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Ahora este mapa es un pliego de arcilla y ahora es una línea
que se hace fronda en mi retina junto a la carretera. Húmedos
tilos. La mirada traduce la perspectiva en terrones de lodo. O
un páramo de objetos. Choza junto a la flor metódica. Cada
fotografía es realista. Mis globos oculares que algún día pu-
dieron alcanzar lo inmenso. El país del ojo es un residuo. El
país del ojo se divide entre el cielo que asciende sobre mí y un
sombrero en la copa del penco. El país del ojo no se divide: lo
sabes. El país del ojo es lo que hay.

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Mi rostro es la filmación de un cielo desechable. Una audacia
del dolor en cada ángulo de mi fotografía.

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Como en el tarot, el colgado. Un cielo colgado de arriba para
nadie. Mira cómo te rompen el brazo. Gimes. Estoy detrás.
Talvez. La mujer de vestido rojo dónde mira. El cuadro en
polvo, chorreado. La mujer de rojo dónde mira. La mesa, el
sombrero en el piso. Sientes la presión: la mujer de corsé
abierto: mi ignorancia. Sí, las manos atadas. En su mente, la
noche es un falo gigante, obeso, triste. Piernas desgonzadas.
El cielo es un tejado en polvo. Nadie. El niño rubio ve com-
pleta la muerte, el hueso sin luz. ¿A qué te aferras? El bandido
espía que nadie obste la muerte. Mi mano sostiene la cortina.
No, talvez. Su mano sostiene la cortina. Los cuerpos apreta-
dos, envasados. Nadie rezará esta noche. Esta noche nadie
seguirá la estrella.

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