bombardeó un blanco de las FARC en Ecuador. Y aunque tanto Ecuador como Venezuela batieron tambores de guerra en respuesta, es de suponer que, al igual que entonces, lo pensarían dos veces antes de tomar una represalia armada contra un Estado que alberga tropas del ejército más poderoso del mundo.
Los temores no se restringen a los potenciales rivales de Colombia. Recordemos que el Gobierno Brasileño respondió al Plan Colombia propiciando el Plan Cobra (v.g. Colombia-Brasil), en el entendido de que debía resguardar la frontera común antes de que Estados Unidos lo hiciera por él. En el caso de Brasil, a esos temores se suman aquellos que suscita la reactivación de la Cuarta Flota Naval de Estados Unidos, dado que los yacimientos petrolíferos submarinos descubiertos por Petrobras podrían caer dentro de su ámbito de acción.
A lo cual se añade que el acuerdo en cuestión no ha sido objeto de escrutinio público ni siquiera en Colombia: el miedo a lo desconocido es un temor que comparten por doquier tanto los aficionados al género de terror como los altos mandos militares (aunque no queda claro si estos últimos derivan de la experiencia el mismo placer mórbido que obtenemos los primeros).
Consciente de los escalofríos que padece por su causa más de uno entre sus vecinos, Colombia presentó una contrapropuesta que merece ser atendida: aceptaría debatir en la Unasur el acuerdo con Estados Unidos, si se incluyen en la agenda de esa entidad “otros temas como el armamentismo, el tráfico ilegal de armas y el terrorismo”. Lo cual a su vez podría suscitar escalofríos entre países que no tienen vecindad con Colombia, pero sí un frondoso presupuesto militar: recordemos sino cómo el canciller Fernández de Chile trocó de súbito las dudas expresadas por la presidenta Bachelet durante una reunión con su par brasileño, por la certeza de que el acuerdo en cuestión era un asunto bilateral frente al cual su gobierno no tenía nada que decir.
CATEDRÁTICO DE LA PUCP
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Por: Farid Kahhat
En noviembre será clausurada la base militar estadounidense de Manta, en Ecuador. Colombia fue el candidato elegido en la búsqueda de un reemplazo por diversas razones: cuen- ta ya con presencia militar estadounidense como parte del Plan Colombia. Cuenta, además, con un presidente popular, que es el más firme aliado de Estados Unidos en Sudamérica. Es el único país bioceánico de esa región, y tiene fronteras con el miembro más díscolo del vecindario (v.g. Venezuela).
La decisión de Colombia en la materia cae dentro de sus prerrogativas como Estado soberano, y el propósito de la presencia estadounidense en bases colombianas sería el mismo que cumplía la base de Manta: recopilar información que permita una acción más eficaz contra el narcotráfico y las FARC. ¿Por qué, entonces, esa posibilidad suscita tanta controversia?
Porque según el Gobierno Colombiano las FARC cuentan con retaguardias en Ecuador y Venezuela, con la anuencia de ambos gobiernos. Y según un informe del Congreso estadounidense, el Gobierno Venezolano mira distraído en otra dirección mientras su territorio se convierte en zona de tránsito para el narcotráfico. En otras palabras, la información de inteligencia recopilada por aviones AWACS desde espacio aéreo colombiano podría proceder de territorio ecuatoriano o venezolano. En marzo del año pasado vimos lo que el Gobierno Colombiano estaba dispuesto a hacer con esa información, cuando bombardeó un blanco de las FARC en Ecuador. Y aunque tanto Ecuador como Venezuela batieron tambores de guerra en respuesta, es de suponer que, al igual que entonces, lo pensarían dos veces antes de tomar una represalia armada contra un Estado que alberga tropas del ejército más poderoso del mundo.
Los temores no se restringen a los potenciales rivales de Colombia. Recordemos que el Gobierno Brasileño respondió al Plan Colombia propiciando el Plan Cobra (v.g. Colombia-Brasil), en el entendido de que debía resguardar la frontera común antes de que Estados Unidos lo hiciera por él. En el caso de Brasil, a esos temores se suman aquellos que suscita la reactivación de la Cuarta Flota Naval de Estados Unidos, dado que los yacimientos petrolíferos submarinos descubiertos por Petrobras podrían caer dentro de su ámbito de acción.
A lo cual se añade que el acuerdo en cuestión no ha sido objeto de escrutinio público ni siquiera en Colombia: el miedo a lo desconocido es un temor que comparten por doquier tanto los aficionados al género de terror como los altos mandos militares (aunque no queda claro si estos últimos derivan de la experiencia el mismo placer mórbido que obtenemos los primeros).
Consciente de los escalofríos que padece por su causa más de uno entre sus vecinos, Colombia presentó una contrapropuesta que merece ser atendida: aceptaría debatir en la Unasur el acuerdo con Estados Unidos, si se incluyen en la agenda de esa entidad “otros temas como el armamentismo, el tráfico ilegal de armas y el terrorismo”. Lo cual a su vez podría suscitar escalofríos entre países que no tienen vecindad con Colombia, pero sí un frondoso presupuesto militar: recordemos sino cómo el canciller Fernández de Chile trocó de súbito las dudas expresadas por la presidenta Bachelet durante una reunión con su par brasileño, por la certeza de que el acuerdo en cuestión era un asunto bilateral frente al cual su gobierno no tenía nada que decir.
CATEDRÁTICO DE LA PUCP
28/08/09: EL OBJETO DEL DESARROLLO
Un pequeño, pero interesante, artículo de Óscar Ugarteche (destacado economista, investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM), sobre el desarrollo, publicado en el Diario El Comercio de Lima, el 15.08.2009.
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Por: Óscar Ugarteche Economista*
El objeto del desarrollo es brindarle a los ciudadanos empleo de calidad y condiciones de vida digna. Este concepto fue introducido en los años 40 por el programa Punto IV de cooperación “para el desarrollo” de Estados Unidos como parte de su lucha contra la insurgencia comunista de la posguerra y fue tomado como elemento esencial en la entonces literatura sobre desarrollo económico que estaba emergiendo .
La madre de este concepto es la conversión productiva de las economías primario exportadoras a transformativas en esencia, porque la productividad del sector primario exportador es baja y su capacidad de absorción de empleo, limitada. De esta forma, en abstracto, ni se generaban los empleos ni los salarios dignos.
A partir de esta premisa, los economistas (luego llamados “estructuralistas”, porque encontraban rigideces estructurales en las economías y sociedades latinoamericanas), comenzaron a pensar el desarrollo como industrialización por sustitución de importaciones. Esta es la escuela latinoamericana de pensamiento económico cuya cabeza más visible fue Raúl Prebisch, fundador de la Cepal (1).
Desde el punto de vista social, la lógica era que el salario digno llevaría al desarrollo de un mercado interno y generaría mejores condiciones de vida de manera creciente para toda la población. Se haría más denso el aparato productivo en la medida en que se iba transformando y al complejizarse el nivel general de productividad aumentaría llevando a un mejor nivel de vida. El objeto de la transformación era la mejora del nivel y las condiciones de vida.
La visión del desarrollo se enmarcaba dentro del concepto de progreso definido en el siglo XVIII como la transformación de la naturaleza por el hombre. Esa visión de desarrollo tenía como motor el mercado interno, alimentado mediante las mejoras en los niveles de vida de la población. Sin duda, la Alianza para el Progreso del presidente John F. Kennedy fue el marco para el desarrollo del pensamiento estructuralista en los años 60. Era desarrollo sin comunismo ante una Cuba que se presentaba entonces victoriosa y como modelo al mundo con ejemplares programas de salud, educación y deportes y entonces un nivel de vida muy alto.
(1) Raúl Prebisch, Cepal, Estudio Económico de América Latina, 1949, Santiago de Chile. Hay que recordar que en 1948, cuando se decidió abrir comisiones económicas regionales de las Naciones Unidas en todo el mundo, se le pidió al Perú que fuera sede, pero declinó. El modelo primario exportador estaba en auge en ese momento.
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Por: Óscar Ugarteche Economista*
El objeto del desarrollo es brindarle a los ciudadanos empleo de calidad y condiciones de vida digna. Este concepto fue introducido en los años 40 por el programa Punto IV de cooperación “para el desarrollo” de Estados Unidos como parte de su lucha contra la insurgencia comunista de la posguerra y fue tomado como elemento esencial en la entonces literatura sobre desarrollo económico que estaba emergiendo .
La madre de este concepto es la conversión productiva de las economías primario exportadoras a transformativas en esencia, porque la productividad del sector primario exportador es baja y su capacidad de absorción de empleo, limitada. De esta forma, en abstracto, ni se generaban los empleos ni los salarios dignos.
A partir de esta premisa, los economistas (luego llamados “estructuralistas”, porque encontraban rigideces estructurales en las economías y sociedades latinoamericanas), comenzaron a pensar el desarrollo como industrialización por sustitución de importaciones. Esta es la escuela latinoamericana de pensamiento económico cuya cabeza más visible fue Raúl Prebisch, fundador de la Cepal (1).
Desde el punto de vista social, la lógica era que el salario digno llevaría al desarrollo de un mercado interno y generaría mejores condiciones de vida de manera creciente para toda la población. Se haría más denso el aparato productivo en la medida en que se iba transformando y al complejizarse el nivel general de productividad aumentaría llevando a un mejor nivel de vida. El objeto de la transformación era la mejora del nivel y las condiciones de vida.
La visión del desarrollo se enmarcaba dentro del concepto de progreso definido en el siglo XVIII como la transformación de la naturaleza por el hombre. Esa visión de desarrollo tenía como motor el mercado interno, alimentado mediante las mejoras en los niveles de vida de la población. Sin duda, la Alianza para el Progreso del presidente John F. Kennedy fue el marco para el desarrollo del pensamiento estructuralista en los años 60. Era desarrollo sin comunismo ante una Cuba que se presentaba entonces victoriosa y como modelo al mundo con ejemplares programas de salud, educación y deportes y entonces un nivel de vida muy alto.
(1) Raúl Prebisch, Cepal, Estudio Económico de América Latina, 1949, Santiago de Chile. Hay que recordar que en 1948, cuando se decidió abrir comisiones económicas regionales de las Naciones Unidas en todo el mundo, se le pidió al Perú que fuera sede, pero declinó. El modelo primario exportador estaba en auge en ese momento.
Va un comentario de Sinesio López en el Diario La Republica (28.08.2009) denominado "Un país aislado", en el que aborda la situación actual del PErú como país aislado en América Latina, a diferencia de Chile.
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Por: Sinesio López Jiménez
La relación entre el Perú y Chile ha cambiado radicalmente en el contexto sudamericano de los últimos cuatro años. En el 2005 Chile era un país aislado. Hoy el Perú ocupa esa situación.
¿Qué ha sucedido? ¿Qué explica ese cambio radical de las relaciones diplomáticas? Mi hipótesis es que Bachelet ha movido con inteligencia algunas piezas políticas que le han permitido recomponer (a favor de Chile) las relaciones con los estados sudamericanos y que García, por el contrario, ha hecho todo lo posible (probablemente sin quererlo) por aislar al Perú.
¿Cuáles son los movimientos más significativos que ha realizado Bachelet para acabar con el aislamiento? En primer lugar, Bachelet ha roto la tradición diplomática chilena en sus relaciones con Bolivia y ha planteado una vasta agenda de discusión (los 13 puntos que escandalizan a García) en la que la mediterraneidad boliviana ocupa, sin duda, un lugar importante.
A partir de esa propuesta, como es obvio, Bolivia recompuso sus deterioradas relaciones diplomáticas con Chile y modificó drásticamente las que despliega con el Perú. ¿Qué hizo García para neutralizar la movida chilena y mantener la tradicional amistad con Bolivia? Mi impresión es que poco o nada.
En segundo lugar, Bachelet no ha acompañado la política de polarización ideológica en el campo de las relaciones internacionales sudamericanas desplegada por García y ha mantenido más bien una buena relación con Venezuela y, obviamente, con Ecuador.
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Por: Sinesio López Jiménez
La relación entre el Perú y Chile ha cambiado radicalmente en el contexto sudamericano de los últimos cuatro años. En el 2005 Chile era un país aislado. Hoy el Perú ocupa esa situación.
¿Qué ha sucedido? ¿Qué explica ese cambio radical de las relaciones diplomáticas? Mi hipótesis es que Bachelet ha movido con inteligencia algunas piezas políticas que le han permitido recomponer (a favor de Chile) las relaciones con los estados sudamericanos y que García, por el contrario, ha hecho todo lo posible (probablemente sin quererlo) por aislar al Perú.
¿Cuáles son los movimientos más significativos que ha realizado Bachelet para acabar con el aislamiento? En primer lugar, Bachelet ha roto la tradición diplomática chilena en sus relaciones con Bolivia y ha planteado una vasta agenda de discusión (los 13 puntos que escandalizan a García) en la que la mediterraneidad boliviana ocupa, sin duda, un lugar importante.
A partir de esa propuesta, como es obvio, Bolivia recompuso sus deterioradas relaciones diplomáticas con Chile y modificó drásticamente las que despliega con el Perú. ¿Qué hizo García para neutralizar la movida chilena y mantener la tradicional amistad con Bolivia? Mi impresión es que poco o nada.
En segundo lugar, Bachelet no ha acompañado la política de polarización ideológica en el campo de las relaciones internacionales sudamericanas desplegada por García y ha mantenido más bien una buena relación con Venezuela y, obviamente, con Ecuador.
Interesante artículo de la situación de la relación de los abogados con sus clientes y los medios de comunicación en Chile. Da para pensar la situación en el Perú-
El artículo es de Cristina Muga, miembro de la Comisión de Ética y Códigos de Buenas Prácticas Profesionales del Colegio de Abogados de Chile y se publicó en el Diario EL MERCURIO (26.08.2009).
