En aquella época hacía mucho frío y era muy nublado. Más que eso, en realidad, era que los días eran grises. Nos gustaba caminar abrazados, aunque fuese un poco difícil mantener el paso. A veces, la miraba de reojo y me apetecían sus mejillas, su pelo, su cabello amarrado hacia arriba, sus lentes. Ella no me miraba nunca, pero sonreía y a veces sentía como sus dedos apretaban mi brazo o acariciaban con discreción milimétrica mi mano. Me encantaba estar así, tan cerca de ella, tan despreocupado.
Leer más »