Archivo de mayo 2008
11/05/08: Día de la madre

- ¿No lo sentías, en mi barriga? Él me golpeaba desde antes que tú nacieras -le dijo en su embriaguez.
- Eso no importa ahora -le acercó una taza con café-. Tómate este café rápido que en cualquier momento llega. Si te ve en este estado podría...
- Perdóname. En serio, perdóname por haberte dado ese padre -la nariz se le sonrojó. Lloró-. Pero no lo odies, él te quiere.
No hubo respuesta.
- Prométeme que no lo vas a odiar -le rogó-. No le tengas rencor hijito.
- Toma tu cafecito ¿sí? -le devolvió la súplica- Por favor.
- Eso no importa ahora -le acercó una taza con café-. Tómate este café rápido que en cualquier momento llega. Si te ve en este estado podría...
- Perdóname. En serio, perdóname por haberte dado ese padre -la nariz se le sonrojó. Lloró-. Pero no lo odies, él te quiere.
No hubo respuesta.
- Prométeme que no lo vas a odiar -le rogó-. No le tengas rencor hijito.
- Toma tu cafecito ¿sí? -le devolvió la súplica- Por favor.
06/05/08: Atraco
No recuerda a este punto cómo es su verdadera silueta. La sombra que tiene delante le sugiere deformidad. Mira la de al lado, la sombra de su padre es un delgado extenso cono que concluye, en lo que parece, una cabeza de huevo diminuta. Se posa tras las dos sombras una nueva, más alta. Siente una frenada.
Una mano apunta contra la espalda del padre. Un largo susurro. 'Dame todo tu real y no pasa nada chamo'.
Siente el apretón de la mano de su padre. Envuelve la suya. Sabe que la causa reposa en la aparición del nuevo personaje. Alza la mirada. Un joven se concentra en el oído de su padre. En su mano derecha sostiene un colorete dorado, como el que usa su tía. Hace presión sobre la espalda de su padre. La otra mano, coge su hombro izquierdo. Llega hasta los ojos. Los detuvo en la mirada del muchacho. Desesperación y ferocidad. Antes había visto estos ojos, pero dónde.
'No delante de mi hijo'. Dice el padre rompiendo el susurro. 'No tengo nada de billete', busca el primer objeto de valor rápidamente con la cabeza y concluye en su muñeca izquierda. Sin voltear al malandro, el padre desabrocha su reloj de pulsera y propone. 'Te doy este reloj, sólo ándate'. El reloj se suspende en el aire, espera una respuesta.
Ahora la concentración del muchacho analiza detalladamente el reloj, no lo toca. Toma su tiempo, parece que la desesperación primera está desapareciendo. Da cuenta que el niño le persigue con los ojos. Un segundo, cruce de miradas. Por qué hace esto, por qué ese chamo es tan bromista con mi papá. Todo tiene un comienzo. 'Hola'. Empieza el niño con una sonrisa.
Las cejas estiradas, los ojos abiertos de par en par. La sorpresa del ladrón ante la iniciativa del niño. El padre continúa inmóvil. El reloj, aún en el aire.
Otros segundos más de silencio. 'Hola carajito'. Al fin la respuesta. Despierta. Vuelve al reloj. Lo coge inmediatamente y procede a guardarlo en su bolsillo. Retrocede sin soltar el hombro de su papá. A una distancia corta, el correr.
El padre ya de vuelta, no logra ver el rostro del delincuente. Pierde de vista su rastro. No lo busca.
Siente las manos paternas que lo sostuvieron siempre, caer sobre sus hombros. Le sonríe. Su papá se agacha. A la misma altura, un abrazo extenso. Mira a su derecha, sólo existe una sombra, grande, ya como él.
Una mano apunta contra la espalda del padre. Un largo susurro. 'Dame todo tu real y no pasa nada chamo'.