......
Por: Cristián Muga Aitken
El Colegio de Abogados ha emprendido una tarea trascendente: revisar sus reglas éticas con mirada crítica, intentando recoger la evolución que el ejercicio de la profesión ha tenido en los más de 60 años que su actual Código de Ética Profesional lleva en vigencia. Dentro de estas reglas, la formación de clientela y la relación de los abogados con los medios de comunicación han sido cuestiones históricamente controvertidas. Estas cuestiones, además, enfrentan importantes desafíos por la creciente demanda que nuestra sociedad hace por información y transparencia.
La pregunta acerca de si un abogado puede informar (publicitar) sus servicios legales —en la misma forma en que lo hacen quienes ofrecen planes de salud o seguros de vida, por ejemplo— ha sido respondida de manera prohibitiva por el Código de Ética Profesional, el cual sólo permite la entrega de tarjetas de presentación. Sin embargo, esta prohibición ha ido perdiendo sentido por la enorme masificación de la profesión, la competencia que esta última genera y el surgimiento de nuevas tecnologías como internet. Por esto, a principios de este siglo XXI, el propio Colegio interpretó su normativa, reconociendo ciertas formas habituales de publicidad usadas por los abogados (directorios, revistas especializadas y páginas web, por ejemplo).
Bajo la actual propuesta (disponible en www.abogados.cl), los abogados —o los estudios a los que pertenecen— podrán informar al público sobre sus servicios legales bajo ciertas condiciones (veracidad de la información, protección del deber de confidencialidad y prohibición de publicidad comparativa sobre bases indemostrables, entre otras).
Como se advierte, el énfasis recae en el mensaje y no en el formato que lo contiene. La autorización para informar bajo ciertos parámetros permitirá al público disminuir su situación de desventaja frente al conocimiento que los abogados tienen acerca de sus propias materias, dejando en manos del Colegio de Abogados la determinación de si la información entregada es o no éticamente correcta.
Cabe apuntar, con todo, que la solicitación queda prohibida, siendo definido su concepto. Esto, por cuanto en la solicitación el potencial cliente no está en condiciones de evaluar la oferta del abogado, ya que, por las particulares circunstancias que rodean a la solicitación, la asimetría de información entre este último y el primero se exacerba. Esto, claro, favorece el descrédito, la comisión de prácticas desleales hacia los colegas y el aprovechamiento de estados de necesidad de los potenciales clientes.
Respecto de la relación con los medios de comunicación, el Código de Ética descansa sobre un criterio que también ha devenido obsoleto por las características que hoy exhibe la abogacía. El abogado, por regla general, debe abstenerse de dar a conocer información sobre un litigio pendiente y de absolver consultas a través de radios u otros medios de comunicación. La propuesta, en cambio, invierte este criterio, estableciendo que el abogado podrá interactuar con los medios cuando los derechos de su cliente se vean amenazados o afectados.
Sin embargo, no podrá utilizar estos medios para su publicidad personal: su interacción con ellos deberá ser siempre veraz, moderada y con autorización previa del cliente. La propuesta no desconoce el riesgo de que los abogados utilicen la prensa como una manera de influir de manera impropia sobre quienes están llamados a decidir sobre un asunto litigioso, los jueces. Por esto, la propuesta contempla una serie de medidas a fin de reducir los riesgos para la imparcialidad en la conducción del proceso o decisión del asunto.
Las regulaciones comparadas recogieron estos principios hace ya varias décadas. Los avances que propone el Colegio están iluminados por esa interesante experiencia. Al iniciar este camino de reforma, el Colegio de Abogados ha iniciado un debate que es positivo desde distintos puntos de vista. El público tendrá la oportunidad de conocer los deberes éticos que pesan sobre los abogados, y estos últimos dispondrán de guías más precisas y actualizadas para orientar su ejercicio profesional. Desde la perspectiva de la profesión organizada, se dispondrá de una regulación moderna y pluralista, que ayudará a que más y más profesionales estén dispuestos a someterse al control ético de sus pares.
El artículo es de Cristina Muga, miembro de la Comisión de Ética y Códigos de Buenas Prácticas Profesionales del Colegio de Abogados de Chile y se publicó en el Diario EL MERCURIO (26.08.2009).
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Por: Cristián Muga Aitken
El Colegio de Abogados ha emprendido una tarea trascendente: revisar sus reglas éticas con mirada crítica, intentando recoger la evolución que el ejercicio de la profesión ha tenido en los más de 60 años que su actual Código de Ética Profesional lleva en vigencia. Dentro de estas reglas, la formación de clientela y la relación de los abogados con los medios de comunicación han sido cuestiones históricamente controvertidas. Estas cuestiones, además, enfrentan importantes desafíos por la creciente demanda que nuestra sociedad hace por información y transparencia.
La pregunta acerca de si un abogado puede informar (publicitar) sus servicios legales —en la misma forma en que lo hacen quienes ofrecen planes de salud o seguros de vida, por ejemplo— ha sido respondida de manera prohibitiva por el Código de Ética Profesional, el cual sólo permite la entrega de tarjetas de presentación. Sin embargo, esta prohibición ha ido perdiendo sentido por la enorme masificación de la profesión, la competencia que esta última genera y el surgimiento de nuevas tecnologías como internet. Por esto, a principios de este siglo XXI, el propio Colegio interpretó su normativa, reconociendo ciertas formas habituales de publicidad usadas por los abogados (directorios, revistas especializadas y páginas web, por ejemplo).
Bajo la actual propuesta (disponible en www.abogados.cl), los abogados —o los estudios a los que pertenecen— podrán informar al público sobre sus servicios legales bajo ciertas condiciones (veracidad de la información, protección del deber de confidencialidad y prohibición de publicidad comparativa sobre bases indemostrables, entre otras).
Como se advierte, el énfasis recae en el mensaje y no en el formato que lo contiene. La autorización para informar bajo ciertos parámetros permitirá al público disminuir su situación de desventaja frente al conocimiento que los abogados tienen acerca de sus propias materias, dejando en manos del Colegio de Abogados la determinación de si la información entregada es o no éticamente correcta.
Cabe apuntar, con todo, que la solicitación queda prohibida, siendo definido su concepto. Esto, por cuanto en la solicitación el potencial cliente no está en condiciones de evaluar la oferta del abogado, ya que, por las particulares circunstancias que rodean a la solicitación, la asimetría de información entre este último y el primero se exacerba. Esto, claro, favorece el descrédito, la comisión de prácticas desleales hacia los colegas y el aprovechamiento de estados de necesidad de los potenciales clientes.
Respecto de la relación con los medios de comunicación, el Código de Ética descansa sobre un criterio que también ha devenido obsoleto por las características que hoy exhibe la abogacía. El abogado, por regla general, debe abstenerse de dar a conocer información sobre un litigio pendiente y de absolver consultas a través de radios u otros medios de comunicación. La propuesta, en cambio, invierte este criterio, estableciendo que el abogado podrá interactuar con los medios cuando los derechos de su cliente se vean amenazados o afectados.
Sin embargo, no podrá utilizar estos medios para su publicidad personal: su interacción con ellos deberá ser siempre veraz, moderada y con autorización previa del cliente. La propuesta no desconoce el riesgo de que los abogados utilicen la prensa como una manera de influir de manera impropia sobre quienes están llamados a decidir sobre un asunto litigioso, los jueces. Por esto, la propuesta contempla una serie de medidas a fin de reducir los riesgos para la imparcialidad en la conducción del proceso o decisión del asunto.
Las regulaciones comparadas recogieron estos principios hace ya varias décadas. Los avances que propone el Colegio están iluminados por esa interesante experiencia. Al iniciar este camino de reforma, el Colegio de Abogados ha iniciado un debate que es positivo desde distintos puntos de vista. El público tendrá la oportunidad de conocer los deberes éticos que pesan sobre los abogados, y estos últimos dispondrán de guías más precisas y actualizadas para orientar su ejercicio profesional. Desde la perspectiva de la profesión organizada, se dispondrá de una regulación moderna y pluralista, que ayudará a que más y más profesionales estén dispuestos a someterse al control ético de sus pares.
Va el comentario de Mirco Lauer en el Diario La República del 25/08/2009 sobre la entrevista en el Diario La Tercera a Alan García y las respuestas de la Diplomacia Chilena y Evo Morales.
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Por Mirko Lauer
mlauer@larepublica.com.pe
Sobre la entrevista de La Tercera de Santiago a Alan García cabe preguntarse ¿por qué ahora? Un cínico diría que porque las cosas estaban demasiado calmadas en la zona. Pero si bien las declaraciones llegaron a la primera plana del diario chileno y a casi todas de los de Lima, ellas tienen mucho de repetición, y hasta de redundante.
El propio Canciller ha dicho que García viene diciendo lo mismo sobre Bolivia y Chile desde hace ya buen tiempo. ¿Entonces por qué el alto perfil que se les está atribuyendo? Quizás el secreto está en la frase “un acuerdo bajo la mesa”, que inevitablemente evoca la idea de una conspiración, y de paso los tratados secretos del siglo XIX.
Pero las esperanzas despertadas por la diplomacia chilena en La Paz no son nada secretas, y Evo Morales se ha referido al tema en varias ocasiones. El aspecto que mueve a curiosidad es por qué el sentimiento de que Chile le puede resolver la cuestión marítima de Bolivia se tiene que traducir en permanentes disparos verbales de Morales contra el Perú.
En realidad Morales no necesita a Chile para denostar del gobierno peruano. Para ello bastan su alineamiento con el chavismo, su manejo político del tema indígena, la pugna con sus opositores internos, o su confesada necesidad de un enemigo externo que reemplace a Chile en el imaginario público acostumbrado a ese tipo de estímulo.
Si desplazamos la mirada de La Paz a Santiago, notaremos que la entrevista de La Tercera no fue una oportunidad pescada al vuelo, sino algo preparado. Hay un cronograma chileno para el tema de las discrepancias regionales vinculado a las elecciones de diciembre próximo, el cual la derecha ha explotado para la demolición del actual gobierno.
Ser blanda frente a los reclamos del Perú ha sido una acusación frecuente a Michelle Bachelet desde los diarios de la derecha chilena. Este tipo de acusación ha sido un factor de inestabilidad del anterior Canciller de Bachelet, obligándolo a entrar al juego de los mutuos reproches, en el cual acaba de caer también Mariano Fernández, su sucesor.
Al producir una turbulencia que le da armas a la derecha chilena, Morales está dificultando el triunfo electoral de precisamente aquella agrupación que le ha hecho las dulces promesas. No es tradición de la derecha chilena ser más flexible en los temas geopolíticos vinculados a la soberanía territorial.
A García la entrevista le ha servido para reiterar un par de temas de su política de complementariedad y competencia frente a Chile. El principal efecto de sus declaraciones será ubicar a la figura de Morales como un fenómeno menor frente a la relación entre los dos países del Pacífico Sur
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Por Mirko Lauer
mlauer@larepublica.com.pe
Sobre la entrevista de La Tercera de Santiago a Alan García cabe preguntarse ¿por qué ahora? Un cínico diría que porque las cosas estaban demasiado calmadas en la zona. Pero si bien las declaraciones llegaron a la primera plana del diario chileno y a casi todas de los de Lima, ellas tienen mucho de repetición, y hasta de redundante.
El propio Canciller ha dicho que García viene diciendo lo mismo sobre Bolivia y Chile desde hace ya buen tiempo. ¿Entonces por qué el alto perfil que se les está atribuyendo? Quizás el secreto está en la frase “un acuerdo bajo la mesa”, que inevitablemente evoca la idea de una conspiración, y de paso los tratados secretos del siglo XIX.
Pero las esperanzas despertadas por la diplomacia chilena en La Paz no son nada secretas, y Evo Morales se ha referido al tema en varias ocasiones. El aspecto que mueve a curiosidad es por qué el sentimiento de que Chile le puede resolver la cuestión marítima de Bolivia se tiene que traducir en permanentes disparos verbales de Morales contra el Perú.
En realidad Morales no necesita a Chile para denostar del gobierno peruano. Para ello bastan su alineamiento con el chavismo, su manejo político del tema indígena, la pugna con sus opositores internos, o su confesada necesidad de un enemigo externo que reemplace a Chile en el imaginario público acostumbrado a ese tipo de estímulo.
Si desplazamos la mirada de La Paz a Santiago, notaremos que la entrevista de La Tercera no fue una oportunidad pescada al vuelo, sino algo preparado. Hay un cronograma chileno para el tema de las discrepancias regionales vinculado a las elecciones de diciembre próximo, el cual la derecha ha explotado para la demolición del actual gobierno.
Ser blanda frente a los reclamos del Perú ha sido una acusación frecuente a Michelle Bachelet desde los diarios de la derecha chilena. Este tipo de acusación ha sido un factor de inestabilidad del anterior Canciller de Bachelet, obligándolo a entrar al juego de los mutuos reproches, en el cual acaba de caer también Mariano Fernández, su sucesor.
Al producir una turbulencia que le da armas a la derecha chilena, Morales está dificultando el triunfo electoral de precisamente aquella agrupación que le ha hecho las dulces promesas. No es tradición de la derecha chilena ser más flexible en los temas geopolíticos vinculados a la soberanía territorial.
A García la entrevista le ha servido para reiterar un par de temas de su política de complementariedad y competencia frente a Chile. El principal efecto de sus declaraciones será ubicar a la figura de Morales como un fenómeno menor frente a la relación entre los dos países del Pacífico Sur
24/08/09: ¿El milagro peruano?: La visión chilena
Estimados blogeros:
La discola opinión de Alan Garcia ha puesto, como siempre, en atención a los sectores conservadores chilenos. Sino, ¿como se explica el editorial del Diario El Mercurio de Chile haciendo una comparación entre el crecimiento económico de Perú y Chile?
