Revisé uno a uno los papeles, con sumo cuidado pero a la velocidad de la luz, no podía perder un solo minuto. Empecé a desesperarme poco a poco mientras que el cuarto se llenaba de desorden, de polvo de papel de años, de pedacitos de recuerdos flotantes. El recuerdo vago de algo fue como un chispazo en una habitación llena de pólvora. Llegué al final del cajón de los recuerdos y había un sobre blanco al lado de un G.I. Joe muerto. La abrí casi inmediatamente y, adentro, la tarjeta blanca en papel cuadriculado me recordó una promesa que había roto sin querer hacía algún tiempo: “No importa lo que pase, no me olvides”. Di dos pasos atrás y marqué mi celular sin ver las teclas. “Yuki, necesito que me hagas un gran favor…”.