- No sé… Solo cálmate, siéntate a mi lado y no agotes el poco oxígeno que nos queda, sabrá dios hasta cuándo estaremos aquí.
- Tengo miedo.
- No tengas miedo, estás conmigo, no dejaré que nada malo te pase.
Nada malo te pasará si estás conmigo. Aunque suene tan bien, el miedo me trepaba por la columna como es friecito que siempre entra por la rendija de la puerta. Estábamos en la Casa del Terror y nos quedamos atrapados “sin querer” en una de las habitaciones llenas de arañitas de mentira, de algodón, de música de miedo y de una soledad infinita. Yuna se acurrucó a mi brazo a tal punto que me empezó a doler. “Ya, ya, ya…”.