Siente el apretón de la mano de su padre. Envuelve la suya. Sabe que la causa reposa en la aparición del nuevo personaje. Alza la mirada. Un joven se concentra en el oído de su padre. En su mano derecha sostiene un colorete dorado, como el que usa su tía. Hace presión sobre la espalda de su padre. La otra mano, coge su hombro izquierdo. Llega hasta los ojos. Los detuvo en la mirada del muchacho. Desesperación y ferocidad. Antes había visto estos ojos, pero dónde.
'No delante de mi hijo'. Dice el padre rompiendo el susurro. 'No tengo nada de billete', busca el primer objeto de valor rápidamente con la cabeza y concluye en su muñeca izquierda. Sin voltear al malandro, el padre desabrocha su reloj de pulsera y propone. 'Te doy este reloj, sólo ándate'. El reloj se suspende en el aire, espera una respuesta.
Ahora la concentración del muchacho analiza detalladamente el reloj, no lo toca. Toma su tiempo, parece que la desesperación primera está desapareciendo. Da cuenta que el niño le persigue con los ojos. Un segundo, cruce de miradas. Por qué hace esto, por qué ese chamo es tan bromista con mi papá. Todo tiene un comienzo. 'Hola'. Empieza el niño con una sonrisa.
Las cejas estiradas, los ojos abiertos de par en par. La sorpresa del ladrón ante la iniciativa del niño. El padre continúa inmóvil. El reloj, aún en el aire.
Otros segundos más de silencio. 'Hola carajito'. Al fin la respuesta. Despierta. Vuelve al reloj. Lo coge inmediatamente y procede a guardarlo en su bolsillo. Retrocede sin soltar el hombro de su papá. A una distancia corta, el correr.
El padre ya de vuelta, no logra ver el rostro del delincuente. Pierde de vista su rastro. No lo busca.
Siente las manos paternas que lo sostuvieron siempre, caer sobre sus hombros. Le sonríe. Su papá se agacha. A la misma altura, un abrazo extenso. Mira a su derecha, sólo existe una sombra, grande, ya como él.
04/05/08: B F 4 E

Se sentó y recordó la vida hasta ahora llena de soledad. A los años que no pensaba en ello. A los años que no le volvía a hincar el corazón.
Se vio mirando la calle desde su ventana. Pensando por qué nunca había podido llamar a nadie mejor amigo. Buscaba una explicación razonable. Necesitaba ser escuchado. Necesitaba escuchar. Necesitaba hablar con alguien sobre las chicas que le gustaban, el colegio, la música, etc. Permanecía ahí horas y horas, esperando que alguien notara su existencia. 'No hay gente de mi edad por estos lares', repetía dos veces mientras cerraba su cortina. La noche cubría el panorama.
En la oscuridad, pensaba que hubiese sido mejor tener un hermano menor. Pero ya no sería lo mismo, tendría que esperar a que crezca antes de poder conversar de los intereses comunes. No valdría la pena esperar.
Recordó los intentos fallidos por encontrar al mejor amigo entre sus compañeros de colegio. Recordó los botes de un balón a las afueras de su colegio. Un autogol. El primer encuentro con el fútbol en su vida. Ante las miradas de desaprobación y algunos agrios comentarios, la búsqueda quedó descartada. Fue marcado como incompatible ante deporte alguno. A partir de este episodio recordó al grupo de los anti-deportistas.
Los podía llamar amigos, pero aún no encontraba esa confianza en alguien. Las bromas sin sentido lo alejaban más de este grupo. Y a partir de este otro episodio recordó sentir la más cruda soledad.
Creció como un ser especial, gastaba su tiempo en leer, hacer tareas y dibujar. Creció mudo, no era amigo si quiera de sus padres.
Los recreos se parecieron pesadillas diarias. Esperaba que todos salieran del aula para ordenar sus cuadernos. Se perdía en la pizarra tratando quitarle unos minutos a la duración del recreo. El auxiliar le ordenaba salir. La promoción se dividía desde antes en varios grupos. Cada grupo tomaba su lugar en el recreo. El distanciamiento era necesario. Recordó que nunca encajó en algun grupo.
