Mimi me había regalado una linda libreta de notas. Era muy sobria como ella y realmente no tenía ninguna función aparte de ser linda debido a que, en estos tiempos modernísimos, ahora escribo sobre una pantalla. Las hojas eran color sepia hermoso, como si fuese un cuaderno antiguo de marino, de esos que ya no existen. Tenía una línea oblicua y era todo gris en su cubierta. “Para Taka – decía en la retira – para que siempre sigas escribiendo… Mimi”. Kagami – o Mimi, como le encanta que le diga – me lo dio para mi cumpleaños, el único regalo material que recibí en ese día, en ese año. Lo dejé cerca de mi “ventana”, a la cabecera de mi cama y al lado de algún recuerdo de otro país que me habían regalado.
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