En cualquier caso, hizo mal García cuando al inicio de su gobierno puso como meta superar a Chile. Creo que los peruanos no deberíamos ponernos metas en relación a otros paises, sino respecto de nosotros mismos para hacer que este país pueda generar posibilidades de ptroyectos de vida dignos para todos los que habitan en él.
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Por: Diario EL MERCURIO (Editorial)
Perú comienza a ser un país reconocido mundialmente por su vigoroso crecimiento económico. Este año será débil, como en el resto del mundo, pero aun así llegará al 2,5 por ciento. Chile, en cambio, tendrá una caída cercana a uno por ciento en su producción. Al respecto, es más interesante mirar los cinco años previos a la crisis: Perú creció a 7,6 por ciento, en tanto que nuestro país lo hizo sólo a 4,8 por ciento promedio anual. Además, en ese lustro la tasa de crecimiento en Perú estuvo al alza, alcanzando 9,8 por ciento en 2008, y la nuestra estuvo a la baja, llegando a sólo 3,2 por ciento en ese año.
Parte de tales diferencias en crecimiento se debe a que nuestro nivel de ingresos per cápita es superior al de Perú: en dólares ajustados por paridad del poder de compra, el año pasado tuvimos un ingreso per cápita 69 por ciento mayor.
Pero lo relevante es la rapidez con que se está cerrando la brecha: en 2000 teníamos un ingreso per cápita 88 por ciento superior, y para 2014 el FMI proyecta que tendremos un producto por persona que será sólo 57 por ciento superior al peruano. Esto muestra de modo muy concreto cómo las diferencias en tasas de crecimiento redundan en pocos años en cierre de brechas de riqueza entre países. Esto no es sólo fruto de las diferencias iniciales en el ingreso de uno y otro, como queda en evidencia en numerosos reportajes que en la prensa internacional abordan el caso peruano, y personajes de la talla política e intelectual de Bill Clinton o Francis Fukuyama, respectivamente, destacan la experiencia peruana.
En nuestro vecino hay un esfuerzo sistemático -que atraviesa ya varios gobiernos- por promover reformas que potencien el crecimiento económico, incluyendo desde apertura comercial hasta flexibilización de los mercados laborales. Muchas de esas reformas han sufrido críticas y se ha cuestionado que ellas no han beneficiado a los sectores más pobres, aunque en los últimos años hay evidencia sólida de que esto ha ocurrido con más fuerza que cuanto se había estimado. Nuestro país, en cambio, ha perdido esa coherencia, y la capacidad de crecimiento de largo plazo se ha deteriorado.
Entre nosotros, la posibilidad de acuerdos reformistas se ve cada vez más lejana, y los dirigentes políticos parecen mucho más atentos a los vetos que imponen diversos grupos de presión. Una suerte de corporativización impide las reformas, y se escucha con creciente fuerza que ellas son políticamente inviables, como si la tarea de los dirigentes políticos no consistiese, precisamente, en hacerlas posibles. Si Chile no se atreve a llevarlas adelante, crece el riesgo de rezago y se diluyen sus posibilidades de ser desarrollado en plazos razonables.
La discola opinión de Alan Garcia ha puesto, como siempre, en atención a los sectores conservadores chilenos. Sino, ¿como se explica el editorial del Diario El Mercurio de Chile haciendo una comparación entre el crecimiento económico de Perú y Chile?
En cualquier caso, hizo mal García cuando al inicio de su gobierno puso como meta superar a Chile. Creo que los peruanos no deberíamos ponernos metas en relación a otros paises, sino respecto de nosotros mismos para hacer que este país pueda generar posibilidades de ptroyectos de vida dignos para todos los que habitan en él.
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Por: Diario EL MERCURIO (Editorial)
Perú comienza a ser un país reconocido mundialmente por su vigoroso crecimiento económico. Este año será débil, como en el resto del mundo, pero aun así llegará al 2,5 por ciento. Chile, en cambio, tendrá una caída cercana a uno por ciento en su producción. Al respecto, es más interesante mirar los cinco años previos a la crisis: Perú creció a 7,6 por ciento, en tanto que nuestro país lo hizo sólo a 4,8 por ciento promedio anual. Además, en ese lustro la tasa de crecimiento en Perú estuvo al alza, alcanzando 9,8 por ciento en 2008, y la nuestra estuvo a la baja, llegando a sólo 3,2 por ciento en ese año.
Parte de tales diferencias en crecimiento se debe a que nuestro nivel de ingresos per cápita es superior al de Perú: en dólares ajustados por paridad del poder de compra, el año pasado tuvimos un ingreso per cápita 69 por ciento mayor.
Pero lo relevante es la rapidez con que se está cerrando la brecha: en 2000 teníamos un ingreso per cápita 88 por ciento superior, y para 2014 el FMI proyecta que tendremos un producto por persona que será sólo 57 por ciento superior al peruano. Esto muestra de modo muy concreto cómo las diferencias en tasas de crecimiento redundan en pocos años en cierre de brechas de riqueza entre países. Esto no es sólo fruto de las diferencias iniciales en el ingreso de uno y otro, como queda en evidencia en numerosos reportajes que en la prensa internacional abordan el caso peruano, y personajes de la talla política e intelectual de Bill Clinton o Francis Fukuyama, respectivamente, destacan la experiencia peruana.
En nuestro vecino hay un esfuerzo sistemático -que atraviesa ya varios gobiernos- por promover reformas que potencien el crecimiento económico, incluyendo desde apertura comercial hasta flexibilización de los mercados laborales. Muchas de esas reformas han sufrido críticas y se ha cuestionado que ellas no han beneficiado a los sectores más pobres, aunque en los últimos años hay evidencia sólida de que esto ha ocurrido con más fuerza que cuanto se había estimado. Nuestro país, en cambio, ha perdido esa coherencia, y la capacidad de crecimiento de largo plazo se ha deteriorado.
Entre nosotros, la posibilidad de acuerdos reformistas se ve cada vez más lejana, y los dirigentes políticos parecen mucho más atentos a los vetos que imponen diversos grupos de presión. Una suerte de corporativización impide las reformas, y se escucha con creciente fuerza que ellas son políticamente inviables, como si la tarea de los dirigentes políticos no consistiese, precisamente, en hacerlas posibles. Si Chile no se atreve a llevarlas adelante, crece el riesgo de rezago y se diluyen sus posibilidades de ser desarrollado en plazos razonables.
A continuación una importante entrevista al Presidente Alan Garcia por Cristián Bofill, aparecido el 23.08.2009 en el Diario La Tercera de Chile. A mí sinceramente no me gusto nada, noto desenfoque y falta de actuación como Estadista… Una pena
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Por: Cristian Bofill
El Presidente peruano afirma que las fuertes críticas de su par boliviano -a quien califica de hasta obsecuente con Chile- podrían estar relacionadas con un acuerdo entre La Paz y Santiago en el tema marítimo. Explica por qué adoptó "los aspectos positivos del modelo chileno", dice que muchos creen que Chile está en una carrera armamentista.
Entre los numerosos comentarios del Presidente Alan García (60) sobre sus relaciones con Chile, unos más cautelosos, otros más irónicos, tal vez el que mejor refleja la complejidad del momento es una escueta frase. "A veces me pregunto si tengo mejores relaciones con las empresas e inversionistas chilenos que con otros sectores", dice, con disimulada ironía, sentado en la Sala Grau del Palacio Pizarro.
Motivos de satisfacción no les faltan a los chilenos que han apostado sus capitales en Perú, donde se estima que han invertido más de US$ 5.000 millones, lo que se refleja en la incorporación al paisaje de Lima de logos como los de Falabella, Ripley y Fasa, entre otros.
Si la economía es el punto alto en las relaciones, el bajo está vinculado a una iniciativa que se empezó a gestar -como recuerda García- en su primer mandato, el día en que cumplió 37 años. Fue el viernes 23 de mayo de 1986, cuando Perú le comunicó a Chile oficialmente por primera vez su demanda de negociar un límite marítimo. Para Santiago, no había -ni hay- nada que discutir: el tema se zanjó en tratados suscritos en 1952 y 1954.
Dos décadas después, García regresaría al poder, sorprendiendo a quienes lo daban como un cadáver político por los desastrosos resultados de su primer gobierno, y el memorándum de los 80 se convertiría en la base de la demanda presentada en La Haya en enero del 2008.
Nada hacía presagiar, sin embargo, turbulencias en la ruta Lima-Santiago el día de su reelección. Para alivio chileno, el ex paladín de la estatización de la banca y de consignas antiimperialistas, regresaba convertido al credo del libre mercado y había derrotado a Ollanta Humala, un aliado de Chávez muy hostil con Santiago.
Pese al cambio radical en sus políticas, García conserva las características que incluso sus adversarios le reconocen: gran oratoria, una cultura que lo distingue entre los presidentes del continente (abogado, estudió Ciencia Política en la Universidad Complutense y Sociología en La Sorbonne), carisma y una experiencia en el poder obtenida tras haber llegado a la presidencia de su país a los 36 años. Ni por formación ni por trayectoria es considerado un nacionalista, por lo que a algunos les sorprendió que pusiera en el centro de su plataforma de gobierno competir con Chile para superarlo económicamente y después lo demandara en La Haya. El reclamo consite en 35 mil kilómetros cuadrados de mar bajo soberanía chilena.
Pero quienes lo conocen como un avezado lector de Maquiavelo -sus profesores europeos le regalaron para su primera toma de posesión ediciones de lujo de El Príncipe- tienen clara la funcionalidad de su nuevo discurso: darle una carga positiva a la histórica hostilidad hacia Chile tan explotada por sectores relevantes de su país.
Pese al gran éxito económico -Perú creció al 9,2% el 2008 y este año será uno de los cinco países del mundo que seguirá creciendo (3%)-, García no tiene un capital político que le permita darse grandes lujos: al iniciar el penúltimo de sus cinco años de mandato, su aprobación llega al 27% (razonable para los estándares de desgaste de los gobernantes peruanos) y su reprobación es del 69%, según una encuesta publicada el domingo pasado por el diario El Comercio.
Al escucharlo queda claro que uno de los puntos que más lo irritan son las feroces críticas que le ha lanzado el Presidente boliviano, Evo Morales, quien, entre muchos otros epítetos, lo acusó de presentar la demanda en La Haya para mejorar su imagen y abortar un eventual acuerdo marítimo La Paz-Santiago.
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Por: Cristian Bofill
El Presidente peruano afirma que las fuertes críticas de su par boliviano -a quien califica de hasta obsecuente con Chile- podrían estar relacionadas con un acuerdo entre La Paz y Santiago en el tema marítimo. Explica por qué adoptó "los aspectos positivos del modelo chileno", dice que muchos creen que Chile está en una carrera armamentista.
Entre los numerosos comentarios del Presidente Alan García (60) sobre sus relaciones con Chile, unos más cautelosos, otros más irónicos, tal vez el que mejor refleja la complejidad del momento es una escueta frase. "A veces me pregunto si tengo mejores relaciones con las empresas e inversionistas chilenos que con otros sectores", dice, con disimulada ironía, sentado en la Sala Grau del Palacio Pizarro.
Motivos de satisfacción no les faltan a los chilenos que han apostado sus capitales en Perú, donde se estima que han invertido más de US$ 5.000 millones, lo que se refleja en la incorporación al paisaje de Lima de logos como los de Falabella, Ripley y Fasa, entre otros.
Si la economía es el punto alto en las relaciones, el bajo está vinculado a una iniciativa que se empezó a gestar -como recuerda García- en su primer mandato, el día en que cumplió 37 años. Fue el viernes 23 de mayo de 1986, cuando Perú le comunicó a Chile oficialmente por primera vez su demanda de negociar un límite marítimo. Para Santiago, no había -ni hay- nada que discutir: el tema se zanjó en tratados suscritos en 1952 y 1954.
Dos décadas después, García regresaría al poder, sorprendiendo a quienes lo daban como un cadáver político por los desastrosos resultados de su primer gobierno, y el memorándum de los 80 se convertiría en la base de la demanda presentada en La Haya en enero del 2008.
Nada hacía presagiar, sin embargo, turbulencias en la ruta Lima-Santiago el día de su reelección. Para alivio chileno, el ex paladín de la estatización de la banca y de consignas antiimperialistas, regresaba convertido al credo del libre mercado y había derrotado a Ollanta Humala, un aliado de Chávez muy hostil con Santiago.
Pese al cambio radical en sus políticas, García conserva las características que incluso sus adversarios le reconocen: gran oratoria, una cultura que lo distingue entre los presidentes del continente (abogado, estudió Ciencia Política en la Universidad Complutense y Sociología en La Sorbonne), carisma y una experiencia en el poder obtenida tras haber llegado a la presidencia de su país a los 36 años. Ni por formación ni por trayectoria es considerado un nacionalista, por lo que a algunos les sorprendió que pusiera en el centro de su plataforma de gobierno competir con Chile para superarlo económicamente y después lo demandara en La Haya. El reclamo consite en 35 mil kilómetros cuadrados de mar bajo soberanía chilena.
Pero quienes lo conocen como un avezado lector de Maquiavelo -sus profesores europeos le regalaron para su primera toma de posesión ediciones de lujo de El Príncipe- tienen clara la funcionalidad de su nuevo discurso: darle una carga positiva a la histórica hostilidad hacia Chile tan explotada por sectores relevantes de su país.
