- Exactamente – añadía yo – desde esa vez que te conté de la chica de los ojos castaños, la “sin-nombre” como dijo un lector.
- ¿“Sin-nombre”? Qué mal. Mejor ponle un nombre – me respondía con una mirada de desaprobación.
- No soy bueno para ponerle nombres a desconocidas.
- Pero ella no es una desconocida, tonto. Ella es “ella”.
Y así se quedó.







