Recuerdo que hace miles y miles de años cuando estaba todavía chiquilla, en alguna clase de mi curso electivo de T, el profesor -a raíz de no recuerdo exactamente qué- comenzó a hablarnos de los lobos feroces del mundo de la vida.
Estos lobos siempre atacaban a las Caperucitas Rojas incautas. Y las palabras de mi maestro eran una viva exhortación tenaz y punzante para que ellas se resistieran a las tretas de los lobos feroces. Paradójicamente en el salón, habían más seres –que, dado su género– podían ser potencialmente lobos feroces, que seres –que dado también su género– podían ser potencialmente Caperucitas.