Pese al gran éxito económico -Perú creció al 9,2% el 2008 y este año será uno de los cinco países del mundo que seguirá creciendo (3%)-, García no tiene un capital político que le permita darse grandes lujos: al iniciar el penúltimo de sus cinco años de mandato, su aprobación llega al 27% (razonable para los estándares de desgaste de los gobernantes peruanos) y su reprobación es del 69%, según una encuesta publicada el domingo pasado por el diario El Comercio.
Al escucharlo queda claro que uno de los puntos que más lo irritan son las feroces críticas que le ha lanzado el Presidente boliviano, Evo Morales, quien, entre muchos otros epítetos, lo acusó de presentar la demanda en La Haya para mejorar su imagen y abortar un eventual acuerdo marítimo La Paz-Santiago.
18/08/09: SOBRE LA IDEA DE PROGRESO HUMANO
A continuación un muy interesante artículo de Gabriel Zaid sobre el Progreso como noción moderna y su mirada desde la izquierda y la derecha.
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Por: Gabriel Zaid
Con sana ironía, Gabriel Zaid demuestra el origen religioso de nuestra concepción del progreso, los daños irreparables que esta fe entraña y cómo la arbitraria división entre izquierda y derecha se ha teñido de connotaciones morales.
Hubo progresos en Mesopotamia y en Egipto, en Israel, China y la India, en el mundo maya, persa, griego, romano, cristiano e islámico. Algunos pueblos se creyeron superiores. Pero de tales sentimientos no surgió pronto ni en todas partes la conciencia de la historia como progreso. Apareció en Occidente, a fines de la Edad Media.
Hay algo inédito en la actitud de Bernardo de Chartres (siglo XII): “Somos como enanos sentados en los hombros de gigantes [los griegos], y así podemos ver mejor y más lejos [que los griegos].” En la teología de Joaquín de Fiore (siglo XII): La historia ha ido progresivamente de la dependencia servil en los tiempos del Padre, a la dependencia filial en los tiempos del Hijo, a la libertad del Espíritu Santo en estos nuevos tiempos. En la santidad de Francisco de Asís (siglo XIII), que alaba a Dios en la fraternidad del sol, la tierra, el agua, las flores y los frutos, como si estuviera en el paraíso. En la ciencia ficción del franciscano Roger Bacon (siglo XIII): “Es posible construir vehículos que se muevan con velocidad increíble y sin ayuda de bestias; es posible construir máquinas voladoras.”
El progreso es un mito cristiano que anima a construir el paraíso en la tierra. Los mitos arcaicos sitúan el paraíso (o la Edad de Oro) en un pasado remoto, suponen que lo mejor quedó atrás, no que está por venir. En los mitos mesiánicos, hay la esperanza de una liberación futura en el fin de los tiempos o en el más allá. En cambio, el mito del progreso
A. Está orientado al futuro, no al pasado.
B. Acepta (o no) un futuro absoluto (el Juicio Final, la no reencarnación, el cielo islámico); pero está orientado a los futuros próximos.
C. Acepta (o no) la liberación en el más allá, pero está orientado a la liberación aquí.
D. Supone que el progreso es gradual y acumulativo, no una transformación instantánea.
E. Acepta (o no) la providencia divina, la inspiración creadora, los azares favorables o la evolución de las especies; pero supone que el progreso se construye, que es obra humana.
El concepto de progreso implica otros: tiempo, cambio, mejor, que han sido negados. El tiempo como ilusión, el cambio como cíclico o inexistente, lo mejor como carente de significado, niegan el progreso. Pero las negaciones arcaicas o modernas son ignoradas por la fe en el progreso.
Los cristianos medievales quisieron santificarlo todo. Por ejemplo: sin negar el monasterio como lugar sagrado, ni la vida monástica como vida consagrada, Joaquín de Fiore (abad del monasterio de Fiore) anticipó que venían tiempos de vida consagrada fuera de los monasterios, en el mundo como si fuera un monasterio. Los discípulos de Francisco de Asís (un laico que nunca quiso ser monje ni sacerdote) sintieron que Joaquín había profetizado su vocación religiosa. Lutero predicó el sacerdocio de todos los creyentes. Los franciscanos vieron en el Nuevo Mundo el lugar ideal para restaurar el paraíso (Elsa Cecilia Frost, Historia de Dios en las Indias).
Construir el paraíso en la tierra parece natural y razonable en la cultura del progreso, pero es algo inédito y violento. Implica una violación fundamental de las polaridades arcaicas.
En las culturas anteriores a la cultura del progreso, hay una separación tajante entre lo sagrado y lo profano. El orden cósmico impone esa tensión que sostiene la tierra, los mares y los cielos en su lugar. En ese contexto, la construcción del paraíso en la tierra es inconcebible: una contradicción, una especie de cortocircuito entre polos opuestos. Cuando, de hecho, van apareciendo progresos (el fuego, la cocina, la agricultura), son vistos como dones del cielo. Y, si son vistos como resultado de la iniciativa humana, parecen atentados contra el orden natural, desmesura que se paga. Prometeo domestica el fuego (se lo roba, en vez de esperar a que baje del cielo como un relámpago providencial enviado por los dioses) y sufre un castigo eterno. Eva domestica las plantas (en vez de atenerse a la providencia divina de frutos silvestres) y provoca la desgracia del género humano. Arrogarse la construcción del paraíso se paga con la expulsión del paraíso.
Paradójicamente, la construcción medieval del paraíso en la tierra, queriendo sacralizarlo todo, acabó desacralizando todo. A medida que todo se consagra, ¿cómo distinguir lo sagrado de lo profano? Parecen dos caras de lo mismo. El mundo se vuelve un sacramento que, como todos los sacramentos, es (visiblemente) terrenal, pero (invisiblemente) celestial. Lo profano sacralizable va desapareciendo, porque nada parece irreductiblemente profano. Siglos después, lo profanable también irá desapareciendo, porque nada parece irreductiblemente sagrado. ¿Qué puede ser sagrado (tajantemente distinto, sobrenatural) si todo lo es?
Otra consecuencia no menos importante fue la confusión de polaridades. Por ejemplo: Transformar la naturaleza es progresista, respetarla es conservador. El movimiento ecologista (cuyo santo patrono es San Francisco) ¿es entonces reaccionario? Por ejemplo: En la tradición arcaica, la autoridad y todo lo que está arriba es sagrado y viene del cielo; lo que está abajo es inferior y torpe como la mano izquierda. La derecha es lo diestro, lo bueno, lo decente; la izquierda, lo siniestro, lo torpe, lo indecente. Pero si la izquierda llega al poder (aunque sea solamente en términos de prestigio), la derecha es lo siniestro, lo indecente, la encarnación del mal. La izquierda en el poder ¿es entonces la derecha?
Según la geofísica, el campo magnético de la tierra ha cambiado de polaridad repetidamente. Hace 780,000 años, cuando se produjo el último cambio, el polo norte estaba en la Antártida y el sur en el Ártico. Después de esa inversión de polos magnéticos, el norte y el sur están donde están (no se sabe hasta cuándo). Se pudiera pensar que el progreso ha sido un trastorno semejante de las polaridades religiosas (lo profano se volvió sagrado y lo sagrado profano); pero no quedó en simple inversión de valores. En el cambio gradual coexisten polaridades incongruentes. De ahí las confusiones y la desorientación.
1. No han desaparecido las polaridades arcaicas. En las tribus remotas, en el mundo campesino, en los fundamentalismos tradicionales (cristianos, islámicos, hinduistas) y en buena parte de la población moderna, persisten muchos valores arcaicos. Son, cuando menos, el fondo de contraste que los nuevos valores tratan de profanar, superar, combatir.
2. Han aparecido polaridades contrarias. Son posiciones minoritarias, vanguardistas, militantes, misioneras, que asumen la historia como progreso y tratan de acelerarla con una decidida voluntad de progreso. Cuando son fundamentalistas, satanizan los fundamentalismos tradicionales y son satanizadas por éstos.
3. Han aparecido polaridades anticontrarias: esnobismos al revés, modas retro, posmodernismos, arcaísmos y modernidades irónicas.
4. No han desaparecido las polaridades mismas (independientemente de su contenido arcaico, progresista o retro), que en sí mismas son arcaicas. La negación de la negación de la negación sigue oponiendo dos polos: el bueno y el malo, aunque el bien y el mal tomen otro lugar.
5. Han aparecido rechazos a la polaridad: terceras posiciones, relativismos, nihilismos.
Los progresos de la vida en el planeta (si aceptamos verlos como tales, aunque hay paleontólogos que rechazan la evolución como progreso) existen desde hace millones de años. Los progresos atribuibles a la creatividad humana existen desde el paleolítico y han dejado rastros arqueológicos. También rastros orales: los mitos de muchas tribus documentan que existió la conciencia prehistórica de las innovaciones, de su importancia y de sus efectos; como puede verse, por ejemplo, en James George Frazer (Myths of the origin of fire). Así también documentan la primera crítica del progreso, bajo la forma de críticas a progresos concretos; por ejemplo: la agricultura vista como expulsión de la gratuidad recolectora, pérdida de la libertad nómada y condenación al trabajo sedentario.
La visión conjunta de los progresos como Progreso: como episodios integrables a un despliegue universal de la historia sagrada, como destino manifiesto del género humano y como misión, empieza en la cristiandad del siglo XII. El Siglo de las Luces transforma esa misión en ciega voluntad de progreso y la Revolución francesa aplica la polaridad arcaica al movimiento histórico. El bien como posición (fija y arriba) se vuelve movimiento (de atrás hacia adelante y de abajo hacia arriba). La construcción del paraíso en la tierra se vuelve una lucha de los buenos contra los malos.
La nueva clasificación del bien y del mal se valió de conceptos y palabras disponibles, dándoles nuevos significados. Los conceptos de progreso, revolución y reacción fueron creados para describir movimientos y fuerzas en el mundo físico, pero el uso de las palabras correspondientes se extendió al mundo social; primero sin connotaciones morales y después cargados de moralina.
Progressus en latín era avance paso a paso. En Cicerón (siglo I a.C.) abunda el uso directo y figurado: marcha a pie, curso de los astros, adelanto en el estudio, avance de la vejez, desarrollo de las cosas (Alfred Ernout y Antoine Meillet, Dictionnaire étymologique de la langue latine). Progressio era el avance (creciente o decreciente) de una serie de magnitudes, significado que en español conserva progresión geométrica.
Volvere en latín era volver, envolver, enrollar, girar. De ahí derivan los conceptos de revolución (retorno circular al punto de partida), evolución (despliegue de lo que está enrollado) y muchos otros, por ejemplo: volumen (que fue libresco antes que geométrico: rollo que se desenrolla para leer). Cuando Copérnico escribió De revolutionibus orbium coelestium (1531) se refería a las revoluciones de los astros en sus órbitas, como hoy se habla de las revoluciones por minuto de un motor. Dos siglos después, cuando Kant vio en las teorías de Copérnico una revolución científica, ya no estaba pensando en las revoluciones orbitales.
Llamar revoluciones a los cambios políticos violentos empezó en Inglaterra, en su zarandeado siglo XVII. La visión conjunta de las revoluciones como Revolución: como episodios integrables a un despliegue universal de la historia sagrada, como destino manifiesto del género humano y como misión se debe a Marx, que fue una especie de Joaquín de Fiore del siglo XIX.
Alain Rey (“Révolution”, histoire d’un mot) y Jean Starobinski (Acción y reacción: vida y aventuras de una pareja) dan muchos ejemplos de que progrès, révolution y réaction tuvieron al principio un significado neutral: no calificativo, sino simplemente descriptivo de cambios en el mundo natural, personal y social.
El latín clásico usó la palabra actio y el prefijo re, pero nunca construyó la palabra reactio, que aparece en el latín medieval. Fue creada por San Alberto Magno (filósofo, alquimista y descubridor del arsénico en 1250) para referirse a la acción física recíproca, señalada por Aristóteles (el hierro candente sumergido en el agua la calienta, pero el agua lo enfría; el cuchillo corta, pero el material cortado lo mella; la bala sale disparada, pero da un culatazo). Hablar de reacción subraya que se trata de una acción contraria. Siglos más tarde, Isaac Newton lo diría en su tercera ley: “A cada acción corresponde una reacción opuesta igual; la acción mutua de dos cuerpos entre sí es siempre igual, en dirección contraria.” (Principios matemáticos de la filosofía natural, 1687.)
Lo cual no implica que la reacción sea buena o mala, ni siquiera cuando el concepto se traslada a la vida social. Diderot (citado por Starobinski): Las sociedades europeas “actuarán y reaccionarán unas sobre otras. En medio de esta fluctuación continua, unas se extenderán, otras se verán limitadas, otras más tal vez desaparecerán”. O sea que no veía en los vaivenes de la acción y la reacción una lucha del bien contra el mal, sino algo así como las olas que vienen y van. Incluso entre los periodistas y oradores de la Revolución francesa, el uso de la palabra réaction era al principio “totalmente neutro. Era la réplica: la acción en sentido contrario”. Igualmente, “la palabra progrès es todavía un término neutro, que se aplica tanto a lo que se perfecciona como a lo que se deteriora”: es “el incremento cuantitativo o intensivo de un fenómeno, sin exceptuar a los que son nefastos. Se habla de los progresos de un mal, de los progresos de la corrupción, etcétera”.
Según Rey, en la Revolución francesa proliferaron los diccionarios y las discusiones léxicas. Por ejemplo: se dijo que la réaction era revolucionaria: la réplica del pueblo a la opresión; y que el contraataque de la aristocracia a la révolution debía llamarse contre-révolution, no réaction. Naturalmente, los revolucionarios se descalificaban entre sí llamándose reaccionarios o contrarrevolucionarios, como todavía sucede.
