Bogotá tiene calles hermosas, melancólicas, con edificios de ladrillos que yo miraba sin descanso, como queriendo encontrarles alguna diferencia. El suelo, la vereda y la calle son limpias y el aire que respiro es simplemente el más soñado por mi mente de adolescente. Bogotá me recibió bostezando, sin ganas, de Domingo, así como mi corazón meditabundo. Mi ansia de (al fin) café de verdad y una ciudad (aún no lo sabía) perfecta llenaban mi mente, turbia y cansada de una vida a medias. Lo primero que haría sería escribir algo acerca de mi primera caminata en Bogotá. Me escapé durante unos minutos, suficientes para enamorarme, hacer las compras, comer algo y enamorarme de la ciudad nuevamente en un ritmo acelerado, pero también acompasado con las nubes de llueve-o-no-llueve.
Dedicado a Colombia y las cuarenta y cinco (mil) sonrisas que se robaron mi corazón.
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