04/10/07: El Comercio le acaba de dar una "chiquita" a García (es demasiado evidente que no sabe gobernar)
García necesita un secretario de altas prioridades. El expectante crecimiento económico del Perú tiene el peor de los abismos: la deficiente gestión estatal
Por Juan Paredes Castro (El Comercio)
Cuando hace un año escuchamos decir al presidente Alan García que su gran objetivo era llevar al Perú a la cabeza de Sudamérica, inmediatamente pensamos que sabría manejar una rigurosa agenda de prioridades.
Esta agenda, con un horizonte tan claro como ese, tendría además que descansar sobre dos ejes: el de la Jefatura de Estado, para mirar sin equívocos el mediano y largo plazos, y la jefatura de Gobierno, para ocuparse competentemente del día a día administrativo, cosa que, en cierta medida, suele hacer el primer ministro Jorge del Castillo.
Si bien García le ha abierto esta cancha libre a su principal colaborador en el gabinete, lo que no se hubiera atrevido a hacer Alejandro Toledo con ninguno de sus primeros ministros, hay un punto muerto en la gestión presidencial que tiene que ver con la ausencia de una tabla de prioridades de emprendimiento.
El Gobierno se ha caracterizado por reaccionar rápidamente a algunas crisis, vacíos y conflictos, pero no ha asumido enteramente en sus manos y con la fuerza suficiente algunos cambios fundamentales en la administración estatal, comenzando por darle a esta un sentido gerencial por resultados, extirpando los nidos de corrupción acumulados en años e inyectando sangre y energías nuevas en cuadros técnicos modernos muy bien remunerados.
Su llamado a la austeridad, que debió limitarse a la supresión del derroche y el boato en las arcas fiscales, terminó por poner barreras salariales terribles en la administración pública, que empujaron fuera a una pléyade de valiosos profesionales y expertos. Inclusive, ello se extendió a alcaldes distritales y provinciales al interior del país, con sueldos no mayores a mil quinientos soles, pero con presupuestos millonarios en sus manos, sin las garantías, por eso mismo, de una gestión administrativa óptima.
Nunca antes como ahora el Estado ha demostrado, por un lado, una enorme incapacidad de gasto, principalmente en las regiones, y, por otro, una mendicidad extrema de recursos para reformas vitales como la de la justicia y la educación. La dualidad de ingresos que nos sobran con gestiones de calidad que nos faltan ha tocado el fondo de nuestro drama burocrático.
Nadie mejor que el propio presidente Alan García para dar un golpe de timón en su propia agenda, quizás con la ayuda de un secretario ad hoc en altas prioridades, para ofrecerle al país el buen complemento del horizonte optimista que brotó de sus palabras el 28 de julio del 2006. Solo así estaremos cerca del liderazgo sudamericano del 2011.
Por Juan Paredes Castro (El Comercio)
Cuando hace un año escuchamos decir al presidente Alan García que su gran objetivo era llevar al Perú a la cabeza de Sudamérica, inmediatamente pensamos que sabría manejar una rigurosa agenda de prioridades.
Esta agenda, con un horizonte tan claro como ese, tendría además que descansar sobre dos ejes: el de la Jefatura de Estado, para mirar sin equívocos el mediano y largo plazos, y la jefatura de Gobierno, para ocuparse competentemente del día a día administrativo, cosa que, en cierta medida, suele hacer el primer ministro Jorge del Castillo.
Si bien García le ha abierto esta cancha libre a su principal colaborador en el gabinete, lo que no se hubiera atrevido a hacer Alejandro Toledo con ninguno de sus primeros ministros, hay un punto muerto en la gestión presidencial que tiene que ver con la ausencia de una tabla de prioridades de emprendimiento.
El Gobierno se ha caracterizado por reaccionar rápidamente a algunas crisis, vacíos y conflictos, pero no ha asumido enteramente en sus manos y con la fuerza suficiente algunos cambios fundamentales en la administración estatal, comenzando por darle a esta un sentido gerencial por resultados, extirpando los nidos de corrupción acumulados en años e inyectando sangre y energías nuevas en cuadros técnicos modernos muy bien remunerados.
Su llamado a la austeridad, que debió limitarse a la supresión del derroche y el boato en las arcas fiscales, terminó por poner barreras salariales terribles en la administración pública, que empujaron fuera a una pléyade de valiosos profesionales y expertos. Inclusive, ello se extendió a alcaldes distritales y provinciales al interior del país, con sueldos no mayores a mil quinientos soles, pero con presupuestos millonarios en sus manos, sin las garantías, por eso mismo, de una gestión administrativa óptima.
Nunca antes como ahora el Estado ha demostrado, por un lado, una enorme incapacidad de gasto, principalmente en las regiones, y, por otro, una mendicidad extrema de recursos para reformas vitales como la de la justicia y la educación. La dualidad de ingresos que nos sobran con gestiones de calidad que nos faltan ha tocado el fondo de nuestro drama burocrático.
Nadie mejor que el propio presidente Alan García para dar un golpe de timón en su propia agenda, quizás con la ayuda de un secretario ad hoc en altas prioridades, para ofrecerle al país el buen complemento del horizonte optimista que brotó de sus palabras el 28 de julio del 2006. Solo así estaremos cerca del liderazgo sudamericano del 2011.