Progreso, revolución y reacción fueron conceptos neutrales que dejaron de serlo, en tres etapas:
a) Inicialmente, conceptualizaban movimientos físicos y fuerzas naturales.
b) Después, se usaron para la descripción de cambios sociales, sin calificarlos.
c) Finalmente, se usaron para calificar y descalificar, clasificando en buenos y malos.
En cambio, los conceptos de izquierda y derecha fueron calificativos desde el principio, pero en términos de simbolismo espacial. La derecha es el bien, la izquierda el mal. Con la Revolución francesa, el simbolismo de las posiciones físicas se extendió al movimiento histórico y la polaridad se invirtió. Los que quieren el cambio, el progreso y la revolución son los buenos y están a la izquierda, los que se oponen son los malos y están a la derecha.
La clasificación no se limita a la aristocracia y el clero. También descalifica a los que buscan el cambio de manera incorrecta: reformistas, liberales, disidentes, fanáticos, sectarios, renegados, apóstatas, cismáticos, herejes, traidores, relapsos y otras almas vendidas al imperio del mal. El maniqueísmo de la Revolución, creyéndose el origen de una nueva era, volvió a los orígenes de la era cristiana: el odio teológico de unos creyentes contra otros, la satanización mutua de los hermanos en la fe (Elaine Pagels, The origin of Satan).
Guillotinaos los unos a los otros.
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Por: Gabriel Zaid
Con sana ironía, Gabriel Zaid demuestra el origen religioso de nuestra concepción del progreso, los daños irreparables que esta fe entraña y cómo la arbitraria división entre izquierda y derecha se ha teñido de connotaciones morales.
Hubo progresos en Mesopotamia y en Egipto, en Israel, China y la India, en el mundo maya, persa, griego, romano, cristiano e islámico. Algunos pueblos se creyeron superiores. Pero de tales sentimientos no surgió pronto ni en todas partes la conciencia de la historia como progreso. Apareció en Occidente, a fines de la Edad Media.
Hay algo inédito en la actitud de Bernardo de Chartres (siglo XII): “Somos como enanos sentados en los hombros de gigantes [los griegos], y así podemos ver mejor y más lejos [que los griegos].” En la teología de Joaquín de Fiore (siglo XII): La historia ha ido progresivamente de la dependencia servil en los tiempos del Padre, a la dependencia filial en los tiempos del Hijo, a la libertad del Espíritu Santo en estos nuevos tiempos. En la santidad de Francisco de Asís (siglo XIII), que alaba a Dios en la fraternidad del sol, la tierra, el agua, las flores y los frutos, como si estuviera en el paraíso. En la ciencia ficción del franciscano Roger Bacon (siglo XIII): “Es posible construir vehículos que se muevan con velocidad increíble y sin ayuda de bestias; es posible construir máquinas voladoras.”
El progreso es un mito cristiano que anima a construir el paraíso en la tierra. Los mitos arcaicos sitúan el paraíso (o la Edad de Oro) en un pasado remoto, suponen que lo mejor quedó atrás, no que está por venir. En los mitos mesiánicos, hay la esperanza de una liberación futura en el fin de los tiempos o en el más allá. En cambio, el mito del progreso
A. Está orientado al futuro, no al pasado.
B. Acepta (o no) un futuro absoluto (el Juicio Final, la no reencarnación, el cielo islámico); pero está orientado a los futuros próximos.
C. Acepta (o no) la liberación en el más allá, pero está orientado a la liberación aquí.
D. Supone que el progreso es gradual y acumulativo, no una transformación instantánea.
E. Acepta (o no) la providencia divina, la inspiración creadora, los azares favorables o la evolución de las especies; pero supone que el progreso se construye, que es obra humana.
El concepto de progreso implica otros: tiempo, cambio, mejor, que han sido negados. El tiempo como ilusión, el cambio como cíclico o inexistente, lo mejor como carente de significado, niegan el progreso. Pero las negaciones arcaicas o modernas son ignoradas por la fe en el progreso.
Los cristianos medievales quisieron santificarlo todo. Por ejemplo: sin negar el monasterio como lugar sagrado, ni la vida monástica como vida consagrada, Joaquín de Fiore (abad del monasterio de Fiore) anticipó que venían tiempos de vida consagrada fuera de los monasterios, en el mundo como si fuera un monasterio. Los discípulos de Francisco de Asís (un laico que nunca quiso ser monje ni sacerdote) sintieron que Joaquín había profetizado su vocación religiosa. Lutero predicó el sacerdocio de todos los creyentes. Los franciscanos vieron en el Nuevo Mundo el lugar ideal para restaurar el paraíso (Elsa Cecilia Frost, Historia de Dios en las Indias).
Construir el paraíso en la tierra parece natural y razonable en la cultura del progreso, pero es algo inédito y violento. Implica una violación fundamental de las polaridades arcaicas.
En las culturas anteriores a la cultura del progreso, hay una separación tajante entre lo sagrado y lo profano. El orden cósmico impone esa tensión que sostiene la tierra, los mares y los cielos en su lugar. En ese contexto, la construcción del paraíso en la tierra es inconcebible: una contradicción, una especie de cortocircuito entre polos opuestos. Cuando, de hecho, van apareciendo progresos (el fuego, la cocina, la agricultura), son vistos como dones del cielo. Y, si son vistos como resultado de la iniciativa humana, parecen atentados contra el orden natural, desmesura que se paga. Prometeo domestica el fuego (se lo roba, en vez de esperar a que baje del cielo como un relámpago providencial enviado por los dioses) y sufre un castigo eterno. Eva domestica las plantas (en vez de atenerse a la providencia divina de frutos silvestres) y provoca la desgracia del género humano. Arrogarse la construcción del paraíso se paga con la expulsión del paraíso.
Paradójicamente, la construcción medieval del paraíso en la tierra, queriendo sacralizarlo todo, acabó desacralizando todo. A medida que todo se consagra, ¿cómo distinguir lo sagrado de lo profano? Parecen dos caras de lo mismo. El mundo se vuelve un sacramento que, como todos los sacramentos, es (visiblemente) terrenal, pero (invisiblemente) celestial. Lo profano sacralizable va desapareciendo, porque nada parece irreductiblemente profano. Siglos después, lo profanable también irá desapareciendo, porque nada parece irreductiblemente sagrado. ¿Qué puede ser sagrado (tajantemente distinto, sobrenatural) si todo lo es?
Otra consecuencia no menos importante fue la confusión de polaridades. Por ejemplo: Transformar la naturaleza es progresista, respetarla es conservador. El movimiento ecologista (cuyo santo patrono es San Francisco) ¿es entonces reaccionario? Por ejemplo: En la tradición arcaica, la autoridad y todo lo que está arriba es sagrado y viene del cielo; lo que está abajo es inferior y torpe como la mano izquierda. La derecha es lo diestro, lo bueno, lo decente; la izquierda, lo siniestro, lo torpe, lo indecente. Pero si la izquierda llega al poder (aunque sea solamente en términos de prestigio), la derecha es lo siniestro, lo indecente, la encarnación del mal. La izquierda en el poder ¿es entonces la derecha?
Según la geofísica, el campo magnético de la tierra ha cambiado de polaridad repetidamente. Hace 780,000 años, cuando se produjo el último cambio, el polo norte estaba en la Antártida y el sur en el Ártico. Después de esa inversión de polos magnéticos, el norte y el sur están donde están (no se sabe hasta cuándo). Se pudiera pensar que el progreso ha sido un trastorno semejante de las polaridades religiosas (lo profano se volvió sagrado y lo sagrado profano); pero no quedó en simple inversión de valores. En el cambio gradual coexisten polaridades incongruentes. De ahí las confusiones y la desorientación.
1. No han desaparecido las polaridades arcaicas. En las tribus remotas, en el mundo campesino, en los fundamentalismos tradicionales (cristianos, islámicos, hinduistas) y en buena parte de la población moderna, persisten muchos valores arcaicos. Son, cuando menos, el fondo de contraste que los nuevos valores tratan de profanar, superar, combatir.
2. Han aparecido polaridades contrarias. Son posiciones minoritarias, vanguardistas, militantes, misioneras, que asumen la historia como progreso y tratan de acelerarla con una decidida voluntad de progreso. Cuando son fundamentalistas, satanizan los fundamentalismos tradicionales y son satanizadas por éstos.
3. Han aparecido polaridades anticontrarias: esnobismos al revés, modas retro, posmodernismos, arcaísmos y modernidades irónicas.
4. No han desaparecido las polaridades mismas (independientemente de su contenido arcaico, progresista o retro), que en sí mismas son arcaicas. La negación de la negación de la negación sigue oponiendo dos polos: el bueno y el malo, aunque el bien y el mal tomen otro lugar.
5. Han aparecido rechazos a la polaridad: terceras posiciones, relativismos, nihilismos.
Los progresos de la vida en el planeta (si aceptamos verlos como tales, aunque hay paleontólogos que rechazan la evolución como progreso) existen desde hace millones de años. Los progresos atribuibles a la creatividad humana existen desde el paleolítico y han dejado rastros arqueológicos. También rastros orales: los mitos de muchas tribus documentan que existió la conciencia prehistórica de las innovaciones, de su importancia y de sus efectos; como puede verse, por ejemplo, en James George Frazer (Myths of the origin of fire). Así también documentan la primera crítica del progreso, bajo la forma de críticas a progresos concretos; por ejemplo: la agricultura vista como expulsión de la gratuidad recolectora, pérdida de la libertad nómada y condenación al trabajo sedentario.
La visión conjunta de los progresos como Progreso: como episodios integrables a un despliegue universal de la historia sagrada, como destino manifiesto del género humano y como misión, empieza en la cristiandad del siglo XII. El Siglo de las Luces transforma esa misión en ciega voluntad de progreso y la Revolución francesa aplica la polaridad arcaica al movimiento histórico. El bien como posición (fija y arriba) se vuelve movimiento (de atrás hacia adelante y de abajo hacia arriba). La construcción del paraíso en la tierra se vuelve una lucha de los buenos contra los malos.
La nueva clasificación del bien y del mal se valió de conceptos y palabras disponibles, dándoles nuevos significados. Los conceptos de progreso, revolución y reacción fueron creados para describir movimientos y fuerzas en el mundo físico, pero el uso de las palabras correspondientes se extendió al mundo social; primero sin connotaciones morales y después cargados de moralina.
Progressus en latín era avance paso a paso. En Cicerón (siglo I a.C.) abunda el uso directo y figurado: marcha a pie, curso de los astros, adelanto en el estudio, avance de la vejez, desarrollo de las cosas (Alfred Ernout y Antoine Meillet, Dictionnaire étymologique de la langue latine). Progressio era el avance (creciente o decreciente) de una serie de magnitudes, significado que en español conserva progresión geométrica.
Volvere en latín era volver, envolver, enrollar, girar. De ahí derivan los conceptos de revolución (retorno circular al punto de partida), evolución (despliegue de lo que está enrollado) y muchos otros, por ejemplo: volumen (que fue libresco antes que geométrico: rollo que se desenrolla para leer). Cuando Copérnico escribió De revolutionibus orbium coelestium (1531) se refería a las revoluciones de los astros en sus órbitas, como hoy se habla de las revoluciones por minuto de un motor. Dos siglos después, cuando Kant vio en las teorías de Copérnico una revolución científica, ya no estaba pensando en las revoluciones orbitales.
Llamar revoluciones a los cambios políticos violentos empezó en Inglaterra, en su zarandeado siglo XVII. La visión conjunta de las revoluciones como Revolución: como episodios integrables a un despliegue universal de la historia sagrada, como destino manifiesto del género humano y como misión se debe a Marx, que fue una especie de Joaquín de Fiore del siglo XIX.
Alain Rey (“Révolution”, histoire d’un mot) y Jean Starobinski (Acción y reacción: vida y aventuras de una pareja) dan muchos ejemplos de que progrès, révolution y réaction tuvieron al principio un significado neutral: no calificativo, sino simplemente descriptivo de cambios en el mundo natural, personal y social.
El latín clásico usó la palabra actio y el prefijo re, pero nunca construyó la palabra reactio, que aparece en el latín medieval. Fue creada por San Alberto Magno (filósofo, alquimista y descubridor del arsénico en 1250) para referirse a la acción física recíproca, señalada por Aristóteles (el hierro candente sumergido en el agua la calienta, pero el agua lo enfría; el cuchillo corta, pero el material cortado lo mella; la bala sale disparada, pero da un culatazo). Hablar de reacción subraya que se trata de una acción contraria. Siglos más tarde, Isaac Newton lo diría en su tercera ley: “A cada acción corresponde una reacción opuesta igual; la acción mutua de dos cuerpos entre sí es siempre igual, en dirección contraria.” (Principios matemáticos de la filosofía natural, 1687.)
Lo cual no implica que la reacción sea buena o mala, ni siquiera cuando el concepto se traslada a la vida social. Diderot (citado por Starobinski): Las sociedades europeas “actuarán y reaccionarán unas sobre otras. En medio de esta fluctuación continua, unas se extenderán, otras se verán limitadas, otras más tal vez desaparecerán”. O sea que no veía en los vaivenes de la acción y la reacción una lucha del bien contra el mal, sino algo así como las olas que vienen y van. Incluso entre los periodistas y oradores de la Revolución francesa, el uso de la palabra réaction era al principio “totalmente neutro. Era la réplica: la acción en sentido contrario”. Igualmente, “la palabra progrès es todavía un término neutro, que se aplica tanto a lo que se perfecciona como a lo que se deteriora”: es “el incremento cuantitativo o intensivo de un fenómeno, sin exceptuar a los que son nefastos. Se habla de los progresos de un mal, de los progresos de la corrupción, etcétera”.