Recordó las escaleras, las miradas de los demás. ¿Le temían? ¿Le odiaban? ¿Se burlaban? 'Qué pensarán de mí', la pregunta que le pateaba la cabeza. Trataba de olvidar su duda en la biblioteca, al menos ahí podría conversar con la señora Meche.
Al terminar el colegio todavía no supo qué era tener un mejor amigo. Una vez, aceptó tener una mejor amiga. Ella lo olvidó y perdieron todo contacto.
Continuaba su búsqueda en la universidad. No es lo mismo, dedujo. No iba a encontrar jamás. La realidad. Cada noche miraba su techo esperando una llamada, un fonazo’, un pata. Cada noche se sentía más frustrado.
Volvió. Se puso en pie. Se secó las lágrimas con las manos. 'No seré un emo', bromeó. 'Compréndete mocoso, los sabios son solitarios', se dijo fingiendo ser un sabio.
Se vio mirando la calle desde su ventana. Pensando por qué nunca había podido llamar a nadie mejor amigo. Buscaba una explicación razonable. Necesitaba ser escuchado. Necesitaba escuchar. Necesitaba hablar con alguien sobre las chicas que le gustaban, el colegio, la música, etc. Permanecía ahí horas y horas, esperando que alguien notara su existencia. 'No hay gente de mi edad por estos lares', repetía dos veces mientras cerraba su cortina. La noche cubría el panorama.
En la oscuridad, pensaba que hubiese sido mejor tener un hermano menor. Pero ya no sería lo mismo, tendría que esperar a que crezca antes de poder conversar de los intereses comunes. No valdría la pena esperar.
Recordó los intentos fallidos por encontrar al mejor amigo entre sus compañeros de colegio. Recordó los botes de un balón a las afueras de su colegio. Un autogol. El primer encuentro con el fútbol en su vida. Ante las miradas de desaprobación y algunos agrios comentarios, la búsqueda quedó descartada. Fue marcado como incompatible ante deporte alguno. A partir de este episodio recordó al grupo de los anti-deportistas.
Los podía llamar amigos, pero aún no encontraba esa confianza en alguien. Las bromas sin sentido lo alejaban más de este grupo. Y a partir de este otro episodio recordó sentir la más cruda soledad.
Creció como un ser especial, gastaba su tiempo en leer, hacer tareas y dibujar. Creció mudo, no era amigo si quiera de sus padres.
Los recreos se parecieron pesadillas diarias. Esperaba que todos salieran del aula para ordenar sus cuadernos. Se perdía en la pizarra tratando quitarle unos minutos a la duración del recreo. El auxiliar le ordenaba salir. La promoción se dividía desde antes en varios grupos. Cada grupo tomaba su lugar en el recreo. El distanciamiento era necesario. Recordó que nunca encajó en algun grupo.
Recordó las escaleras, las miradas de los demás. ¿Le temían? ¿Le odiaban? ¿Se burlaban? 'Qué pensarán de mí', la pregunta que le pateaba la cabeza. Trataba de olvidar su duda en la biblioteca, al menos ahí podría conversar con la señora Meche.
Al terminar el colegio todavía no supo qué era tener un mejor amigo. Una vez, aceptó tener una mejor amiga. Ella lo olvidó y perdieron todo contacto.
Continuaba su búsqueda en la universidad. No es lo mismo, dedujo. No iba a encontrar jamás. La realidad. Cada noche miraba su techo esperando una llamada, un fonazo’, un pata. Cada noche se sentía más frustrado.
Volvió. Se puso en pie. Se secó las lágrimas con las manos. 'No seré un emo', bromeó. 'Compréndete mocoso, los sabios son solitarios', se dijo fingiendo ser un sabio.








