Me despertó ese frío que se mete en la cama cuando no se cubren bien los hombros cuando se duerme, helándome las manos poco a poco y, a manera de conversación, empecé a pensar en voz alta algunas cosas que había recordado de la caminata del día anterior. Antes de dormir, recordaba, me había hecho “rollo” con la frazada y me preguntaba cuando finalmente podría dirigirle la palabra a esa persona. Siempre estaba sentada con un aire afligido, hablando por teléfono con esa hermosa posición que, cuando contesta, mira hacia el piso dejando que su cabello lacio cubra su rostro, sin saberlo, ante la secreta mirada de reojo mía a través de la puerta entreabierta. Es sumamente seria y callada, pero cuando sonríe se siente como si me envolviera una canción y cuando habla, su voz discreta me hace querer escucharla diariamente.
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