Según Rey, en la Revolución francesa proliferaron los diccionarios y las discusiones léxicas. Por ejemplo: se dijo que la réaction era revolucionaria: la réplica del pueblo a la opresión; y que el contraataque de la aristocracia a la révolution debía llamarse contre-révolution, no réaction. Naturalmente, los revolucionarios se descalificaban entre sí llamándose reaccionarios o contrarrevolucionarios, como todavía sucede.
Progreso, revolución y reacción fueron conceptos neutrales que dejaron de serlo, en tres etapas:
a) Inicialmente, conceptualizaban movimientos físicos y fuerzas naturales.
b) Después, se usaron para la descripción de cambios sociales, sin calificarlos.
c) Finalmente, se usaron para calificar y descalificar, clasificando en buenos y malos.
En cambio, los conceptos de izquierda y derecha fueron calificativos desde el principio, pero en términos de simbolismo espacial. La derecha es el bien, la izquierda el mal. Con la Revolución francesa, el simbolismo de las posiciones físicas se extendió al movimiento histórico y la polaridad se invirtió. Los que quieren el cambio, el progreso y la revolución son los buenos y están a la izquierda, los que se oponen son los malos y están a la derecha.
La clasificación no se limita a la aristocracia y el clero. También descalifica a los que buscan el cambio de manera incorrecta: reformistas, liberales, disidentes, fanáticos, sectarios, renegados, apóstatas, cismáticos, herejes, traidores, relapsos y otras almas vendidas al imperio del mal. El maniqueísmo de la Revolución, creyéndose el origen de una nueva era, volvió a los orígenes de la era cristiana: el odio teológico de unos creyentes contra otros, la satanización mutua de los hermanos en la fe (Elaine Pagels, The origin of Satan).
Guillotinaos los unos a los otros.
17/08/09: SOBRE LA PROCASTINACION
Va la reflexión de Rocio Silva Santistevan sobre el fenómeno de la Procastinación, incluyendo dentro de sus alcances a la actuación del Gobierno en el caso de Pisco. El artículo titulado como "Procastinación con p de Pisco" se publicó en el Diario La República el 16.08.2009.
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Por Rocío Silva Santisteban
No la busque en el diccionario de la RAE: la palabra que encabeza esta columna no existe según la academia. Claro, de que se usa, sin duda: es un anglicismo que algunos hispanohablantes de “habla culta” como diría Martha Hildebrandt, ergo, oficinistas, ejecutivos, secretarias, maestros universitarios y estudiantes, la usan muchas veces incluso sin entenderla. Procastinar es simplemente dejar para mañana lo que puede hacer hoy. Posponer lo importante por lo urgente, dejar para más adelante lo desagradable. Procastinar es patear para el día siguiente una acción que exige de nosotros un esfuerzo mayor que el usual.
Postergar y postergar tareas. Evadir las responsabilidades que uno debe enfrentar aplazándolas indefectiblemente. Sospecho que de alguna manera procastinar es huir.
En el último año me he convertido en una procastinadora académica. Me explico: hay algunas tareas de investigación y de dictado de talleres que estoy pateando y pateando hacia delante, como cuando alguien se encuentra una piedrita en la calle, y cree absurdamente que en algún momento meterá un gol. Sé que debo afrontarlas, pero hay algo muy adentro de mí que me paraliza y no tiene que ver con responsabilidad, miedo a la chamba u ociosidad a los cuarenta, sino con una sensación indefinible de temor a no dar la talla. ¿Ese producto terminado realmente va a reflejar todo el esfuerzo que le he puesto?
La procastinación como problema está vinculada directamente con la mala gestión del tiempo: creer que una actividad puede demorar unos 15 minutos, cuando en realidad es indispensable por lo menos una hora y media. A veces pienso que puedo escribir una ponencia durante un fin de semana cuando, en realidad, se requiere de mucho tiempo para ir madurando un tema incluyendo charlas de café, otros libros revisados de interés colateral, o conversaciones largas con amigos que nos alumbran hacia caminos escondidos. Procastinar es también dejar algo para último minuto: el pago a la SUNAT, la entrega de aquel artículo, la corrección de exámenes. A esto se le denomina el “síndrome del estudiante” que pudiendo entregar con antelación lo hace un segundo antes de que se termine el tiempo.
Pero ¿qué sucede cuando la procastinación no deviene en un acto personal sino estatal? A pesar de que los operadores del Estado sean seres humanos, las actividades en conjunto, bajo responsabilidad administrativa, no pueden ser procastinadas: no se trata de perjudicarse uno mismo por dejar las cosas a última hora, sino de permitir que por lenidad algunas personas no tengan condiciones mínimas de vida. Si la procastinación humana es un síntoma de depresión, ¿la procastinación estatal es un síntoma de corrupción?
Hace dos años que un terremoto remeció las conciencias de muchos peruanos, algunos voluntaristas se lanzaron a apoyar de inmediato y ayudaron en un primer momento. Pero pasada la urgencia, surgió lo importante: la reconstrucción de Pisco. Y esta tarea no puede estar simplemente en manos de la caridad: es un deber y una obligación del Estado. Se apostó por una gestión autoritaria y jerárquica (¿qué es un zar sino un dictador?) y lamentablemente no se obtuvo más que expectativas sin cumplir.
¿Qué hacer?, ¿en manos de quién poner la gestión y el dinero para evitar la inacción y la corrupción? No se me ocurre otra solución que ponerla en manos de las iglesias, en concreto, de la Conferencia Episcopal y al Concilio Nacional Evangélico, entre otras, y darles el apoyo imprescindible, la logística y el monitoreo para actuar rápido y de manera eficaz. Y quizás una visita del Presidente de la República sea un mínimo acto simbólico urgente.
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Por Rocío Silva Santisteban
No la busque en el diccionario de la RAE: la palabra que encabeza esta columna no existe según la academia. Claro, de que se usa, sin duda: es un anglicismo que algunos hispanohablantes de “habla culta” como diría Martha Hildebrandt, ergo, oficinistas, ejecutivos, secretarias, maestros universitarios y estudiantes, la usan muchas veces incluso sin entenderla. Procastinar es simplemente dejar para mañana lo que puede hacer hoy. Posponer lo importante por lo urgente, dejar para más adelante lo desagradable. Procastinar es patear para el día siguiente una acción que exige de nosotros un esfuerzo mayor que el usual.
Postergar y postergar tareas. Evadir las responsabilidades que uno debe enfrentar aplazándolas indefectiblemente. Sospecho que de alguna manera procastinar es huir.
En el último año me he convertido en una procastinadora académica. Me explico: hay algunas tareas de investigación y de dictado de talleres que estoy pateando y pateando hacia delante, como cuando alguien se encuentra una piedrita en la calle, y cree absurdamente que en algún momento meterá un gol. Sé que debo afrontarlas, pero hay algo muy adentro de mí que me paraliza y no tiene que ver con responsabilidad, miedo a la chamba u ociosidad a los cuarenta, sino con una sensación indefinible de temor a no dar la talla. ¿Ese producto terminado realmente va a reflejar todo el esfuerzo que le he puesto?
La procastinación como problema está vinculada directamente con la mala gestión del tiempo: creer que una actividad puede demorar unos 15 minutos, cuando en realidad es indispensable por lo menos una hora y media. A veces pienso que puedo escribir una ponencia durante un fin de semana cuando, en realidad, se requiere de mucho tiempo para ir madurando un tema incluyendo charlas de café, otros libros revisados de interés colateral, o conversaciones largas con amigos que nos alumbran hacia caminos escondidos. Procastinar es también dejar algo para último minuto: el pago a la SUNAT, la entrega de aquel artículo, la corrección de exámenes. A esto se le denomina el “síndrome del estudiante” que pudiendo entregar con antelación lo hace un segundo antes de que se termine el tiempo.
Pero ¿qué sucede cuando la procastinación no deviene en un acto personal sino estatal? A pesar de que los operadores del Estado sean seres humanos, las actividades en conjunto, bajo responsabilidad administrativa, no pueden ser procastinadas: no se trata de perjudicarse uno mismo por dejar las cosas a última hora, sino de permitir que por lenidad algunas personas no tengan condiciones mínimas de vida. Si la procastinación humana es un síntoma de depresión, ¿la procastinación estatal es un síntoma de corrupción?
Hace dos años que un terremoto remeció las conciencias de muchos peruanos, algunos voluntaristas se lanzaron a apoyar de inmediato y ayudaron en un primer momento. Pero pasada la urgencia, surgió lo importante: la reconstrucción de Pisco. Y esta tarea no puede estar simplemente en manos de la caridad: es un deber y una obligación del Estado. Se apostó por una gestión autoritaria y jerárquica (¿qué es un zar sino un dictador?) y lamentablemente no se obtuvo más que expectativas sin cumplir.
¿Qué hacer?, ¿en manos de quién poner la gestión y el dinero para evitar la inacción y la corrupción? No se me ocurre otra solución que ponerla en manos de las iglesias, en concreto, de la Conferencia Episcopal y al Concilio Nacional Evangélico, entre otras, y darles el apoyo imprescindible, la logística y el monitoreo para actuar rápido y de manera eficaz. Y quizás una visita del Presidente de la República sea un mínimo acto simbólico urgente.
16/08/09: DESTRUYENDO FUTURO EN EL PERÚ
A continuación la reflexión de Jorge Bruce aparecida en el Diario La Republica el domingo 16.08.2009 respecto a un reciente hecho de horror: la violación de una ciudadana chilena en Tacna.
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Por: Jorge Bruce
Una joven chilena, residente en Arica, fue a Tacna de compras para un baby shower. De vuelta a su tierra, tomó un taxi, sin imaginar en lo que acabaría su tarde de ilusiones maternas. Si tienen el estómago, ingresen a YouTube o a RPP noticias y vean el relato de cómo subieron dos sujetos en una esquina al vehículo, la golpearon, robaron y violaron, con la complicidad del conductor. La chica sale de espaldas para proteger su identidad, pero sus sollozos no requieren rostro: son los de cualquier mujer víctima de la violencia sexual. Al fondo del encuadre, en la ciudad de Tacna, se ve un cartel que reza: “Construyendo futuro”.
Involuntaria ironía del camarógrafo, pues esta atrocidad no solo aniquila la vida de esta persona, quien dice en el video: “Me han matado como mujer, me han matado como mamá”. Como es obvio, al igual que los asaltos del Amazonas, estos crímenes desgarran el tejido social peruano y atentan salvajemente no solo contra la vida de esta joven sino contra la economía de los tacneños, quienes se benefician del comercio con los vecinos del otro lado de la frontera.
Así, cuando los reporteros peruanos le preguntan qué recomienda a las chilenas, responde que no vayan solas al Perú, pero luego agrega, ya no como reflexión sino como grito de angustia: “¡Que no vayan pa’llá! ¡Que no vayan pa’llá!”. No se puede ser más clara.
Y es que a ella no solo le robaron su celebración: le expropiaron su porvenir, junto con el de una cantidad incalculable de tacneños. En términos de psicopatía y actos antisociales, este delito tiene una resonancia análoga a la de un atentado terrorista. Violaciones hay en todas partes. Lo que hace la diferencia es la seguridad que brinda la policía y la eficiencia de la Justicia. Mientras las nuestras sigan tan corruptas y abandonadas, y los discursos de las autoridades continúen encubriendo la realidad a golpe de reglamentos draconianos y declaraciones efectistas, los baby showers o las excursiones soñadas podrán terminar en siniestras pesadillas. Y quedar impunes.
Una vez más, quien dio la cara por Tacna y por el Perú fue una persona solidaria y compasiva. Su nombre es Catherine, según narra la hermana de la joven violada. Ella la encontró en un descampado, en shock. Logró convencerla de que acepte su ayuda –no quería que nadie se le acerque– y no la dejó hasta el día siguiente, cuando la habían atendido. “Quiero verla”, dice la hermana, “para darle las gracias”. La verdad es que el agradecimiento se lo debemos todos, peruanos y chilenos, por rescatar un destello de luz humana en ese páramo desolado que representa, con seca elocuencia, vastos territorios de nuestra convivencia, adonde los alardes triunfalistas de nuestras autoridades llegan como ecos vacíos y sarcásticos. Negación y corrupción hacen un soberbio maridaje.
Estas violaciones no solo son culpa de unos cobardes desalmados. La corrupción impide levantar casas para los desamparados del Sur chico, así como hospitales y escuelas. Pero como los terremotos, destroza existencias, al bloquear interesadamente la reforma de la policía y el Poder Judicial. En suma, destruye futuro. No combatirla es el peor crimen.
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Por: Jorge Bruce
Una joven chilena, residente en Arica, fue a Tacna de compras para un baby shower. De vuelta a su tierra, tomó un taxi, sin imaginar en lo que acabaría su tarde de ilusiones maternas. Si tienen el estómago, ingresen a YouTube o a RPP noticias y vean el relato de cómo subieron dos sujetos en una esquina al vehículo, la golpearon, robaron y violaron, con la complicidad del conductor. La chica sale de espaldas para proteger su identidad, pero sus sollozos no requieren rostro: son los de cualquier mujer víctima de la violencia sexual. Al fondo del encuadre, en la ciudad de Tacna, se ve un cartel que reza: “Construyendo futuro”.
Involuntaria ironía del camarógrafo, pues esta atrocidad no solo aniquila la vida de esta persona, quien dice en el video: “Me han matado como mujer, me han matado como mamá”. Como es obvio, al igual que los asaltos del Amazonas, estos crímenes desgarran el tejido social peruano y atentan salvajemente no solo contra la vida de esta joven sino contra la economía de los tacneños, quienes se benefician del comercio con los vecinos del otro lado de la frontera.
