Abrió la caja y ¡oh sorpresa! No había nada. Solo el papel lustre arrugado por las manos de una señorita malgeniada que envolvió la nada, preguntándose tal vez “¿por qué?” o pensando “hombres… hombres… son unos tontos, no saben nada”. Yo la miraba mientras me daba risa. Siguió perfectamente mis instrucciones: “Quiero esa bolsa de papel y ese color de papel lustre. Sí, ése. Gracias. Ahora has como si envolvieras un regalo pequeño y véndeme la caja”. Me preguntó si hablaba en serio. “Siempre hablo en serio, señorita”. Me miró y pensaba “hombres… no saben nada”. Yo me reía porque seguramente ella jamás le había envuelto un regalo a un hombre de verdad. Porque un hombre de verdad nunca hace que su mujer suspire: “Hombres…”
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