Anoche, mientras el amanecer amanecía lento, sin prisa, tuve un sueño un tanto extraño. Había un campo muy muy amplio de césped muy bien cuidado. No había nada más hasta donde llegaba mi vista. Así, podía ver ligeramente la curvatura de esta Tierra. Arriba, el cielo era como el del verano pasado, celeste, pero sin mucha vida, salpicado de nubes que hacían formas graciosas en mi mente. Sentía la brisa fresca en mi rostro, en mis manos. Sentía la vida en mi pecho, en mi respiración lenta y profunda, como disfrutando de estar vivo. Hice lo que más me encanta hacer: caminar…
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