Así, cuando los reporteros peruanos le preguntan qué recomienda a las chilenas, responde que no vayan solas al Perú, pero luego agrega, ya no como reflexión sino como grito de angustia: “¡Que no vayan pa’llá! ¡Que no vayan pa’llá!”. No se puede ser más clara.
Y es que a ella no solo le robaron su celebración: le expropiaron su porvenir, junto con el de una cantidad incalculable de tacneños. En términos de psicopatía y actos antisociales, este delito tiene una resonancia análoga a la de un atentado terrorista. Violaciones hay en todas partes. Lo que hace la diferencia es la seguridad que brinda la policía y la eficiencia de la Justicia. Mientras las nuestras sigan tan corruptas y abandonadas, y los discursos de las autoridades continúen encubriendo la realidad a golpe de reglamentos draconianos y declaraciones efectistas, los baby showers o las excursiones soñadas podrán terminar en siniestras pesadillas. Y quedar impunes.
Una vez más, quien dio la cara por Tacna y por el Perú fue una persona solidaria y compasiva. Su nombre es Catherine, según narra la hermana de la joven violada. Ella la encontró en un descampado, en shock. Logró convencerla de que acepte su ayuda –no quería que nadie se le acerque– y no la dejó hasta el día siguiente, cuando la habían atendido. “Quiero verla”, dice la hermana, “para darle las gracias”. La verdad es que el agradecimiento se lo debemos todos, peruanos y chilenos, por rescatar un destello de luz humana en ese páramo desolado que representa, con seca elocuencia, vastos territorios de nuestra convivencia, adonde los alardes triunfalistas de nuestras autoridades llegan como ecos vacíos y sarcásticos. Negación y corrupción hacen un soberbio maridaje.
Estas violaciones no solo son culpa de unos cobardes desalmados. La corrupción impide levantar casas para los desamparados del Sur chico, así como hospitales y escuelas. Pero como los terremotos, destroza existencias, al bloquear interesadamente la reforma de la policía y el Poder Judicial. En suma, destruye futuro. No combatirla es el peor crimen.
A continuación presentamos un interesante artículo de José Antonio Alonso, publicado en la siempre reconocida REVISTA DE OCCIDENTE N° 335, abril de 2009 sobre la relación entre el fenomeno de la cultura y el desarrollo, como concepción de mayor liberación humana.
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Por: José Antonio Alonso
En los últimos años se ha producido una profunda reconsideración en el papel que la cultura tiene en los procesos de desarrollo.
Se asume que es difícil que una sociedad mire con confianza el futuro y gane espacios de autonomía (no otra cosa es el desarrollo) si no se le permite definir, con cierto grado de libertad, aquellos elementos de identidad a los que asocia su imagen colectiva.
La libertad cultural se conforma, por tanto, como una de las dimensiones sustantivas del desarrollo. Al tiempo que se producía este cambio, se acometía una alteración de similar entidad en la forma en que los especialistas del desarrollo entendían el fenómeno cultural. Dejaba de considerarse la cultura como un agregado de actividades selectas, aunque superfluas, para entenderla como un componente esencial en el modo de estar en el mundo de personas y colectivos sociales. Este doble cambio ha generado un nuevo espacio de encuentro entre ideas y especialistas que ha ayudado a en-riquecer el discurso sobre el cambio social. A analizar estos aspectos se dedicarán las páginas que siguen.
Antes ha de llamarse la atención sobre la oportunidad de la reflexión a la que se alude. En primer lugar, por la virulencia con la que en ciertos colectivos se manifiesta la tendencia a remitir su dinámica reivindicativa a elementos de identidad. El proceso de globalización ha puesto en marcha poderosas fuerzas homogeneizadoras
en lo cultural, que han sido amplificadas por el mercado, pero ha alentado también la búsqueda y exhibición de aquellos elementos de identidad que singularizan los grupos humanos.
Frente al desafío de los espacios diáfanos y crecientemente uniformes del mercado global, la exaltación de lo propio, la revitalización de los lazos más cercanos de adherencia sobre los que se constituyen las sociedades. La cultura como elemento de unidad y de segregación: de unidad de los propios, de diferencia respecto a los otros.
En segundo lugar, la oportunidad deriva de la escalada de posiciones que la cultura ha vivido en la agenda de gobierno de los países,incluidos aquellos desarrollados que se suponían culturalmente homogéneos.
La globalización ha hecho que para estos países la gestión de la diversidad cultural haya transitado desde un apartado menor de su diplomacia al centro mismo de su política doméstica.
Una mutación que ha venido impulsada por la inmigración, intensificada en estos últimos años, que ha llevado la heterogeneidad cultural (y, en ocasiones, étnica) al centro mismo de las sociedades acomodadas.
Ahora bien, si hay elementos de oportunidad para esta reflexión, también existen motivos de perplejidad en las formas en las que se presenta en la actualidad el debate sobre los referentes culturales.
La base de esa perplejidad ya fue adelantada: el rebrote amplificado de las señas de identidad en un mundo crecientemente abierto e integrado. La sorprendente aparición de movimientos culturales fundamentalistas, irredentos y secesionistas en un mundo regido por un movimiento imparable de gentes que cruzan fronteras, de ideas e imágenes que transitan de forma irresistible, dando lugar a sociedades con signos inequívocos y plurales de hibridación.
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Por: José Antonio Alonso
En los últimos años se ha producido una profunda reconsideración en el papel que la cultura tiene en los procesos de desarrollo.
Se asume que es difícil que una sociedad mire con confianza el futuro y gane espacios de autonomía (no otra cosa es el desarrollo) si no se le permite definir, con cierto grado de libertad, aquellos elementos de identidad a los que asocia su imagen colectiva.
La libertad cultural se conforma, por tanto, como una de las dimensiones sustantivas del desarrollo. Al tiempo que se producía este cambio, se acometía una alteración de similar entidad en la forma en que los especialistas del desarrollo entendían el fenómeno cultural. Dejaba de considerarse la cultura como un agregado de actividades selectas, aunque superfluas, para entenderla como un componente esencial en el modo de estar en el mundo de personas y colectivos sociales. Este doble cambio ha generado un nuevo espacio de encuentro entre ideas y especialistas que ha ayudado a en-riquecer el discurso sobre el cambio social. A analizar estos aspectos se dedicarán las páginas que siguen.
Antes ha de llamarse la atención sobre la oportunidad de la reflexión a la que se alude. En primer lugar, por la virulencia con la que en ciertos colectivos se manifiesta la tendencia a remitir su dinámica reivindicativa a elementos de identidad. El proceso de globalización ha puesto en marcha poderosas fuerzas homogeneizadoras
en lo cultural, que han sido amplificadas por el mercado, pero ha alentado también la búsqueda y exhibición de aquellos elementos de identidad que singularizan los grupos humanos.
Frente al desafío de los espacios diáfanos y crecientemente uniformes del mercado global, la exaltación de lo propio, la revitalización de los lazos más cercanos de adherencia sobre los que se constituyen las sociedades. La cultura como elemento de unidad y de segregación: de unidad de los propios, de diferencia respecto a los otros.
En segundo lugar, la oportunidad deriva de la escalada de posiciones que la cultura ha vivido en la agenda de gobierno de los países,incluidos aquellos desarrollados que se suponían culturalmente homogéneos.
La globalización ha hecho que para estos países la gestión de la diversidad cultural haya transitado desde un apartado menor de su diplomacia al centro mismo de su política doméstica.
Una mutación que ha venido impulsada por la inmigración, intensificada en estos últimos años, que ha llevado la heterogeneidad cultural (y, en ocasiones, étnica) al centro mismo de las sociedades acomodadas.
Ahora bien, si hay elementos de oportunidad para esta reflexión, también existen motivos de perplejidad en las formas en las que se presenta en la actualidad el debate sobre los referentes culturales.
La base de esa perplejidad ya fue adelantada: el rebrote amplificado de las señas de identidad en un mundo crecientemente abierto e integrado. La sorprendente aparición de movimientos culturales fundamentalistas, irredentos y secesionistas en un mundo regido por un movimiento imparable de gentes que cruzan fronteras, de ideas e imágenes que transitan de forma irresistible, dando lugar a sociedades con signos inequívocos y plurales de hibridación.
Va una reflexión que preparamos y que se publicó en el Diario El Peruano el viernes 7 de agosto de 2009.
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Por: Luis Durán Rojo
Abogado.
Director de Análisis Tributario (Aele).
Profesor de Derecho en la PUCP.
El 25 de junio pasado falleció Luis Aparicio Valdez, reconocido jurista y profesor universitario que tuvo una notable relevancia en el mundo del Derecho, en general, y del Derecho tributario, en especial.
Fue un hombre justo y sabio, siempre antepuso a cualquier legítimo interés individual los de nuestro país. Amaba al Perú, reconocía la riqueza de su pasado y presente, y sabía que el futuro, una vez que nuestra joven república cuajara, sería de bienestar y concordia para todos.
Le dolía mucho el doblez, la imprecisión, la impuntualidad y la falta de compromiso. Creía que el honor y la verdad eran parte de la clave cultural que el país necesitaba para apuntalar al crecimiento y el desarrollo social. Tenía fe, como nadie, en el diálogo como instrumento para superar las divergencias y los conflictos.
El doctor Aparicio tuvo un importante rol en materia tributaria, especialmente por haber fundado y sido el primer director de la revista Análisis Tributario, editada por Aele, que desde el año 1988 contribuye al país con reflexiones sobre la política fiscal, el Derecho tributario y la contabilidad.
Su aporte conceptual se plasmó con gran lucidez, y por muchos años, en las páginas de esa publicación, especialmente respecto a tres aspectos de la dinámica tributaria.
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Por: Luis Durán Rojo
Abogado.
Director de Análisis Tributario (Aele).
Profesor de Derecho en la PUCP.
El 25 de junio pasado falleció Luis Aparicio Valdez, reconocido jurista y profesor universitario que tuvo una notable relevancia en el mundo del Derecho, en general, y del Derecho tributario, en especial.
Fue un hombre justo y sabio, siempre antepuso a cualquier legítimo interés individual los de nuestro país. Amaba al Perú, reconocía la riqueza de su pasado y presente, y sabía que el futuro, una vez que nuestra joven república cuajara, sería de bienestar y concordia para todos.
Le dolía mucho el doblez, la imprecisión, la impuntualidad y la falta de compromiso. Creía que el honor y la verdad eran parte de la clave cultural que el país necesitaba para apuntalar al crecimiento y el desarrollo social. Tenía fe, como nadie, en el diálogo como instrumento para superar las divergencias y los conflictos.
El doctor Aparicio tuvo un importante rol en materia tributaria, especialmente por haber fundado y sido el primer director de la revista Análisis Tributario, editada por Aele, que desde el año 1988 contribuye al país con reflexiones sobre la política fiscal, el Derecho tributario y la contabilidad.
Su aporte conceptual se plasmó con gran lucidez, y por muchos años, en las páginas de esa publicación, especialmente respecto a tres aspectos de la dinámica tributaria.
12/08/09: EL PODER SIMBÓLICO DE BARACK OBAMA
A continuación un interesante artículo de Enrique Gil Calvo, profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, aparecido el 11.08.2009 en el diario español EL PAIS.
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Por: Enrique Gil Calvo
El cambio de ciclo político global que significó la llegada del primer presidente negro a la Casa Blanca ha impuesto también un giro copernicano en la manera de ejercer el poder hegemónico de Estados Unidos a escala planetaria. Si utilizamos la convencional distinción entre poder duro y poder blando que popularizó Joseph Nye, está claro que semejante inversión en la metodología imperial ha supuesto pasar del uso preponderante que hacía George W. Bush de la amenaza militar, como principal palanca para vencer toda posible resistencia doblegando la voluntad de propios y extraños, a un uso secundario aunque no por eso menos significativo de la misma por parte de Barack Obama, quien confía ante todo en la fuerza de la palabra para conseguir sus objetivos políticos convenciendo a los demás de la conveniencia de sus designios.
Obama deja traslucir en cambio un mensaje inequívoco de sincera y auténtica veracidad
Y para reflejar el contraste entre ambas estrategias de dominación, nada mejor que comparar dos concretas demostraciones de poder que manifiestan su opuesta forma de concebirlo y ejercerlo. Por parte de Bush, su tour de force ocurrió el 1 de mayo de 2003, cuando se escenificó su desembarco, con una cazadora de piloto de combate rotulada con el rango de "Comandante en Jefe", a bordo del cazabombardero Navy One en la cubierta del portaviones Abraham Lincoln bajo un estandarte con la leyenda "Misión cumplida". Ostentación de poderío militar en estado puro, como exaltación de gloria bajo un virtual arco del triunfo tras el fin del paseo militar que supuso el bombardeo, invasión y ocupación de Irak. Y por parte de Obama, su equiparable pero contrapuesta demostración de fuerza tuvo lugar el pasado 4 de junio, cuando pronunció su celebre discurso en la Universidad Islámica de El Azahar en El Cairo, frente a un público de estudiantes, académicos y autoridades, ante los que manifestó su voluntad de reconocer al Islam y de contener a Israel. Un discurso sobre el que habrá de volver una y otra vez.
No obstante, si hilamos algo más fino, advertiremos que este contraste entre el halcón y la paloma, entre el poder duro y el light, es más aparente que real. Es verdad que resulta impensable por parte de Obama un abuso de poder imperial como el Anschluss de Irak arbitrariamente decidido por Bush (pero ahí está su refuerzo de la ocupación de Afganistán, que puede suponer para él lo que representó Vietnam para Kennedy y Johnson). Ahora bien, al decir que conviene matizar no me refiero al poder duro, que siempre será esgrimido por un presidente estadounidense aunque sea de forma tan discreta como lo hace Obama, sino al soft power, que no es en absoluto inofensivo, irrelevante o light.
