“Me gustas” fue lo primero que dijeron mis labios cuando se acabó el silencio pero no pudo hacer nada más que mirarme con cierto asombro pues, creía que lo que sentíamos el uno por el otro era una inconfundible admiración. Yo la miraba fijamente, con cierta terquedad, con mucho temor. Es decir, luego de tan poco tiempo vivido y de tantas experiencias en donde yo me declaro de una manera espectacular digna de fuegos artificiales, simplemente esas simples palabras salieron de mi voz, despacio y simples, como un suspiro al principio del día. Ella se había adelantado unos pasos sin notar que mis hombros pesaban más y más cuando estaba a su lado. Algo oprimía mi pecho y mis sentimientos. Pero luego me sonrió y me dijo cuatro palabras que yo creo que alguna vez pensé que nunca iría a escuchar: “… ya lo sabía, tontito”.







