Despertar y tomar el desayuno. Bostezar lentamente con la boca abierta porque nadie me ve mientras la piel se pone como de gallina por la pequeña brisa que entra por la ventana entreabierta. El olor de mar entraba y el sueño volvía así que, con un poco de pereza y mucha libertad, me dejé caer sobre la almohada como un peso muerto y caí en un verde césped. El cambio de aire me terminó de despertar. Abriendo los ojos y tocando el suelo con los brazos, sentía nada más que fresco y un aroma hipnotizante de frutas del campo. De pie y mirando el cielo, diferente, un paso adelante y uno más.
Leer más »