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Por: Enrique Gil Calvo
El cambio de ciclo político global que significó la llegada del primer presidente negro a la Casa Blanca ha impuesto también un giro copernicano en la manera de ejercer el poder hegemónico de Estados Unidos a escala planetaria. Si utilizamos la convencional distinción entre poder duro y poder blando que popularizó Joseph Nye, está claro que semejante inversión en la metodología imperial ha supuesto pasar del uso preponderante que hacía George W. Bush de la amenaza militar, como principal palanca para vencer toda posible resistencia doblegando la voluntad de propios y extraños, a un uso secundario aunque no por eso menos significativo de la misma por parte de Barack Obama, quien confía ante todo en la fuerza de la palabra para conseguir sus objetivos políticos convenciendo a los demás de la conveniencia de sus designios.
Obama deja traslucir en cambio un mensaje inequívoco de sincera y auténtica veracidad
Y para reflejar el contraste entre ambas estrategias de dominación, nada mejor que comparar dos concretas demostraciones de poder que manifiestan su opuesta forma de concebirlo y ejercerlo. Por parte de Bush, su tour de force ocurrió el 1 de mayo de 2003, cuando se escenificó su desembarco, con una cazadora de piloto de combate rotulada con el rango de "Comandante en Jefe", a bordo del cazabombardero Navy One en la cubierta del portaviones Abraham Lincoln bajo un estandarte con la leyenda "Misión cumplida". Ostentación de poderío militar en estado puro, como exaltación de gloria bajo un virtual arco del triunfo tras el fin del paseo militar que supuso el bombardeo, invasión y ocupación de Irak. Y por parte de Obama, su equiparable pero contrapuesta demostración de fuerza tuvo lugar el pasado 4 de junio, cuando pronunció su celebre discurso en la Universidad Islámica de El Azahar en El Cairo, frente a un público de estudiantes, académicos y autoridades, ante los que manifestó su voluntad de reconocer al Islam y de contener a Israel. Un discurso sobre el que habrá de volver una y otra vez.
No obstante, si hilamos algo más fino, advertiremos que este contraste entre el halcón y la paloma, entre el poder duro y el light, es más aparente que real. Es verdad que resulta impensable por parte de Obama un abuso de poder imperial como el Anschluss de Irak arbitrariamente decidido por Bush (pero ahí está su refuerzo de la ocupación de Afganistán, que puede suponer para él lo que representó Vietnam para Kennedy y Johnson). Ahora bien, al decir que conviene matizar no me refiero al poder duro, que siempre será esgrimido por un presidente estadounidense aunque sea de forma tan discreta como lo hace Obama, sino al soft power, que no es en absoluto inofensivo, irrelevante o light.
Blogeros:
DAA A MI PAÍS es una extraordinaria canción de Luis Enrique Ascoy que cantabamos muchos jovenes católicos durante los años noventas, cuando el futuro del país se veía tan nublado. Ahora, en el 2009 la canción puede tener otro caríz, pero mantiene la misma idea de un país maravilloso donde los ciudadanos salimos adelante y no nos doblegamos.
Disfrutenla y sobretodo hagan que sus vidas sean cada vez más honrosas con nuestro querido Perú.
DAA A MI PAÍS es una extraordinaria canción de Luis Enrique Ascoy que cantabamos muchos jovenes católicos durante los años noventas, cuando el futuro del país se veía tan nublado. Ahora, en el 2009 la canción puede tener otro caríz, pero mantiene la misma idea de un país maravilloso donde los ciudadanos salimos adelante y no nos doblegamos.
Disfrutenla y sobretodo hagan que sus vidas sean cada vez más honrosas con nuestro querido Perú.
Van unas importantes reflexiones de Wilfredo Ardito sobre el habla que usamos los peruanos para relacionarnos con otras personas.
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Por: Wilfredo Ardito Vega
-¡Amiga! –llamó mi colega inglés a la señora que atendía- ¿Puedes traer mostaza?
Yo sonreí, me contuve y al final me decidí a comentar:
-Se acaba de confirmar que en el Perú has parado sobre todo con sectores C y D.
-¿Cómo sabes?
Yo le expliqué que en los sectores A y B no es tan común llamar “amigo” a un mozo, pues implicaría establecer una relación horizontal o cercana, con alguien percibido como socialmente inferior. En el sector E tampoco es frecuente, porque nunca comen en restaurantes.
“Amigo” se emplea mucho en sectores populares limeños para dirigirse a un desconocido que por su juventud no merece el trato de “señor” y por su extracción social no merece el trato de “joven”. En algunas ciudades, se emplea prácticamente por todos los estratos sociales, acompañado de tú o de usted.
Si se dirige a una persona equivocada, esta palabra puede generar disgusto:
-¡Yo no soy tu amiga! –le respondió con frialdad una universitaria que conozco a una vendedora de Gamarra, que había osado espetar el consabido: “-¿Qué te ofrezco, amiga?”
Para personas como esta amiga mía, parte del encanto de Wong o Vivanda es que ningún empleado “igualado” emplea las expresiones usuales en los mercados: “amigo”, “casero”, “seño” o “señito”. En esos supermercados, los empleados se limitan a decir “señor”, “señorita” o “señora” o simplemente guardan silencio, como se espera de una sumisa trabajadora del hogar. Sólo cuando una verdadera trabajadora del hogar aparece en la sección carnes o embutidos, puede volverse a escuchar, pero despacio “-¿Qué te despacho, amiga?”.
Mientras amigo implica horizontalidad, joven revela la existencia de una relación jerárquica. Se trata de un término respetuoso (siempre acompañado por usted) dirigido a un varón no casado que tiene cierto poder (como una versión femenina de “señorita”). Por eso, las empleadas del hogar llamarán así al hijo de la familia donde trabajan, aunque sea mucho mayor que ellas (o les doble la edad, como sucede en mi caso). Sin embargo, también alguien que se considera en una situación social superior puede decir joven, como algunas mujeres de sectores altos y medios cuando al dirigirse a un mozo o un taxista.
Mientas joven es una palabra usada predominantemente por mujeres, entre varones existen diversas palabras (compadre, pata, socio, ‘on, flaco, broder, causa, cuñado, etc), que trascienden estratos sociales, carecen de connotación jerárquica y se usan entre conocidos o desconocidos, desde el emotivo“¡Tú eres mi pata!” hasta el indiferente: “Pregúntale al pata que atiende”. Maestro es la palabra que puede introducir una distancia, porque se usa con usted y la emplean las mujeres hacia un gasfitero o un electricista. Entre hombres, también suele tener un tono de falsa solemnidad.
A cierta edad, aparece el término hijito/a, normalmente para dirigirse a una persona más joven de condición social inferior. Lleva implícito el tuteo y suele encubrir un reproche: “¡Apúrate, hijita!”, aunque una señora más coloquial le dirá a su jardinero eficiente: “¡Te pasaste, hijito!”.
Los términos pueden cambiar con el tiempo. Por ejemplo, actualmente, sólo personas mayores llamarían “niña” a la cajera de una tienda. Otro cambio lo he visto en la última década en mi Universidad, donde los profesores hemos pasado de ser llamados “doctor” (tengamos o no Doctorado) a “profe” o, en el mejor de los casos “pro’sor” (aunque siempre de usted). Ahora sólo las secretarias y el personal de limpieza usan el “doctor”. En otra universidad, que prefiero no mencionar, algunas docentes se angustian al ser llamadas “Miss” por alumnos de colegios que tampoco quiero mencionar.
Últimamente algunos que pretenden ser progresistas llaman cholo a sus amigos (con el argumento que “todos los peruanos somos cholos”). Otros, más osados, recrean términos llamando a sus patas chicho o bróster.
En la vida cotidiana, uno puede pasar de ser señor a choche o de doctor a hijito en dos minutos, dependiendo de con quién esté alternando. A veces se produce en la misma persona un cambio abrupto, como sucede cuando un taxista empieza tuteándome y luego, por algo que dije (o por dejar propina) pasa al “señor”. Ocurre también a la manera inversa.
El problema con las expresiones coloquiales y el tuteo, es que muchas veces quien habla así con un desconocido pretende que le contesten de usted, estableciendo una relación vertical. Por eso yo prefiero decir “señor” y, cuando siento confianza con alguien como para tutearle, intento saber su nombre, sean alumnos, taxistas o colegas de la piscina. Por eso también, en la sierra, me resisto a mamita, papá o papacito lindo porque los siento como demasiado ambiguos, que se emplean tanto para señalar la superioridad o la inferioridad de una persona.
En una sociedad tan jerarquizada y discriminadora como la nuestra, aún las expresiones aparentemente horizontales pueden encubrir relaciones de poder.
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Por: Wilfredo Ardito Vega
-¡Amiga! –llamó mi colega inglés a la señora que atendía- ¿Puedes traer mostaza?
Yo sonreí, me contuve y al final me decidí a comentar:
-Se acaba de confirmar que en el Perú has parado sobre todo con sectores C y D.
-¿Cómo sabes?
Yo le expliqué que en los sectores A y B no es tan común llamar “amigo” a un mozo, pues implicaría establecer una relación horizontal o cercana, con alguien percibido como socialmente inferior. En el sector E tampoco es frecuente, porque nunca comen en restaurantes.
“Amigo” se emplea mucho en sectores populares limeños para dirigirse a un desconocido que por su juventud no merece el trato de “señor” y por su extracción social no merece el trato de “joven”. En algunas ciudades, se emplea prácticamente por todos los estratos sociales, acompañado de tú o de usted.
Si se dirige a una persona equivocada, esta palabra puede generar disgusto:
-¡Yo no soy tu amiga! –le respondió con frialdad una universitaria que conozco a una vendedora de Gamarra, que había osado espetar el consabido: “-¿Qué te ofrezco, amiga?”
Para personas como esta amiga mía, parte del encanto de Wong o Vivanda es que ningún empleado “igualado” emplea las expresiones usuales en los mercados: “amigo”, “casero”, “seño” o “señito”. En esos supermercados, los empleados se limitan a decir “señor”, “señorita” o “señora” o simplemente guardan silencio, como se espera de una sumisa trabajadora del hogar. Sólo cuando una verdadera trabajadora del hogar aparece en la sección carnes o embutidos, puede volverse a escuchar, pero despacio “-¿Qué te despacho, amiga?”.
Mientras amigo implica horizontalidad, joven revela la existencia de una relación jerárquica. Se trata de un término respetuoso (siempre acompañado por usted) dirigido a un varón no casado que tiene cierto poder (como una versión femenina de “señorita”). Por eso, las empleadas del hogar llamarán así al hijo de la familia donde trabajan, aunque sea mucho mayor que ellas (o les doble la edad, como sucede en mi caso). Sin embargo, también alguien que se considera en una situación social superior puede decir joven, como algunas mujeres de sectores altos y medios cuando al dirigirse a un mozo o un taxista.
Mientas joven es una palabra usada predominantemente por mujeres, entre varones existen diversas palabras (compadre, pata, socio, ‘on, flaco, broder, causa, cuñado, etc), que trascienden estratos sociales, carecen de connotación jerárquica y se usan entre conocidos o desconocidos, desde el emotivo“¡Tú eres mi pata!” hasta el indiferente: “Pregúntale al pata que atiende”. Maestro es la palabra que puede introducir una distancia, porque se usa con usted y la emplean las mujeres hacia un gasfitero o un electricista. Entre hombres, también suele tener un tono de falsa solemnidad.
A cierta edad, aparece el término hijito/a, normalmente para dirigirse a una persona más joven de condición social inferior. Lleva implícito el tuteo y suele encubrir un reproche: “¡Apúrate, hijita!”, aunque una señora más coloquial le dirá a su jardinero eficiente: “¡Te pasaste, hijito!”.
Los términos pueden cambiar con el tiempo. Por ejemplo, actualmente, sólo personas mayores llamarían “niña” a la cajera de una tienda. Otro cambio lo he visto en la última década en mi Universidad, donde los profesores hemos pasado de ser llamados “doctor” (tengamos o no Doctorado) a “profe” o, en el mejor de los casos “pro’sor” (aunque siempre de usted). Ahora sólo las secretarias y el personal de limpieza usan el “doctor”. En otra universidad, que prefiero no mencionar, algunas docentes se angustian al ser llamadas “Miss” por alumnos de colegios que tampoco quiero mencionar.
Últimamente algunos que pretenden ser progresistas llaman cholo a sus amigos (con el argumento que “todos los peruanos somos cholos”). Otros, más osados, recrean términos llamando a sus patas chicho o bróster.
En la vida cotidiana, uno puede pasar de ser señor a choche o de doctor a hijito en dos minutos, dependiendo de con quién esté alternando. A veces se produce en la misma persona un cambio abrupto, como sucede cuando un taxista empieza tuteándome y luego, por algo que dije (o por dejar propina) pasa al “señor”. Ocurre también a la manera inversa.
El problema con las expresiones coloquiales y el tuteo, es que muchas veces quien habla así con un desconocido pretende que le contesten de usted, estableciendo una relación vertical. Por eso yo prefiero decir “señor” y, cuando siento confianza con alguien como para tutearle, intento saber su nombre, sean alumnos, taxistas o colegas de la piscina. Por eso también, en la sierra, me resisto a mamita, papá o papacito lindo porque los siento como demasiado ambiguos, que se emplean tanto para señalar la superioridad o la inferioridad de una persona.
En una sociedad tan jerarquizada y discriminadora como la nuestra, aún las expresiones aparentemente horizontales pueden encubrir relaciones de poder.






